domingo, 1 de mayo de 2016

El valor de lo espiritual

Hace ya bastantes años, en uno de mis primeros viajes a EE.UU., entré en una librería bastante grande y empecé a curiosear las distintas secciones. Me llamó mucho la atención que la sección de libros religiosos estuviera dividida en dos grandes grupos, por un lado lo que etiquetaban como Religions, y por otro, lo que denominaban Spirituality. Me llamó la atención esta división, porque yo entendía como libros de espiritualidad aquellos que han escrito los santos (Sta. Teresa de Jesús, S. Juan de la Cruz o S. Pedro de Alcántara, por citar algunos), o autores contemporáneos que comentan esas obras o la propia Sagrada Escritura. Sin embargo, allí calificaban como espiritualidad libros dedicados a las cosas más variadas: desde la autoayuda y el New Age, hasta cuestiones esotéricas diversas. Pensé que el concepto de espíritu se había desgajado de alguna forma de la concepción religiosa, para calificar todo aquello que se considera metamaterial, aunque sean las cosas más peregrinas. De alguna forma, esto puede explicarse por la insistencia, de casi dos siglos, en ahogar el concepto de Dios en la cultura occidental, y en la resistencia natural de los seres humanos a cerrar todo en el horizonte material. En pocas palabras, esas formas de espiritualidad sin Dios indican que tenemos una necesidad innata de lo espiritual que, al margen de Dios, puede conducir a posiciones verdaderamente extravagantes.
Sin llegar a esos extremos, la atracción de muchos contemporáneos por el Budismo y otras filosofías orientales me parece que encaja bien en esa tendencia. Se buscan caminos que enriquezcan el espíritu ante la evidencia que el consumismo material no colma nuestro afán de felicidad: el hastío ante una sociedad vacía de valores da paso a cultivar el espíritu, por vías que se consideren alternativas al modelo cultural dominante. El problema es que esa apertura a espiritualidades nuevas se hace al margen de la espiritualidad occidental (la cristiana, para entendernos), como si el modelo materialista fuera parte de ella. Poco tiene que ver el consumismo con el cristianismo, poco la búsqueda del placer material con la tradición de oración cristiana, pero parece ahora que para tener una vida espiritual intensa haya que irse al Tibet. Ya Ghandi se admiraba de la riqueza espiritual del cristianismo, y de la pobreza de quienes lo practicaban, asi que parece que vendrán de Oriente a descubrirnos nuestro patrimonio espiritual perdido.
Por esta razón, me parece que es sumamente interesante conocer mejor estas filosofías orientales, que sin duda suponen una revalorización de elementos imprescindibles en al ser humano: meditación, armonía, paz, interioridad, sobriedad de vida, etc. Analizar su origen y contenido, sus propuestas y su relación con la visión cristiana de la vida es el objetivo del libro que acaba de publicar Daniel Barcala: LA SENDA DEL ILUMINADO. INTRODUCCIÓN AL BUDISMO, en la editorial Digital Reasons. El libro supone un texto básico, pero suficientemente amplio, para entender el origen e implicaciones de esta filosofía que tanto atrae ahora en occidente y de la que tanto podemos aprender. No creo que haya de concebirse como competidora del cristianismo o de otras religiones, aunque haya puntos en los que parte de una concepción del mundo muy diversa a la nuestra. En cualquier caso, su sabiduría milenaria nos ayudará a reconducir los valores morales que esta sociedad ha olvidado, rescatando lo mejor de una visión más espiritual y profunda de la realidad que nos circunda.

domingo, 24 de abril de 2016

Educar para vivir contracorriente


La educación es sin duda una de las tareas más trascendentales que podemos desarrollar los seres humanos. A unos nos toca por profesión, a otros -los más- por la tarea insustituible de padres y madres. Educar, decía Platón, es sacar de una persona toda la belleza y la perfección de que es capaz. El reto es muy difícil y, sobre todo para los padres, aquí no hay examen de septiembre: se educa de una determinada forma y los frutos vendrán en función de ello -naturalmente, y de la libertad de los hijos-, por lo que es lógica la preocupación de cualquier padre y madre sobre cómo promover en sus hijos el tipo de valores que les harán, en el futuro, mejores personas.
Para unos padres cristianos, una preocupación añadida será cómo conseguir que la fe que quieren transmitir a sus hijos arraigue y sea permanente. Tantas veces, la educación cristiana acaba diluyéndose cuando los chicos entran en la adolescencia, quizá cuando entran en la universidad, como si todos los valores transmitidos cayeran en saco roto. El asunto es de especial relevancia en nuestro país, donde se hecha en falta la influencia social de esa gran cantidad de jóvenes que han sido educados en colegios católicos.
No es ciertamente tarea fácil educar, requiere mucha sabiduría (de esa que da el Espíritu Santo al hilo de la oración personal) y mucho ejercicio de las virtudes, pues lo que realmente se aprende no es lo que se oye, sino más bien lo que se ve: de poco sirven las prédicas si no van acompañadas de una vida plena. Además, y como nos movemos en una sociedad que cada vez más ignora los valores cristianos, una educación en la fe tendrá que sembrar unas convicciones profundas en los chicos, que les permitan más adelante vivir con naturalidad esa fe en ambientes hostiles. En otros países donde el cristianismo ha sido minoritario, me parece que esa tradición educativa está más arraigada entre los católicos. En el nuestro, creo que muchos padres siguen optando por la táctica de crear ambientes artificiales (burbuja) donde los chicos puedan vivir su fe sin sobresaltos. El problema es qué ocurrirá cuando los jóvenes tengan que estar -antes o después- en otros ambientes, en qué medida reaccionarán con personalidad y convencimiento, no sólo evitando que ese ambiente indiferente u hostil les atenace, sino incluso que les permita cambiarlo, influyendo positivamente en cualquier entorno, sintiéndose a la vez razonablemente feliz de dar testimonio de su fe, de ser coherente con unos principios que otros no compartirán, o incluso experimentando la amargura del rechazo social o la incomprensión de quienes se dicen amigos. En suma, ¿cómo educar para vivir felizmente en una sociedad que puede hacerle sentir a uno que es de otro planeta, por vivir valores que otros consideran caducos o absurdos?
Me reservo seguir reflexionado sobre esta cuestión en futuras entradas, pero me permito ahora sugerir un sencillo vídeo que trata esta cuestión y que da algunas ideas para tener esta cuestión en cuenta. Educar para un mundo diferente es tarea inevitable de cualquier padre o madre católico, que proponga a sus hijos un ideal que les guiará para toda la vida.




