domingo, 16 de abril de 2017

Escuchar la Primavera

A inicios de los años sesenta se publicó uno de los libros que ha tenido mayor impacto en la concienciación ambiental de la sociedad. Lo tituló su autora, Rachel Carson, con la significativa expresión: "La primavera silenciosa", aludiendo al impacto que tendría sobre la avifauna el uso generalizado de insecticidas organoclorados (singularmente el DDT). Tras agrios debates con la industria química, finalmente se concluyó que efectivamente ese compuesto se acumulaba en los tejidos grasos de los distintos animales que la forman la cadena alimenticia, provocando deformaciones graves o la muerte. Eventualmente ese libro generó uno de los primeros debates públicos sobre el papel del ser humano en la alteración masiva de los sistemas naturales, afectando finalmente a su propia salud, lo que llevó a prohibir el DDT y a crear una de las primeras agencias de protección ambiental del mundo, la EPA.

Me venía  a la cabeza esta idea en los últimos días, en los que he estado disfrutando del paseo en bicicleta a lo largo de dos vías verdes que atraviesan el centro-oeste de la Península: el camino natural de las Vegas del Guadiana y la vía verde de la Jara. Ambas son muy recomendables para quienes aprecian el paisaje, en España casi siempre imbricado de acción humana y presencia natural. Las dehesas de un verdor agradecido en esta época del año, las encinas recien rebrotadas, los matorrales mediterráneos -la jara, el espliego, la retama-, adornadas con sus mejores flores. Todo eso es evidente a la vista, incluso al viajero menos contemplativo. Sin embargo, no resulta tan obvio apreciar la belleza de los sonidos, quizá porque vivimos en una sociedad que huye despavorida del silencio. Una primavera silenciosa sería ciertamente muy trágico: sin las aves que nos observan desde la altura, se interrumpirían muchos ciclos naturales que nos acabarían afectando irremediablemente. Pero las aves, como cualquier otro elemento de la naturaleza, no sólo sirven para servirnos. Está ahí porque Dios ha querido que estén, porque forman una parte imprescindible del concierto de la vida: sin ellas no habría orquesta, nada sonaría igual. Necesitamos apreciarlas, escucharlas, pensar en lo que nos transmiten. Deberíamos escuchar más a menudo, no sólo a otras personas, no sólo a músicas grabadas en aparatos más o menos sofisticados. Escuchar los sonidos del ambiente, abrirnos al exterior, reconocer que hay belleza, vida, complemento de nuestra propia existencia más allá de nosotros mismos, de nuestros limitados intereses.
Me encanta la bicicleta porque es un medio silencioso, que permite recorrer distancias notables sin aislarte del entorno. Puedes escuchar, mirar, pararte, oler... También a pie, pero es difícil llegar tan lejos. Han sido 110 km de una experiencia excelente. Desde aquí agradezco a quienes mantienen esas vías verdes, esos paseos naturales, que nos permiten conocer la belleza de nuestros paisajes, apreciar lo que nos rodea y disfrutar lo que Dios nos regala.

domingo, 2 de abril de 2017

Trump y el cambio climático

Esta semana el presidente Trump nos volvía a aturdir con su verborrea "antisistema" a la vez que firmaba un decreto que echaba por tierra los compromisos de EE.UU. en la lucha contra el cambio climático. Mejor sería decir los compromisos del gobierno federal de EE.UU., por que estoy bastante seguro que muchos gobiernos estales y locales van a seguir tomándose en serio este problema ambiental. Al margen de la gravedad de la cuestión, la actitud de Trump y de quienes le rien las gracias resulta sonrojante. Que un compromiso firmado por 200 países del mundo se pretenda ahora obviar precisamente por el país más rico del mundo y el que más ha contribuido históricamente al problema es realmente vergonzoso. Apartarse unilateralmente de un acuerdo internacional que tu país
ha firmado es, cuando meno,s una actitud muy poco solidaria. Si además se hace en nombre de una supuesta recuperación de la economía nacional, precisamente en el país más rico del mundo, es moralmente impresentable. Si encima lo hace oponiéndose a la inmensa mayoría de la comunidad científica de su propio país, que le informa de la gravedad del problema y de los impactos que ya está teniendo sobre su propia economía, resulta de una estupidez proverbial.
Es una pena que el cambio climático se haya convertido en un tema partidista en EE.UU., quizá como fruto de un activismo desmedido de quien fuera candidato a la presidencia de uno de los dos grandes partidos. Lo que debería ser una cuestión científica, acaba convirtiéndose en un campo para la pelea ideológica, y para el "tu quitas y yo pongo, o viceversa" de los vaivenes políticos. Un problema global debería enfrentarse globalmente, no ya solo entre los distintos partidos de un país, sino en la comunidad de naciones. Para eso se firmaron los tratado internacionales de cambio climático, de biodiversidad y de desertificación en la cumbre de la Tierra de 1992. Rechazar los acuerdos por los intereses nacionales, muy discutibles por otra parte, suena mucho a egoísmo nacionalista, a egoísmo además miope, porque fomentar la industria del carbón o del resto de los combusibles fósiles en EE.UU. no ayuda nada a la innovación tecnológica, que en cambio está directamente ligada a las energías renovables.
Llevo ya varios años dando conferencias sobre cambio climático, la última esta semana en Avila. Para mi el asunto, dentro de la complejidad de cualquier tema científico, es bastante claro. Un elemental principio de precaución lleva a adoptar medidas contundentes que casi nadie está abordando. No nos queda mucho tiempo. Comentaba en mi última intervención sobre este tema que cuando el cambio climático sea evidente a todo el mundo, será demasiado tarde. Entonces los escépticos (permitanme la profecia, pero eso ocurrirá en menos de 10 años) sugerirán medidas de geoingeniería: reducir artificialmente la temperatura terrestre oscureciendo la luz del sol. Económicamente es más rentable que cambiar nuestra economía carbónica, pero ambientalmente las incertidumbres son inmensas y puede acabar en un desastre planetario, quizá en una nueva glaciación. ¿Por qué no tomamos las medidas ahora? ¿Seremos tan cortoplacistas para relegar la solución de los problemas a nuestros descendientes? ¿Es justo que queramos usar desmesuradamente los recursos del planeta para dejar a quienes vengan después las consecuencias de unos estilos de vida insostenibles?

domingo, 19 de marzo de 2017

¿Eso es la nueva izquierda?

