lunes, 25 de julio de 2016

Animalismo y ecologismo

Tengo un especial interés por el cine como vehículo de transmisión de valores. Como los temas ambientales me resultan muy cercanos, me gusta ver películas que traten estas cuestiones, estudiar qué mensajes difunden y con qué medios artísticos.
Estaba ayer viendo una de las que recomendaron, The Cove, ganadora de un oscar el mejor documental en 2010, si no leí mal la carátula. La película no me pareció merecedora de tan alta distinción, aunque hay que reconerle una buena fotografía y un guión que pretende estar a medio camino entre un documental convencional sobre animales y una trama más o menos detectivesca.
La cuestión que me dio que pensar es la clasificación de esa película como de interés ambiental. Lógicamente para quien juzga estas cuestiones con cierta distancia, cualquier film que trate algo relacionado con la naturaleza es ambiental, pero me parece que conviene ser un poco más estricto y marcar mejor la frontera entre los problemas ambientales y los relacionados con la defensa de los animales. Aunque ambos suelen identificarse en la terminología cotidiana -quizá influida por los medios de comunicación-, es importante señalar que los grupos animalistas -en defensa de los animales- y los ecologistas -en defensa del medio ambiente- no solo no tienen por qué compartir los mismos intereses, sino que a veces pueden tenerlos enfrentados. Los animalistas defienden un trato compasivo con los animales, aunque se enfocan más en los sintientes (mamíferos principalmente), mientras que los ecologistas se preocupan del mantenimiento de los ecosistemas, de los ciclos de vida, en donde tan importante es un animal con capacidad de sufrir, como cualquier otro (un insecto o un molusco), o como una planta. Para el ecologismo, lo importante es mantener funcionando todos los elementos que conforman un determinado territorio, desde el agua y los minerales hasta todos los seres vivos que lo forman, con especial cuidado para aquellos más vulnerables (en peligro de extinción) o los más vitales (los que regulan más nítidamente el medio). Un animal que no aporta nada al ecosistema, como puede ser uno doméstico o de granja, no tiene interés ambiental, salvo la energía y recursos que consume. Para el animalismo parece que es más importante evitar las corridas de toros que el uso de pesticidas contaminantes, que tienen obviamente mucho más impacto ambiental. Los intereses de ambos grupos pueden coincidir en algunos casos, por ejemplo en la protección de mamíferos en peligro de extinción, pero pueden ser divergentes en otros. Este es el caso de la actitud ante las especies exóticas invasoras, que los grupos ecologistas intentan erradicar, mientras los animalistas las favorecen como cualquier otro animal autóctono.
Volviendo a la película The Cove, nunca la recomendaría como película ambiental, pues no trata un problema ambiental, sino un asunto de ética animal: ¿en qué medida es aceptable la caza de cetáceos y, en concreto, de delfin para exhibirlos en parques acuáticos o comerse su carne? Como requiere una película comercial, hay malos-malísimos (los pescadores y funcionarios japoneses) y buenos-buenísimos (los que pretenden salvar los delfines). Poco más.

domingo, 17 de julio de 2016

¿Quitar, poner o dejar el crucifijo?


Parece que con los calores del verano y la ausencia de actividad escolar, el debate sobre la presencia pública de los símbolos religiosos ha quedado aparcado, pero sigue siendo una cuestión de fondo que salta periódicamente, azuzado por los medios que, con ocasión y sin ella, esgrimen su visión laicista más rancia. Cualquier persona que haya viajado por el mundo reconoce en los símbolos religiosos de los distintos países una seña evidente de su historia cultural. Poco sentido tendría que en México ocultarán los monumentos mayas porque alguien contrario a las religiones precolombinas se sintiera ofendido. Lo mismo cabe decir de las estatuas de Buda que adornan no sólo los templos, sino también comercios y restaurantes en Corea o China. A ningún turista ocasional o incluso a ningún trabajador inmigrante en esas tierras se le ocurriría demandar a sus gobiernos por mantener esos símbolos, aunque ninguno de ellos sea oficialmente budista.
De la misma forma, si alguien viene a Europa a visitar o trabajar, parece razonable que admita las imágenes que forman parte de la historia cultural de nuestro continente. Parece que las imágenes sólo ofenden a una minoría muy minoritaria, curiosamente en muchas ocasiones no procedente de otros ámbitos culturales, sino de quienes han renegado del nuestro. El respeto a la libertad religiosa debería convivir con el respeto a las tradiciones culturales. Que alguien lleve un hijab si lo considera un símbolo de sus propias creencias y lo hace libremente, me parece muy bien. Que alguien sugiera quitar un cruficijo de un espacio público cuando ha estado allí por decenios o quizá siglos, me parece una falta de respeto por quienes lo consideramos un símbolo muy querido y por quienes han hecho nuestro país a lo largo de esos siglos. Una vez más hay que recordar que este país no es laico, ni laicista, sino no confesional.
De éstos y otros tema de gran interés trata del último libro publicado por la editorial Digital Reasons. Se titula La Religión en el Espacio Público, y está escrito por el Profesor Rafael Palomino, catedrático de derecho eclesiástico del estado de la Universidad Complutense. Comenta el concepto de los símbolos, su clasificación, y los parámetros jurídicos en que se mueven en relación con otro tipo de símbolos (los que identifican ciertos movimientos sociales o partidos políticos). Finalmente comenta distintas sentencias de tribunales occidentales sobre estas cuestiones, donde se dirime la relación entre tradición histórica y respeto a la libertad religiosa de la minoria, curiosamente mejor ejercida que la de quienes todavía tenemos creencias mayoritarias.

