domingo, 25 de enero de 2015

Valer y valor

Hace unos días tuve una entrevista con un empresario a quien pensaba plantear su apoyo al proyecto editorial que estoy promoviendo. Nos había concertado la cita un amigo común que además estuvo con nosotros en la conversación. Si se me permite asincerarme con el lector anónimo de este blog, para mi la editorial es una forma de proyectar mis inquietudes culturales hacia otras personas, pero también soy consciente de que cualquier proyecto que requiera medios económicos tiene que tener detras de sí un cierto plan de negocio. Por mi orientación universitaria y por mi carácter, me reconozco bastante inexperto en el mundo empresarial, asi que me parece razonable pedir asesoramiento a personas que conocen mejor cómo sacar adelante una empresa, pues mi proyecto sólo será viable si al menos tiene una cierta sustentabilidad económica.
En estos pensamientos estaba cuando me presentaron al empresario antes mencionado. Mi idea era comentarle mi proyecto, los libros que tenemos publicados, la orientación general de los mismos, su enfoque, los temas que cubrimos... Pensaba ver en qué medida esta persona podría sintonizar con la idea, que le resultara sugerente el proyecto y, en esa medida, colaborar con el mismo desde su experiencia empresarial. No recuerdo cuánto tiempo pude hablar de este asunto, pero creo que no llegó a 3 minutos. Intenté hilar la conversación, pero tras esos pocos minutos, esta persona me preguntó: ¿Y cuál es tu facturación anual? No sé si hizo esfuerzos para no reirse, pero hay que decir -en honor a la verdad- que no lo hizo. Después vino la pregunta sobre mi nicho de mercado, seguido de una larga perorata sobre la importancia de tenerlo, sobre lo poco que se lee en este país, sobre el tipo de libros que le gusta a la gente, etc. En fin, no voy a seguir con el relato, pero ya habrá concluido el lector avezado que salí de allí con muy poco entusiasmo. En suma, tuve la impresión de que en lugar de ayudarme a plantear la viabilidad económica de la editorial estaba convenciéndome para que la cambiara.
Vivimos en una sociedad que casi todo lo valora en términos económicos: tanto tienes, tanto vales. No importa si lo que haces es interesante, aporta algo relevante a la sociedad o simplemente te hace feliz. Lo importante es cuánto vale, haciéndolo equivalente a cuál es su rendimiento económico. Si te pagan dos millones de euros al año por pegar patadas a una pelota, entonces ese trabajo es mucho más importante que el de salvar vidas humanas, que se paga a algo menos de veinte mil. ¿De dónde hemos sacado tan estrafalaria concepción? ¿De dónde ha venido la absurda idea de que el valor de las cosas la marca el mercado, lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas?  La común expresión: "¿esto cuánto vale?" puede aplicarse a unas patatas o una sartén, pero no puede aplicarse a otras muchas cosas en esta vida, como un trabajo, un entorno natural, o una obra creativa... Podemos ponerle precio, valor económico a las cosas, pero su valor está mucho más allá y tantas veces es incuantificable
. Mientras sigamos midiendo todo por la regla de la economía, me temo que seguiremos anclados a un materialismo que no hace más que deteriorarnos. Los bienes son necesarios, los que son necesarios, pero no dejan de ser medios para otras cosas mucho más importantes, que no van a cotizar nunca en bolsa.

domingo, 18 de enero de 2015

La unidad de los cristianos

Iniciamos esta semana el octavario por la unidad de los cristianos, iniciativa protestante a la que se sumó hace varias décadas la Iglesia católica y otras iglesias cristianas orientales. Son unos días para pedir al mismo Jesús, en quien todos los cristianos creemos, que llegue pronto la unidad visible de la Iglesia, por la que El mismo pidió tantas veces: "Que todos sean Uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17: 21). No se trata solo de reparar el escándalo de la separación entre personas que reconocemos al mismo Dios (todos los creyentes, en el fondo, creeemos en el mismo Dios) y Señor Jesucristo (todos los cristianos lo reconocemos como tal), sino de dar un nuevo testimonio al mundo sobre el verdadero papel del cristianismo, inspirador de los mejores valores que hacen al ser humano mas digno de serlo. Por encima de los errores históricos de quienes se han llamado cristianos, y de los que ahora nos llamamos, es tarea nuestra desvelar a los no creyentes, y a los creyentes de otras religiones, el verdadero rostro de Jesus, como el mismo afirma, continuando el versículo antes citado: "... que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17: 21).
Frente a los pesimistas, conviene recordar que se han dado muchos pasos hacia la plena unidad de la Iglesia en las últimas décadas: conversaciones de Malinas, fundación del consejo ecuménico de las Iglesias, Monasterio de Chevetagne, comunidad de Taizé, la Unitatis Redintegratio del Concilio Vaticano II, el encuentro de Pablo VI con el patriarca Atenágoras en Jerusalén, las visitas de Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco a países de mayoría ortodoxa... En el plano teológico, ha habido declaraciones conjuntas de católicos con ortodoxos, anglicanos y luteranos. Un rama de los armenios ha decidido volver a la Iglesia católica y muchos anglicanos han utilizado la vía del ordinarirato para reintegrarse en la Iglesia, ambos manteniendo sus tradiciones litúrgicas. Se reconoce que todos podemos aprender de otros cristianos, que todos cuentan con la asistencia del Espíritu Santo...
Estas semanas he estado revisando diversas obras de la literatura rusa de los dos últimos siglos. Tal vez diga algo obvio, pero el tremendo influjo que el comunismo tuvo en ese país me parece que está detrás de la desconfianza que parece todavía les profesamos, pero conviene recordar quienes son Tolstoy, Dostoievsky, Pushkin, Chejov, por no citar a los más recientes premios Nobel Pasternak y  Solzhenitsyn, para darse cuenta que Europa debe mucho a Rusia, que la cultura occidental, y particularmente el cristianismo, debe mucho a la oriental, que la Iglesia necesita los dos pulmones para respirar bien, como decía San Juan Pablo II, el papa eslavo a quien podemos poner como intercesor del milagro de la unidad que todos ansiamos.

