domingo, 26 de octubre de 2014

La verdad y los medios

El periodista británico Malcom Muggeridge escribió sobre su biografiada Teresa de Calcuta: “Tiene la inestimable ventaja de no ver nunca la televisión, de no oír la radio y de no leer los periódicos, por lo que posee una clara visión de lo que sucede en el mundo”. La cita la recoge Antoni Coll en su libro "Dios y los periódicos", que acaba de publicar la editorial Digital Reasons. Se trata de una interesante reflexión personal sobre múltiples factores que afectan a la información que proporcionan los medios: su objetividad, su influencia, sus conexiones con verdades hondas que a veces se camuflan, cuando no se manipulan completamente, al hilo de los intereses que hay detras de quien dirije los grupos de opinión. Vivimos en una sociedad globalizada, donde las fuentes de información son muy variadas, aunque cada vez nos llegan más por un unico canal: nuestra conexión a internet, ya sea con el móvil, la tableta o el ordenador. Ahora es sencillo escapar de quienes convierten su dominio en los medios en un vehículo para  difundir su particular visión del mundo como si fuera la única posible. Hay medios en muchos países, en múltiples idiomas, que informan desde distintos ángulos. No es necesario quedarse solo con una versión de los hechos.
Coincidí en mi último vuelo con un estudiante universitario de Barcelona. Como era esperable, salió el tema de la consulta independentista que impulsa el gobierno catalán. Resulta fácil concluir que una de las mejores formas de acercar posiciones sería obligar , si esto fuera posible, y durante un tiempo razonable, a que los partidarios de la consulta leyeran los periódicos, escucharan la radio y vieran la televisión de los medios que la niegan, y viceversa: al menos todos habríamos ganado un poco en entender por qué la gente piensa como piensa. La influencia de la visión que dan los medios es enorme, no voy a descubrirlo yo; también debería serlo su responsabilidad para conocer las consecuencias de esas posturas radicales, ya sea en promover un referendum, en condenar a personas o instituciones antes de que se demuestre su culpabilidad, en propalar rumores infundados o en ocultar hechos que lesionen a quienes sustentan esos medios. El sesgo de los medios es evidente, tanto de los públicos -bastante grave a mi modo de ver- como el de los privados, más legítimo, pero también torticero, pues un medio debería servir en primer lugar a la verdad y luego a quien lo financia. Ante ello, sólo cabe acudir a las fuentes. Por ejemplo, ante el diluvio de disparates, simplificaciones, interpretaciones interesadas, y conclusiones imaginadas que ha rodeado al último sínodo de los obispos sobre la familia, ¿qué mejor que leer las fuentes?

