domingo, 2 de marzo de 2014

"No tomarás el nombre de Dios en vano"

Tengo costumbre de meditar en mi oración personal los textos de la misa del día, pues me ayudan a enterarme mejor de las lecturas bíblicas que luego oiré, ya que no siempre está uno a primera hora de la mañana suficientemente lúcido para escucharlas además de oirlas.
En una de estas lecturas meditadas, me impresionó recientemente un texto del Primer libro de los Reyes. Está centrado en el periodo inmediatamente posterior al reinado de Salomón (en el s. X antes de Cristo), cuando se divide el territorio que había unificado David en dos sectores, uno al sur, que incluye Jerusalén, y se denomina reino de Judá, y otro al norte, que será el reino de Israel, donde se consolida como capital Siquem. En el primero gobierna Roboam, hijo de Salomón, y en el segundo, tras una rebelión de las tribus del norte que no aceptan a Roboam, es elegido rey Jeroboam, antiguo alto funcionario de Salomón. La cuestión que quería traer aquí a colación, y que recoge directamente el Primer libro de los Reyes, es el razonamiento que hace Jeroboam para dar una fundamentación religiosa a su territorio, que le permita consolidar su reinado. Las palabras exactas son las siguientes:



"En aquellos días, Jeroboán pensó para sus adentros:
-Todavía puede volver el reino a la casa de David. Si la gente sigue yendo a Jerusalén para hacer sacrificios en el templo del Señor, terminarán poniéndose de parte de su señor, Roboán, rey de Judá; me matarán y volverán a unirse a Roboán, rey de Judá.
Después de aconsejarse, el rey hizo dos becerros de oro y dijo a la gente:
-¡Ya está bien de subir a Jerusalén! ¡Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto!
Luego colocó un becerro en Betel y el otro en Dan. Esto incitó a pecar a Israel, porque la gente iba unos a Betel y otros a Dan" (I Reyes, 12, 26-32; 13, 33-34).
Es llamativo que un texto escrito hace más de tres mil años ilustre tan bien el uso fraudulento que se ha hecho de la Religión a lo largo de la Historia. Conscientes del hondo papel que la relación con Dios tiene para las personas, gobernantes de todos los países y de todas las épocas han intentado utilizar el nombre de Dios en beneficio personal, ya sea para levantar barreras entre los hombres, ya para solicitar su sumisión o sus recursos. Por eso, quien considera que la Religión ha causado enfrentamientos y sufrimientos, en realidad debería tener en cuenta que no es responsable la Religión propiamente dicha, sino su descarado abuso, su caricatura. Estoy convencido que no ha existido nunca propiamente un guerra religiosa, ni siquiera las que así se denominaron en Europa, entre católicos y protestantes en el s. XVII, ya que en realidad en ambos lados había ejércitos que profesaban ambas confesiones (los católicos franceses, por ejemplo, enfrentados a la monarquía católica de los Austrias). Las guerras las organizan quienes quieren enfrentar para engrandecerse a si mismos, y utilizan la religión como un argumento más, a veces como el argumento más relevante a falta de otros. Ahora bien, si Dios es padre de todos, ¿cómo puede querer que sus hijos peleen? ¿cómo podemos pensar que Dios necesita que le defendamos violentamente? ¿Quienes somos nosotros para imponer una supuesta "justicia divina" que el mismo Dios no quiere imponer? Como bien decía Juan Pablo II en 2002: "Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen" (Mensaje para la jornada mundial de la paz, 2002, n 6).
Es conocido el adagio latino, la corrupción de lo mejor es lo peor, pues las cosas más nobles son las más despreciables cuando se usan torticeramente. Y da pena comprobar como, a lo largo de la Historia desde Jeroboam hasta nuestros días, con cuanta frecuencia se ha olvidado el segundo mandamientos del decálogo: "No tomarás el nombre de Dios en vano".




sábado, 22 de febrero de 2014

¿Todavía importa la Inquisición?