domingo, 11 de enero de 2015

La alegría de no tener

http://enpositivo.com/
Hace varios años tuvimos en mi departamento un estudiante eslovaco que había conseguido una beca de intercambio en España. El bueno de Eric, así se llamaba, estaba acabando ingeniería forestal. Entre otras cosas que sobresalían de su carácter, me llamó la atención su espíritu optimista, que le llevaba a aceptar con gran entusiasmo las limitaciones materiales del trabajo que estaba desempeñando: todo le parecía estupendo. No sé si era por optimismo vital o porque procedía de una tierra de menor abundancia, pero a todos nos sorprendía esa actitud porque resulta poco frecuente en nuestra sociedad. Nuestros estudiantes provienen de familias con rentas suficientes como para haber recibido numerosos caprichos a lo largo de su vida. Si se dispone de todo lo que se anhela cuando uno tiene cinco, ocho o catorce años, no es difícil comprender qué ocurrirá cuando cumplir esas expectativas deja de ser posible, cuando se tropieza uno con la cotidiana sensación de que nuestra vida tiene limitaciones materiales. Al contacto con personas de recursos muy modestos, que suplen con ingenio las carencias del entorno profesional donde se mueven, me viene a la cabeza el embotamiento espiritual e intelectual que supone tantas veces la abundancia de recursos, el afán por poseer objetos que acabamos desechando a las pocas semanas, después de habernos previamente autoconvencido de su carácter poco menos que imprescindible. Lo acabamos de ver en estos días donde las festividades navideñas se utilizan para el despilfarro, olvidando precisamente cuál es su origen: Jesús quiso nacer pobre, en una cueva de pastores, precisamente para mostrarnos que lo importante no es el entorno material en el que te muevas, sino el cariño de la gente que te acompaña.  La preocupación desmedida por tener, no solo supone un consumo supérfluo inversión, sino una sumisión a los medios publicitarios para que pasemos a considerar como imprescindible para nuestras vidas algo que nunca antes habíamos echado en falta.
No estoy diciendo que los bienes materiales sean en sí malos, que tener cosas deteriore necesariamente al ser humano y que el ideal de vida sea vivir en medio del desierto. A lo largo de la historia del cristianismo, ha habido hombres y mujeres que se han visto llamados a ese tipo de vida, ya sea en soledad o en comunidades monásticas. Quién sienta ese impulso interior a abandonarlo todo puede tener en esos ejemplos un buen modelo a imitar. Sin embargo, la mayor parte de los seres humanos no vivimos en un monasterio, sino que estamos inmersos en un mundo que requiere utilizar bienes materiales, para alimentarnos, para cobijarnos, para transportarnos o para educarnos. Lo importante es que ese uso no sea una finalidad en sí mismo, que no pongamos como objetivo la posesión, que usemos lo que necesitemos usar, evitando lo superfluo. Dice un amigo mío, con bastante sorna, que “el dinero no da la felicidad, sino que es la felicidad”. No lo dice muy en serio, pues él mismo lleva una vida bastante sobria. A poco que hayamos experimentado la decepción de conseguir algo muy anhelado, que poco después de tenerlo deja ya de interesarnos, podemos reflexionar sobre la diferencia entre tener cosas y ser feliz. Creo que tenemos que repetirnoslo a nosotros mismos más a menudo, cuando nos asedia el reclamo de tantos bienes que están a nuestra disposición, que podemos de hecho comprar, pero que a la larga seguramente nos hacen daño, porque nos hacen más comodones, más egoístas, más preocupados de cosas que, en realidad, no dan la alegría. No se trata sólo de que ese consumo influya indirectamente en que otros carezcan de bienes mucho más elementales, ni siquiera del impacto que un consumo desacerbado tiene sobre el equilibrio del planeta, con ser ambas razones de mucho peso, sino sobre todo de que esa posesión nos deteriora como personas, nos hace menos libres. Dejamos de tener cosas para que las cosas nos tengan a nosotros, al poner nuestro corazón, nuestros afanes, en tener más, en lugar de en ser más.

domingo, 4 de enero de 2015

Educar con el cine

Vivimos en una sociedad visual, rodeados de pantallas en nuestros lugares de trabajo, de ocio o de esparcimiento. Paralelamente a este predominio de la imagen, se pierde la influencia de la letra escrita: nos cuesta leer mucho más que ver. Antes se decía con cierta frecuencia: la película está bien, pero me gustó más el libro; ahora no estoy seguro de que muchos hayan leído el libro de una determinada película que les haya gustado, y muchos menos lo habrán leído antes.
Naturalmente el cine está tan cargado de ideas como la literatura, pues no deja de ser literatura filmada: no creo que exista una buena película sin un buen guión, aunque ciertamente hay películas muy atractivas que destacan más por los efectos visuales que por la hondura del contenido (me viene ahora a la mente Avatar, que -pese a todo- me sigue pareciendo muy atractiva).
Puesto que es interesante analizar todo lo que nos influye, el cine se ha convertido en motivo frecuente de reflexión y campo idóneo para la crítica. Una película puede dar para horas de pensamiento y diálogo, para compartir valores o para discutirlos. Por tanto, también es un recurso excelente para el aprendizaje. Este es el objetivo del libro que acaba de publicar María Angeles Almacellas en la editorial Digital Reasons. Se títula: Seguir Educando con el Cine, y presenta una magnífica selección de películas que pueden utilizarse para presentar distintos valores de interés educativo. La autora recoge una introducción sobre el enfoque del análisis, para luego presentar una ficha de cada película con las ideas de fondo y unos recursos para la discusión. Altamente recomendable.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Llegar al fondo