Confieso que me ha resultado atractivo el ascenso de los nuevos partidos en nuestro país, porque implican que la sociedad española no está tan anestesiada como pudiera parecer a simple vista. Según se van asentando, algunos con representación parlamentaria, empiezan a tomar decisiones que les comprometen y les "retratan". Los dos que han aprovechado mejor el tirón del descontento popular con el "establishment" han sido Podemos y Ciudadanos. El primero se presenta como la "nueva izquierda", heredera de lo mejor de la tradición social de la izquierda y con nuevos aires que supuestamente corregirían los desmanes que la izquierda real causó en el mundo durante el s. XX y que todavía tienen a algunos países subyugados, como es el caso de Corea del Norte o China. Podemos se presentaba como el adalid de la lucha contra la corrupción política, contra los bancos sin escrúpulos, contra una política económica que deja a las personas al margen mientras beneficia a unos pocos, contra las viejas costumbres que convierten el poder en provecho personal. No sé qué va a quedar de estos postulados ahora que ellos mismos son parte de la "casta política", pero me resulta llamativo que ahora Podemos la emprenda contra la Iglesia, recuperando uno de los más rancios postulados de la izquierda española: el anticlericalismo.
Cualquier demócrata de EE.UU. o cualquer laborista en el Reino Unido identifica a los católicos con sus votantes mayoritarios: si se conoce bien la historia de la Iglesia se entiendo bien que el progresismo social siempre le haya estado cercano. Aunque parezca obvio recordarlo, el papa Francisco no ha inventado la preocupación social de la Iglesia: cualquiera puede revisar la Caritas in Veritate, de Benedicto XVI o la Centessium Annus de Juan Pablo II, por no irme mucho más atrás. En suma, aquellos partidos que realmente se han preocupado de los derechos de los trabajadores, de una economía social que ampare a los más marginados se van a encontrar con la simpatía de la Iglesia. Esto puede parecer contradictorio en un país donde parece que los católicos tenemos que ser, por definición, de derechas. No se entiende esta relación si no hacemos referencia a la Historia contemporánea de nuestro país, salpicada de guerras civiles, primero con las carlistas del XIX y luego en la tremenda del XX, donde el factor religioso (o anti) tuvo un peso clave en uno y otro bando.
Seguir anclados en esa dinámica: católicos-derechas, es seguir anclados en el pasado. Es preciso alumbrar un nuevo partido de izquierdas, de verdad, que mire con simpatía a la Iglesia, que reconozca sus logros sociales, que valore su dimensión cultural, su contribución al equilibrio espiritual y sus propuestas morales. Ya tenemos partidos de derecha que se van acercando al laicismo (como ocurre en EE.UU. o en el Reino Unido o en Francia), asi que solo nos queda completar el espectro con otros partidos de izquierda que puedan llamarse realmente nuevos. Lo de Podemos con su actual monserga anticlerical es volver al pasado, y para eso no necesitamos una nueva izquierda.

domingo, 5 de marzo de 2017

Los cinco enfoques de la penitencia

Los católicos hemos iniciado la Cuaresma el pasado miércoles, tiempo de conversión interior, de repensar nuestra orientación vital, de afianzar nuestros buenos hábitos y reconducir los equivocados. La tradición cristiana recomienda basar ese periodo de purificación interior en tres pilares: la oración, la penitencia y la limosna. Hoy voy a detenerme en la segunda.
Parece obvio que todos los seres humanos buscamos la felicidad. A simple vista, el sacrificio es un obstáculo a la satisfacción vital, sobre todo si hemos identificado la felicidad con el placer, que en realidad solo es una felicidad condensada y, generalmente, efímera. El sacrificio implica aceptar lo que no queremos (enfermedad, contrariedades, padecimientos físicos o morales), o incluso buscarlo activamente: eso es lo que los cristianos llamamos penitencia (también se usan otras expresiones como mortificación o renuncia). De entrada, parece que buscar el sacrificio voluntariamente sería una deformación mental. Nada más lejos del cristianismo que la búsqueda enfermiza del dolor por sí mismo. Para nosotros, la penitencia es un medio para otras cosas, no un fin en sí mismo. No somos los únicos que hacemos penitencia. Hay muchas personas que renuncian a cosas que les apetecen por otras muchas razones. Ahí los cinco enfoques que dan título a esta entrada:
1. Penitencia enfermiza, quien encuentra placer en el dolor per se. Estos serian los que llamamos masoquistas, una postura difícilmente explicable.
2. Penitencia estética: cuando se renuncia a ciertas comidas o bebidas porque engordan o se realizan ejercicios extenuantes para adelgazar simplemente para que nuestro cuerpo sea admirado por otros. Aquí podríamos incluir a buena parte de los clientes de los gimnasios.
3. Penitencia terapeútica: quien sacrifica una comida o una bebida que le apetece por que contraviene su salud, por ejemplo un diabético que le gusten mucho los dulces.
4. Penitencia filantrópica: quien prescinde de sus propios gustos para complacer o ayudar a otra persona a quien quiere. Hay magníficos ejemplos de altruismo en esta postura, desde los desvelos de una madre por sus hijos enfermos, hasta quien dedica su vida a la asistencia de enfermos o de personas sin hogar.
5. Penitencia espiritual: sin negar los significados nobles de las anteriores formas de penitencia, sería ésta la que pretende mejorar nuestras disposiciones espirituales, fortaleciendo nuestro carácter (quien no sabe decirse que no, difícilmente alcanzará ninguna meta), y orientando nuestras intenciones hacia Dios. Esto es común a todas las grandes religiones, que cuentan con el sacrificio (literalmente "hacer sagrado") para el progreso espiritual. En el caso del cristianismo, ese sacrificio adquiere una relevancia especial en la unión espiritual con Jesús, quiso sufrir por nuestra salvación, mostrando el valor redentor de la penitencia, siempre que esté unida a la Cruz de Cristo.
Como vemos, hacer penitencia no es exclusiva del cristianismo, hay muchas personas que se sacrifican por diversas razones. Para un cristiano, los sacrificios tienen un sentido mucho más profundo, que también ayuda a concretarlos. Son un buen compañero de la Cuaresma, un periodo de especial gracia y significado, que ojalá deje este año en nuestra vida un surco fecundo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Entusiasmarse