domingo, 19 de octubre de 2014

Aborto y pensamiento único: a propósito del obispo de Alcalá

Es curioso que se utilice esta expresión: "pensamiento único" para criticar la postura del adversario político, sea del signo que sea, asumiendo que tiene el monopolio de los medios para establecer y comunicar ese pensamiento. Pero más allá de las divergencias políticas, hay cuestiones en las que todos los partidos establecidos, e incluso los que quieren llegar a establecerse y de momento se auto-atribuyen poco menos que la impecabilidad, parecen estar de acuerdo. Son esas cuestiones sociales que se consideran axiomas indiscutibles y a las que la omnitolerante democracia no puede menos que no tolerar. Entre ellas está el aborto, en el que parecen unirse en extraño maridaje polos tan contrarios como Iglesias, Sanchez y Rajoy. La aceptación social del aborto, dijo Julián Marías,  es "la gran perversión de nuestro tiempo"; a mi modo de ver, uno de las enfermedades más graves de la civilización occidental. No conozco abolicionistas del aborto que quieran criminalizar a las mujeres, no se trata de una guerra entre hombres y mujeres, ni entre creyentes o ateos. Se trata de una guerra entre seres humanos gestantes y otros que tienen la capacidad de que dejen de serlo: entre quienes ponemos la vida por delante de la libertad, y los que ponen la libertad por delante de la vida cuando se trata de vidas humanas, aunque paradojicamente pongan la vida por delante de la libertad cuando se trata de vidas animales.
Como todo axioma indiscutible, no cabe la disidencia cuando hablamos del aborto. Quien no quiera aceptarlo mejor que se calle y que, en todo caso, aparque su opinión contraria a la esfera de la intimidad casera. ¡Hablar en público va contra la ley!, y eso lo dicen, precisamente, quienes defienden como supremo bien ¡la libertad de expresión! Me gustaría ver a esos devotos del librepensamiento defender con toda energía a quien declara posiciones que no comparten. Un ejemplo, entre otros, el ayuntamiento de Alcalá acaba de aprobar una moción del grupo socialista que nada mas y nada menos, "exige a la Conferencia Episcopal la destitución del obispo de la localidad, Juan Antonio Reig Plà". Como se dice habitualmente no sabe uno si reirse o llorar. Resulta que un ayuntamiento con los votos de quienes se consideran partidarios de un estado laicista, piden a una organización religiosa que quite o ponga a sus líderes religiosos porque dice -con más o menos fortuna- lo que ese grupo religioso sostiene: en este caso, la defensa de toda vida humana. Ahora resulta que el Vaticano va a tener que enviar una terna al PSOE para ver a quien elige obispo (esto es, como en tiempos del Innombrable). 
Si resulta enfermizo que la sociedad actual acepte una barbaridad como el aborto, parece que todavía es más preocupante que el enfermo no quiera saber que lo está, que opte por silenciar a quien apunta la gravedad de los síntomas, el escenario de las consecuencias. Me consta que el obispo de Alcalá es un hombre batallador en éstas y otras cuestiones que no gustan al pensamiento único, pero también que es una persona educada y amable, que critica las conductas y acoge a las personas. Por otro lado, nos guste o no nos guste lo que dice, es un ciudadano como cualquier otro, y si vivimos en una sociedad libre no podemos menos que aplaudir que alguien tenga la gallardía de decir lo que piensa aunque contravenga la corriente dominante. Más aún, cuando está defendiendo la vida de quienes no tienen voz para defenderse.