Hace algunas semanas  conversaba con un colega sobre diversos aspectos de la actualidad social. En un momento determinado de la conversación comparó la intransigencia religiosa que observamos actualmente el Islam, con el que dominaba en la Iglesia católica en siglos precedentes, remitiéndose, como no podía ser menos, a la Inquisición. Es difícil que esta institución no salga, de una u otra forma, en discusiones sobre el cristianismo, como ejemplo de una supuesta actitud intolerante de nuestra fe. No seré yo, lógicamente, quien defienda a la Inquisición que forma parte, sin duda, del pasado más negro de la historia cristiana, pero en éste como en otros temas polémicos me parece que conviene distinguir lo que es pasado histórico de lo que se acerca más a una imaginación calenturienta.
Este es, a mi modo de ver, el principal de la obra que acaba de publicar el Prof. Pulido sobre la Inquisición Española sin duda la más vilipendiada, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, aunque ni fue inventada en España, ni fue exclusiva de la Iglesia católica, ya que fenómenos de persecución religiosa también existieron en países protestantes (como atestigua la quema de Miguel Servet en la Suiza calvinista). Quienes quieran conocer con más detalle los orígenes históricos de la Inquisición en nuestro país, sus formas de funcionamiento, la Geografía de los tribunales inquisitoriales y los tipos de delitos que perseguía, encontrará en el libro de Juan Ignacio Pulido una referencia de enorme interés.
Ciertamente la actitud intolerante no es exclusiva de los extremismos religiosos, sino en general de una mentalidad que identifica la verdad -la auténtica o la suya- con el mandato moral de imponerla. Ocurrió desgraciadamente con los cristianos que organizaron e impulsaron la Inquisición, en flagrante contradicción con los principios evangélicos de la caridad fraterna, como ha ocurrido en otras fanatismos de otras religiones y también en fanatismos antireligiosos. Basta recordar que sólo en tres años de Guerra Civil española murieron más sacerdotes, monjas y obispos por la intolerancia antireligiosa, que en tres siglos de intolerancia religiosa inquisitorial (1500-1850), además con muchas menos garantías jurídicas. Sin embargo, como aclara muy bien el Prof. Pulido, no es un problema de cifras, sino de actitud: bastaría que hubiera sido solo uno el ajusticiado por la Inquisición para sentir bochorno por esa institución, que no lo olvidemos también tuvo un carácter político, ya que los herejes de aquel tiempo también eran elementos de perturbación social.
En cualquier caso, a un cristiano contemporáneo le resulta difícil entender por qué se dieron estas actitudes, cuando en el pasado la Iglesia -y así sigue siendo hoy- había sido mucho más perseguida que perseguidora. Así lo indicaba S. Juan Crisóstomo, a inicios del s. V: "Cuando perseguimos a los herejes, no debemos destruir en ellos la persona, sino el error del entendimiento y el daño del corazón. Finalmente debemos estar siempre dispuestos a sufrir las persecuciones, no a perseguir a otros; a padecer vejaciones, no a causarlas. De este modo es como venció Jesucristo, a saber, clavado en cruz, no crucificando a nadie" (De hiero martyre, 400, PG 50: 534).


domingo, 16 de febrero de 2014

La fe se transmite por envidia

He terminado recientemente la exhoración apostólica del Papa Francisco sobre la alegria del evangelio. Es un texto con múltiples elementos para la reflexión. El Papa es directo y claro, no se anda con rodeos, y tiene muchas frases que amartillan el alma, dejándonos en un cierto desasosiego, que es tantas veces el germen de conversión. Me quedo hoy con algunas de las ideas que incluye el Papa sobre la transmisión de la fe, objeto principal del documento.
Ayer veía con unos amigos la tercera parte del Padrino, la memorable trilogía de Francis F. Coppola. En un momento de especial tensión narrativa, el cardenal que acaba confesando a Corleone le indica: el cristianismo es a veces como el agua en esta piedra que lleva años sumergida, pero que está por dentro seca. Comunicar a los demás la buena nueva del Evangelio parece superfluo en un continente que lleva tantos siglos escuchándola, puesto que parece imposible encontrar novedad. Y, sin embargo, !todavía el mensaje de Jesús es tan desconocido o, lo que es peor aún, está tan desnaturalizado! Por eso, resulta todavía tan necesaria la tarea de hablar de nuestra fe a nuestros amigos, compañeros de trabajo, parientes. No se trata de imponer nada a nadie, sino de descubrirles que hay otros valores, otras motivaciones, más allá de lo que nos evidencian nuestros sentidos. Se trata, en pocas palabras, de hacer más felices a los demás, porque como bien dice el Papa "La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»", o como leí hace algún tiempo la Fe se transmite por envidia, en el sentido de que será comunicada cuando la ofrezcamos como atractiva a los demás.
Para eso, es imprescindible, como señala el Papa Francisco que quien habla de Jesús sea dichoso de ser cristiano, pues nadie entusiasma si no está entusiasmado: "una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie" (Evangelii Gaudium, 2013, n. 266). Quien no experimenta la paz y la alegría que da el trato con Dios en la vida cotidiana, convertirá su discurso en algo mortecino, melifluo, carente de pasión. De la misma forma, quien concentra sus energías en señalar los inconvenientes, en apuntar a los desastres de este mundo, en valorar siempre lo negativo, difícilmente atraerá a nadie a la Fe. Por eso, me resulta chocante que algunos sacerdotes centren sus homilías en criticar más que en mostrar lo positivo, la alternativa a lo que denuncian. Ese no puede ser el mensaje principal, como indica Francisco, hablando de las homilías "... si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad " (Evangelii Gaudium, 2013, n. 159).
Comunicar la Fe require también salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, de nuestros mundo seguro, donde todos nos entienden, y confrontarla amablemente con quien piensa de otro modo. Eso lleva consigo el riesgo de la duda, de no ser capaces de convencer sino quizá de ser convencidos, pero valdrá la pensa ese riesgo porque a la postre la Fe, si va acompañada de la humildad de reconocer nuestras limitaciones y de pedir perdón, se acabará fortaleciendo. Me parece que a eso se refiere el Papa cuando señala: "prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades" (Evangelii Gaudium, 2013, n. 48).
Esto no refiere a los obispos o sacerdotes, a quienes tienen como papel "institucional", si puede hablarse así, el comunicar la Fe, sino a todos los cristianos, porque así nos lo pidió Jesús. Es tarea de todos, cada uno en su ámbito, con sus propias palabras, con la alegría y la amabilidad que utilizó el mismo Jesús para comunicar su mensaje en Palestina. En los tiempos actuales, ese diálogo sobre nuestra Fe, nos impulsa también a conocerla mejor, a aprender de quien no la tiene para ayudarle a llenar sus lagunas. Me parece que resumen bien esa actitud unas palabras de Benedicto XVI en la universidad donde trabajó muchos antes de ser Papa: "Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... " (Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones, 2006).

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Solo puede ser cristiano quien sea perfecto?