Me comentó hace años un amigo especialista en filología clásica que la palabra “entusiasmo” proviene del griego enthousiasmós, que puede traducirse por rapto o posesión divina. En definitiva, estar entusiasmado es estar “lleno de Dios”. Me parece que es un buen título para mostrar una de las dimensiones del cristianismo que quizá los propios cristianos no consideramos con la frecuencia que deberíamos. Como una modesta contributión a repensar esa dimensión, acabo de publicar una nueva versión de un libro que saqué a la luz hace seis años en una editorial norteamericana, y que ahora adapto al lector español y actualizo. Aunque pueda parecer poco elegante hacerlo, me permito recomendaros a todos la lectura de esta obra: Entusiasmate. Diez hitos para encontrar la alegría que publica la editorial Digital reasons.
Entusiasmarse no es fruto de un placer pasajero, sino de algo mucho más permanente porque quien se llena de Dios ha encontrado la verdadera raíz de la alegría, una alegría duradera que resiste los embates de las tormentas y los terremotos de la vida. No es casualidad que el papa Francisco haya relacionado directamente con la alegría sus tres principales escritos: Laudato si, Evangelii Gaudium y Amoris laetitia. En fin, la alegría es inseparable de quien tiene un sentido en su vida, de quien ancla ese sentido sobre Dios, quien es Amor permanente, en realidad el único propiamente Permanente.
Este libro se dirige tanto a quienes consideran la fe como una referencia firme de sus vidas, como a los que tienen una imagen un tanto diluida, o quizá olvidada en el baúl de la adolescencia, de la figura de Jesucristo, del meollo de la fe, de sus consecuencias prácticas. Mi mayor entusiasmo será saber que a ambos potenciales lectores ha servido su lectura, a algunos quizá para reflexionar sobre esa fe apagada, a otros para disfrutar más plenamente esa alegría de la fe y para comunicarla a quienes les rodean.

domingo, 12 de febrero de 2017

Edad Media: ¿Periodo oscuro o ignorancia prolongada?

Estaba hace unos días leyendo un libro sobre la evolución del pensamiento ambiental, orientado a entender mejor los actuales problemas que afectan a nuestro planeta y el origen de nuestras actitudes ante los mismos. Naturalmente, el libro se detenía en comentar las primeras propuestas de los pensadores griegos sobre esta cuestión, pasando luego de puntillas sobre el pensamiento romano, obviando el oriental y ninguneando el cristianismo medieval, del que solo hacía referencia a Sto. Tomás de Aquino. Luego se extendía en el inicio de la llamada "modernidad" con Descartes y Bacon, Copernico y Galileo, Newton y Kepler, que nos habrían sacado de la ignorancia propia de siglos pasados, para enlazar con el pensamiento contemporáneo.
Me llamó la atención, una vez más, este enfoque de la Historia, tan enraizada en el pensamiento occidental, que considera el progreso como fruto de la modernidad, enlazando naturalmente con el glorioso pasado helénico. Entre medias, casi nada. Tampoco casi nada de otras culturas no occidentales, como si Asia, Africa o América no hubieran aportado nada relevante. Quizá algunas citas al periodo más brillante del califato cordobés o sirio, casi nunca apoyadas en datos concretos o restringida a los mismos sabios que sirven tan bien para hablar del pensamiento ambiental como de la cartografía o la física.
No soy historiador profesional, pero imagino que los especialistas en Historia medieval se frustarán al ver el escaso conocimiento que muestran los intelectuales occidentales de ese periodo. Parece que se asume por defecto que es un periodo que no aportó nada a la historia de la ciencia, la cultura o el desarrollo social. Tan sólo se limitó a recoger el legado clásico y pasarlo al Renacimiento, como si su único reconocimiento fuera haber copiado lo que otros desarrollaron previamente.
En mi modesta opinión, este olímpico desprecio a la cultura medieval puede deberse a una ignorancia sostenida o a un sesgo ideológico, que considera nefasto por definición lo que lleve el sello de civilización cristiana. No me parece que la medieval haya sido el ideal del cristianismo, pero ciertamente la presencia de valores cristianos en ese periodo, sobre todo si los comparamos con los periodos precedentes, parece suscitar la suspicacias de muchos intelectuales, sobre todo de los países que secundaron la Reforma-Ruptura protestante, que en el fondo intentó poner entre paréntesis todo el desarrollo del pensamiento teológico entre los siglos IV y XV, supuestamente para conectar mejor con la pureza del cristianismo primitivo.
Como digo no es mi labor reivindicar un periodo de diez siglos, pero me parece que bajo el epíteto de periodo oscuro en la consideración de la Edad Media se esconde una ignorancia prolongada y atrevida. En el campo que ahora me ocupa, el pensamiento ambiental, el autor del libro que estoy leyendo citaba únicamente a Sto. Tomás, ignorando -intencionadamente o no, no lo se- a San Agustín, San Benito, Sta. Hildegarda de Bingen y, todavía más grave, a San Francisco de Asis, que aporta una visión tan moderna de la naturaleza que justamente ha merecido el protagonismo en la encíclica del papa Francisco dedicada a estas cuestiones. En fin, quizá convendría que algunos analicen la historia medieval con un poco más de rigor y profundidad, alejándose de los tópicos. Diez siglos dan para muchas cosas, pese al colapso social que supuso la caída del imperio romano (¡¡el de Occidente, el de Oriente siguió activo hasta 1453, pero tampoco parece que aporte mucho!!.