domingo, 12 de octubre de 2014

La virtud es atractiva

Ayer volví a ver "Carros de Fuego", esa magnífica película de H. Hudson, ganadora de cuatro oscars en 1981. En un momento de la película, el protagonista -un ídolo del rugby escocés- amonesta cariñosamente a un niño porque estaba jugando al fútbol en domingo, violentando la interpretación del descanso dominical que hacen los presbiterianos. Para que el chico no quedara con el amargor de la riña, invita al niño a jugar al día siguiente con él. Justifica ante su hermana, misionera como él, ese nuevo compromiso adquido, indicandole: "Quieres que el chico crezca pensando que Dios es un aguafiestas".
Con mucha frecuencia se pone a Dios como valor para reprender la travesuras de los niños ("Dios no quiere que juegues en el patio"), o incluso para amenazarlos ("si no te portas bien, Dios te va a castigar"), lo que acaba consiguiendo que los niños tengan una imagen muy tosca y desagradable de Dios. La virtud no se estimula afeando el vicio al que sustituye, sino por el propio valor de la virtud. Ser virtuoso no sólo es hacer cosas buenas, sino sobre todo disfrutar con ellas: ser feliz haciendo el bien. En el camino de conseguir una virtud, naturalmente habrá veces que tendremos que rechazar nuestras primeras inclinaciones (al fin y al cabo, el pecado original siga pesando en cada uno de nosotros), pero me parece importante recalcar que es un estadio itinerante hacia la virtud, que nunca es antipática y desagradable. Me parece que una de las claves de la verdadera educación cristiana es precisamente hacer agradable la virtud, estimular que los chicos la consideren algo por lo que realmente vale la pena hacer sacrificios, llevarnos tantas veces la contraria. Aquello de "todo lo bueno en esta vida o es pecado o engorda" no deja de ser una simplificación torticera de la realidad. El pecado no puede ser bueno, puede sernos atractivo por momentos puesto que nuestras pasiones no siempre son nobles, pero en el fondo siempre nos deteriora internamente, nos rompe por dentro. Para eso está la confesión, para reconocer el error, pedirle perdón a Dios y su gracia para recomponernos. 
Los cristianos procuramos vivir acordemente con la Ley de Dios no porque temamos el castigo divino, al menos no como causa principal, sino por el placer de agradar a quien sabemos que nos ama. “Hacedlo todo por amor”, recomendaba San Josemaría, y es un consejo que sirve para todos los cristianos. Eso es lo más importante de nuestra existencia, como seres humanos y como cristianos: el amor que hemos dado y el que hemos recibido; y no hemos de perder de vista que Dios no se cansa nunca de querernos, y que de ese amor que recibimos se alimenta el que podamos dar. Nuestro actuar moral no debería estar ligado a la idea de premio y castigo, sino de modo primordial al amor que todo hijo procura a su padre bueno. Esto es perfectamente compatible con la esperanza del Cielo, o el temor al Infierno, que nos ayuda en momentos especialmente delicados de nuestra vida, pues también el ser humano necesita estar seguro de que las piezas acabarán encajando, de que la justicia se cumplirá y alcanzaremos una felicidad sin límites. Lo importante es nuestro amor a Dios, por un lado, y cómo aceptamos el amor de Dios en nuestras vidas, por otro. Lo demás, sólo si nos ayuda en ese objetivo.

domingo, 5 de octubre de 2014

Carta abierta al ex-ministro Ruiz Gallardón

Estimado y admirado Sr. Ruíz Galladón:

Hace unos meses incluí como entrada en este blog una carta abierta dirigida a usted, siendo titular del Ministerio de Justicia, animándole en su batalla por reformar una de las leyes a mi juicio mas nefastas aprobadas por el anterior gobierno, que supone un desprecio hacia la vida de los seres humanos en gestación, los más débiles, los más vulnerables, los que, precisamente por eso, deberian ser primordialmente protegidos por la sociedad.
Ahora me siento en la obligación de volver a escribirle para agradecerle sus esfuerzos durante estos años de continuas presiones -lamentablemente no sólo de fuera, sino también y sobre todo de dentro de su partido-, y su dignidad al poner sus convicciones por delante de sus intereses políticos. Pocos, muy pocos, son los políticos españoles que han dimitido por sus ideas (me permito recordar aquí también a Manuel Pimentel, quien dejó el gobierno de Aznar por una ley de inmigración que consideraba injusta). Las escasas dimisiones están asociadas a chanchullos económicos o singulares meteduras de pata: los demás tragan con cualquier cosa, parece que dejaron su dignidad cuando decidieron entrar en la política. A usted la dimisión le honra. Me parece que continúa su brillante carrera política con una coherencia que no le van a reconocer sus críticos de un lado y de otro. Dimitir por las ideas es la más noble forma de confirmar que uno no vende sus principios por un puñado de votos.
Parece que la clase política española está nerviosa con el vuelco electoral que puede producirse en la próxima primavera. No soy amigo de los populismos, me parece que las revoluciones comienzan con el afán de cambiar una sociedad podrida y acaban engendrando una sociedad tiránica, además más podrida aun que la original. No obstante, el triste espectáculo al que todos los días asistimos: Gurtel, Barcenas, EREs andaluces, Banca Catalana, ITVs, herencia de Puyol, tarjetas de Caja Madrid, generan demasiada presión para que la sociedad española acepte que todo siga igual.
A esto se añade, y a mi me parece todavía más grave que lo anterior, la falta de referentes morales de los politicos españoles, el engaño sistemático de pedirnos el voto para unas cosas y hacer las contrarias. En lugar de políticos profesionales parecen humoristas de salón a los que podría aplicarse perfectamente la famosa frase de Groucho Marx: "estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros".
Espero Sr. Ruíz Gallardón que su marcha de la política no sea definitiva, y le animo a que lidere alguna alternativa al desastre ético que suponen hoy por hoy nuestros partidos políticos, para que no sea necesario elegir entre el populismo bananero de Podemos y la casta sinvergonzona a la que justamente critican. Este país se merece algo más.