Estoy leyendo estos días, "El Señor"  un libro que publicó Romano Guardini en 1937, y que recoge una serie de homilias sobre la vida de Jesús que este sacerdote alemán predicó entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Como buen pensador germano, Guardini no es fácil de leer, pero aporta luces de gran calado. Me parece especialmente brillante su comentario a propósito del sermón de la montaña, uno de los más emblemáticos de Jesucristo, que de alguna manera define la excelencia del Cristianismo. Se pregunta Guardini si es posible seguir al pie de la letra lo que dice ahí el Señor, si alguien puede realmente amar a sus enemigos, o poner la mejilla contraria después de ser golpeado, y responde que ni siquiera era esa realmente la postura de Cristo, ya que en otro momento de su vida, cuando fue de hecho abofeteado por un guardia del Sanedrín, apeló a la justicia: "si he hablado mal, muestrame en qué, y si bien, ¿por qué me pegas?"
Efectivamente, si uno interpreta literalmente muchos párrafos del Evangelio, sólo queda la frustación, pues parecen sobrehumanos. A la vez, si uno los interpreta frivolamente, le queda la mediocridad. No creo que Jesús quiera ninguno de esos dos extremos. ¿dónde nos quedamos entonces? Precisamente esta es una de las tareas más sustanciales de la Iglesia: juzgar con prudencia qué quería decir Jesús exactamente. Tan poco cristiano resulta quien considera que todo puede ajustarse a mi conveniencia personal, haciendome una religión a la carta, fruto de mi interés, como quien piensa que sólo cabe el camino de lo excelso, que ni ellos mismos se atreven a recorrer. Entre los puristas, que piensan que todos los demás están equivocados, y los conformistas, que todo les parece bien, está la honradez de quien quiere tender a la santidad, como Jesús nos ha pedido, pero a la vez se da cuenta de que solo Dios puede darnos las fuerzas para conseguirlo, pues naturalmente no podremos nunca alcanzarlo. Y ahí o admitidos que la Iglesia es Jesucristo en la historia, y confiamos en su providencial guía, o perderemos la esperanza. Lo resume muy bien Guardini cuando afirma: "Hay una forma de cristianimo que acentúa la exigencia del Señor con toda su crudeza y considera decadente cualquier concesión a la debilidad humana. Dice: ¡Todo o nada! Pero después, o saca la conclusión de que sólo unos pocos son capaces de cumplir lo exisgido, mientras que la mayoría se pierde, o sostiene que el hombre no puede nada en absoluto y, en consecuencia, no le queda más remedio que aceptar su incapacidad y confiar en la misericordia de Dios. En ambos casos la Iglesia aparece como obra humana y, a la vez, como desecho...."

domingo, 2 de febrero de 2014

Las sinrazones del aborto

He mantenido un pequeño debate electrónico estos días con una amiga a propósito de una entrada mía en el blog sobre la reforma de la legislación del aborto. Me llama la atención que personas honestas y bien intencionadas, sigan apoyando una legislación que deja al embrión-feto humano al arbitrio de otras personas. Sin duda, como decía Julián Marías, la aceptación social del aborto es una de las señales más preocupantes de la decadencia del mundo occidental. Tras siglos enriqueciendo nuestras fronteras éticas, incluyendo cada vez más a personas que antes se consideraban de segunda o de ninguna categoría, el mundo occidental ha "encayado" su progreso moral en el niño gestante que parece para muchos no tener más derechos que los quiera concederle la madre que lo lleva en su seno. No estoy juzgando a las mujeres que se enfrentan al abismo del aborto, estoy juzgando a la sociedad entera que ve con buenos ojos que se elimine a una criatura por el simple hecho de que supone un malestar para otra u otras personas, por muy grave que éste sea. ¿Cualquier mentalidad progresista no intentaría salvar siempre a la parte más débil? ¿Tan difícil es reconocer que el feto es
un ser humano distinto de su madre, aunque completamente dependiente de ella, tan dependiente como cuando tiene tres meses o tres años de vida?
Acabamos de publicar en la editorial Digital Reasons, que estoy promoviendo desde hace nos meses,  un libro del Prof. Alfonso López Quintás sobre las razones que están detrás de quienes defienden el aborto, de quienes piensan que es un asunto privado, que sólo debe decidir quien es portador de ese nuevo ser humano. Desgraciadamente las víctimas no son sólo los niños elmininados, sino también las madres que han dejado de serlo, como bien afirma el prof. Quintás en su libro, cuya lectura recomiendo vivamente. Se trata, como bien indica en su libro, de un ejemplo paradigmático de uso torticero del lenguaje, de sustituir el debate hondo por una colección de eslóganes banales. Deberíamos sentarnos a hablar de temas en donde nos jugamos el futuro de nuestra civilización: la vida, la educación, la sanidad, el territorio... en lugar de vociferar e ignorar a quien piensa de modo distinto.