domingo, 29 de enero de 2017

Recuperar el tiempo

Tengo un amigo que dice con cierta frecuencia que él quiere estar siempre “en tiempo real”, quizá para justificar su notable dependencia del móvil (debe consultarlo más de 100 veces diarias). No voy a explayarme ahora sobre la subordinación tecnológica que parece dominar cada vez a más estratos de la sociedad, hasta el punto de crear ansiedades y sumisiones propias de una patología. Me quiero más bien centrar hoy en el propio concepto del tiempo que manifiesta la frase de mi amigo. Estar “en tiempo real” parece que es una característica del momento en que vivimos donde todo se comunica al instante, donde no existe ni pasado ni futuro sino un permanente presente. Lo que ha ocurrido hace una hora ya es antiguo, lo que ocurrió ayer se ha perdido en la memoria. Nada es estable porque todo es efímero, como el aguacero que derrama una gran cantidad de agua sin calar la tierra y, por tanto, sin fecundarla. Cabalgamos en una vorágine temporal impropia de la condición humana que, como todo lo natural, está llamada a tener ciclos (periodos, estaciones), pausas que permitan captar lo que recibimos, entenderlo, hacerlo nuestro. Acabo de terminar un interesante libro del filósofo coreano
Byung-Chul Han que ha titulado “El aroma del tiempo”, con el significativo subtítulo de “Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse”, que expresa muy bien lo que quiero decir en los párrafos anteriores. Para este autor la civilización tecnológica presente borra el tiempo, porque borra la sucesión. Pero quien no considera el pasado o previene el futuro, no entiende lo que le pasa al presente. La tecnología nos brinda enormes posibilidades, pero también plantea muchos retos. Uno de los más significativos es el acortamiento del tiempo, hasta casi su eliminación. Dice el autor coreano: "Los intervalos son suprimidos en pos de una proximidad y simultaneidad totales. Se elimina cualquier distancia o lejanía. Se trata de hacer que todo esté a disposición aquí y ahora. La instantaneidad se convierte en pasión. Todo lo que no se puede hacer presente no existe. Todo tiene que estar presente" (p. 61).
Pero eso no es humano, porque no es natural. En la naturaleza hay estaciones, hay frutos en una época y no en otra, hay épocas frías, sin hojas, hay muerte otoñal, hay renacimiento primaveral, hay estío. Todo requiere su tiempo. Como bien dice el Eclesiastés, “Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer, y un tiempo para morir; un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar…”. Si pretendemos eliminar el tiempo haciendo todo presente, rompiendo las interrupciones que separan unos eventos de otros, perdemos la perspectiva de las cosas, entramos en una aceleración vital que nos acabará agostando. En lugar de darnos plenitud, la eliminación del tiempo nos acaba empequeñeciendo, porque nos hace perder el control de nuestra propia vida. Como bien dice Byung-Chul Han: "Quien intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido. La experiencia de la duración, y no el número de vivencias, hace que una vida sea plena (...) Una vida a toda velocidad, sin perdurabilidad ni lentitud, marcada por vivencias fugaces, repentinas y pasajeras, por más alta que sea la "cuota de vivencias" seguirá siendo una vida corta" (p. 57).
Necesitamos recuperar el sentido del tiempo, incluir en nuestra vida una visión más serena de nuestra actividad. El propio Han propone rescatar la vida contemplativa, que parece habernos robado el mundo trepidante en el que vivimos. No lo dice en su sentido religioso, pero en el fondo sí, ya que la contemplación siempre es espiritual. Recuperar el tiempo, desarrollar el espíritu están íntimamente ligados. Quien no contempla, no entiende lo que le pasa y no acertará a encauzar los acontecimientos. Tampoco podrá relacionarse con Dios. Es preciso pararse, volver sobre sí (reflexionar), mirar al interior.