domingo, 10 de julio de 2016

La contaminación acústica

Hace unas semanas hice un paseo en bicicleta por una vía verde. La mañana era primaveral y el paisaje se vestía para la ocasión, con unos colores y olores maravillosos. Pero la primavera no sólo se manifiesta en la vista y en el olfato, sino también en el oído. Los cantos de los pájaros completan la sinfonía que nos ofrece la naturaleza. Cada estación tiene sus propios sonidos, como bien reflejó Vivaldí, aunque la primavera parece que nos comunica una alegría especial. Recordé otro paseo, hace muchos más años, en un bosque tropical en Venezuela, cuando al caer la tarde paramos el coche por el que nos movíamos en una pista forestal y estuchamos una maravillosa coral formada por voces de mil criaturas que despedían al sol hasta el día siguiente.

Compartían conmigo la vía verde varios caminantes y corredores, sobre todo al paso de alguna población más importante. Me llamó la atención que muchos de ellos iban embutidos en sonidos que  no provenían del entorno natural, sino de sus móviles. Me llamó la atención que pasearan por un ambiente cerrando uno de sus sentidos, perdiéndose así algo tan vital como la forma en que las criaturas se comunican entre sí. Estamos tan acostumbrados al ruido que no apreciamos el sonido; estamos tan familiarizados con la música artificial que no distinguimos la natural, cuando aquélla es una simple,  y tantas veces burda, imitación de ésta. Aislarse con los cascos o los auriculares es una forma de entretenimiento, de evasión, pero ¿de qué nos entretiene, de qué nos evade? Quizá de los demás: ponerse los auriculares es una forma de decir que no me interesa lo que tengas que contarme, que me basto a mi mismo para encontrar lo que me hace falta,...
En la certificación ambiental de edificios, uno de los capítulos que se verifica es la contaminación acústica: está bastante comprobado que los ruidos desequilibran a las personas. Quizá también otros ruidos, no sólo los externos, también los que usamos para aislarnos de los demás. La tecnología es excelente para muchas cosas, nefasta para otras. Tenemos tecnología del siglo XXI, pero me parece que algunos de nuestros valores son mucho más arcaicos. Quizá convendría que dejáramos los casos y escuchemos el ambiente que nos rodea, aunque sea urbano, pero sobre todo si es natural, porque hay muchas otras criaturas que también quieren comunicarnos algo, aunque sea sólo su presencia.

martes, 28 de junio de 2016

¿Qué aporta la religión al medio ambiente?

Tal y como anunciaba en una de mis últimas entradas, esta semana hemos organizado un seminario internacional entre científicos y líderes religiosos sobre el cuidado de nuestra casa común. Los problemas ambientales son muy graves, pero seguimos viviendo como si la Tierra fuera un ente ajeno a nosotros, como si el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degración de los suelos, o la contaminación del aire y del agua afectara a un planeta lejano, sin percatarnos de los efectos, ni considerar las causas. La ciencia se orienta a estudiar esos problemas, sus causas y sus tendencias, pero no puede sola resolverlos. Decía el decano de ciencias forestales de la universidad de Yale que tras cuarenta años estudiando problemas ambientales había llegado a la conclusión que sus causas últimas eran tres: el egoísmo, la avaricia y la apatía, y que ninguno de ellos podía resolverlo la ciencia. Es necesario el recurso a otras dimensiones del ser humano que inspiren un cambio de conducta. Las religiones y tradiciones espirituales del mundo son, indiduablemente, una de esas dimeniones, una de las más potentes. Hemos de recordar que todavía actualmente un 85% de los habitantes del planeta se consideran religiosos. Las religiones nos dan visiones del mundo, de quienes somos, de cuál es nuestra relación con Dios, con otros seres humanos y con las demás criaturas; nos dan estándares morales para comportarnos de acuerdo a unos valores intangibles; son un agente extraordinario en la educación de las personas, particularmente de la gente joven. Son, en definitiva, un aliado imprescindible para promover un cambio de valores.
Esta ha sido la principal conclusión del seminario que hemos organizado en el santurario católico de Torreciudad, al que han acudido científicos y líderes religiosos de 11 países y 8 tradiciones religiosas. En medio de un diálogo cordial y fructífero, hemos debatido sobre los principios y las acciones concretas, hemos subrayado el papel de cada ámbito del conocimiento, desde el respeto mutuo entre  las distintas ramas del saber científico y las distintas tradiciones religiosas. Hay mucho que hacer, y las dificultades son muchas, pero es todavía más relevante lo que está en juego. No es sólo una cuestión de lideres políticos, de grandes corporaciones o de ONGs: es algo que nos afecta a todos, y que depende de todos. Cada uno puede hacer algo para reducir su huella ambiental, para gastar menos energía y menos recursos, para que sean más límpios y sostenibles, para reutilizarlos siempre que se pueda, para reciclarlos de la forma menos agresiva con el medio. Es un cambio de actitud, una conversión ecológica, como nos ha pedido el Papa Francisco en la encíclica Laudato si' verdadera inspiración de este seminario.
Animo a todos a leer la declaración final y adherirse a ella, a meditar en su contenido y hacer algo concreto en su vida que vaya en la dirección correcta.

martes, 21 de junio de 2016

¿Dónde están los políticos cristianos?