Ayer estuve viendo una película que grabé recientemente de la televisión: "El nombre". Me pareció una magnífica obra, que retrata extraordinariamente las pasiones humanas. Un hecho aparentemente anodino, la elección del nombre del niño que espera uno de los protagonistas, acaba desenvolviéndose en una intensa conversación, donde afloran los rencores reprimidos. Viendo esa película me preguntaba qué nos acerca más a las personas que queremos, olvidar los sucesos que por su medio nos hirieron, o sacarlos a la luz, aunque sea violentamente, para sanarlos o al menos mostrar al exterior nuestras heridas. Personalmente soy más partidario de la primera actitud, recordando quizá aquella frase tan hermosa que leí quizá en algún almanaque: "escribe en la arena las faltas de tu amigo". El rencor no ayuda a resolver los problemas, y además acaba deteriorando a quien lo acumula. Prefiero poner en práctica la frase que repetimos en el Padrenuestro: "Perdona nuestras ofensas, como nosostros perdonamos a quienes nos ofenden". Es difícil perdonar, perdonar a fondo, olvidando definitivamente la ofensa. Es más asequible perdonar el momento, quizá luego acumulando agravios, que en el fondo suponen que el perdón no es sincero. Pero así somos, nos cuesta borrar el fondo de nuestra alma de las heridas provocadas por quienes más queremos. Si no es posible curarlas realmente, si no conseguimos de Dios el favor de hacerlo a fondo, quizá sea mejor alternativa hablarlas, mostrar nuestro dolor a quien lo ha provocado. Si hay verdadero cariño, acabará aceptándose la reprimenda, aunque en un primer momento se creen situaciones tensas. Cuesta mucho decir las cosas que tenemos en el fondo del corazón, pero si no podemos perdonarlas, mejor contarlas con serenidad, en el momento apropiado, cuando serán más fácilmente aceptadas.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El llanto de Raquel

"Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen" (Mt 2: 16-18). Con estas tremendas palabras describe San Mateo uno de los primeros genocidios de la Historia. La rabieta de un reyezuelo que busca obsesionado a quien considera puede arrebatarle el poder y decide "asegurarse" eliminando a todos los niños de la región. Estamos cerca de la Navidad, cuando volveremos a conmemorar el nacimiento de Jesús y el martirio los Inocentes, de quienes murieron por El sin haberle conocido. Hay muchos Herodes en la Historia de la humanidad, muchos reyezuelos que se siente amenazados y deciden eliminar a quienes consideran una amenaza. Unos intentaron eliminar a quienes eran de otra raza, de otro pueblo, de otra lengua o de otra religión... Otros han intentado, todavía más crueles, eliminar a toda una generación. No estamos hablando de eventos que ocurrieran hace milenios, siglos, décadas, sino de cosas que pasan actualmente, cuando cientos de miles de niños en gestación son eliminados anualmente. La ideología antinatalista está más vigente que nunca. El genocidio más radical es el que atenta contra la naturaleza humana en su conjunto, la que intenta eliminar a los que no han nacido para seguir manteniendo sus privilegios, sus riquezas, su dominio del planeta. Conocer a fondo las raíces ideológicas de esta postura, sus actores principales y sus más destacados oponentes es el objetivo del libro que ha publicado recientemente la editorial Digital Reasons. El título del libro refleja muy bien su contenido: "¿Superpoblación? La conjura contra la vida humana", ya que se van desgranando las distintas fases de esta auténtica guerra contra la humanidad, desde el malthusianismo del s. XIX, y la ideología eugenésica de inicios del XX, hasta el control generealizado de la natalidad, la revolución sexual y la ideología de género de finales del XX e inicios del presente. El autor, José Alfredo Elía, desgrana los principales actores de estos procesos, que aúnan las ideologías supuestamente más progresistas, con los capitalismos más despiados. No es de extrañar que en esta guerra contra la población estén unidos regímenes comunistas, como el chino, donde ni siquiera esta permitido decidir el tamaño de tu familia, con las fundaciones más representativas del capitalismo norteamericano (Rockefeller, Kissinguer, Clinton...). También revisa quienes se han opuesto a esta ingente maquinaria de autoextinción, desde economistas humanistas como Simon y Clark, hasta demógrafos de la talla de Sauvy, Ahaunu y Boserup. La vida humana también tiene defensores, como Madre Teresa, del Dr. Lejeune o Paul Marx, que se han opuesto tenazmente a la maquinaria ideológica que acompaña a esta verdadera cultura de la muerte. También se detiene el autor en comentar el papel de la Iglesia católica y de otras instituciones religiosas en defensa de la vida humana, desde el inicio hasta su fin natural, con particular relieve en la Humanae Vitae y los escritos de San Juan Pablo II sobre la teología del cuerpo. Un libro muy recomendable para quien quiera conocer las bases y los actores de esta guerra soterrada por el futuro de la población humana.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La felicidad sólo es real cuando se comparte