domingo, 28 de septiembre de 2014

En recuerdo de D. Alvaro del Portillo

En estos tiempos que corren, parece un tanto peculiar que se junten cientos de miles de personas para honrar la memoria de alguien, y no precisamente en un concierto con grandes estrellas, ni en un macro-picnic, ni en una megafiesta, sino en una misa. Sí, acabo de volver de Valdebebas, donde hemos celebrado la misa de Beatificación de D. Alvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, que falleció hace algo más de veinte años. Y no eran cientos de miles de personas cualquiera (todas las personas no son cualquiera en realidad), sino además, personas procedentes de -literalmente- todos los continentes, las razas, las culturas y las edades más variadas. Quien quiera ver fotos simpáticas del evento, tiene bastantes en la galería del Opus Dei en  Flicker.
Claro está que lo importante no es lo que se ve en la tele, sino lo que se siente estando allí (por eso precisamente hay que estar), compartiendo unas horas muy especiales con personas que, recien conocidos, son casi parte de tu familia. La fraternidad cristiana es algo muy real cuando es real la fe en Cristo; nadie nos resulta indiferente cuando rezamos juntos, cuando compartimos el mismo afán de hacer presente a Jesús en los ambientes en que nos movemos, en la fábrica o en el taller, en la universidad o la escuela, en el hogar, en el campo de deporte. El ambiente de la Beatificación ha sido excelente: una nueva Pentecostés, con personas provenientes de 80 países distintos, un arcoiris de sonrisas, de entrañable cercanía. Os dejo mi pequeña contribución al albúm fotográfico, donde estamos un amigo irlandés, al que conocía desde hacía algunos años, un neozelandés, un libanés y un australiano, a los que acababa de conocer minutos antes de la fotografía. Todos han venido en homenaje a D. Alvaro del Portillo, en agradecimiento a su fidelidad, a su ejemplo, a su entrega a Dios y a todas las almas. Aunque sea excepcional hacerlo -hay muchos más santos de los que es posible declarar- estos eventos nos recuerdan que una vida que se da a Dios es una vida llena de contenido y llena de continuidad porque no se asienta en lo que hagamos aquí, sino más bien en lo que Dios quiera hacer a través nuestro.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Natalidad ecológica