domingo, 26 de enero de 2014

La evolución y la involución humana

Estas Navidades he aprovechado para leer un libro que me regalado un amigo, compañero ahora de departamento, paleóntologo de reconocido prestigio, con muy larga experiencia en las excavaciones de Atapuerca. El libro, que recomiendo a todos mis lectores, se llama "El primate que quería volar", y aporta una visión panorámica, muy bien documentada sobre el apasionante mundo de descifrar nuestro origen como especie. Sin caer en el tedio que a veces acompaña nuestras publicaciones académicas, Ignacio Martínez de Mendizabal comenta los grandes hitos de los descubrimientos fósiles, particularmente de los últimos treinta años, dedicando un capítulo de especial interés a los extraordinarios hallazgos de Atapuerca.
Una de las cosa que me sorprendido de ese libro es que las teorías actuales sobre la evolución humana no consideran unicamente el factor biofísico para explicar los desarrollos, esto es los que proceden de la combinación aleatoria de genes de los que surgen combinaciones más afortunadas para sobrevivir, sino también tienen en cuenta los procesos de evolución cultural. No sé lo suficiente de Darwin para afirmar que el ilustre científico británico negara esta opción, pero desde luego no es la que comúnmente se presenta al presentar la trayectoria evolutiva de nuestra especie, desde los primates más elementales hasta el género Homo. En el libro de Martínez Mendizabal me ha sorprendido ver cómo los paleóntolos se plantean las enormes ventajas que dan a nuestros antepasados la adopción de hábitos sociales que favorecen a la especie, sin ser provocados por combinaciones biológicas, sino por otras motivaciones que me parece no encajan muy bien en la teoría de la combinación aleatoria.
Uno de los ejemplos que pone Ignacio es la adopción de la monogamia. Los primates, como los actuales simios y la mayor parte de los animales, no tenían parejas estables, lo que afectaba a la tasa de reproducción, ya que una hembra no podía tener descendencia cuando parte fundamental de su ocupación era conseguir comida para su cria. Eso menguaba el crecimiento de las poblaciones. Argumenta Martínez Mendizabal que liberar a la madre de esa tarea permitió aumentar la frecuencia de la prole y que fuera más numerosa, garantizando la mayor pervivencia. Para que un macho alimentara a una hembra y su retoño era necesario que tuviera claro que era suyo, lo que requería la monogamia. En suma, uno con una y para toda la vida no es sólo un mandato bíblico, ni una manía de los obispos católicos, sino una pieza clave de la evolución humana.
Igual vale la pena reflexionar sobre este asunto ante el tremendo aumento de las disoluciones matrimoniales. Parece que la monogamia resulta ahora poco menos que insufrible, pero a la vista estan los impactos sociales que eso genera, en los cónyuges en primer lugar, en sus hijos, en segundo, en la sociedad en su conjunto. En este terreno, quizá como en otros, parece que no tendemos a la evolución humana, sino más bien a su contrario.

domingo, 19 de enero de 2014

Carta abierta al Ministro Ruiz Gallardón

Estimado Sr. Ministro:

Aunque las lealtades son poco frecuentes en la vida política, permítame que comience declarándome desde hace bastantes años simpatizante de su trayectoria pública, tanto por la eficacia de su gestión, particularmente al frente de la Comunidad de Madrid, primero, y del Ayuntamiento de la capital después, como por su enfoque de la política, como esfera de diálogo con personas que discrepan. Dialogar no me parece sinónimo de claudicar o de aparcar las propias convicciones para acoger una especie de media estadística entre las posturas ideológicas más variopintas. Dialoga quien tiene algo que decir, en primer lugar, quien escucha al que opina de otra manera, en segundo, y quien intenta que de la comunicación entre las ideas propias y las complementarias surjan cosas mejores, o al menos considere que quien piensa de otra manera tiene razones para ello.
Sus antiguos partidarios ahora son detractores, pues piensan que con su postura sobre la reforma del aborto ha cambiado usted ese carácter dialogante y progresista, que le ha dado un peso propio en el centro-derecha español, por un planteamiento caduco y dogmático. Curiosamente, sus antiguos detractores, poco amigos del diálogo con el que piensa de otra forma, ahora le considera poco menos que re-encarnación del mítico D. Pelayo, a partir de quien se iniciará una nueva reconquista en nuestro país.
A mi sinceramente me parece que su postura sobre el aborto es muy coherente con su trayectoria personal, pues no hay nada más progresista que proteger al más débil, tan débil que ni siquiera puede expresarse por sí mismo. Defender la vida es el derecho más elemental, el que fundamenta todos los otros, y considerar que un embrión humano es un ser humano, es un hecho científico incontestable.
En un libro encantador, A Sand County Almanac, el naturalista Aldo Leopold argumenta que conceder valor ético a la conservación de la naturaleza no es otra cosa que asumir nuesta capacidad para ampliar nuestros horizontes morales. Cuenta este autor que cuando llegó Ulises a Itaca tras su larga ausencia, ajustó cuentas con quienes pretendían a su mujer, matando en primer lugar a los esclavos que les apoyaban. Para Homero, ese episodio no lleva consigo juicio moral, pues en esa época los esclavos eran sólo objetos de uso: no tenían derechos propios. La evolución ética de la sociedad humana considera ahora esto una aberración, como empieza a considerarse una aberración la destrucción sistemática de la naturaleza, concediendole ahora valor ético. Ahora concedemos valor a todos los seres humanos, independientemente de su raza o raíces culturales, y empezamos a considerar valiosos a los demás seres vivos, lo que nos genera una serie de deberes hacia ellos. Espero, estoy convencido de hecho, que en unas décadas también será mayoritaria la valoración ética de los embriones humanos, en todas sus fases. En suma, en un futuro que espero sea próximo, la sociedad valorará como una aberración el aborto, y se preguntará por qué los hombres del s. XX y XXI lo admitieron, como nosotros nos preguntamos ahora por los mecanismos que justificaron la aceptación social de la esclavitud. La llamada interrupción voluntaria del embarazo es simple y llanamente una terminación (sólo se interrumpe lo que luego se continúa y aquí no hay posibilidad de continuar tras el aborto), y solo es voluntaria para algunos; para la principal víctima, desde luego no lo es.
Por esta razón, Sr. Ministro de Justicia, le doy mi apoyo más explícito a su postura sobre la reforma y espero que pueda llevarla al mejor término posible. Muchos otros países nos miran con atención. Podemos ser pioneros en la abolición del aborto. La nueva ley va a proteger a vidas humanas, y eso no puede ser más progresista. Va a proteger también a las mujeres que son víctimas del aborto, que son presionadas por quienes prefieren mirar a otro lado, que cargan con un peso mucho mayor que el propio drama de terminar con una vida que nació en sus entrañas. Como decía un médico francés: "Es mucho menos pesado tener un niño en brazos que cargarlo sobre la conciencia".
Le transmito un cordial saludo,