En el marco de un ciclo de cine sobre ética ambiental que he organizado estos días he podido ver de nuevo la película "Into de Wild", traducida en español como "Hacía rutas salvajes". Basada en una historia real, cuenta la trayectoria vital de un jóven norteamericano, Christopher McCandless, que decepcionado por el ambiente familiar y educativo en el que vive, decide dejar todo e iniciar un viaje que le acabará llevando a Alaska, que anhela como el único destino donde finalmente encontrará la felicidad. En ese viaje, Chris tropieza con diversos personajes que le ofrecen la amistad y el cariño que había añorado en su ambiente, pero prefiere no comprometerse con ninguno y continuar su viaje hasta los parajes más solitarios de Alaska. Tras el encuentro con la belleza y la soledad de un entorno natural que le fascina y que parece confirmar esa felicidad perfecta, comienza a descubrir las limitaciones del entorno y las propias para adaptarse a un paisaje muy bello pero también muy hostil.  El final resulta trágico, pues cuando se convence que la felicidad no está tanto en el exterior sino en su propio interior y decide volver, se encuentra con la insalvable barrera del río en crecida. Mermadas sus escasas provisiones y en periodo difícil de caza, acaba moriendo famélico e intoxicado por unas plantas que confunde con patatas silvestres.
La película sugiere muchos temas, sirve de reflexión sobre el sentido último de la vida, la búsqueda de la felicidad que todos añoramos, las relaciones humanas, nuestra relación con el entorno... Somos seres sociales y necesitamos a los demás, aunque el protagonista parece no darse cuenta hasta que es demasiado tarde. Sin duda me quedo con la última frase que escribe en su diario: "La felicidad sólo es real cuando se comparte". ¿Quiere esto decir que sólo podemos ser felices cuando estamos con alguien, que la soledad no es fuente de gozo, o incluso que sólo somos felices cuando lo comunicamos a los demás? En mi opinión, lo mas hondo de esa frase es que la felicidad no puede empezar y terminar en nosotros mismos; dicho de otra forma, que sólo quien se abre a los demás puede ser realmente feliz. Quien busca la felicidad sólo para sí mismo, en sí mismo, consigo mismo, seguramente acabará infeliz. La soledad es necesaria en momentos, necesitamos la paz interior que sólo da el silencio, pero es un estado transitorio. ¿Pueden ser felices los ermitaños, quienes eligen vivir solitariamente? Creo que sí, pero no porque vivan solos, sino porque viven con Dios, en Dios, si El les llama por ese camino, que no es naturalmente el de la mayor parte. No es lo mismo vivir solo que ser solitario, no es lo mismo buscar la soledad para remansar nuestro espíritu que buscarla por comodidad o egoísmo. Hay algo de nosotros que está inacabado y necesitamos a los demás para completarlo, primero en nuestro espíritu, en el trato de intimidad con Dios, luego en quienes Dios nos pone cerca. De su felicidad depende la nuestra, de nuestro empeño por hacerles felices, nuestro propio gozo. La generosidad abona la alegría, el egoísmo la neutraliza.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Idealismo y educación diferenciada

Desde Kant hasta nuestros días, la influencia del idealismo filosófico resulta patente en la manera en que nos acercamos a la realidad. En el lenguaje cotidiano, idealista es el que apunta a metas grandes, quien quiere mejorar la realidad haciéndola más noble y digna del ser humano. Sin embargo, en un sentido filósofico más estricto, idealista es el que interpreta la verdad de las cosas en función de sus categorías mentales. Dicho de manera sencilla, lo que importa no es tanto lo que las cosas son en sí (que nunca puedo saberlo), sino cómo yo las interpreto (lo que son en mí). Esa postura se extiende a cómo juzgamos la realidad que circunda: en lugar de cambiar nuestras opiniones en función de los datos objetivos que nos llegan, intentamos encajar la realidad en nuestros juicios previos (pre-juicios), a base de obviar los datos que no avalan nuestra teoría y subrayar los que la afirman, por muy marginales que sean.
Esto pasa en muchas cuestiones pero quiero hoy centrarme en el mundo educativo. En este país particularmente, la educación es batalla campal de las ideologías, que por encima de los indicadores que una y otra vez apuntan en una determinada dirección, siguen manteniendo su postura monolítica, sin concesiones ni siquiera al más elemento consenso.
El idealismo filosófico afecta generalmente por igual a lo que podemos denominar, usando categorías genéricas, derecha e izquierda. Sin embargo, en el campo educativo, en donde la derecha (lease en este caso PP) parece tener pocas o ninguna idea propia, el idealismo está especialmente marcado en la izquierda, autora de todas las leyes educativas que se han promulgado en España durante nuestra vida democrática, con excepción de la última (que en realidad supone una corrección marginal de planteamientos incluidos en las leyes anteriores). El tema daría para muchos párrafos, pero dada la obligada brevedad de este medio, me centraré hoy en lo que afecta a la educación diferenciada, objeto del último libro que hemos publicado en la editorial Digital Reasons. El libro está escrito por Alfonso Aguiló, con amplísima experiencia en el sector educativo, tanto como profesor, como directivo y gestor de centros docentes. El texto está compuesto por cincuenta preguntas y respuestas que desgranan todos los aspectos que se han discutido sobre la idoneidad de este sistema pedagógico: separar a los niños y las niñas en clases distintas, asumiendo que beneficiará a su rendimiento educativo. El autor incluye una gran cantidad de datos que muestran la crisis del modelo uniforme que actualmente se sigue en España, donde la educación diferenciada es enormemente minoritaria, y el contraste con los buenos indicadores de los pocos colegios diferenciados que existen en nuestro país, en muy distintos estratos sociales y culturales. Además, se incorporan datos sobre la eficacia educativa de este sistema en otros países (EE.UU., Australia, Reino Unido...), donde la discusión ha dejado de ser ideológica (da igual la realidad, lo importante es lo que se pre-juzga), para convertirse en una alternativa que abarca incluso a colegios financiados por las administraciones públicas.
En este terreno, como en otros, el respeto a la realidad, en primer lugar, a las opiniones de quienes ven las cosas de otra manera, en segundo, y a la libertad de quienes van a recibir el servicio que se piensa ofrecer (en este caso, padres y niños), en tercero, sería enormemente beneficioso para garantizar un verdadero progreso.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La alegría del matrimonio (II)