Tenemos otras elecciones a la vista, ocasión para reflexionar sobre los valores que defienden las distintas opciones políticas. En las declaraciones públicas, en los programas, en los mensajes que se envían a través de los medios tengo la impresión de anhelar lo imposible. No debería ser tan complicado encontrar políticos que respeten la vida desde su inicio hasta su fin, que defiendan la libertad de todos para expresar sus ideas, para elegir la educación que quieran para sus hijos, que se tomen en serio los temas ambientales, que defiendan a los más vulnerables socialmente, que estimulen una economía sostenible, donde primen las personas sobre los intereses financieros, que se preocupen eficazmente de conseguir la mejora en los servicios públicos, que apuesten por el diálogo con los demás, que acepten a los que no piensan como ellos, que no insulten, que sean honestos, que salgan de las barricadas culturales, que superen el frentismo, que quieran a su país, que valoren la cultura, que estimulen la ciencia y la investigación, que trabajen por el bien común y no por sus intereses, que digan a la gente lo que es posible hacer, que planteen metas difíciles pero den ejemplo de sacrificio para conseguirlas. En suma, políticos con valores cristianos de fondo, no sólo los que presumen de ello, no los que se aprovechan de parecerlo, no los que intentan simularlo...

No veo dónde, no veo quien, sólo respuestas parciales, sólo intereses propios, sólo afán de poder, de dominio,... Seguiré pensando. ¿Qué pasa en este país, tan utópico es lo que planteo? Alguien me da alguna sugerencia...

domingo, 19 de junio de 2016

Ciencia y Religiones para el medio ambiente

Muy pocos expertos dudan ya de la gravedad y alcance de los problemas ambientales. Estamos afectando de tal manera a los ecosistemas terrestres que muchos autores incluso hablan de una nueva era geológica, el Antropoceno, caracterizado por el protagonismo de los impactos humanos sobre cualquier otro proceso natural. Está en juego nuestra pervivencia en esta casa común, así como el mantenimiento de formas de vida que no sólo tienen valor en sí mismos, entre otras cosas porque todas han sido creadas por Dios, sino que también nos resultan imprescindibles para mantener la nuestra, ya que nos proporcionan comida, aire y agua limpia, medicamentos y son fuente de paz y belleza que alienta y enriquece nuestro espiritu.
Muchos líderes religiosos han alertado en las últimas décadas sobre la necesidad de cambiar nuestros hábitos de vida. El modelo actual de progreso es insostenible ambientalmente, crea enormes injusticias sociales y no hace a la gente más feliz. Como bien indicaba el Papa Francisco en la Laudato si: “No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso (...) Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso” (Laudato si, n. 194).
En este marco, estamos organizando desde la cátedra de ética ambiental (Universidad de Alcalá - Fundación Tatiana Pérez de Guzman el Bueno) y la Fundación Promoción Social de la Cultura, el primer seminario internacional de diálogo entre Ciencia y Religión para el cuidado ambiental (ISSREC). El seminario tendrá lugar en el Santuario catolico de Torreciudad (Huesca). Asistieran científicos, teólogos y líderes religiosos de 12 países y 8 confesiones religiosas (cristianos, budistas, musulmanes, hindus y judíos). El objetivo es mejorar el dialogo entre la ciencia, que permite identificar y prevenir los problemas ambientales, y la religión, que permite impulsar cambios de estilos de vida, que reduzcan nuestro impacto ambiental. Es clave  reconocer la importancia de las grandes religiones en cambiar nuestras escalas de valores. Como indicaba el Papa Francisco, y esto es aplicable a cualquiera de las grandes religiones de la Humanidad, “...la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo” (Laudato si, n .222). La importancia de los problemas requiere tomar decisiones profundas, donde todos los posibles actores aportan su contribución. Las soluciones al problema no pueden pasar por eliminar seres humanos y considerarnos como el cáncer el planeta, sino por cambiar nuestra manera de relacionarnos con Dios, con los demás seres humanos y con las demás criaturas, pues además la degradación ambiental y la pobreza están íntimamente relacionadas: “Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (n.139)