Emilio Chuvieco 




domingo, 12 de enero de 2014

Ciencia y Fe

Me habían invitado ayer noche a impartir una clase sobre la compatibilidad entre Ciencia y Fe, en los locales de una conocida iglesia del centro de Madrid. Acepté encantado la invitación, pues ese tema  me resulta especialmente atractivo, al poner en relación dos ámbitos que son para mi de una importancia vital. No sabía bien qué tipo de público podría aparecer en esa clase, aunque intuía que no podría ser muy numeroso, dado que era un sábado noche y además coincidía con un partido de fútbol razonablemente interesante. Ante mi sorpresa, la sala se llenó y además con un público muy variado (jóvenes y menos jóvenes) y bastante entusiasta (es reconfortante ver que todavía hay ciudadanos que optan porque el fútbol no gobierne sus vidas).
La cosa se alargó bastante, pues tras mi intervención hubo una amplia relación de preguntas. Las inquietudes de los asistentes podían agruparse en los tres grandes temas de actual convergencia entre Ciencia y Religión: el origen del universo, la evolución de la vida y cuestiones bioéticas, con mayor incidencia en estas dos últimas. Revisamos algunas controversias históricas, con especial mención al caso Galileo -imprescindible cuando se tratan estos temas, no sólo por su importancia, sino porque es realmente el único de confrontación propiamente dicha, al menos con la Iglesia católica-, a la esfericidad de la Tierra y al inicio del evolucionismo. 
Recordamos que muy lejos de ignorar -o como algunos dice incluso de atacar- a la Ciencia, la Iglesia católica ha sido históricamente su principal promotora:“Es claro del registro histórico que la Iglesia católica ha sido probablemente el mayor y más duradero mecenas de la Ciencia a lo largo de la Historia, que muchos de los principales protagonistas de la revolución científica eran católicos, y que varias instituciones y orientaciones católicas tuvieron una influencia clave en el nacimiento de la ciencia moderna” (Galileo Goes to Jail: And Other Myths about Science and Religion. Ed. Ronald L. Numbers. Cambridge: Harvard University Press, 2009, p. 102). No parece necesario repetir la lista de científicos católicos de primer nivel como Descartes, Pascual, Volta, Galileo, Ampere, Torricelli, Mme Curie, Lavoisier, Bartoli, Cassini, Mercalli... además de los que fueron clérigos: Copernico, Kircher, Mendel, Theilard de Chardin, Lemaitre... ni recordar la larga lista de universidades fundadas por la Iglesia entre los siglos XII y XVI (Bolonia, Oxford, Sorbona, Cambridge, Salamanca, Alcala...). Seguir acusando a la Iglesia, como se escucha con frecuencia en boca de gente que vive del tópico, de oponerse a la Ciencia es por tanto marcadamente injusto.
Estoy convencido de que el diálogo Ciencia y Religión es sumamente interesante en beneficio de ambos ámbitos. La Religión proporciona una guía ética y una motivación profunda para investigar (para conocer mejor el mundo Creado por Dios). La Ciencia empírica nos ayuda a entender la realidad material, superando interpretaciones teológicas superficiales.  Un buen científico no tiene porqué ser mas agnóstico que un buen panadero o sastre. Más bien al contrario, pues quien se acerca a la complejidad de la verdad de las cosas, de cómo funcionan, de cuáles son sus relaciones con otras, con nosotros mismos, está más abierto a la trascendencia, al asombro de contemplar una complejidad casi imposible de imaginar por nuestras pequeñas mentes. Este es, a mi modo de ver, el origen de las bellas palabras de un científico de primer orden mundial, Francis Collins, uno de los líderes de la decodificación del genoma humano: “...como científico, uno de las experiencias más gozosas es aprender algo que ningún ser humano ha entendido antes. Tener la oportunidad de ver la gloria de la creación, su complejidad, su belleza, es realmente una experiencia única. Los científicos que no tienen una fe personal en Dios también indudablemente experimentan el gozo del descubrimiento, pero tener la alegría de descubrir algo, uniéndolo a la alegría de dar culto a Dios, es verdaderamente un momento grandioso para un cristiano que es también un científico” (Francis Collins, The Language of God)
 