domingo, 17 de abril de 2016

¿Dónde están los políticos cristianos?


http://www.digitalreasons.es/libro.php?valor=%C2%A1Europa,%20s%C3%A9,%20t%C3%BA%20misma!%20La%20identidad%20cristiana%20en%20la%20integraci%C3%B3n%20europea

El viaje del Papa a Lesbos es mucho más que un gesto. Indica una profunda preocupación por cada ser humano, implica convertir los titulares en rostros, los números en personas. Acoge con su cercanía a quien nadie quiere acoger, a quien todo auxilio es negado. El Papa muestra con acciones concretas qué significa el año de la misericordia, pone rostro, manos, sonrisa al cuerpo de Cristo que siente el dolor por el hermano herido.
Mientras, Europa mira a otro lado, nuestros gobiernos llegan a un vergonzoso acuerdo con Turquía para culminar lo que la más elemental justicia rechaza. Hoy en mi parroquia nos han recordado que las iglesias de España han ofrecido sus locales para acoger refugiados. ¿Dónde están los políticos cristianos, dónde las raíces de un continente que se ha sentido orgulloso de exportar al mundo una cultura que ha hecho a los seres humanos más dignos, mejor atendidos, más respetados? Europa agoniza en su indiferencia. Los líderes no lideran nada más que los sentimientos más básicos del egoismo amenazado. Los gobernantes sólo miran las encuestas electorales; no quieren señalar el camino porque hace tiempo que ellos mismos lo han perdido. ¿Dónde están los políticos que crearon la Unión Europea tras una guerra de incalculables pérdidas? ¿Dónde los que cambiaron los fusiles por el abrazo? ¿Dónde los que superaron siglos de desconfianza y odio? Adenauer, Schuman, De Gasperi, Moro y tantos otros que sabían qué era Europa, de dónde venía y dónde debería ir. Hombres con fe en el hombre y con Fe en Dios, y tener fe implica tener confianza (cum fidere), apostar por un futuro mejor, guiar cuando el camino es incierto para salir del abismo.
¿Dónde están los políticos cristianos en nuestro país? ¿Dónde los que defiendan la vida del más débil, los que protejan los derechos de los más vulnerables, los que acojan a quienes sufren,...? ¿Dónde están los que busquen el bien común sobre el egoísmo particular, quienes vienen a la política a servir  y no a aprovecharse? ¿Dónde los que protejan la libertad de quienes son hostigados por causa de su fe? ¿Dónde los que hablan de virtud y no sólo de economía? ¿Dónde los que impulsan la ciencia, el ambiente natural, la familia, la educación, el trabajo bien hecho, la sobriedad, la honestidad...?

domingo, 10 de abril de 2016

El peso de la costumbre

Esta semana estuve en Málaga dando una conferencia sobre las distintas respuestas a la crisis ambiental, tomando como eje la encíclica del Papa Laudato si. Se dirigía a alumnos de la facultad de educación que están estudiando magisterio con opción a la enseñanza de religión. El debate me resultó muy interesante, mostrando la inquietud que la gente joven tiene ante las cuestiones ambientales. Me dio que pensar algunas de las preguntas sobre cómo podría abordarse el cambio de hábitos que lleva consigo la "conversión ecológica" a la que nos anima el Papa Francisco, en la línea de lo que ya habían propuesto S. Juan Pablo II y Benedicto XVI.
¿Hasta qué punto es posible cambiar de formas de vida? ¿En qué medida estamos atrapados en nuestros propios hábitos, en nuestras costumbre, modos de hacer, que impiden abordar otras metas? Me decía un buen amigo que la gente no cambia, sólo mejora (o empeora). Nuestro carácter es fruto de muchos años de tomar decisiones, de contrastar valores con conducta. ¿Es posible la conversión? ¿Podemos dejar de lado una trayectoria para orientar nuestra vida por otra senda? ¿Qué requiere un cambio tan radical? Entiendo que no basta con que alguien nos muestre la conveniencia, es necesario algo de mucho más impacto, quizá una experiencia inaudita, una enfermedad, una contrariedad grave, una alegría inusitada, una persona excepcional... ¿Qué nos permite dejar de lado conductas que nosotros mismos consideramos inadecuadas? ¿Cómo remontar el peso de nuestra propia mediocridad?
No tengo las respuestas, pero entiendo que la conversión, ecológica o de cualquier otro tipo, es una confluencia de muchas cosas: experiencia vital, convencimiento, valor percibido, ideal propuesto... Cambiar de rumbo, dejar de lado lo que venimos haciendo y empezar otra cosa, es consecuencia de una idea clara, una voluntad decidida y una empatía exigente. Empezar de nuevo, cambiar el paradigma, hacernos mejores.