sábado, 21 de enero de 2017

Sobre qué opinamos

Estuve ayer en una tertulia en casa de un buen amigo que organiza estos eventos desde hace algunos años. Me invitaron a hablar sobre el Cambio climático. La asistencia me sorprendió. Se vé que este amigo tiene muchos y buenos amigos, que convirtieron el evento en una agradable experiencia, mucho más nutrida de lo que pensaba inicialmente y con un ambiente excelente.
Intenté exponer los conocimientos cientificos que sobre esta cuestión existen actualmente, mostrando con diversas fuentes que considero de completa confianza (centros meteorológicos de EE.UU. y Europa, NASA, ESA, revistas científicas de indudable reputación), que se trata de un asunto serio, donde las convergencias son cada vez más claras y los impactos previsibles muy poco halagüeños. Requiere a mi juicio, por tanto, tomar medidas más contundentes para mitigar la principal causa de ese calentamiento del planeta, reduciendo la emisión de gases de efecto invernadero y potenciando a la vez los sumideros naturales (bosques y océano).
https://www.nasa.gov
No voy a resumir la larga discusión que tuvimos tras mi intervención. Simplemente me llamó la atención como, tras los abundantes datos que ofrecí a los asistentes, seguía habiendo algunas personas -afortunadamente una minoría- que desconfiaba de todo lo que les había dicho: seguían pensando que el cambio del clima no es significativo o que no se debe a causas humanas, o que no hay necesidad de tomar medidas porque ya somos lo suficientemente listos para arreglar el problema cuando se ponga más serio. Me llamó la atención que los que dudaban de la existencia del problema o de su seriedad usaban argumentos que poco tenían que ver con los que yo había presentado, escudándose en desinformaciones de los medios (ciertamente muy poco certeros cuando hablan de temas científicos), o en fuentes de dudosa confianza, o incluso en la famosa teoría de la conspiración izquierdosa-ecologista-masona que pensé era un argumento encerrado en el baúl de los recuerdos.
Ciertamente todas las opiniones son respetables y todo el conocimiento científico está sujeto a la revisión de los nuevos datos o nuevas interpretaciones congruentes con ellos, pero poner en el mismo plano a los especialistas que dedican la mayor parte de su tiempo y energías a estudiar estas cosas a fondo y a quienes disfrutan con comentarios de pasillo, me parece que no ayuda nada al debate sobre cuestiones fundamentales: cambio climático, células madre, biotecnologia, transhumanismo, energía, inmigación, etc.
Escribo esta entrada no tanto por la cuestión en sí -que es indudablemente relevante- sino porque me parece que se trata de una tendencia bastante extendida en esta "sociedad de la información". El acceso a la información en internet es una estupenda realidad, pero no es fácil discernir bien las fuentes. Uno puede encontrar opiniones dispares sobre cualquier asunto, pero no puede fiarse obviamente de todo lo que se "cuelga" en la red. Hay análisis basados en fuentes serias, en otras menos serias y en otras que no merecen más crédito que el anecdótico. Naturalmente cuando uno no es experto en algo, lo mejor es fiarse de los que lo son, o al menos de quienes trabajan en instituciones de prestigio o tienen como misión el trabajo en esa determinada cuestión. Sobre el cambio climático la información es bastante abrumadora y la proveniente de esas fuentes fiables (centros meteorológicos, universidades de primera nivel, revistas de alto impacto, academias de la ciencia,...) apuntan claramente en la misma dirección.

domingo, 15 de enero de 2017

¿Para qué sirve rezar?

Hace años leí una noticia en el periódico que resultó muy llamativa. Una señora, licenciada en Filosofía y Letras y con amplia cultura según se informaba, alquilaba su tiempo para conversar sobre los tópicos más variados con quien tuviera necesidad de compañía. El artículo aclaraba que esas conversaciones no tenían otras finalidades más o menos inconfesables, sino que eran, simplemente, citas para charlar. Me pareció preocupante que estemos creando una sociedad donde acabemos estando tan solos que sea necesario contratar a alguien para que nos escuchen.
Los cristianos no tenemos esa necesidad, porque tenemos a Alguien, con mayúscula, que siempre está esperando que nos dirijamos a Él, que siempre está dispuesto a atender nuestra conversación. En la recogida quietud de una iglesia, en un paisaje excelso o en el fragor cotidiano de un medio de transporte está Dios esperándonos, siempre dispuesto a escuchar nuestras alegrías, inquietudes o preocupaciones. Eso es precisamente la oración.
La vida cristiana no se queda en un reconocimiento más o menos vago de que existe un Ser Superior, sino que se concreta en un trato personal, de amor, de amistad, con una Persona. Dios no es un ser lejano, que contempla con indiferencia nuestros afanes, sino un Padre amoroso, que sale a nuestro encuentro, que está deseando transitar junto a nosotros el camino de la vida. Cuando los discípulos de Jesucristo le piden que les enseñe a hacer oración, les propone tratar a Dios como un Padre, con confianza, como hijos queridos. Se trata de la oración por excelencia del cristianismo y supone una radical novedad en el trato que los contemporáneos de Jesús tenían con Dios, de ahí que tanto impacto causara sobre los discípulos. Las religiones antiguas concebían a Dios como un Ser Todopoderoso, absolutamente inaccesible y frecuentemente furioso con los hombres, por lo que convenía ofrecerle oblaciones que aplacasen su ira. La meta del cristiano es amar a Dios, que por ser infinito colma nuestra capacidad de amar.
Pero ¿cómo podemos amar a Dios, a quien no vemos? De la misma forma que lo hacemos con cualquier criatura, mediante el trato. El trato con Dios se basa en la oración, que no es otra cosa que un amoroso diálogo entre nosotros y el Creador. Diálogo porque hablamos, pero también porque escuchamos. Hablamos de mil formas, pues son muy numerosas las formas de hacer oración. Escuchamos también de muchas maneras, pues Dios nos habla al corazón, sin ruido de palabras, pidiéndonos, sugiriéndonos, estimulándonos, consolándonos. Sin oración, la vida del cristiano quedaría reducida a un conjunto de prácticas externas que no tendrían armazón.

domingo, 8 de enero de 2017

¿Dónde está la alegría?