domingo, 5 de enero de 2014

Lecciones de los Reyes Magos

Mañana se celebra la fiesta cristiana de la Epifanía, que en griego significa "la manifestación", en este caso aplicada a la primera indicación visible de que ese niño frágil recien nacido en Belén es en realidad Dios encarnado. Esa manifestación la realiza a unos personajes exóticos, de países lejanos, que hemos tradicionalmente Reyes Magos, aunque en ningún sitio del Evangelio indica que fueran reyes, y desde luego tampoco eran magos en el sentido que le damos nosotros al término.
De esta simpática fiesta, procede uno de los momentos estelares para los pequeños, al asociarse los regalos que estos personajes ofrecieron a Jesús Niño, con los que reciben los niños en ese día. Como es una fiesta tan entrañable y tan llena de ilusiones, a veces tiende a perderse de vista el sentido más hondo que muestra, así como el papel que juegan en ella esos sabios venidos del Oriente. ¿Quién no siente simpatía por los Magos? Son desde luego personajes muy populares, que han sido parte de nuestros sueños desde la infancia. Pero, ¿quiénes eran realmente esos personajes? Poco nos dice la Sagrada Escritura de ellos, aunque a partir de ella podemos inferir un par de cosas muy importantes: por un lado, eran personas sabias, que sabían interpretar los signos de los cielos ("¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido  a adorarle", Mt, 2: 2); por otro, eran personas decididas, que supieron superar los inconvenientes que su descubrimiento les acarreó, y consiguieron llegar hasta donde estaba el Niño. Ambas cosas son muy aleccionadoras para nosotros: es preciso ser sabio (con esa sabiduria que distingue lo esencial de lo accesorio, que tal vez está más basada en escuchar a los demás que en los libros), y es preciso arriesgar. Cuando entendemos (con esa sabiduria) que debemos hacer algo que tal vez nos contraría, es muy fácil llenarse de excusas para no tomar la decisión. No sabemos cuántos sabios de las estrellas vieron la que correspondía al "Rey de los judíos", pero sabemos que solo tres llegaron a Belén, que solo ellos se pusieron en camino, venciendo las dificultades de un viaje, quizá las limitaciones de la edad, del idioma. Ellos supieron lo que había que hacer y lo hicieron. Tuvieron sabiduría y tuvieron voluntad para llevarla adelante. Esta historia, como la de nuestra vida si seguimos esos mismos principios, acabó muy bien, pues los Magos encontraron lo que buscaban: "Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y  le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra" (Mt, 2: 11), nos dice San Mateo que es quien narra el suceso. Pero no solo consiguieron esa meta, sino sobre todo, encontraron el sentido último de su viaje y de sus vidas, pues el mismo evangelista nos dice en el versículo anterior: "Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría", una alegría que acompaña a quien procura seguir lo que esa sabiduría que viene de Dios le indica.

martes, 31 de diciembre de 2013

Revisando lo pasado

Estamos en el último día del año. Es periodo de revisión, de hacer memoria de donde estaban nuestras metas y donde están nuestros logros, de aprender de nuestros errores, de pedir perdón por tantas veces que no estuvimos a la altura, que miramos a otro lado, o simplemente que no fuimos conscientes de las necesidades de los demás. Es momento quizá de nostalgia por quienes perdimos, pero también de esperanza por quienes encontraremos. Pero sobre todo es momento de agradecer a Dios y a quienes nos quieren por tantos bienes recibidos. ¡Qué importante es el agradecimiento! Solo agradecemos cuando somos conscientes de las cosas estupendas que nos pasan todos los días, a veces tan ordinarias que las consideramos obvias (salud, familia, amigos, trabajo...). Solo cuando falten parece que las apreciaremos, pero como somos temporales, antes o después faltarán, y entonces también encontraremos alguna cosa por la que agradecer. Naturalmente hay personas que siempre andan quejándose de lo que no tienen, de los supuestos agravios que los demás les hacen; nunca se fijan en lo que reciben, porque tampoco son capaces de dar. Son personas infelices, insatisfechas, muchas veces amargadas y tantas veces amargan a quienes les rodean.
No son un tipo especial de personas: somos nosotros mismos. Cualquiera puede tener una visión optimista o pesimista de la vida: agradecer o quejarse. En las mismas circunstancias encontramos personas que tienen una y otra visión de la vida, y son ellos los primeros que la disfrutan o la sufren. El fin de año es un buen momento para cambiar el enfoque.
Me entretiene escuchar a los conferenciantes de TED, un conjunto de pensadores, de muy diversos campos, que extienden sus ideas innovadoras a través de conferencias breves, disponibles en la web. Escuchaba el otro día a uno de estos conferenciantes, que me llamó la atención por sus circunstancias, pues es un monje benedictino de origen francés. David Steind-Past. Vale la pena escuchar lo que dice sobre el agradecimiento y la felicidad. Con él te dejo. Muy Feliz Año Nuevo.