domingo, 3 de abril de 2016

La Creación y la vida

Entramos de lleno en la semana que la Iglesia dedica a la Vida, que suele coincidir con la fiesta de la Anunciación (este año no ha sido posible por las fechas de la Semana Santa). Reflexionar sobre la Vida, sobre toda forma de vida, no solo -aunque sea la más relevante- sobre la vida humana, es reflexionar sobre su significado: ¿Qué sentido tiene cada vida, en singular? ¿Es simplemente fruto de la casualidad, una opción felizmente resultante de otras millones de combinaciones aleatorias, o hay alguien que ha querido que nosotros, que los demás seres humanos, que las demás criaturas, existan, exactamente como son? Esta es la pregunta clave sobre el sentido de todo: ¿lo que observamos a nuestro alrededor es puramente contingente (está ahí pero podría no estarlo) o lleva consigo algún mensaje, tienen alguna implicación para nuestras vidas y para la explicación de todo? Hoy sabemos por el avance de las ciencias que todo está relacionado con todo, que cada partícula del universo afecta de alguna forma a las demás. Pero también sabemos que la probabilidad de que todo eso haya ocurrido al azar, sin ningún diseño previo, es ínfima. ¿Hemos tenido mucha, extraordinariamente mucha, suerte o hay Alguien que explica el orden que observamos?
Para un evolucionista radical, todo es fruto de una relación entre el azar y la interacción con el entorno. A veces se asume que ésta es la respuesta científica, pero no olvidemos que la ciencia sólo explica el cómo, no el por qué. La teoría de la evolución explica el cómo se han desenvuelto las distintas formas de vida, pero no explica -no pretende hacerlo- qué sentido tiene esa evolución, por qué se dirigió a lo que ahora conocemos y no a cualquier otra de las trillones de posibilidades. Para quien crea en un Dios providente, la evolución explica cómo se ha producido el desarrollo del universo, pero además asume que esa ruta tiene un destino, y cada uno de los elementos de esa cadena es querido directamente por Dios Creador. Como indicaba Benedicto XVI, con su habitual lucidez, para un creyente: "No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario" (Homilía pronunciada durante la celebración eucarística con la que dio inicio a su Pontificado, 2005).
Por tanto, si creemos hondamente que Dios es Creador de cada criatura, que cada una ha sido querida expresamente por El, ¿cómo no amar la Vida, con mayúscula, y cada una de las vidas singulares que encontramos?, ¿cómo no admirarse ante la belleza de todo lo creado?, ¿cómo no respetarla? Para un sincero creyente, sería blasfemo erigirse en destructor arbitrario de alguna de las vidas que Dios ha querido, sería contradecir su voluntad de quererlas como son.
Me parece una tarea de especial relevancia recuperar el sentido más profundo de la Teología de la Creación, tan admirablemente expresado en la tradición de la Iglesia, desde los escritos de alabanza a Dios de la Escritura, los textos de los primeros Padres o la acción conservadora de las órdenes religiosas medievales, hasta las apremiantes llamadas a amar toda vida de los últimos pontífices. La última encíclica del Papa Francisco es en el fondo un recordatorio de las implicaciones que considerar a Dios como Creador tiene en nuestras vidas: en primer lugar, agradecimiento por un regalo que no merecemos, en segundo admiración ante la belleza y el sentido de lo que nos rodea, en tercer lugar responsabilidad para conservarlo tal y como Dios lo quiso.

domingo, 27 de marzo de 2016

Las iglesias y el comercio

He estado estos días de Semana Santa disfrutando de los bellos parajes del pre-pirineo catalán, siguiendo con unos amigos una ruta que aprovecha un antiguo trazado ferroviario. Asistí a los oficios del Jueves Santo a una parroquia de la costa, cercana al lugar donde termina esta ruta. La iglesia era bastante digna, con una nave muy espaciosa y un par de añadidos laterales que mostraban un buen ejemplo de la arquitectura modernista catalana.
La primera cosa que me sorprendió a la entrada en el templo era que no había reclinatorios. Como consecuencia, la inmensa mayoría de los asistentes no se puso de rodillas en toda la ceremonia, ni siquiera en el momento de la Consagración. Hace bastantes años leí un libro que me llamó bastante la atención, pues describía muy bien la degradación del ambiente católico en Holanda, un país oficialmente protestante, donde el catolicismo había tenido una pujanza enorme en los últimos siglos. El libro, titulado "A los católicos de Holanda, a todos", y escrito por una profesora de historia,  Cornelia J. de Vogel, incluía un brillante análisis de las causas de ese deterioro. Una de ellas, precisamente, era la eliminación de los reclinatorios en las iglesias. Para la autora, era un signo de la pérdida de espacio sagrado en una iglesia, pues sólo en una iglesia, sólo ante Dios presente en el Santo Sacramento, uno se arrodilla. No hacerlo -lógicamente, salvo problemas de salud- implica en la práctica no reconocer el carácter sagrado de lo que allí ocurre, rebajarlo a un espacio público sin más, como si fuera un simple auditorio donde uno escucha consejos más o menos piadosos.
No voy a describir otros disgustos que me llevé durante la ceremonia, donde se suprimió el lavatorio de los pies, se distribuyó la comunión con muy poca solemnidad, o se realizó la reserva de Jesús sacramentado sin ninguna procesión. Tampoco había un especial decoro.en el Monumento para acompañar a Jesús en la noche del Jueves Santo. La iglesia cerró sus puertas a las 10 de la noche, apenas 30 minutos después de la ceremonia.
Mientras, las calles de la ciudad mantenían un bullicio propio del periodo festivo y muchos comercios seguían abiertos. En esa ciudad, los católicos no pudieron acompañar a Jesús durante la vigilia que recuerda su prisión previa a la condena. Mientras los comercios vendían bagatelas, el templo que alojaba el auténtico Tesoro estaba cerrado. Quizá pocos lo hubieran valorado estando abierto, pero cerrado, sin duda, nadie tenía posibilidad de hacerlo. Me pregunté: ¿cuándo serán conscientes algunos que regentan las iglesias que atienden un servicio público? ¿cuándo que los templos católicos no son sólo lugares de encuentro sino también de oración? ¿cuándo que es preciso facilitar a los fieles la cercanía a Jesús, que ha querido quedarse sacramentado en la Tierra precisamente para que estemos cerca de El?