domingo, 5 de junio de 2016

Saber escuchar, saber hablar

Vivimos seguramente en la época histórica donde resulta más sencillo comunicarse. La tecnología nos facilita enormes posibilidades para trasmitir nuestros pensamientos a quienes conocemos más de cerca o incluso a quienes nunca hemos tratado. Paradójicamente, en este mundo global interconectado cada vez es más difícil expresar lo que pensamos y sentimos, me refiero a aquello que realmente está en lo profundo de nuestro corazón. Eso requiere alguien que nos quiera y nos entienda, presupone la amistad, ese puente que permite cruzar nuestra intimidad con alguien en quien verdaderamente confiamos. La tecnología no facilita esa comunicación íntima: sólo la vanal, y al fin y al cabo ¿qué mensaje de cierta hondura puede transmitirse en 140 caracteres? Como la tecnología es envolvente, nos aisla y a la postre acaba dificultando el encuentro personal. A eso añadimos que vivimos seguramente en la época más individualista de la Historia, en donde todo parece que podemos resolverlo nosotros mismos.
Me venían estas ideas a la cabeza viendo ayer la película el Doctor (1991), un film que narra la transformación de un prestigioso cirujano, que enfrenta la vida como un conjunto de relaciones que siempre terminan en sí mismo, cuando es diagnosticado con un cáncer de laringe. Quien contemplaba a los demás como medio para sus fines, quien dominaba todas las situaciones se da cuenta que es vulnerable y no sabe cómo enfrentar su problema. Pese a la aparente buena relación con su mujer, es incapaz de compartir con ella su angustia y sólo encuentra salida en el trato con otra enferma de cáncer, a quien conoce en las esperas de las sesiones de radioterapia. Ella le hace descubrir el valor de la vida y entabla una comunicación que no había sido capaz de tener con nadie. Su mujer intenta apoyarlo, pero no sabe cómo hacerlo, porque él siempre había puesto una barrera invisible que nadie -solo esa enferma, a quien se unió por el dolor de un cancer en común- fue capaz de atravesar. Uno podría pensar que se trata de un guión poco verosimil, pero no me parece que lo sea. Creo que es difícil compartir lo que de verdad uno lleva dentro, y en esa falta de comunicación esta el germen de las crisis personales, también de las crisis matrimoniales. El Papa Francisco dedica varios pasajes de la "Alegria del amor" a la importancia del diálogo en el matrimonio. Comenta: "En estos momentos (de crisis) es necesario crear espacios para comunicarse de corazón a corazón (...) Es todo un arte que se aprende en tiempos de calma, para ponerlo en práctica en los tiempos duros"  (n. 234). De hecho, parece claro que el inicio de toda crisis es una falta de confianza, una incapacidad para hablar y destruir la barrera que crece invisible entre dos personas que se aman. Insiste el Papa Francisco: "En una crisis no asumida, lo que más se perjudica es la comunicación. De ese modo, poco a poco, alguien que era «la persona que amo» pasa a ser «quien me acompaña siempre en la vida», luego sólo «el padre o la madre de mis hijos», y, al final, «un extraño»" (n. 233).
Es muy fácil hablar de nimiedades, es mucho más difícil hablar desde el fondo de nuestra alma. Es difícil pero es necesario; es preciso vencer el miedo a no ser escuchados, no comprendidos, no valorados... es una posibilidad de fracaso, pero el silencio casi siempre ya es un fracaso.

domingo, 29 de mayo de 2016

La alegria del amor

Evidentemente no soy el primero, y espero que no sea el último, en señalar el enorme interés que tiene la reciente exhortación apostólica del Papa Francisco: "La alegría del amor".  Me parece que es una de las reflexiones más lúcidas y atractivas realizadas en las últimas décadas sobre el matrimonio y la familia, verdadera columna vertebral del tejido social. Aprendemos a convivir con otros en la familia, aprendemos a querer y a ser queridos, a ayudar y ser ayudados, a enriquecer nuestras potencialidades y a conocer nuestros límites. La familia es el nicho ecológico del desarrollo humano.
Por eso es tan preocupante la enorme crisis actual del matrimonio, fundamento de la familia. Sin un matrimonio estable, no hay una familia estable. Sin un padre y una madre, no hay hermanos o abuelos, o son fruto de situaciones previos que raramente funcionan. Ciertamente la muerte de uno de los cónyuges puede dar lugar a familias de varios orígenes, pero cuando esa mezcla es fruto de la desunión, tantas veces teñida de rencor y odio, la huella sobre los niños (y los propios cónyuges) es difícil de reparar.
Es preciso preguntarnos qué ha ocurrido, por qué el matrimonio es ahora tan débil. Sin duda hay razones muy diversas. En cualquer caso, intentar explicarlo no puede llevarnos a considerar el divorcio como un beneficio. Su impacto social es tremendo, tanto en las vidas de los más pequeños -los más afectados y vulnerables- como en la de quienes experiementan esa separación. Quizá una de las raíces más claras del aumento de las crisis matrimoniales, y eventualmente de los divorcios a que dan lugar, sea la falta de diálogo, de generosidad, entre los cónyuges. El Papa Francisco incluye un bellísimo comentario al himno del amor que recoge la primera carta de San Pablo a los Corintios: "La caridad (el amor) es paciente, la caridad es benigna; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor. 13). Qué bueno sería que los esposos dialogaran sobre este texto más a menudo. Un amor vivido a sí por ambos cónyuges es muy difícil que se rompa, está sellado con enorme fuerza y además está bendecido por el amor a Dios.
Como había hecho en su primera exhortación, vuelve el Papa a proponer la alegría como núcleo del mensaje cristiano. Como él mismo indica, es mucho más importante proponer la concepción cristiana del matrimonio que debatir sobre las situaciones de crisis, que habrá que atender con el equilibrio propio entre la fidelidad al mensaje de Jesucristo y su infinita misericordia con todos.
El amor entre los esposos se apoya en una generosidad abierta al otro. No es una cuestión de sentimientos, más o menos volátiles, sino de una voluntad de construir un proyecto de vida. Lo dice muy bienel Papa cuando afirma: "No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad" (n. 163). Por encima incluso de la afectividad está la voluntad: querer querer, y ese amor será mucho más fuerte que los sentimientos, no para negarlos lógicamente, sino para hacerlos más hondos, menos dependientes del humor cambiante. Eso permitirá un matrimonio estable y, por tanto, una familia estable, donde crezcan los hijos en un ambiente de alegría y generosidad.