martes, 24 de diciembre de 2013

Alegrarse con todas las Navidades

Hoy celebramos los cristianos el nacimiento de Jesús, hoy de modo especial hay alegría en los hogares y en las ciudades, que se visten de fiesta para recordar el acontecimiento más importante de la Historia. Nos alegramos porque ha nacido un Niño que encarna a Dios, que une el Cielo y la Tierra en una sonrisa. Todos los nacimientos nos llenan de alegría, porque una nueva vida se alumbra al mundo.
Aunque sea un día de alegría, también la Nochebuena es un día de reflexión. Pensamos en el nacimiento de Jesús y en el de tantos niños que sufren una infancia desprotegida, que nacen en un ambiente hostil, quizá por guerras, por persecuciones, por falta de alimentos... También es hoy un día para recordar a millones de niñas y niños que no tienen ni siquiera la oportunidad de nacer. Un mundo que no admite a los niños es un mundo enfermo, que ha perdido las nociones más elementales. Una sociedad que estimula los derechos humanos, la solidaridad, la convivencia, no puede cerrar las puertas a quienes son más débiles, a quienes todavía no han tenido tiempo de sonreir. En estos días de Navidad precisamente se reaviva el debate sobre el aborto en nuestro país. Volvemos a los argumentos manidos que no explican casi nada: el derecho al propio cuerpo, a la libertad de elegir, la situación de otros países... La Biología es bastante clara: un feto no es un quiste, es un ser humano genéticamente distinto a su madre: un niño o niña que vivirá normalmente. Son muy pocos los casos extremos, con los que se pretende justificar el aborto. Muy pocos los casos de peligro para la madre, de malformaciones incurables...
Aquí, como en otros temas, se aplica con nitidez la llamada "pendiente resbaladiza". Se introducen casos extremos para justificar algo, se va admitiendo socialmente, se amplían esos casos, hasta acabar justificando lo que al inicio nos parecerían aberraciones. Seamos nítidos, si realmente un feto en gestación fuera un quiste, ¿por qué hay que regular el aborto? ¿Por qué no es completamente libre, como es quitarse un grano? En el fondo porque incluso los partidarios más nítidos del aborto saben que no es así, que hay en juego otros derechos. Y si es un ser humano en gestación... ¿qué razón hay para privarle de la vida? ¿Mantendríamos esas razones si hubiera ya nacido? Si es biológicamente tan humano como un niño recien nacido, ¿por qué admiten el aborto y no el infanticidio? Y si no ejecutamos a un violador, ¿por qué hemos de hacerlo con el resultado de su fechoría? A nadie se le puede imponer la maternidad: de acuerdo; pero hay otras vías para salvar la vida que ya existe. Ese es el punto nítido. El aborto no es un tema de derechas o de izquierdas, de creyentes o de ateos, de mujeres o de hombres; es simplemente un tema de vivos y muertos, y una sociedad avanzada, solidaria, generosa, respetuosa con la naturaleza, no puede admitir la muerte de nadie. No se trata de denunciar violentamente a quienes apoyan al aborto, sino de convencerles por la evidencia de la verdad y la belleza de la vida. En esa línea tenemos que seguir trabajando quienes amamos la vida.
Como me decía un médico inglés hace unos meses, nuestro objetivo no es conseguir que el aborto sea ilegal, sino que sea impensable.

domingo, 15 de diciembre de 2013

"Niveles" en la fraternidad

Sigo leyendo la exhortación apostólica del Papa Francisco. El tema central del texto es que los cristianos nos llenemos de un renovado entusiasmo en difundir el mensaje de Jesucristo, tan íntegro como seamos capaces de mostrarlo. Eso lleva no sólo a hablar más y mejor de ese mensaje, sino -sobre todo- a procurar en nuestra vida encarnarlo, lo más fielmente que podamos. Jesús dijo a sus discípulos en la Última cena: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros". Si ese es el mensaje central del cristianismo, para comunicar la alegría del Evangelio es imprescindible que a los cristianos se nos conozca precisamente por lo que Jesús nos pide: por que nos tengamos mutuo amor. La primera Iglesia entendió bien estas palabras, y ya Tertuliano indicaba que los paganos quedaban admirados por esa fraternidad "Mirad cómo se aman", exclamaban sorprendidos.
En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco dedica varias secciones a pedirnos a todos los católicos que enfrentemos nuestra actitud cotidiana, con ese Mandamiento nuevo de Jesús. ¿Cómo es nuestro trato con la gente que nos rodea, en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales de cualquier tipo?
Se me ocurre que podemos establecer varios niveles en ese mandato de la fraternidad cristiana. El más elemental, es la simple cortesía, que puede resumirse como una actitud amable, educada, que evita que nuestros actos o palabras (o incluso aspecto externo) sean molestos a los demás. Los campos de acción son muy variados y afectan, por ejemplo a nuestra manera de conducir, de comer, de trabajar, de hablar, de dejar hablar, de fumar o de hacer deporte. Esta sería la caridad mínima, la que al menos evita causar disgusto a los demás.
Con ser importante, para un cristiano sería una meta un tanto pobre si solo nos quedaramos ahí. Podemos ser muy corteses con los demás, y ser a la vez bastante egoistas. La educación es condición necesaria, pero no suficiente de la fraternidad cristiana, que va más allá, por ejemplo a interesarnos genuinamente por las personas que conviven por nosotros, por su salud, por sus alegrías o tristezas, por sus intereses profesionales, gustos o aficiones... Para eso hace falta escuchar con atención, mostrar empatía por los problemas ajenos, acompañar en la debilidad física o emocional, en pocas palabras, estar dispuestos a sacrificarnos por hacer la vida más amable a quien nos rodea. Esa es la condición de la nueva evangelización; nuestro propio cambio vital. La Fe se transmite por envidia, leí hace algún tiempo. Solo cuando se vive así, hacemos atractivo el mensaje de Jesús, porque le mostramos, con nuestras limitaciones, como El era en realidad.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Esperando la Navidad