domingo, 20 de marzo de 2016

Un brindis por la coherencia

Todos los días saltan en los medios personajes públicos que son vilipendiados por la incoherencia entre lo que predican y lo que viven. No hablo solo de los políticos, que parecen hoy como los muñecos de feria que todo el mundo se considera con derecho a apalear, sino de líderes sociales o religiosos, a los que parece obvio exigir un alto estándar de vida, precisamente por lo que significan.
Bien mirado este planteamiento debería servir para todo el mundo. Aquello de "estos son mis principios, si no le gustan puedo cambiarlos", que decía Groucho Marx, nos suele resultar desdeñable en los demás, pero -como en tantos otros temas- también conviene que hagamos examen de conciencia sobre lo que significan para nosotros mismos. ¿Podemos afirmar, con rotundidad, que somos coherentes con nuestros valores? ¿al menos, que intentamos serlo, que luchamos por serlo? Como muchos de mis contemporáneos, leí siendo joven el diario de Ana Frank, esa muchacha judía que es símbolo, ayer y hoy, de la tragedia de todo un pueblo. Era una adolescente que nos dejó el legado de sus inquietudes y aspiraciones, los mismos de tantos millones de personas en esa edad de su vida, pero teñidos con una fuerza interior enraizada en el sufrimiento de la persecución. En uno de sus apuntes indica: "Honestamente, yo no puedo imaginar como alguien puede decir: "soy débil" y permanecer así. Después de todo, si lo sabes, ¿por qué no luchar contra ello, por qué no intentar entrenar a tu carácter? La respuesta será: "Porque es mucho más fácil no hacerlo" Esta respuesta me descorazona. ¿Fácil? ¿Eso significa que una vida perezosa y mediocre es una vida fácil? No, eso no puede ser verdad, no debe ser verdad, que la gente puede ser tan fácilmente tentada por la flojera o por el dinero" (Diario de Ana Frank, 1944).
Ser coherente con nuestros planteamientos éticos es complicado, sin duda, pero es imprescindible para construir una integridad moral que soporte nuestra vida. "O vives como piensas o acabarás pensando como vives", conocido adagio que refleja una realidad cotidiana: es mucho más fácil justificarnos a nosotros mismos, indultarnos con una falsa comprensión, que no es otra cosa que una excusa de nuestra mediocridad. Es más fácil seguir el camino de todos, y no estoy hablando de grandes "delitos", sino de pequeñas concesiones de lo que en otro momento de nuestra vida -más idealista- habíamos estimado como incuestionable: desde ser deshonesto en las compras o los arreglos domésticos ("con factura o sin factura"), hasta mentiras para quedar bien, llegar tarde a clase o no preparársela adecuadamente, bajar libros o películas que no hemos comprado, o usar para fines personales materiales de la empresa. Mantener la convicción cuesta por sí mismo, y supone tantas veces enfrentarse al ambiente establecido, al despertar la conciencia de quienes prefieren mirar a otro lado. Solo las propias raíces, o la mirada amable de Dios si uno tiene la suerte de ser creyente, garantizan que esa integridad moral no acabe naufragando, tanto cuando uno es joven e idealista, como cuando uno es adulto y pragmático.