Hace unos meses vi una película de Will Smith, creo recordar que se llamaba Soy Leyenda, que me llamó especialmente la atención por incluir una idea de fondo que me parece muy relevante. El protagonista era uno de los pocos supervivientes de una enfermedad que se había propagado por el género humano como consecuencia secundaria de una supuesta vacuna contra el cáncer. Los posibles efectos colaterales de la investigación científica han sido tratados en otras películas y, sobre todo, han sido tratados por profesionales de la ética y la filosofía moral, para los que la innovación debería sujetarse a unos límites éticos. Tal vez el punto de inflexión en la concepción contemporánea de que la ciencia lleva consigo un progreso indefinido vino como consecuencia del lanzamiento de la bomba atómica de Hirosima, cuando se comprobó fehacientemente el enorme poder destructor del ingenio humano. Hoy somos muchos los científicos que admitimos una subordinación de la ciencia a la ética o, dicho de otra forma, que no debería hacerse todo lo que puede hacerse. Esta opinión está compartida por buena parte de la sociedad en lo que afecta a algunos aspectos de la innovación científica y tecnológica, como puede ser la manipulación genética de animales y plantas, la investigación nuclear o el control de las personas a través de las tecnologías de la información. Sin embargo, en el frente biomédico, donde se juega de manera especialmente clara el destino de la dignidad humana, parece que todavía buena parte de la población piensa que cualquier restricción a la ciencia lleva consigo una especie de intolerancia inadmisible, sobre todo si tiene alguna implicación religiosa.
Sirvan estas ideas para introducir el último libro que hemos publicado en la editorial Digital Reasons, que hemos denominado Regulación Natural de la Natalidad, con el significativo subtítulo de "Una alternativa moral y saludable". Curiosamente, convive una creciente vigilancia y regulación sobre las intervenciones biomédicas en animales, mientras en el terreno de la fecundidad humana y los primeros estadios de la vida parecen admitirse otras cada vez más explícitas y agresivas. La contracepción, como bien indica la Dra. Wilson, autora de este libro, es la única intervención médica que se hace para que deje de funcionar algo que funciona naturalmente bien. Todas las demás se orientan a reparar algo que nuestro organismo no realiza adecuadamente, desde una simple operación de cataratas (los ojos no ven como debieran) hasta otra que intenta atajar un tumor maligno. Los métodos anticonceptivos -en sus diversas variantes, que la autora analizar muy bien- pretenden hacer estéril a una persona que es fértil, siendolo como condición natural a esa persona. Hay otros medios naturales para evitar embarazos, por razones suficientemente relevantes, que se apoyan en cómo funciona la fertilidad humana, en entenderla bien. Por esta razón, porque son naturales, son admitidos por la práctica totalidad de las éticas y credos religiosos. Además, porque son naturales, no tienen ningún efecto secundario, y -por si fuera poco- son prácticamente gratuitas, ya que se apoyan en lo que ya tiene nuestra naturaleza.
Como en el caso de la película de Will Smith, cualquier intervención que atenta contra la naturaleza acaba volviéndose contra ella, tiene efectos secundarios que, en algunas ocasiones, pueden ser catastróficos. En el ámbito de la reproducción humana, hay muchos efectos biológicos -poco comentados por las multinacionales de este gran negocio-, que describe bien la autora, pero además hay otros sociales que son difíciles de negar, pues detrás del dominio a voluntad de la fertilidad también está el desastre demográfico de Occidente y su rampante cifra de divorcios, como también comenta con detalle la Dra. Wilson. Un libro, de fácil lectura y magníficamente ilustrado, que a todos recomiendo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Acabar con el otro

"Queremos inquilinos blancos en nuesra comunidad blanca"(Wikipedia)
La intolerancia tiene muchas caras, algunas de ellas aparentemente amables y razonables. Intolerancia implica sospechar de quien piensa o actúa de otra manera, de quien disiente. Algunos opinan que es mejor acabar con los disidentes que escucharles, quizá que convencerles o tal vez ser convencidos si sus ideas llevan consigo un valor del que al final todos saldremos beneficiados. Quien tiene pocos argumentos para defender su forma de ver el mundo, se siente amenazado cuando oye que otros tienen otra forma de ver el mundo e intenta eliminarlos. Si uno realiza un recorrido histórico a través de la intolerancia verá manifestaciones en muy distintos campos, incluso en aquellos que son, casi por definición, sujeto de controversia, como es el caso de la ciencia. La intolerancia -desgraciadamente- no está circunscrita a un momento o lugar, sino que es una actitud presente en mentalidades y entornos muy variados.
tomado del Facebook de Podemos Rivas
Hoy quisiera detenerme en analizar la paradoja de quien manifesta una clara intolerancia pese a que haga de la tolerancia su bandera. He ilustrado este artículo con dos fotografías, tomadas con 70 años de diferencia. Ambas quieren expulsar de su entorno a quienes piensan o son de otra manera: quieren en definitiva acabar con el "otro", en lugar de escucharle, de aprender de él. La primera foto está tomada en Detroit, en los años 40, y refleja bien la resistencia de algunas comunidades blancas a la diversidad racial. La segunda está tomada hace pocas semanas en Rivas, un municipio de Madrid prototipo de la izquierda más "progresista", que se resiste a que haya diversidad educativa. 
Espero que a algunos escandalice este contastre: sinceramente lo desearía porque cuando uno vive de ideología (de esquemas mentales que intentan interpretar la realidad en lugar de asumirla), sólo puede cambiar cuando algo muy chocante le hace reflexionar. Quien se niega a aceptar al "otro", a quien piensa distinto, a quien actúa distinto, a quien simplemente es distinto, deberían reflexionar hondamente y cambiar su visión estrecha de la vida. Entre otras razones, porque quien ve a los demás como distintos, acabará también siendo distinto para alguien.