domingo, 22 de mayo de 2016

Las galletas y los incendios forestales

Según la teoría del caos casi todo está relacionado con casi todo (aquello del efecto mariposa), así que cuando alguien haya visto este título pensará que voy a hacer un ejercicio de malabarismo causal para relacionar las galletas que comemos con los incendios forestales, pero las dos cosas están mucho más conectadas de lo que parece.
Este pasado verano estuve en un seminario internacional sobre las emisiones producidas por los incendios forestales en Indonesia, uno de los países más afectados y que más afectan a sus vecinos, particularlmente en periodos de inusual sequía, relacionados con el fenómeno del Niño. Este año 2015 ha sido particularmente severo, lo que supuesto una de las peores temporadas de incendios en todo el Sureste Asiático. Todavía no está bien cuantificada la superficie quemada en esos incendios, que principalmente afectan a Sumatra y Borneo, pero sí se sabe que han supuesto la emisión de masivas cantidades de gases de efecto invernadero (principalmente CO2, pero también óxidos de nitrógeno y metano) y de particulas sólidas. Los efectos sobre la población local no se conocen con precisión, pero las estadísticas de muertes causadas por enfermedades respiratorias en la región parecen cifrar las muertes prematuras de población vulnerable en decenas de miles. En la época más álgida de estos fuegos, se han llegado a contabilizar densidades de particulas en el aire 40 veces superiores al límite permitido en Europa. Se queman bosques primarios de gran valor ecológico, muchos de ellos asentados en zonas de turbera, con una gran cantidad de materia orgánica en el suelo, que contribuye todavía más a las emisiones de CO2.
Estos incendios de Indonesia son provocados. Los facilita la sequía, pero los causa la acción humana que tiene por objetivo principal eliminar el bosque nativo para dedicarlo al cultivo de palmas aceiteras (palma africana). Los más perspicaces a estas alturas empezarán a vislumbrar la conexión que les prometía al principio. El aceite de palma es uno de los productos más utilizados en repostería, porque tiene una gran cantidad de grasas saturadas, además de en aperitivos, productos de cosmética y de limpieza. Las grandes compañías que controlan el cultivo y comercialización del aceite de palma promueven la quema de bosques, algunas zonas en concesión del gobierno indonesio y otras muchas aprovechando la debilidad y corrupción de los regidores locales. Además, el proceso también afecta a la estructura social de la región, donde los pequeños agricultores acaban siendo enrolados en esas grandes plantaciones por salarios ínfimos, trastocando sus modos de vida tradicionales.
Así las cosas, decidí este verano dejar de consumir bollería que contenga aceite de palma. La cosa es más complicada de lo que parece, ya que si tenemos la curiosidad de ver los ingredientes de la bollería disponible en nuestro país, comprobaremos con horror que casi toda incluye este aceite. En mi primer análisis tuve que descartar casi todas las marcas de galletas que había consumido hasta ese momento, y quedarme con una de la marca Gullón, que utiliza aceite de girasol, y otra menos conocida de magdalenas que emplea aceite de oliva.
Esto del consumo responsable a veces resulta complicado, pero es nuestra única herramienta contra las corporaciones internacionales: sólo con la presión del consumidor cambiarán sus estrategias productivas. Negar al que obvia las cuestiones ambientales y favorecer a quien las aprecia. Es una pequeña contribución en la línea a la que nos invita el Papa Francisco en la Laudato si: "La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida" (n. 225)