Cuando estaba acabando mis estudios de bachillerato, hace ya bastantes años, cayó en mis manos la novela de Miguel Delibes “La sombra del ciprés es alargada”, ganadora del premio Nadal en 1947. Su lectura me resultó fascinante, aunque apenas recuerdo ahora los pormenores de la historia que narra el gran escritor castellano. Sí recuerdo dos detalles que me impactaron. Por un lado, me llamó la atención que una obra tan madura saliera de la pluma de un escritor tan joven. Recordemos que esa fue la primera novela de Delibes, que tenía en ese momento 27 años. En segundo lugar, me llamó la atención el tono pesimista que parecía impregnar la obra (el protagonista parece tocado por una permanente desgracia), sobre todo teniendo en cuenta precisamente que había sido escrita por un autor tan joven.
Tuve la suerte de criarme en un hogar humilde pero muy entrañable, donde mis padres se querían profundamente y nos mostraban ese mismo cariño. Tuve una infancia sencilla, con medios económicos muy limitados, pero nada problemática, en un ambiente social y cultural que concebía la vida con un carácter generalmente esperanzado, por lo que en esos primeros años de mi adolescencia toparme con historias de final infeliz me resultaba un tanto desconcertante. Con el paso de los años, he podido comprobar que la vida tiene más sinsabores de los que uno aprecia en una infancia pacífica, aunque tantas veces se magnifiquen por una sociedad que parece regodearse más con las malas que con las buenas noticias. Esa visión pesimista me parece que resulta especialmente clara en los intelectuales de Occidente, que dejan entrever en sus obras una visión desesperanzada, como la que observé en esa primera novela de Delibes. Podemos poner muchos ejemplos (novelas, ensayos, películas, teatro…) de esa visión pesimista que parece dominar una cultura que históricamente ha sido la más fructífera de la Humanidad. ¿A qué es debido eso? ¿Por qué nos empeñamos en enfatizar los puntos oscuros de la condición humana frente a sus muchas bondades?
En mi opinión está actitud no es un consecuencia de que nuestra sociedad sea conflictiva en sí misma. Naturalmente que hay problemas laborales, económicos y humanos muy variados, pero sería injusto atribuirles la causa de la desesperanza de Occidente. No hemos de olvidar que, con cualquier indicador que elijamos, podemos afirmar que la sociedad occidental vive en la época con más medios económicos y mayor protección social (educación, sanidad, desempleo) que ha conocido la Historia. Si se miran esos indicadores en cualquier otra área cultural actual (o del pasado histórico), no parece objetiva esa visión desesperanzada. Me parece que más bien es fruto de que Occidente ha perdido la confianza en sus valores, en su capacidad de promover el progreso y se dejado llevar por los profetas del nihilismo que desde la Ilustración han criticado inmisericordemente sus cimientos, sus logros y sus fortalezas, no aportando nada a cambio.
Sin ánimo de extenderme en el análisis de este fenómeno cultural tan complejo, estoy bastante convencido de que este pesimismo “de fondo” que ahoga la sociedad occidental es fruto de su pérdida de la visión cristiana de la vida, del rechazo de Dios en un mundo que ya no lo considera necesario, quizá precisamente porque tiene su esperanza puesta en los medios materiales de que disfruta. Pero como lo material por definición es efímero, la esperanza de Occidente tiene un corto recorrido y se pierde fácilmente. Se confirma que cuanto más intentamos prescindir de Dios, más se evidencia su necesidad. Perder la fe en Dios genera un vacío existencial que no se llena con bienes materiales o con ideales más o menos difusos. Se pierde la esperanza y se intenta generar un paraíso en la tierra que nunca acaba de llegar, porque es utópico. Con la esperanza se pierde el optimismo y la alegría ante el futuro, domina una cultura sin convicciones que no propone nada porque no está convencida de nada. Perder la fe en Dios tampoco supone engrandecer al ser humano, como pretendían hacernos creer los partidarios de un laicismo supuestamente humanista, sino más bien al contrario.
Me parece muy preocupante esa tendencia cultural a un pesimismo que podemos llamar trascendental, porque va más allá de lo anecdótico y no se reduce a unos sectores sino que está muy generalizado. Ahora bien, no estamos obligados a aceptar esa visión negativa, ni desde luego a permitir que acongoje nuestra vida. Podemos hacer muchas cosas para buscar escenarios alternativos. Si la causa de ese pesimismo de Occidente es su pérdida de la Fe, hagamos lo que esté en nuestra mano para que al menos empiece a recuperarla. Es tarea de todos porque todos estamos inmersos en esta sociedad, que por otra parte tiene tantas cosas estupendas. El reto es muy ambicioso, pues me parece que no se trata de restaurar, sino de proponer algo nuevo. Vivimos en una sociedad post-cristiana, que es consciente de sus carencias e intenta paliarlas acudiendo al consumismo, al neopaganismo o a las tradiciones orientales. Como dice uno de los primeros cardenales africanos de la Iglesia católica: "En el mundo posmoderno Dios se ha convertido en una hipótesis superflua, cada vez más alejada de las distintas esferas de la vida." (Sarah, 2015). El cristianismo se considera para muchos agotado, carente de soluciones. Ahí está nuestro reto. Quienes procuramos acompañar a Jesucristo en los caminos del s. XXI tenemos la responsabilidad de mostrarle como Camino, Verdad y Vida. Cada uno puede poner su ingenio al servicio de esa tarea, aunque nuestro principal cometido es revelar a Jesús con nuestra vida. Mostrar la alegría y la esperanza que proclamamos. De ahí vendrá luego el diálogo, porque muchos nos pedirán “razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3: 15), y tan sólo bastará mostrarles el rostro amable de Jesús, para que ellos mismos se acerquen a Él. Me parece que el mejor argumento para proponer el encuentro con Cristo a quien se sienta muy alejado es el que recoge el Evangelio de san Juan: “Ven y verás” (Jn 1:46).

domingo, 25 de diciembre de 2016

Feliz ¿qué?