Decía la pasada semana que el adjetivo cristiano añade al matrimonio mucho más que un lugar y unos ritos más solemnes que los de la boda civil: añade un enfoque distinto, donde el amor pleno entre dos personas se funde en el amor pleno a Dios que funda y enriquece el amor de los esposos. ¿Qué características tiene ese amor que está detrás del compromiso matrimonial?  Para un cristiano están nítidamente recogidas en la primera carta que escribió San Pablo a los cristianos de Corinto. Me parece muy recomendable que todos los esposos cristianos la lleven a su oración personal y hagan examen sobre aspectos concretos en donde puede haberse metido la rutina en sus vidas:
-“El amor es paciente, benigno; no es envidioso, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambicioso, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor, 13: 4-7).
Cuando se plantea la unión conyugal con estas notas, cualquier contrariedad en la vida cotidiana será superada. Ciertamente, no es fácil que un matrimonio pueda afirmar con rotundidad que vive estas propiedades en su amor, que sea generoso, paciente, benigno, comprensivo, humilde. Todos somos limitados, y nuestro egoísmo —amor propio— está demasiado presente en nuestra vida, pero seguramente ése es el amor al que deberíamos tender los cristianos, si verdaderamente queremos serlo, y desde luego ése es el amor que nos hará felices. ¿Qué significa un amor generoso? Es un amor que piensa en el otro, en su bien, sin cansarse, sin reivindicar un trato equiparable. El amor excede la justicia. El hoy por ti, mañana por mí no es el fundamento de la donación mutua, sino más bien el siempre por ti. Es difícil pensar siempre en el otro, porque implica relegar los propios gustos, las preferencias más personales. Tal vez esa entrega fue patente en el inicio del amor, cuando la juventud y el idealismo presidían la relación, cuando no se contemplaban los defectos del cónyuge. Novios viene de nuevos, para remarcar que un amor permanente requiere un constante rejuvenecimiento, una sana tensión para evitar que envejezca con el tiempo. “Abrir el corazón a todos es renunciar a la propia casa” , escribió un amigo mío en uno de sus libros de poemas. El amor generoso excluye el apacible rincón de la intimidad, del solo-para-mí, para encontrar un lugar más espacioso, porque caben dos, para empezar, y luego más: los hijos. “Para que en el matrimonio se conserve la ilusión de los comienzos, la mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría que decir al marido con respecto a su mujer. El amor debe ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y con picardía también” (San Josemaría).
El amor es comprensivo. La comprensión incluye los defectos del cónyuge, evidencia sus limitaciones. Nos llevará a pasar por alto tantas pequeñeces, que acaban enturbiando la relación, a callar, cuando no es momento de recriminar, a esperar cuando el cónyuge no tiene su mejor día,
El amor no busca lo suyo, antes bien se entusiasma con los gustos del amado, que pasan a ser propios, hasta disfrutarlos, sin sensación de heroísmo, sin pasar factura por ello. Hace años visitaba la casa de un amigo, por cierto muy espaciosa y bien puesta. Me sorprendió el tamaño de la televisión que tenían, por aquel entonces mucho más grande de lo habitual. Me comentó, con un cierto tono de sorna: “Al principio nos divertíamos mucho, luego nos compramos una televisión”. No deja de ser un tanto triste que el amor inicial se haya cambiado por un aparato. La televisión puede suponer descanso tras una jornada laboral difícil, pero es más eficaz, y más divertido a la postre, jugar con los hijos, escuchar al cónyuge, evadirse de los problemas propios colgándolos de perchas ajenas. El amor es fructífero. Los hijos no son un estorbo. No deben serlo para un matrimonio cristiano, que recibe como una bendición de Dios los hijos que envíe. El amor entre dos se hace entre tres, cuatro, cinco… Se expansiona, se hace fruto.
El amor no es soberbio. La humildad no es claudicación, no es aceptación del dominio ajeno. La humildad nos ayuda a evitar tensiones, a no encasquillarse con cuestiones más o menos anodinas, que sólo magnifica el cansancio o la susceptibilidad. Las discusiones son casi inevitables cuando dos personas conviven de cerca, pero nunca deberían terminar en disputa: intercambiar pareceres sabiendo que podemos estar en el error, y siempre evitar riñas en presencia de los hijos, para evitar que consideren como desavenencias lo que no debería ser más que fruto del cansancio momentáneo.
El amor es sincero, la falta de diálogo puede arruinar el amor, porque es espiritual y requiere riego espiritual. Las situaciones de tensión pueden evitarse con una conversación pausada, cambiando ideas, sinceramente, sin prejuzgar, confiando. El amor también es fiel y es puro. Las relaciones conyugales son corporales, pero no sólo. El lenguaje del cuerpo o se engarza perfectamente en la dinámica del amor, del darse, o se convierte en instinto. La fidelidad conyugal es testimonio de valores espirituales más profundos. Me parece sumamente injusto incluso ponerse en ocasión de infidelidad marital, frecuentando amistades que pueden apartar, en un momento de especial debilidad, del compromiso inicialmente adquirido. No menciono cosas más burdas, por ejemplo las relacionadas con el ocio con ocasión de viajes profesionales, donde pueden producirse situaciones que abochornarían a cualquiera en un momento de serenidad. No se puede jugar con la fidelidad, es demasiado preciosa para arriesgarse bajo la excusa de que no pasa nada, de que ya somos maduros. Uno no va por un barrio peligroso, de noche, con un Rolex de oro, si aprecia ese reloj. Puede que no pase nada, pero es probable que sí pase, y la pérdida sería difícil de reparar: cuanto más se valora lo que uno puede perder, más nos esforzamos en asegurarlo. La prudencia nos lleva a evitar riesgos innecesarios.
El amor finalmente es alegre, optimista. Las dificultades de una vida en común se salvan mejor juntos. Las dificultades también fortalecen, porque afrontar el dolor une a las personas, pues tantas veces somos más próximos cuando somos más débiles. En definitiva, el amor verdadero lleva consigo el sacrificio personal, el olvido de sí, fuente de paz en el hogar.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La alegría del matrimonio (I)