domingo, 15 de mayo de 2016

La libertad del cristiano

 A veces se razona contra la existencia de Dios mostrando la realidad del mal en el mundo: si Dios existe, es Todopoderoso y Bueno, no tiene sentido que consienta los crímenes, las guerras, los robos, las vejaciones de todo tipo que se cometen por los pecados de los hombres. Ellos, que juegan a aprendices de Dios, parece que hubieran creado otro mundo, quizá donde no hubiera libertad para equivocarse, pero no es así como lo ha querido Dios. El mal no es consecuencia de la libertad, pero la requiere. Si no tenemos capacidad de elegir, incluso el mal, nuestra vida estaría predeterminada y nuestras acciones morales no tendrían ningún valor.
Además, y es lo más importante, la libertad permite realizar el bien de modo consciente, eligiéndolo sobre otras opciones. Es más fácil que nos obedezca un perro que un hijo, pero es mucho más satisfactorio que lo haga un hijo, y es muy superior su cariño al de un animal, por muy noble que sea. Quizá por eso Dios quiso correr el riesgo de nuestra libertad, por eso quiere que pongamos algo, siquiera un poco, de nuestra parte. El trato con Dios debería emanar de una libertad íntima, de un amor libre, que no responde a ninguna presión externa. Tal vez uno de los mejores resúmenes de la vida cristiana venga de la pluma de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Los dos extremos de esta sencilla frase son imprescindibles para entenderla correctamente. Si amamos de verdad a Dios, haremos libremente lo que Dios quiera, porque nosotros lo querremos con todo convencimiento, como cualquier amor noble de esta tierra tiene por objeto agradar a la persona que ama. Si, por el contrario, hacemos lo que Dios quiere, pero sin amarle, nuestra vida será plana, mero cumplimiento de una normativa, de unos mandamientos impuestos desde fuera.
Con esa actitud estaríamos reduciendo el cristianismo a un catálogo de preceptos, convirtiendo los medios en fines. Apagando la libertad, encendemos la rutina y empobrecemos un amor que de suyo está llamado a ser infinito, porque Dios es inconmensurable. Como consecuencia de ese amor a nuestra libertad en el trato con Dios, tendremos también un profundo respeto a la autonomía de los demás, a su capacidad de decidir, aunque tomen opciones contrarias a lo que Dios les propone. Si Dios acepta esas decisiones que juzgamos equivocadas, ¿por qué nosotros vamos a impedirlas? Forzar la conciencia de nadie, incluso para obligarle a hacer el bien, parece una de las más flagrantes malinterpretaciones del querer de Dios. La conciencia es un santuario íntimo al que sólo podremos acceder si la otra persona nos abre su puerta, pidiendo ayuda. El cariño verdadero por esa persona nos llevará a implicarnos, a ayudar, para evitar algo que degrada a esa persona a quien queremos, pero sin saltar una verja que sólo puede abrirse desde dentro. Aquí, como en tantos aspectos, el equilibrio será difícil de obtener, pero es necesario. Tampoco es cristiana la indiferencia. Sin duda, detrás del supuesto respeto a las opiniones de los demás puede ocultarse la apatía por quienes nos rodean. Creo que lo expresa muy bien Susana Tamaro cuando afirma: “Detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse”
Si el respeto convive con la preocupación por los demás, surgirá de modo natural nuestra sugerencia en lo que consideramos decisiones equivocadas, respetando lógicamente su decisión. Dios, que podría cambiar inmediatamente a esa persona, no lo hace, y Él sabrá mejor que nosotros por qué. Él sólo quiere que nosotros sirvamos de altavoces de su palabra y de su vida, que nos impliquemos en ayuda a toda persona que nos rodea, también a descubrir la verdad, pero sólo ella puede llegar al convencimiento.

domingo, 8 de mayo de 2016

Realidad e ideología

Todos estamos influidos por nuestras propias ideas pre-concebidas, literalmente por nuestros "prejuicios". Eso nos lleva a juzgar la realidad que nos circunda con un cierto sesgo. Nos cuesta aceptar cosas que vayan en contra de nuestras teorías, en lugar de plantearnos la solidez de éstas. Mirar la realidad con sentido crítico debería llevarnos a actualizar nuestro pensamiento cuando el número de evidencias sea lo suficientemente claro, en lugar de empeñarnos en seguir extrayendo conclusiones marginales a partir de nuestra interpretación a priori de lo que ocurre. Ciertamente, éste es también un freno importante para el diálogo entre personas que piensan de forma distinta. Con frecuencia en lugar de reflexionar sobre lo que nos dice quien expone otro punto de vista, nos enrocamos en nuestra propia postura, asumiendo que sólo hay una forma correcta -la nuestra, naturalmente- de ver la realidad. Esto disminuye notablemente nuestra capacidad de entender a otras personas y otros fenómenos que no encajan, o lo hacen de manera muy tangencial, en nuestra posición mental. El diálogo implica intercambiar ideas, asumir que las nuestras pueden ser débiles y las del otro convincentes. Aunque naturalmente no se trata de que uno cambie de valores cada vez que habla con personas de otras tendencias, esa actitud abierta nos enriquecerá nuestra visión de la realidad que nos circunda, y seguramente se afianzarán muchas de nuestras convicciones incorporando otros puntos de vista.
Me venían estas cosas a la mente a raíz de un vídeo que me ha enviado un amigo, que muestra con un ejemplo muy sencillo, hasta qué punto vemos lo que estamos dispuestos previamente a ver. Os dejo el enlace.