domingo, 7 de septiembre de 2014

De los perros y los niños

Acabo de contemplar sentado en un parque cercano a mi casa el notable tráfico de animales domésticos que ocurre en mi barrio. No es una excepción, por otra parte. Vivimos en una sociedad que valora tanto la compañía de los animales de compañía que seguramente le dedica una inversión de tiempo y dinero que, si acumuláramos, nos dejaría bastante helados.
Vaya por delante que me parece estupendo que se trate con cuidado y cariño a los animales, sean del tamaño y características que sean (tanto derecho a vivir y tan útil para el medio ambiente es un perro como un artrópodo). Me preocupa, no obstante, la inmensa atención que se dedica a los animales precisamente en una sociedad que ha cerrado las puertas a la renovación demográfica. Se ve que es más fácil tener perros que hijos, seguramente cuestan más baratos, y quizá algún socarrón diga que hasta dan más alegrías. ¿Por qué esta sociedad no tiene hijos? -Porque no tienen recursos económicos -Porque están ocupados en otras tareas profesionales o sociales; -Porque se casan más tarde y ya no hay forma, -Porque contemplan el futuro como demasiado negro para traer hijos al mundo... Tal vez por una combinación de todas ellas, pero no deja de ser preocupante que España, junto a otros países occidentales, no alcance la tasa de re-emplazo generacional. Dicho en pocas palabras, nuestra población empequeñece. Si hemos aumentado es exclusivamente debido a la inmigración; de otra forma, seguramente habría menos españoles que hace treinta años.
Seguramente detrás de la crisis demográfica de Occidente también hay una falta de Fe, de confianza en Dios y en el hombre. El "multiplicaos y henchid la Tierra" del Génesis parece haber cedido ante la presión del confort, pero en ese cambio de actitud muchas otras cosas se han perdido...