"El amor no es sólo una cosa espontánea o instintiva: es una elección que hay que confirmar constantemente. Cuando un hombre y una mujer están unidos por un verdadero amor, cada uno de ellos asume sobre sí el destino, el futuro del otro como si fuera propio, aun a costa de fatiga y de sufrimiento, para que el otro “tenga la vida y la tenga en abundancia” (Jn 10,10). (...). Sólo así se ama en serio, y no por juego ni de forma pasajera. Cuando el otro oiga que le dicen «te amo», entenderá que esas palabras son verdaderas, y también él se tomará en serio la experiencia del amor" (S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes de Lombardía).
Hace unos días asistí a la boda de un familiar cercano. Toda boda es un motivo de alegría, porque dos personas inician una andadura de amor y apoyo mutuo, y se prometen fidelidad permanente. El matrimonio no es un invento cristiano, indidudablemente, pero adquiere en el cristianismo un "sello de distinción", un marcharmo que aplica las gracias propias de un sacramento a la vida conyugal, plena de gozos y alegría, pero no exenta de dificultades. El matrimonio cristiano no es una opción estética (al final y al cabo es más bonita una iglesia que un juzgado), sino una opción trascendental, porque tiene mucho impacto y porque trasciende al amor de dos personas, para que sea de tres, ya que Dios les acompaña de modo especial a partir de ese momento. Un matrimonio feliz puede darse también entre esposos no cristianos, naturalmente, pero la gracia del matrimonio cristiano refuerza el compromiso humano haciendo que tenga una dimensión mucho más sólida y definitiva, que fortalece con la gracia de Dios la entrega mutua de los cónyuges. El matrimonio es camino de santidad para los cónyuges que han recibido esa vocación, tan divina como cualquier otra, que saben fundamentar su amor humano en el amor a Dios, a quien confían la garantía de su mutua disponibilidad. El matrimonio es alianza estable, firme, perfectamente compatible con las dificultades que toda unión íntima entre personas lleva consigo, porque esas dificultades se superan con la gracia sobrenatural y la alegría que acompañan al sacramento. Los cónyuges cristianos encuentran en la convivencia mutua una estupenda ocasión de generosidad, de pensar en el otro, de darse sin medida, como Jesús nos mostró, lo que convierte esa unión en más sólida, más segura y generosa, porque está plagada de detalles de búsqueda de Dios en el otro. Esto es posible, no estoy hablando de una entelequia sacada de un cuento de hadas. Existen matrimonios así, como existen cristianos consecuentes, guiados por una vida de unión con Dios intensa, de oración y sacramentos.
Desde hace unos años, estoy intentando introducirme en el arte de la cocina. En ese aprendizaje, he podido comprobar que no es suficiente con saber los ingredientes y las proporciones, sino que resulta clave, especialmente cuando el plato tiene que pasar por el horno, conocer el tiempo y la temperatura de cocción. Esta modesta experiencia culinaria me lleva a afirmar que la vida cristiana es como un buen asado; si no tiene la temperatura adecuada, no sale bien. Por eso, en la vida conyugal, cuando la temperatura espiritual de los esposos disminuye, cuando Dios queda sólo como una invocación eventual, cuando deja de ser el centro y pasa el individuo —nuestro pobre egoísmo— a ocupar su lugar, las posibilidades de un matrimonio dichoso disminuyen considerablemente, como muestra la sensible correlación entre la pérdida de práctica cristiana y la tasa de divorcios, en todos los países de nuestro entorno. Hay muchos matrimonios de personas sin fe que son también dichosos, y me alegro mucho por ello, pero sería estupendo que ese amor humano tan fuerte se robusteciera mucho más todavía con los vínculos espirituales entre los esposos que da la cercanía a Dios. Un matrimonio donde los esposos tratan de estar muy cerca de Dios, de ponerle en el centro de sus afanes, de sus alegrías y sus penas, y por Él, de pensar constantemente en el otro, está abocado a la felicidad, aun en medio de contrariedades y sinsabores, pues esas circunstancias también serán alimento de la alegría.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Sentido y sufrimiento

Uno de los enigmas que más enfrentan la racionalidad human es la experiencia cotidiana del dolor del inocente, del sufrimiento de quienes nada han hecho para merecerlo. La muerte, la enfermedad, el fracaso, el abandono, confrontan nuestro afán de felicidad y hacen patentes nuestras limitaciones. Nuestro dominio de la tecnología, nuestro progreso aparentemente ilimitado, encuentra sus límites en el dolor que no podemos resolver. Un dolor que se amortigua con tranquilizantes pero que no se resuelve, por lo que sigue pendiente la respuesta a la pregunta sobre el sentido de todo ese sufrimiento.
Pensaba en estas cosas al leer el libro que recientemente ha publicado D. Luis de Moya, sacerdote que lleva veinte años anclado a un cuerpo que no le responde. En un accidente de automovil perdió la movilidad de sus extremidades, pero no de su alma, que sigue muy activa. El sabe como nadie lo que significa el dolor continuado, el sufrimiento físico y espiritual. Nos cuenta sus reflexiones en "El sentido del dolor", un libro que recoge tres de sus escritos: un relato del accidente y de cómo adaptó su vida a sus nuevas condiciones; un texto maravilloso del  Vía crucis, ilustrando con sus propias reflexiones la contemplación de las últimas escenas de la vida de Jesucristo, y una conferencia más teológica sobre el sentido último del sufrimiento.
Ante la contradicción, la enfermedad, la pérdida de seres queridos el alma se rebela. Esas experiencias han supuesto para muchas personas abandonar la fe, perder la confianza en Dios. Para otras muchas, han sido precisamente medio para afianzarla, para darse cuenta de modo mucho más profundo que los cristianos no adoramos a un Dios victorioso, triunfante, sino a un Dios que muere en un instrumento horrible de tortura. Lo importante no es lo que ocurre, sino por qué ocurre. Jesús muere como un criminal, pero no es un criminal, muere acogiendo en sí a todos los pecados de todos los seres humanos, muere por darnos la Vida. Encontrar el sentido último del dolor es muy complicado cuando no se tiene fe, aunque tampoco para quien la tiene la razón sea evidente, aunque no se llegue a explicar del todo, pero al menos permite "encajar las piezas". La razón del sacrificio no es fácil de entender, pero existe, ningún dolor es absurdo, ningún acontecimiento aleatorio. Por eso, el autor, que sabe muy bien lo que es aceptar lo que para la mayor parte de los seres humanos es inaceptable, e incluso encontrar alegría en esa situación, puede decir"...aunque el sufrimiento siempre cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro más de lo que pierdo"