domingo, 1 de mayo de 2016

El valor de lo espiritual

Hace ya bastantes años, en uno de mis primeros viajes a EE.UU., entré en una librería bastante grande y empecé a curiosear las distintas secciones. Me llamó mucho la atención que la sección de libros religiosos estuviera dividida en dos grandes grupos, por un lado lo que etiquetaban como Religions, y por otro, lo que denominaban Spirituality. Me llamó la atención esta división, porque yo entendía como libros de espiritualidad aquellos que han escrito los santos (Sta. Teresa de Jesús, S. Juan de la Cruz o S. Pedro de Alcántara, por citar algunos), o autores contemporáneos que comentan esas obras o la propia Sagrada Escritura. Sin embargo, allí calificaban como espiritualidad libros dedicados a las cosas más variadas: desde la autoayuda y el New Age, hasta cuestiones esotéricas diversas. Pensé que el concepto de espíritu se había desgajado de alguna forma de la concepción religiosa, para calificar todo aquello que se considera metamaterial, aunque sean las cosas más peregrinas. De alguna forma, esto puede explicarse por la insistencia, de casi dos siglos, en ahogar el concepto de Dios en la cultura occidental, y en la resistencia natural de los seres humanos a cerrar todo en el horizonte material. En pocas palabras, esas formas de espiritualidad sin Dios indican que tenemos una necesidad innata de lo espiritual que, al margen de Dios, puede conducir a posiciones verdaderamente extravagantes.
Sin llegar a esos extremos, la atracción de muchos contemporáneos por el Budismo y otras filosofías orientales me parece que encaja bien en esa tendencia. Se buscan caminos que enriquezcan el espíritu ante la evidencia que el consumismo material no colma nuestro afán de felicidad: el hastío ante una sociedad vacía de valores da paso a cultivar el espíritu, por vías que se consideren alternativas al modelo cultural dominante. El problema es que esa apertura a espiritualidades nuevas se hace al margen de la espiritualidad occidental (la cristiana, para entendernos), como si el modelo materialista fuera parte de ella. Poco tiene que ver el consumismo con el cristianismo, poco la búsqueda del placer material con la tradición de oración cristiana, pero parece ahora que para tener una vida espiritual intensa haya que irse al Tibet. Ya Ghandi se admiraba de la riqueza espiritual del cristianismo, y de la pobreza de quienes lo practicaban, asi que parece que vendrán de Oriente a descubrirnos nuestro patrimonio espiritual perdido.
Por esta razón, me parece que es sumamente interesante conocer mejor estas filosofías orientales, que sin duda suponen una revalorización de elementos imprescindibles en al ser humano: meditación, armonía, paz, interioridad, sobriedad de vida, etc. Analizar su origen y contenido, sus propuestas y su relación con la visión cristiana de la vida es el objetivo del libro que acaba de publicar Daniel Barcala: LA SENDA DEL ILUMINADO. INTRODUCCIÓN AL BUDISMO, en la editorial Digital Reasons. El libro supone un texto básico, pero suficientemente amplio, para entender el origen e implicaciones de esta filosofía que tanto atrae ahora en occidente y de la que tanto podemos aprender. No creo que haya de concebirse como competidora del cristianismo o de otras religiones, aunque haya puntos en los que parte de una concepción del mundo muy diversa a la nuestra. En cualquier caso, su sabiduría milenaria nos ayudará a reconducir los valores morales que esta sociedad ha olvidado, rescatando lo mejor de una visión más espiritual y profunda de la realidad que nos circunda.

domingo, 24 de abril de 2016

Educar para vivir contracorriente


La educación es sin duda una de las tareas más trascendentales que podemos desarrollar los seres humanos. A unos nos toca por profesión, a otros -los más- por la tarea insustituible de padres y madres. Educar, decía Platón, es sacar de una persona toda la belleza y la perfección de que es capaz. El reto es muy difícil y, sobre todo para los padres, aquí no hay examen de septiembre: se educa de una determinada forma y los frutos vendrán en función de ello -naturalmente, y de la libertad de los hijos-, por lo que es lógica la preocupación de cualquier padre y madre sobre cómo promover en sus hijos el tipo de valores que les harán, en el futuro, mejores personas.
Para unos padres cristianos, una preocupación añadida será cómo conseguir que la fe que quieren transmitir a sus hijos arraigue y sea permanente. Tantas veces, la educación cristiana acaba diluyéndose cuando los chicos entran en la adolescencia, quizá cuando entran en la universidad, como si todos los valores transmitidos cayeran en saco roto. El asunto es de especial relevancia en nuestro país, donde se hecha en falta la influencia social de esa gran cantidad de jóvenes que han sido educados en colegios católicos.
No es ciertamente tarea fácil educar, requiere mucha sabiduría (de esa que da el Espíritu Santo al hilo de la oración personal) y mucho ejercicio de las virtudes, pues lo que realmente se aprende no es lo que se oye, sino más bien lo que se ve: de poco sirven las prédicas si no van acompañadas de una vida plena. Además, y como nos movemos en una sociedad que cada vez más ignora los valores cristianos, una educación en la fe tendrá que sembrar unas convicciones profundas en los chicos, que les permitan más adelante vivir con naturalidad esa fe en ambientes hostiles. En otros países donde el cristianismo ha sido minoritario, me parece que esa tradición educativa está más arraigada entre los católicos. En el nuestro, creo que muchos padres siguen optando por la táctica de crear ambientes artificiales (burbuja) donde los chicos puedan vivir su fe sin sobresaltos. El problema es qué ocurrirá cuando los jóvenes tengan que estar -antes o después- en otros ambientes, en qué medida reaccionarán con personalidad y convencimiento, no sólo evitando que ese ambiente indiferente u hostil les atenace, sino incluso que les permita cambiarlo, influyendo positivamente en cualquier entorno, sintiéndose a la vez razonablemente feliz de dar testimonio de su fe, de ser coherente con unos principios que otros no compartirán, o incluso experimentando la amargura del rechazo social o la incomprensión de quienes se dicen amigos. En suma, ¿cómo educar para vivir felizmente en una sociedad que puede hacerle sentir a uno que es de otro planeta, por vivir valores que otros consideran caducos o absurdos?
Me reservo seguir reflexionado sobre esta cuestión en futuras entradas, pero me permito ahora sugerir un sencillo vídeo que trata esta cuestión y que da algunas ideas para tener esta cuestión en cuenta. Educar para un mundo diferente es tarea inevitable de cualquier padre o madre católico, que proponga a sus hijos un ideal que les guiará para toda la vida.