Estos días resulta muy propio enviar mensajes de felicitación. A las tradicionales postales navideñas se suman ahora los correos electrónicos, whatsapp, SMS, skypes o cualquier otra manifestación de la mensajería electrónica. Yo debo ser un nostálgico, porque todavía me hace ilusión que me envíen una felicitación personal, que incluya de alguna forma mi nombre, quizá porque me parece un tanto perezoso tomar un mensaje genérico y enviar a toda la lista de contactos, como si uno sólo fuera parte de una lista tutti-fruti, o quizá porque todavía me parece que -por encima del modo de hacerlo- comunicarse es enviar un saludo a una persona singular, distinta de otra, que merece algo que solo aplica a ella.
El segundo aspecto que me lleva a la reflexión es lo que incluye el mensaje de felicitación. ¿Qué felicitamos exactamente en estos días? A mi me han llegado mensajes variados: me felicitan las fiestas o las holidays (que viene siendo lo mismo), la estación (no sé bien si meteorológica o de metro), el fin de año (cada día empezamos uno nuevo), o incluso el solsticio de invierno. Incluso hay gente que felicita....¡¡la Navidad!!, en un derroche de imaginación, e incluso te envían una imagen de algún Belén (gracias San Francisco por la idea de recrear el nacimiento de Jesús). Si ciertamente hace falta imaginación para traer a la mente y al corazón el nacimiento del Dios-con-nosotros en medio de un folklore de luces, compras estrafalarias, petardos, señores gordos vestidos de rojo y todo un sin fin de elementos que recuerdan bastante poco a la primera Navidad de la historia. ¿Dónde está la frugalidad de José y María, refugiados en una cueva porque Belén no "tenía sitio para ellos" en la posada? ¿Dónde la alegría de los sencillos de corazón, que son los únicos avisados del gran Acontecimiento? ¿Dónde la generosidad de compartir lo poco que tenían con Quien tenía todo y no quiso tener nada?
Para los que todavía tenemos claro qué significa la Navidad y qué lleva consigo, os mando una felicitación muy especial, la de unas niñas cristianas en Pakistán, uno de los muchos países donde celebrar la Navidad y alegrarse por el nacimiento de Jesús lleva consigo arriesgar la vida. Creo que son los que más se parecen a un matrimonio de emigrantes que hace 2000 años visitaron, con motivo del censo, un pueblo que no quiso acogerles. Agradezco desde aquí a Ayuda a la Iglesia necesitada su ingente labor en apoyo de nuestros hermanos más vulnerables.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La persecución de la mayoría

Conociendo los terribles atentados a la libertad religiosa que se producen en diversos países del mundo, sobre todo entre los cristianos en regiones de mayoría musulmana (Pakistán, Siria, Irak, Egipto, Nigeria...) o con regímenes oficialmente ateos (Corea del Norte, China...), hablar de persecución religiosa en España resulta ciertamente exagerado. Estamos muy lejos de sufrir lo que hermanos nuestros de esos países sufren cotidianamente, y no nos queda más que admirar su valentía y entereza la fe, su fidelidad a sus propias convicciones en medio de un ambiente hostil.
Hecha esta salvedad, los episodios de acoso religioso en nuestro país se están multiplicando preocupantemente, por lo que -sin histerismos, pero con firmeza- debemos replantearnos si estamos defendiendo adecuadamente nuestros derecho básico a la libertad religiosa. Resulta preocupante que se financie con dinero publico una exposición "artística" sacrílega o que se considere de poca relevancia la profanación de una capilla universitaria o que se empeñen algunos gobernantes en prescindir de símbolos religiosos en el espacio público, incluso en las fiestas religiosas. Lo curioso del caso es que esto además ocurra en un país de mayoría católica. Que las minorías sean perseguidas en cualquier país resulta ciertamente preocupante; que lo sean las mayorías resulta chocante y que además se haga en nombre de un supuesto respeto a las minorías resulta ya estrambótico.
Esta semana hemos tenido dos episodios judiciales que no ayudan mucho a respetar la libertad religiosa. No se presentó la demanda como una venganza, obviamente, los cristianos perdonamos y queremos a quienes nos están ofendiendo; simplemente queremos que se delimite claramente qué derechos se están violentando.
Si un grupo de personas entra en una sinagoga o en una mezquita y se ponen a insultar a los presentes, seguramente serán condenados por faltar al respeto a unas personas que practican libremente sus creencias; si en una manifestación de un determinado movimiento social unos participantes se disfrazan de rabinos o monjes budistas para pitorrearse de estas autoridades religiosas, seguramente serían reprendidos por menospreciar a esas confesiones religiosas. Ahora bien si ambas cosas ocurren en un evento católico o se dirige a autoridades católicas, simplemente se considera una manifestación de la libertad de expresión. En fin, doble rasero para juzgar a las minorías y a las mayorías, que sólo ocurre en países de mayoría cristiana. En los de mayoría musulmana, hinduista o atea, son las minorias las que sufren la falta de libertad religiosa. En ambos casos, somos cristianos.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Otra vez con los Belenes

Llega en unos días la Navidad que, no viene mal recordarlo, es lo que celebraremos a fines de este mes. Quien quiera celebrar el solsticio de invierno, la convergencia de Cáncer y Capricornio, las auroras boreales o las primeras nevadas del Pirineo está en su derecho de hacerlo, pero muchas personas en este país celebran otra cosa. Lo curioso del caso, en éste como en tantas otras cosas que pasan en este país en relación con nuestra tradición cristiana, es que una minoría tenga que imponer sus gustos a la mayoría, con la pobre excusa de que alguien pueda sentirse ofendido.
Por poner un ejemplo fácil de entender, si yo invito a mi casa a unos amigos que no son del Real Madrid (o incluso que les fastidia este equipo), y en su presencia celebramos que gane un partido que están retransmitiendo en ese momento, no veo por qué estaría ofendiendo a mis amigos. No lo celebro contra ellos, sino como algo que nos alegra a quienes vivimos en mi casa. Es más, lo lógico sería que esos amigos también se alegraran de ello, por la amistad que nos une, aunque a ellos no les interese el fútbol o no sean partidarios de ese equipo. Siguiendo este simil, no veo por qué algún inmigrante en nuestro país deba sentirse ofendido porque celebremos la Navidad. De hecho, estoy seguro que nadie sensato lo hace, y que obviamente cuando alguien les invoca para garantizar una supuesta neutralidad del Estado no confesional en el que vivimos, lo hace con una excusa muy pobre. La neutralidad ciertamente implica que no favoreces un interés particular, pero también que no niegas un interés general. ¿Es tan difícil esto de entender para los gobernantes ateos que (tantas veces con el propio voto de los católicos) están gobernando en las distintas administraciones públicas?
La manía inquisidora lamentablemente sigue estando presente en los gobernantes de nuestro país. Quien gobierna se considera capacitado para imponer sus ideas a los demás, en lugar de respetar las de quien piensa de otra forma. La tontuna insticional con los belenes navideños entra en esta categoría. La Navidad (=natividad=nacimiento, de quién?) parece que tiene que expresarse en símbolos que son foráneos (el árbol de Navidad es norte-europeo, aunque tiene un significado cristiano también), extemporaneos (muñecos de nieve o trineos con el calentamiento climático cada vez son menos frecuentes) o insulsos (paisajes New Age, o símbolos anodinos). En fin, por mi parte pondré un Belén en mi casa, y animo a todos los lectores a que lo hagan. Seguramente les ayudará a recordar qué celebramos y por qué estamos alegres.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Consumo responsable II