domingo, 2 de noviembre de 2014

De la corrupción y el populismo

Mi primer viaje a Latino América fue en 1989, cuando fui invitado a Mérida, Venezuela, para impartir un curso en el seno de un congreso internacional sobre mi especialidad. Desde entonces, y por similares circunstancias profesionales, fui a Venezuela seis veces hasta el año 1997, mi última visita a ese querido país. Me llamaron muchas cosas la atención de la sociedad venezolana, algunas muy positivamente (su carácter abierto y amable, por ejemplo) y otras menos (desorganización e informalidad). Poniendo en una balanza esos inconvenientes y esas ventajas, resultaba un país muy atractivo para el visitante, pleno -por otra parte- de bellezas naturales.
Me viene a la cabeza estos días mis primeros viajes a Venezuela, porque uno de los clamores más repetidos entre ciudadanos de distintas tendencias era la queja sobre la corrupción reinante en el país (era la época de Carlos Andrés Pérez, íntimo de nuestro entonces primer ministro), el derroche de las riquezas nacionales, la falta de eficacia en la gestión de lo público, etc. Supongo que a todos les suena esa cantinela en estos últimos días, ante la desconcertante retahíla de bochornosos quebrantos de la honestidad pública que nos llegan a través de los medios. Me uno al sentimiento de indignación colectivo, pero me permito introducir un matiz, que quiero conectar con mi párrafo introductorio: ese mismo ambiente social condujo en Venezuela a Hugo Chavez y al desastre posterior. Bajo cualquier criterio que se considere, Venezuela ahora tiene mucha mayor corrupción que al inicio de ese ciclo revolucionario que, como bien refleja Orwell en "la Rebelión en la Granja", solo acaba en el desastre de quien lo solicita y en el encumbramiento de quien se aprovecha de esa justa demanda. Y junto a la corrupcion, la ineficiencia, la ruina económica y social de un país que es un ejemplo paradigmático de riquezas naturales. Todos nuestros doctorandos venezolanos (entonces eran bastantes) votaron a Hugo Chavez en las primeras elecciones que ganó, según ellos mismos me dijeron; ahora no conozco a ningún venezolano razonablemente ilustrado que defienda el sistema que ese populismo demagógico ha creado: no solo no ha resuelto los problemas, sino que los ha agravado, creando otros muchos nuevos, como es el caso de la carestía alimentaria o la desorbitada inseguridad ciudadana (según datos de Naciones Unidas en Venezuela murieron por arma de fuego 16.072 personas en 2012).
Comparto plenamente el diagnóstico de Podemos y otros grupos sociales que critican la situación actual, pero no comparto para nada sus recetas: seamos serios, este país tiene muy buenos políticos, sindicalistas, empresarios, pero también tiene unos cuantos golfos que es preciso penen en la cárcel sus fechorías. No puede tomarse el todo por la parte, y no puede confundirse la reforma con la destrucción. Escarmetemos en cabeza ajena: Venezuela, Argentina y un largo etcétera muestran a dónde llega el populismo superficial. Vale la pena releer a George Orwell, él bien sabía a dónde conduce quien se aprovecha del clamor social por la Justicia.

domingo, 26 de octubre de 2014

La verdad y los medios

El periodista británico Malcom Muggeridge escribió sobre su biografiada Teresa de Calcuta: “Tiene la inestimable ventaja de no ver nunca la televisión, de no oír la radio y de no leer los periódicos, por lo que posee una clara visión de lo que sucede en el mundo”. La cita la recoge Antoni Coll en su libro "Dios y los periódicos", que acaba de publicar la editorial Digital Reasons. Se trata de una interesante reflexión personal sobre múltiples factores que afectan a la información que proporcionan los medios: su objetividad, su influencia, sus conexiones con verdades hondas que a veces se camuflan, cuando no se manipulan completamente, al hilo de los intereses que hay detras de quien dirije los grupos de opinión. Vivimos en una sociedad globalizada, donde las fuentes de información son muy variadas, aunque cada vez nos llegan más por un unico canal: nuestra conexión a internet, ya sea con el móvil, la tableta o el ordenador. Ahora es sencillo escapar de quienes convierten su dominio en los medios en un vehículo para  difundir su particular visión del mundo como si fuera la única posible. Hay medios en muchos países, en múltiples idiomas, que informan desde distintos ángulos. No es necesario quedarse solo con una versión de los hechos.
Coincidí en mi último vuelo con un estudiante universitario de Barcelona. Como era esperable, salió el tema de la consulta independentista que impulsa el gobierno catalán. Resulta fácil concluir que una de las mejores formas de acercar posiciones sería obligar , si esto fuera posible, y durante un tiempo razonable, a que los partidarios de la consulta leyeran los periódicos, escucharan la radio y vieran la televisión de los medios que la niegan, y viceversa: al menos todos habríamos ganado un poco en entender por qué la gente piensa como piensa. La influencia de la visión que dan los medios es enorme, no voy a descubrirlo yo; también debería serlo su responsabilidad para conocer las consecuencias de esas posturas radicales, ya sea en promover un referendum, en condenar a personas o instituciones antes de que se demuestre su culpabilidad, en propalar rumores infundados o en ocultar hechos que lesionen a quienes sustentan esos medios. El sesgo de los medios es evidente, tanto de los públicos -bastante grave a mi modo de ver- como el de los privados, más legítimo, pero también torticero, pues un medio debería servir en primer lugar a la verdad y luego a quien lo financia. Ante ello, sólo cabe acudir a las fuentes. Por ejemplo, ante el diluvio de disparates, simplificaciones, interpretaciones interesadas, y conclusiones imaginadas que ha rodeado al último sínodo de los obispos sobre la familia, ¿qué mejor que leer las fuentes?