domingo, 13 de marzo de 2016

En defensa de la vida

Hace unos días tuvimos un seminario en mi departamento sobre la consideración moral de los animales, un tema que está ganando interés en los últimos años. No voy ahora a comentar esta cuestión, a la que me referiré en próximas entradas, sino la base ética que el conferenciante aducía para respaldar su postura favorable a esa consideración. Los animales superiores tienen un sistema nervioso suficientemente desarrollado como para sentir placer y dolor, por lo que infringirles dolor supone un atentado a su dignidad intrínseca.
Independientemente de la solidez ética del argumento, no cabe duda que lo mismo cabe afirmar también de los embriones humanos, que a partir de pocas semanas de vida tienen un desarrollo fisiológico incuestionable. Así las cosas, cualquier animalista debería ser contrario al aborto, simplemente por pura coherencia con su argumento de base, aunque me temo que no es el caso de muchos de ellos.
Como decía, no quiero ahora extenderme en ese argumento, sino reflexionar sobre los distintos planteamientos que justifican una defensa integral de la vida humana. Por un lado, estarían los que piensan que se basa en ser creado a imagen y semejanza de Dios, por tanto dotado de un valor espiritual único. Por otro, los que consideran que los derechos humanos son aplicables universalmente, siendo el más básico el derecho a la vida. Por otro, los que aman la vida en todas sus manifestaciones, por tanto también la humana. Por otro, los que consideran que causar la muerte directamente nunca es legítimo jurídicamente, ya sea por ser fruto de un posible fallo judicial -que sería no enmendable en la pena capital-, ya por ser una forma de venganza inaceptable en un estado de derecho.
Ese enfoque jurídico es el meollo del libro que ha publicado recientemente Manuel Iglesias en la editorial Digital Reasons. El libro se denomina:"En defensa de la vida. Alegato contra la pena de muerte", y supone una reflexión lúcida sobre la historia de la pena capital, sus partidarios y detractores, para culminar mostrando las bases jurídicas y éticas que aconsejan abolir esta pena extrema, que todavía se aplica en varios países del mundo. Un libro de indudable interés, que fundamenta un consenso bastante generalizado en las sociedades occidentales (excepción hecha de EE.UU, donde algunos estados la mantienen), y augura una pronta eliminación universal de una práctica que debería haber ya desaparecido. Ojalá que también lo haga el aborto, que también supone -desde el punto de vista biológico y ético- la eliminación de un ser humano amparada por la ley.

domingo, 6 de marzo de 2016

Políticos y Filósofos

Hace unos meses fue noticia los lapsus culturales de dos de nuestros políticos emergentes, que un debate universitario parecían no haber leído a Kant. No sé si ciertamente no lo habían leído, o fue un olvido propio de quien tiene la cabeza en muchos sitios. Lo cierto es que lo hayan leído o no, ambos políticos, y me atrevo a afirmar que el resto de los que sientan hoy en el congreso de los diputados, están muy influidos por el pensamiento del filósofo aleman, al menos en lo que atañe al idealismo
que tiñe sus comportamientos. Filosóficamente hablando, ser idealista no es tener grandes valores, sino asumir que nuestra mente intepreta la realidad, ya que nuestro conocimiento requiere que esa realidad sea iluminada por las ideas que pre-existen a la misma realidad. Diciendolo de manera sencilla, en contraste con el realismo filosófico, que postula que el conocimiento es fruto de cómo el exterior impacta en nuestra mente, el idealismo interpreta el exterior a partir de nuestra mente. Lo real viene de fuera o de dentro, respectivamente. Por eso digo que nuestros políticos son principalmente idealistas, porque no juzgan el exterior sino con sus ideas pre-concebidas. Por eso no dialogan, discuten; no se escuchan, se contestan; no piensan en las posturas de los demás, porque los demás conocen otra realidad que no es la nuestra.
Si hubieran leído algo más a Kant también habrían descubierto su razón práctica, que establece como principio universal la responsabilidad ética. Desde luego, a buena parte de los políticos les vendría muy bien recordar que su conducta debería servir como ejemplo para el resto de la sociedad, y quizá así sea, aunque desde luego el ejemplo que dan -insultos, descalificaciones gratuitas, falta de interés por el bién común, deshonestidad, etc.-  dista mucho de los ideales éticos.
Remontándonos algo más en la historia de la Filosofía, tampoco les vendría mal a los políticos del momento leer a Platón o a Aristóteles, para quienes el gobernante ideal es aquel que busca únicamente la sabiduría, el bien de la República y de sus ciudadanos, por encima de cualquier otra consideración personal. Pueden empezar con un breve diálogo de Platón, Critón o del Deber, donde el genial discípulo de Sócrates cuenta la defensa que hace su maestro de la Ley (del ordenamiento del bien común), que considera por encima incluso de su propia vida: "es preciso morir aquí o sufrir cuantos males vengan, antes que obrar injustamente", dice Sócrates antes de ser condenado injustamente, rechazando huir o burlar la condena para no violar el respeto a la Ley.
Aquí y ahora estamos muy lejos de la excelencia ética de Sócrates o de Kant, estamos muy lejos del  bien común cuando importa más ocupar cargos que resolver problemas, figurar que dar soluciones, criticar que construir, hundir que colaborar.

domingo, 28 de febrero de 2016

Lotería de refugiados

Asistimos con asombro a una interminable cadena de reuniones en el seno de la Unión europea para discutir qué hacer con las personas que intentan refugiarse de bárbaras guerras que recorren Oriente Medio y el norte de Africa. Resulta vergonzante que los países más prósperos del mundo lleven cinco meses "repartiendose" una cantidad ridícula de los cientos de miles de desplazados por conflictos bélicos que no hemos sabido o querido parar, o quizá que hemos de alguna manera ocasionado. Países mucho más pobres que los nuestros, como Jordania o el Líbano, acogen con generosidad a los refugiados sirios, desbordando sus ya precarios servicios sociales. Mientras, en Europa seguimos con los cruces de acusaciones, las disputas nacionales y las prevenciones para no resolver un conflicto humanitario de proporciones descomunales. Campamentos improvisados, con mínimas condiciones de higiene y salubridad en países con economías de despilfarro. Mirar a otro sitio. Acusar al vecino. Incluso alentar el miedo a una "invasión". Cualquier cosa sirve para vestir con el derecho internacional lo que deja de ser un simple atentado a la justicia. ¿Qué pasa mientras con esos miles de hombres y mujeres y niños que bagan desesperadamente hacia un lugar que les haga olvidar los horrores de meses de un conflicto que nadie allí entiende? ¿Dónde están los miles de niños que han desaparecido? ¿Dónde los que han perdido a sus padres y fluyen como sonámbulos? ¿Dónde, en última instancia, esta Europa, la que ha dado al mundo el derecho y la ciencia, el estado moderno, la democracia?