Decía en mi última entrada que ser responsable puede resumirse en ser consciente del impacto que tienen nuestras decisiones. Aplicado a nuestro consumo, ser responsable conlleva darnos cuenta de los efectos que tienen nuestros hábitos de comida, de transporte, de vestido, de diversión y de cualquier otra actividad que nos lleva a comprar cosas. Todo lo que consumimos requiere una cierta cantidad de energía y materias primas, de trabajo e inventiva humana, y todo en consecuencia tiene un impacto ambiental y social. Según sea nuestro consumo, esas repercusiones pueden ser más o menos dañinas sobre el medio y las personas. Habitualmente no somos muy conscientes de esas repercusiones, ya que nos falta información para calificar las cosas que consumimos. Hay algunas excepciones, como los electrodomésticos (que suelen ya tener una etiqueta que identifica su eficiencia energética) o los automóviles (que nos informan del consumo de combustible), pero en otros muchos aún hay bastante por hacer. Para remediar esa carencia, distintas iniciativas intentan informar al consumidor de los productos que consume. Me parece de especial interés la realizada por la organización goodguide (http://www.goodguide.com/) que puntúa más de 250.000 productos vendidos en EE.UU. en función de los aspectos sociales, ambientales y de salud que implica su producción y distribución.
En esta línea desde la cátedra de ética ambiental de la Universidad de Alcalá, estamos intentando promover el etiquetado energético de los productos alimenticios en nuestro país, de tal forma que el consumidor pueda tener información adicional sobre un aspecto relevante de los productos que consumimos. En estos días se celebra una nueva cumbre del tratado de cambio climático de la ONU, que debería comenzar a poner encima compromisos concretos para reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Las decisiones deberían ser muy amplias y muy contundentes, dada la gravedad de los impactos que ya tiene, y puede tener mucho más, el calentamiento terrestre. Una de esas medidas es que el consumidor sea consciente de las emisiones que ha generado un producto y que eso le sirva como elemento de juicio para comprarlo o no, o para elegir una alternativa más eficiente energéticamente. El cambio climático no va a modificarse drásticamente porque nuestro consumo sea más responsable, pero me parece muy relevante que cada uno se posicione ante un problema que nos afecta a todos y haga lo que esté en su mano para resolverlo. Además del impacto directo que esas actitudes tienen, también servirá para extender esa preocupación a nuestro entorno y para exigir a nuestros líderes politicos o económicos que vayan en la misma dirección. Esto es, en pocas palabras, un ejemplo de lo que significa ser parte de la solución o ser parte del problema.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Consumo responsable (I)

Nuestra sociedad asume que las cosas deben funcionar, y si no es el caso busca a alguien a quien pueda hacer responsable, particularmente si se trata de políticos, que parecen llamados a arreglar todos los problemas cotidianos. Ser responsable es tener la capacidad de responder, se supone que ante algo que hemos podido decidir previamente. No es responsable quien no decide libremente, ya sea porque no actúa con verdadero conocimiento, ya porque sea obligado a hacer algo que no quiere hacer, o ya porque tenga sus facultades mentales enajenadas.
Ser responsable, en pocas palabras, es asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Con cierta frecuencia tendemos a pensar que otros son responsables de los problemas que encontramos, y en menos ocasiones se nos ocurre reflexionar sobre qué grado de responsabilidad tenemos nosotros. Hacer tiempo me comentó un amigo que "si no eres parte de la solución, es que eres parte del problema". De algunos problemas somos poca parte, ciertamente, pero de otros -yo diría que de la mayor parte- siempre podemos hacer algo que contribuya, aunque sea livianamente, más a la solución que al problema.
La mayor parte de las personas están de acuerdo con preservar la naturaleza, con reducir nuestro impacto sobre la misma, pero la mayor parte no ven la conexión de esa actitud con lo que hacen todos los días. Ahí entra el concepto de consumo responsable que es, ni más ni menos, dar respuesta de qué hacemos para cumplir nuestras necesidades vitales. Hay muchas maneras de consumir. La más frecuente es la que busca tener más cosas, aunque no esté claro para qué sirvan, o sirvan más bien para poco o por poco tiempo. El consumo responsable -ahora me centraré en su aspecto ambiental- lleva a la práctica esa motivación conservacionista, y procura aplicar los tres principios basicos de la excelencia ambiental: reducir, reutilizar y reciclar, a los que yo añado otras dos "r": restaurar y re-educar. El consumo responsable supone consumir menos, ya sea porque reducirmos nuestras necesidades o porque re-utilizamos lo que de otro modo consideraríamos obsoleto. No nos hace falta tener tres móviles, aunque sean malos, ni tener el último cachivache que haya producido la tecnología: no nos hace más felices y crea mayor tensión en los recursos del planeta. Lo mismo cabe decir de cualquier otra cosa que consumimos, desde la comida hasta la ropa, pasando por el transporte o la diversión.
¿Que requiere ser responsables en nuestro consumo? Dos cosas sencillas, tener la motivación que nos lleve a ejercer nuestro derecho a no consumir o a hacerlo de otra forma, y tener el conocimiento para que esa forma alternativa sea más sostenible ambientalmente. A eso me referiré en mi próxima entrada.