domingo, 19 de octubre de 2014

Aborto y pensamiento único: a propósito del obispo de Alcalá

Es curioso que se utilice esta expresión: "pensamiento único" para criticar la postura del adversario político, sea del signo que sea, asumiendo que tiene el monopolio de los medios para establecer y comunicar ese pensamiento. Pero más allá de las divergencias políticas, hay cuestiones en las que todos los partidos establecidos, e incluso los que quieren llegar a establecerse y de momento se auto-atribuyen poco menos que la impecabilidad, parecen estar de acuerdo. Son esas cuestiones sociales que se consideran axiomas indiscutibles y a las que la omnitolerante democracia no puede menos que no tolerar. Entre ellas está el aborto, en el que parecen unirse en extraño maridaje polos tan contrarios como Iglesias, Sanchez y Rajoy. La aceptación social del aborto, dijo Julián Marías,  es "la gran perversión de nuestro tiempo"; a mi modo de ver, uno de las enfermedades más graves de la civilización occidental. No conozco abolicionistas del aborto que quieran criminalizar a las mujeres, no se trata de una guerra entre hombres y mujeres, ni entre creyentes o ateos. Se trata de una guerra entre seres humanos gestantes y otros que tienen la capacidad de que dejen de serlo: entre quienes ponemos la vida por delante de la libertad, y los que ponen la libertad por delante de la vida cuando se trata de vidas humanas, aunque paradojicamente pongan la vida por delante de la libertad cuando se trata de vidas animales.
Como todo axioma indiscutible, no cabe la disidencia cuando hablamos del aborto. Quien no quiera aceptarlo mejor que se calle y que, en todo caso, aparque su opinión contraria a la esfera de la intimidad casera. ¡Hablar en público va contra la ley!, y eso lo dicen, precisamente, quienes defienden como supremo bien ¡la libertad de expresión! Me gustaría ver a esos devotos del librepensamiento defender con toda energía a quien declara posiciones que no comparten. Un ejemplo, entre otros, el ayuntamiento de Alcalá acaba de aprobar una moción del grupo socialista que nada mas y nada menos, "exige a la Conferencia Episcopal la destitución del obispo de la localidad, Juan Antonio Reig Plà". Como se dice habitualmente no sabe uno si reirse o llorar. Resulta que un ayuntamiento con los votos de quienes se consideran partidarios de un estado laicista, piden a una organización religiosa que quite o ponga a sus líderes religiosos porque dice -con más o menos fortuna- lo que ese grupo religioso sostiene: en este caso, la defensa de toda vida humana. Ahora resulta que el Vaticano va a tener que enviar una terna al PSOE para ver a quien elige obispo (esto es, como en tiempos del Innombrable). 
Si resulta enfermizo que la sociedad actual acepte una barbaridad como el aborto, parece que todavía es más preocupante que el enfermo no quiera saber que lo está, que opte por silenciar a quien apunta la gravedad de los síntomas, el escenario de las consecuencias. Me consta que el obispo de Alcalá es un hombre batallador en éstas y otras cuestiones que no gustan al pensamiento único, pero también que es una persona educada y amable, que critica las conductas y acoge a las personas. Por otro lado, nos guste o no nos guste lo que dice, es un ciudadano como cualquier otro, y si vivimos en una sociedad libre no podemos menos que aplaudir que alguien tenga la gallardía de decir lo que piensa aunque contravenga la corriente dominante. Más aún, cuando está defendiendo la vida de quienes no tienen voz para defenderse.

domingo, 12 de octubre de 2014

La virtud es atractiva

Ayer volví a ver "Carros de Fuego", esa magnífica película de H. Hudson, ganadora de cuatro oscars en 1981. En un momento de la película, el protagonista -un ídolo del rugby escocés- amonesta cariñosamente a un niño porque estaba jugando al fútbol en domingo, violentando la interpretación del descanso dominical que hacen los presbiterianos. Para que el chico no quedara con el amargor de la riña, invita al niño a jugar al día siguiente con él. Justifica ante su hermana, misionera como él, ese nuevo compromiso adquido, indicandole: "Quieres que el chico crezca pensando que Dios es un aguafiestas".
Con mucha frecuencia se pone a Dios como valor para reprender la travesuras de los niños ("Dios no quiere que juegues en el patio"), o incluso para amenazarlos ("si no te portas bien, Dios te va a castigar"), lo que acaba consiguiendo que los niños tengan una imagen muy tosca y desagradable de Dios. La virtud no se estimula afeando el vicio al que sustituye, sino por el propio valor de la virtud. Ser virtuoso no sólo es hacer cosas buenas, sino sobre todo disfrutar con ellas: ser feliz haciendo el bien. En el camino de conseguir una virtud, naturalmente habrá veces que tendremos que rechazar nuestras primeras inclinaciones (al fin y al cabo, el pecado original siga pesando en cada uno de nosotros), pero me parece importante recalcar que es un estadio itinerante hacia la virtud, que nunca es antipática y desagradable. Me parece que una de las claves de la verdadera educación cristiana es precisamente hacer agradable la virtud, estimular que los chicos la consideren algo por lo que realmente vale la pena hacer sacrificios, llevarnos tantas veces la contraria. Aquello de "todo lo bueno en esta vida o es pecado o engorda" no deja de ser una simplificación torticera de la realidad. El pecado no puede ser bueno, puede sernos atractivo por momentos puesto que nuestras pasiones no siempre son nobles, pero en el fondo siempre nos deteriora internamente, nos rompe por dentro. Para eso está la confesión, para reconocer el error, pedirle perdón a Dios y su gracia para recomponernos. 
Los cristianos procuramos vivir acordemente con la Ley de Dios no porque temamos el castigo divino, al menos no como causa principal, sino por el placer de agradar a quien sabemos que nos ama. “Hacedlo todo por amor”, recomendaba San Josemaría, y es un consejo que sirve para todos los cristianos. Eso es lo más importante de nuestra existencia, como seres humanos y como cristianos: el amor que hemos dado y el que hemos recibido; y no hemos de perder de vista que Dios no se cansa nunca de querernos, y que de ese amor que recibimos se alimenta el que podamos dar. Nuestro actuar moral no debería estar ligado a la idea de premio y castigo, sino de modo primordial al amor que todo hijo procura a su padre bueno. Esto es perfectamente compatible con la esperanza del Cielo, o el temor al Infierno, que nos ayuda en momentos especialmente delicados de nuestra vida, pues también el ser humano necesita estar seguro de que las piezas acabarán encajando, de que la justicia se cumplirá y alcanzaremos una felicidad sin límites. Lo importante es nuestro amor a Dios, por un lado, y cómo aceptamos el amor de Dios en nuestras vidas, por otro. Lo demás, sólo si nos ayuda en ese objetivo.