domingo, 21 de febrero de 2016

Cristianofobia

Parece que estos días se pone de actualidad la cuestión del respeto a la libertad religiosa, con motivo del juicio de la actual portavoz del ayuntamiento de Madrid por la invasión de una capilla católica de la universidad complutense hace ahora cuatro años. Es curioso la poca objetividad que se evidencia en los medios de comunicación, que subrayan aspectos parciales del problema, cada uno los suyos, con escaso interés por informar de la realidad. Ahora resulta que un ataque directo a la libertad de conciencia de las personas -que de eso estamos hablando- es un ejercicio de la libertad de expresión, o incluso, para algunos, un acto heroíco en defensa de la laicidad del Estado. La legislación española ampara la libertad religiosa, el derecho de todas las personas -¡incluso de los católicos!- a profesar la fe religiosa que estimen oportuno, sin ser por ello discriminados ni molestados en modo alguno. Si un bárbaro ataca a un judío ortodoxo, porque va vestido con traje negro y tirabuzones en el pelo, cualquier persona de un estado moderno y avanzado declarará aquello como un asalto a un derecho básico del creyente judío. Lo mismo cabe decir de quienes practican otras religiones menos extendidas en nuestro país, como los Hare Krishna o las mujeres musulmanas, a las que también se reconoce fácilmente.
Que cada uno piense lo que quiera es un postulado que parece haber inventado la izquierda, que siempre se muestra como adalid de la libertad individual: ¿siempre? No, no siempre, el postulado no aplica cuando estamos hablando del cristianismo, en donde los ataques solapados o directos a las opiniones de los demás se vestirán de cualquier otra etiqueta moralmente elevada para justificar lo injustificable. Ya me he referido en este mismo blog al vandalismo que vivimos con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011, donde energúmenos insultaron a jóvenes de diveros países del mundo que venían a Madrid, simple y llanamente, a vivir alegremente su fe.
Cuando pensamos en la persecución de los cristianos, es preciso referirse a los países totalitarios que obvian el derecho básico a la libertad religiosa, discriminando, encarcelando, torturando o matando a las personas que no siguen la ideología dominante: Corea del Norte, China, Pakistán, Arabia Saudí, Irak, Siria y un largo etcétera en donde actualmente las minorías religiosas sufren sólo porque su conciencia les lleva a seguir otra fe distina a la que los tiranos de turno quieren imponer. Entre esas minorías, sin duda los más perseguidos en el mundo son los cristianos, nuestros hermanos en la fe. No podemos callar ante esas tropelías, ahora tristemente de actualidad con los crímenes del autoproclamado estado islámico.
Pero también conviene levantar nuestra voz ante los mismos planteamientos de totalitarismo religioso en los países de tradición cristiana como el nuestro. Bajo la excusa de una falsa laicidad (confunden la neutralidad religiosa del Estado con la obsesión laicista), se profanan símbolos religiosos con la pobre excusa de un arte innovador, se marginan tradiciones porque tienen sentido religioso (a veces, ¡hasta amparándose en la defensa de otros credos!) o se intenta expulsar a los católicos de la vida pública bajo la sospecha de que imponen sus ideas (¡es paradójico!). Para una visión más amplia de esta cuestión, recomiendo la lectura del reciente libro de Luis Antequera, que trata extensamente de la persecución de los cristianos, incluido el hostigamiento y acoso al que a veces somos sometidos en las sociedades cristianas. Los cristianos no podemos silenciar el sufrimiento de nuestros hermanos en los países donde pagan con su vida o su emigración su fe en Jesucristo, pero tampoco deberiamos callar en nuestro país ante flagrantes incumplimientos del respeto que toda conciencia merece.