domingo, 17 de abril de 2016

¿Dónde están los políticos cristianos?


http://www.digitalreasons.es/libro.php?valor=%C2%A1Europa,%20s%C3%A9,%20t%C3%BA%20misma!%20La%20identidad%20cristiana%20en%20la%20integraci%C3%B3n%20europea

El viaje del Papa a Lesbos es mucho más que un gesto. Indica una profunda preocupación por cada ser humano, implica convertir los titulares en rostros, los números en personas. Acoge con su cercanía a quien nadie quiere acoger, a quien todo auxilio es negado. El Papa muestra con acciones concretas qué significa el año de la misericordia, pone rostro, manos, sonrisa al cuerpo de Cristo que siente el dolor por el hermano herido.
Mientras, Europa mira a otro lado, nuestros gobiernos llegan a un vergonzoso acuerdo con Turquía para culminar lo que la más elemental justicia rechaza. Hoy en mi parroquia nos han recordado que las iglesias de España han ofrecido sus locales para acoger refugiados. ¿Dónde están los políticos cristianos, dónde las raíces de un continente que se ha sentido orgulloso de exportar al mundo una cultura que ha hecho a los seres humanos más dignos, mejor atendidos, más respetados? Europa agoniza en su indiferencia. Los líderes no lideran nada más que los sentimientos más básicos del egoismo amenazado. Los gobernantes sólo miran las encuestas electorales; no quieren señalar el camino porque hace tiempo que ellos mismos lo han perdido. ¿Dónde están los políticos que crearon la Unión Europea tras una guerra de incalculables pérdidas? ¿Dónde los que cambiaron los fusiles por el abrazo? ¿Dónde los que superaron siglos de desconfianza y odio? Adenauer, Schuman, De Gasperi, Moro y tantos otros que sabían qué era Europa, de dónde venía y dónde debería ir. Hombres con fe en el hombre y con Fe en Dios, y tener fe implica tener confianza (cum fidere), apostar por un futuro mejor, guiar cuando el camino es incierto para salir del abismo.
¿Dónde están los políticos cristianos en nuestro país? ¿Dónde los que defiendan la vida del más débil, los que protejan los derechos de los más vulnerables, los que acojan a quienes sufren,...? ¿Dónde están los que busquen el bien común sobre el egoísmo particular, quienes vienen a la política a servir  y no a aprovecharse? ¿Dónde los que protejan la libertad de quienes son hostigados por causa de su fe? ¿Dónde los que hablan de virtud y no sólo de economía? ¿Dónde los que impulsan la ciencia, el ambiente natural, la familia, la educación, el trabajo bien hecho, la sobriedad, la honestidad...?

domingo, 10 de abril de 2016

El peso de la costumbre

Esta semana estuve en Málaga dando una conferencia sobre las distintas respuestas a la crisis ambiental, tomando como eje la encíclica del Papa Laudato si. Se dirigía a alumnos de la facultad de educación que están estudiando magisterio con opción a la enseñanza de religión. El debate me resultó muy interesante, mostrando la inquietud que la gente joven tiene ante las cuestiones ambientales. Me dio que pensar algunas de las preguntas sobre cómo podría abordarse el cambio de hábitos que lleva consigo la "conversión ecológica" a la que nos anima el Papa Francisco, en la línea de lo que ya habían propuesto S. Juan Pablo II y Benedicto XVI.
¿Hasta qué punto es posible cambiar de formas de vida? ¿En qué medida estamos atrapados en nuestros propios hábitos, en nuestras costumbre, modos de hacer, que impiden abordar otras metas? Me decía un buen amigo que la gente no cambia, sólo mejora (o empeora). Nuestro carácter es fruto de muchos años de tomar decisiones, de contrastar valores con conducta. ¿Es posible la conversión? ¿Podemos dejar de lado una trayectoria para orientar nuestra vida por otra senda? ¿Qué requiere un cambio tan radical? Entiendo que no basta con que alguien nos muestre la conveniencia, es necesario algo de mucho más impacto, quizá una experiencia inaudita, una enfermedad, una contrariedad grave, una alegría inusitada, una persona excepcional... ¿Qué nos permite dejar de lado conductas que nosotros mismos consideramos inadecuadas? ¿Cómo remontar el peso de nuestra propia mediocridad?
No tengo las respuestas, pero entiendo que la conversión, ecológica o de cualquier otro tipo, es una confluencia de muchas cosas: experiencia vital, convencimiento, valor percibido, ideal propuesto... Cambiar de rumbo, dejar de lado lo que venimos haciendo y empezar otra cosa, es consecuencia de una idea clara, una voluntad decidida y una empatía exigente. Empezar de nuevo, cambiar el paradigma, hacernos mejores.