Una amiga que vive actualmente en EE.UU. me ha enviado esta simpática imagen de Jesús poco antes de tener lugar la primera Navidad de la Historia. Los cristianos creemos en un Dios que es infinitamente poderoso, inmenso, sabio, bueno... pero no es un Dios lejano, que vive al margen de las preocupaciones de los seres humanos. Dios quiso ser como nosotros, quiso tanto a esas criaturas que había hecho a "su imagen y semejanza", que compartió con ellas hasta sus limitaciones, y por eso quiso nacer como cualquier niño, creciendo durante nueve meses en el seno de su madre, María de Nazareth.
Si uno lee las fábulas de la mitología griega, rápidamente observa que los dioses que inventamos los hombres son personajes humanos, con las mismas pasiones y locuras que los seres humanos, que son solo caricaturas de seres humanos, como nosotros, pero mucho más.
Qué poco se parece eso a la imagen de un Dios real, que viene al mundo sin espectáculo, en un pueblo perdido de una provincia perdida del Imperio Romano. Así ha querido nacer Jesús, para que lo tratemos con más cercanía. Así ha querido experimentar nuestra humana condición para, si puede hablarse así, "entendernos" mejor, porque todo lo humano lo experimentó Jesús: hasta la incomodidad de un pequeño vientre materno.
Estamos en tiempo de preparación para la Navidad. Esta es una imagen muy real de lo que esperamos. Es la imagen de todos los niños del mundo, a los que deberíamos acoger con el mismo cariño que acogemos a Jesús. Ojalá no se repita la historia de la primera Navidad, ojalá no haya reyezuelos que "quieran matar al niño",  y, como no pueden -porque no se puede matar a Dios- acaben haciéndolo con otros niños, que están como Jesús, esperando su navidad.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Comunicar la Alegría

Esta semana ha presentado el Papa Francisco su primer documento estrictamente suyo, ya que la encíclica Lumen Fidei la escribió "a la limón" con Benedicto XVI. El documento se llama "La Alegría del Evangelio" (disponible también en formato EPUB). No se puede empezar mejor un pontificado que como lo ha hecho el Papa Francisco: sonriendo y rezando. La imagen de su sonrisa da la vuelta al mundo todos los días: abraza a los enfermos, llama por teléfono a los abatidos, dialoga con quienes buscan la Fe perdida, ... pero sobre todo reza y sonríe, porque rezar y sonreir es parte de lo mismo: de reconocer que Dios está ahí, junto a nosotros, y que nada ni nadie, como dijo Jesús a sus discípulos, "..podrá arrancaros vuestra alegría". Me produce especial pesar escuchar a algunos sacerdotes u obispos quejarse del entorno, de las circunstancias, de las incomprensiones, del abandono de la Iglesia... porque no se están dando cuenta de que con ese tono no van a contribuir más que a seguir vaciándola. El Papa Francisco tiene muy claro que la esencia de ese abandono es el desconocimiento, una imagen distorsionada de Jesús y de su mensaje que corresponden poco con la realidad del Evangelio, por eso nos anima a entusiasmarnos con la Fe. Entusiasmarse es sinónimo de alegría, pero tiene también un significado más profundo, ya que significa literalmente llenarse de Dios (en-Theos). El entusiasmo, así entendido, no es una alegría hueca, fruto de un estímulo exterior que dura poco, sino que hunde sus raíces en algo más profundo, que es compatible incluso con la contradicción, con el fracaso, con la enfermedad, con todo eso que nos quita la alegría inmediata. Estar alegre es tener un sentido, saber porque hacemos las cosas, y saber que el fin último de las cosas no está solo en este mundo, que estamos llamados a una vida eterna, donde todas las piezas encajarán.


Como escribí en un libro sobre este tema (Entusiasmate): "El símbolo por antonomasia del cristianismo es la Cruz, que lejos de ser sólo un patíbulo se ha convertido en el trono desde el que Jesús nos recuerda el mayor testimonio posible de amor generoso. Quien dio su vida por nosotros está clavado en la Cruz, sufriendo, mostrándonos que el dolor, también el dolor del inocente, tiene un sentido profundo. Con ser imprescindible la imagen de Jesús en la cruz,  reducir su vida y su mensaje a ese supremo momento distorsionaría el resto de su vida terrena. Jesús no estuvo sufriendo permanentemente, también rió, cantó, trabajó, consoló, ayudó. En varios pasajes del Evangelio leemos cómo los discípulos dejan todo, inmediatamente, cuando Jesús se lo pide. Además de la Gracia propia del Hijo de Dios, ese seguimiento indiscutido indica que su figura también tenía un enorme atractivo humano: algo que ilusionaba y hacía a los hombres y mujeres que le seguían cambiar drásticamente su vida. Jesús arrastraba muchedumbres porque su palabra era poderosa, pero también porque su mensaje era atrayente, porque sus oyentes se entusiasmaban al oírle hablar, y así el “ven y sígueme”, se contestaba afirmativamente, sin titubeos, arrastrados por el amor que percibían en aquella figura cercana, sonriente, alegre. Podemos también imaginar a Jesús riendo, jugando con su madre o sus vecinos en la adolescencia, comentando los sucesos cotidianos con sus paisanos, escuchando e interesándose por todos. Ese también es Jesús Redentor, ahí también estaba salvando al género humano, porque todo lo que hizo, desde su nacimiento hasta su muerte en la cruz, nos devuelve la amistad con Dios, nos enseña cómo es Dios, porque Él es Dios. Los cristianos estamos llamados a vivir como Cristo, a imitar a Jesús, único modelo perfecto. “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”, y eso en todos los ambientes, en todas las circunstancias. La fatiga, el trabajo, la contrariedad, el dolor son cristianos, pero también la alegría, disfrutar de la Creación que Dios nos regala, del amor de las personas que nos quieren, de las cosas que nos agradan"