domingo, 14 de febrero de 2016

Reinventar la Historia

He estado esta semana en Barcelona, donde me habían invitado a impartir una conferencia sobre la encíclica Laudato si a unos empresarios de la ciudad, antiguos alumnos del IESE. Como acabó tarde en la noche, me quedé allí a dormir y aproveché para visitar la Sagrada Familia, que no había visto desde su inaguración. Supongo que sobran las palabras para exaltar las maravillas de ese templo, quizá el más emblemático del arte religioso contemporáneo. Es difícil combinar en una sola obra la excelsitud artística y la hondura religiosa: hay artistas creyentes que han ofrecido un mensaje espiritual de gran envergadura; hay agnósticos que han hecho obras de arte muy bellas, quizás alguna de índole religioso, pero unir y superar ambas dimensiones parece reservado solo a artistas geniales con una fe muy profunda. Gaudí es un personaje excepcional, no voy yo a descubrirlo, y su mensaje sigue tan vivo y actual como en el momento en que propuso sus grandes obras, singularmente este templo al que dedicó lo mejor de su creatividad y su espiritualidad.
Tras visitar con detalle el templo, abarrotado de turistas de todas las lenguas y colores, me entretuve en el museo, donde se narran las distintas fases de la construcción, los promotores de la obra, su sentido último (en honor a San José, inicialmente, luego a la familia de Jesús, y en última instancia a toda la Iglesia), y sus avatares históricos. Es bien sabido que la terminación de la Sagrada Familia ha chocado con muchas dificultades; una de las más destacadas es la falta de información sobre algunas de las soluciones arquitectónicas propuestas por Gaudí, ya que su estudio fue atacado e incendiado al inicio de la Guerra Civil española, especialmente virulenta en Barcelona, donde se combinaron la guerra entre bandos y los conflictos internos en el bando republicano. En el museo se indica que fueron "turbas incontroladas" quienes provocaron la destrucción. No voy a entrar ahora en el detalle histórico de lo que allí ocurrió, pero me hizo pensar en quién pone en marcha un proceso que acaba en que un grupo de seres humanos considera un progreso destruir un monumento religioso, en última instancia la expresión de la cultura de un pueblo, del mismo pueblo al que pertenecen esas "turbas incontroladas". No es necesario indicar que ese tipo de acciones "incontroladas" fue tristemente célebres en el inicio y en el fin de la II República española. Tampoco es necesario recordar el ingente daño que produjo a nuestro patrimonio artístico, sumado al que ya se había producido en la mal llamada desamortización (ahora diríamos "expropiación indebida") de los bienes eclesiásticos en el s. XIX. Pero sí es preciso recordar lo ocurrido, para evitar que vuelva a ocurrir. Nunca puede considerarse progreso la destrucción: Nunca. Destruir obras de arte religiosas no es desgraciadamente patrimonio de un determinado sector de la izquierda española, también lo vemos ahora nítidamente en las acciones del Daesh. Ellos saben bien que destruir los restos artísticos es destruir la cultura de un pueblo, aniquilarlo también en sus raíces.
Al terminar mi visita al museo, vi un documental que narraba en imágenes la construcción del templo y simulaba las fases que quedan por constuir. También hacía referencia el vídeo a la destrucción del estudio de Gaudí, pero en este caso se decía literalmente: "La iglesia se quemó durante la Guerra Civil española". El matiz me resultó chocante, y me parece que tergiversa la verdad de los hecho. No, la iglesia no se quemó, como podría haberse quemado cualquier edificio por accidente o infortunio. La iglesia fue quemada intencionalmente, como manifestación del odio a la religión católica que movía a esas "turbas incontroladas", el odio que alguien atizó en años previos, el mismo odio que sigue presente en algunos estratos de la sociedad española. Hace unos días pusieron en mi parroquia una pintada con el conocido lema: "La iglesia que mejor ilumina es la que arde". Es terrible la pérdida de la memoria histórica, porque estamos siempre aprendiendo de nuevo, porque no nos aprovecharán los errores del pasado. Ignorar la historia es tremendo, pero peor todavía es interpretarla a conveniencia propia, o peor aún inventarla.

domingo, 7 de febrero de 2016

Cambiar el clima depende de ti

En estos días preparo un par de conferencias relacionadas con la encíclica Laudato si, una dirigida a empresarios y otra a educadores. Desde que se publicó la encíclica, en el pasado mes de junio, me han tenido bastante entretenido hablando sobre ella en muy distintos foros, desde parroquias hasta universidades, pasando por foros de debate más o menos informales. Cada vez que preparo mis intervenciones soy el primero en aprender más de este texto, tan rico en posibilidades. Me parece que todavía nos queda mucho estudio del texto para hacerle la justicia que merece. En esto, como en otras cosas, la actualidad nubla la hondura, y la urgencia acaba marchitando la inteligencia. Al final se reduce un texto que merece horas de estudio a unos pocos titulares.
Uno de los aspectos en los que estoy profundizando estos días es en la responsabilidad personal a la que, de una forma u otra, conduce la encíclica. En los temas ambientales, y singularmente en los relacionados con el cambio climático, lo más sencillo es "echar balones fuera" como se dice popularmente; esto es, pensar que la cuestión es tan amplia, tan global, que no podemos hacer nada por solucionarla. Pero eso suele ser, en este y en otros muchos temas, un refugido socorrido de nuestra pereza. Quién piensa que no puede hacer nada, en el fondo no está dispuesto a hacer nada. Pero no es cierto. Ante cualquier problema, por más global o distante que parezca, siempre podemos hacer algo. Seguramente no podremos directamente, por ejemplo, parar la muerte de cristianos en Siria o en Iraq, pero al menos podemos rezar por ellos, hablar de ellos, o quizá dejar de consumir el petróleo que financia a sus asesinos.
En las cuestiones ambientales también podemos pensar que "alguien debería hacer algo", sin hacer nada nosotros mismos. Pero no hemos de olvidar el tremendo impacto que tienen nuestras decisiones personales: qué hacemos, cómo nos transportamos, qué consumimos, qué usamos o reusamos, cómo procesamos o reducimos nuestros desechos... Además, si estamos verdaderamente convencidos de esa "conversión ecológica" a la que nos insta la encíclica del Papa, no sólo cambiarán esos hábitos, sino que también exigiremos que los cambien quienes nos gobiernan, desde la comunidad de vecinos en la que vivimos, la empresa en la que trabajamos o el ayuntamiento en el que vivimos, hasta el gobierno de la nación. Es una cuestión de valores, y la encíclica del Papa nos invita a incluir entre nuestros valores morales la custodia de la Creación. Ese es el núcleo de un texto que merece una lectura meditada.

domingo, 31 de enero de 2016

Los políticos que necesitamos

Digital Reasons acaba de publicar el último libro del profesor Enrique San Miguel, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos. Versa sobre el papel fundamental de los políticos cristianos en la construcción de la Unión Europea. Líderes de la talla de Adenauer, De Gasperi, Schuman o Aldo Moro, que supieron superar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y una larga historia de enfrentamientos entre las naciones europeas, para vislumbrar un futuro común, basado en los valores que han hecho nuestro continente referencia social para el resto del planeta. El respeto a la libertad individual, conjugada con la búsqueda del bien común y de la justicia social, la solidaridad como principio básico del orden social, un estado donde rige el derecho basado en la justicia son valores a los que no podemos renunciar, sea cual sea la situación económica o política. Pero esos valores se sustentaron en una concepción del mundo de la que ahora parece avergonzarse Europa, y esa es -en mi opinon- la clave de la crisis política en la que nos encontramos en nuestro continente. Se ha perdido la visión cristiana de la existencia, y se quieren mantener unos valores sin la base que les sustenta. ¿Qué queda del bien común, cuando no se acepta que existan verdades universales? ¿Qué de la generosidad y la apertura al otro, cuando no hay principios morales compartidos? ¿No nos sonroja el triste espectáculo que dan los políticos europeos ante la crisis de la inmigración en Siria o en Libia? ¿Cómo puede el conjunto más rico de países del mundo negar asilo a refugiados de una guerra, que además en buena parte ha sido causada o consentida por esos países? ¿Hemos olvidado los millones de europeos que emigraron a América en el s. XIX? ¿No somos conscientes de la herencia moral con países que han sufrido nuestro colonialismo hasta hace apenas unas décadas? ¿Dónde está la vitalidad europea para exportar su cultura, sus valores, su ciencia al resto del mundo?
Si enfocamos la situación en España, el libro del profesor San Miguel no puede ser más oportuno. ¿Dónde están los políticos inspirados por principios cristianos? No hablo naturalmente de los "católicos oficiales" (a Dios gracias ya van quedando pocos), sino de líderes con un auténtico sentido de la justicia, el bién común, la honestidad, o la política como servicio. En medio de las conversaciones (¿o mejor decir reyertas?) entre partidos por conseguir el ansiado sillón, resulta consolador conocer mejor la Historia, entender que es posible hacer política de otra manera, descubrir otras referencias en líderes que, con un auténtico sentido cristiano, supieron mirar más allá, perdonar y construir juntos, sociedades que han sido -me atrevo a afirmar- culmen de una concepción verdaderamente integral del progreso.

domingo, 24 de enero de 2016

Educación y empatía

Ayer volví a ver "Begin Again", una película de John Carney de 2013, que además de tener una magnífica banda sonora y una puesta en escena alegre y desenfada, toca muchos temas de gran calado humano. Una de las escenas que me resulta más interesante es el encuentro entre Gretta, la compositora recien traicionada por su novio cuando éste alcanza la fama musical, y Violet, la hija de Dav, el productor musical que consigue convencerla de grabar sus canciones.Violet es una adolescente con inseguridades y anhelos, desgarrada por la separación de sus padres. Viste de manera provocadora para llamar la atención del chico que le gusta en el instituto. Su padre se sorprende por lo que entiende es una desfachatez y culpa de ello a su madre, que tampoco es capaz de comunicarse bien con ella. A Gretta, en cambio, le bastan unos instantes para conectar. Lo primero que le pregunta es por el chico al que miraba (solo ella se da cuenta, no su padre que también presencia la escena). "-Le quieres", "-Sí, pero no tengo oportunidades, no se fija en mí", responde Violet. Gretta le asegura que no es así, y le hace pensar sobre su imagen ante él: "-Y quieres dar la impresión de que eres facilona". Acaba la escena proponiéndole ir de compras, y en las siguientes Violet ha cambiado su actitud y su seguridad (también su forma de vestir), y hasta acaba tocando la guitarra y mostrando ante su padre su talento.
Me parece que es una escena muy sugerente de la importancia de conectar con las personas a quienes se dirige nuestra labor educativa. Me parece que es una experiencia universal que sólo nos dejamos ayudar por quien percibimos que nos entiende, que intenta ayudarnos desde nuestra posición y no impornernos la suya. Por tanto, sólo puede educar quien es capaz de ponerse entender el punto de partida de la persona a quien se dirige. Dice un proverbio indio que para entender a alguien hay que andar con sus mocasines durante tres lunas. Es una manera hermosa de decir que no podemos juzgar a quien no entendemos. Los griegos clásicos acuñaron una palabra excelente para expresar esa disposición: empatía, que indica, literalmente, entrar "en el sentimiento" de otra persona, en su sentido, en lo que una determinada situación realmente significa para la persona. Sin ponernos en el lugar del otro es difícil transmitir nada, o serán sólo cosas muy superficiales. Con mucha frecuencia los docentes nos limitamos a eso, a transmitir conocimientos. No es poco, desde luego, si son relevantes y precisos, pero, tras muchos dedicado a la enseñanza, se me hace un objetivo algo estrecho. Me parece mucho más importante transmitir valores, ideales, sentido, motivaciones. Ayudar a elevarse por encima de sus propias limitaciones, en entendimiento del mundo, pero también en calidad de su trabajo, generosidad con los demás, sobriedad de vida, apertura mental.  En definitiva, solo con empatía, que nace en el fondo del cariño por nuestros alumnos, podemos recuperar el concepto platónico de educación: extraer de un alma todo el amor, el bien y la belleza que lleva dentro.