domingo, 31 de agosto de 2014

Manifiesto por la libertad religiosa

Las tremendas noticias que nos llegan todos los días de Siria e Iraq, donde los cristianos -y otras minorías religiosas- son asesinados o expulsados a causa de su Fe, ponen en primera página una tremenda consecuencia del fanatismo religioso, donde unos locos se consideran investidos de la voluntad divina para masacrar a quienes no piensan como ellos. "Nunca se puede matar en nombre de Dios", repetía una vez más el Papa Francisco, siguiendo el eco de Benedicto XVI y Juan Pablo II, y  tantos otros Papas a lo largo de la Historia reciente. Ante la atrocidad de lo que vemos en los medios de comunicación, salta la pregunta de quién puede considerarse enviado de Dios para hacer esas barbaridades. ¿No es Dios todopoderoso para acabar con sus enemigos? ¿Quién osa interpretar la voluntad de Dios para cometer crímenes? ¿No han leído que el segundo mandamiento de la Ley de Dios es: "No tomarás el nombre de Dios en vano"?
Meriam Ibrahim tras su liberación con el Papa Francisco
La noticias saltan en el próximo Oriente, pero la persecución religiosa, principalmente de los cristianos, se produce en otros muchos lugares: Nigeria, Corea del Norte, China, Paquistán, Vietnam y un largo etcétera. Los cristianos han sido perseguidos desde el s. I y lo siguen siendo, en cantidades inmensas, en el actual. Pero necesitamos hacer algo al respecto, al menos levantar nuestra voz, decirle al mundo que esta barbarie tiene que terminar, que nadie puede ser perseguido a causa de sus creencias. Dice el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia. Desgraciadamente este artículo no se respeta en los países que he citado, donde ser cristiano se paga con la exclusión social, donde convertirse al cristianismo -particularmente en los países islámicos- puede poner en peligro la vida. Acabamos de verlo con Meriam Ibrahim, la joven madre sudanesa condenada a flagelación y muerte por convertirse al cristianismo (afortunadamente ahora libre por las presiones internacionales), o es el caso de Asia Bibi, cristiana paquistaní que lleva varios años en la cárcel por declarar su Fe en Jesús. Lo mismo podemos decir de los obispos católicos condenados a la carcel o al ostracismo en Corea del Norte o China, de las niñas cristianas secuestradas en Nigeria, y de tanto dolor y sufrimiento de nuestros hermanos en la Fe.
Estas barbaridades tienen que terminar. No podemos seguir consistiendo que países que forman parte de NN.UU. y han firmado la Declaración, sigan haciendo burla de ella con sus leyes que denigran, excluyen o persiguen a quien honestamente tiene unas determinadas convicciones. No hay ninguna libertad que se llame con ese nombre si no incluye la libertad de sostener las propias creencias.,

domingo, 24 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (y III)

Si Dios quiso correr el riesgo de nuestra libertad, aun costándole su propia vida, es obvio que Dios quiere que le tratemos libremente, quiere contar con nuestras pequeñas fuerzas para agradarle, quiere que pongamos algo, siquiera un poco, de nuestra parte. El trato con Dios debería emanar de una libertad íntima, de un amor libre, que no responde a ninguna presión externa. Tal vez uno de los mejores resúmenes de la vida cristiana venga de la pluma de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Los dos extremos de esta sencilla frase son imprescindibles para entenderla correctamente. Si amamos de verdad a Dios, haremos libremente lo que Dios quiera, porque nosotros lo querremos con todo convencimiento, como cualquier amor noble de esta tierra tiene por objeto agradar a la persona que ama. Si, por el contrario, hacemos lo que Dios quiere, pero sin amarle, nuestra vida será plana, mero cumplimiento de una normativa, de unos mandamientos impuestos desde fuera. Con esa actitud estaríamos reduciendo el cristianismo a un catálogo de preceptos, convirtiendo los medios en fines. Apagando la libertad, encendemos la rutina y empobrecemos un amor que de suyo está llamado a ser infinito, porque Dios es inconmensurable.
Como consecuencia de ese amor a nuestra libertad en el trato con Dios, tendremos también un profundo respeto a la autonomía de los demás, a su capacidad de decidir, aunque tomen opciones contrarias a lo que Dios les propone. Si Dios acepta esas decisiones que juzgamos equivocadas, ¿por qué nosotros vamos a impedirlas? Forzar la conciencia de nadie, incluso para obligarle a hacer el bien, parece una de las más flagrantes malinterpretaciones del querer de Dios. La conciencia es un santuario íntimo al que sólo podremos acceder si la otra persona nos abre su puerta, pidiendo ayuda.

domingo, 17 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (II)

Dios al crear al ser humano libre ya previó que nuestra capacidad de elegir pudiera volverse contra Él y contra nosotros mismos, que en lugar de conducirnos según sus designios amorosos decidiéramos contradecirle, tomar un camino equivocado. Aun así, Dios ha preferido correr el riesgo de nuestra libertad. La libertad imperfecta origina el mal moral en el mundo, causa la violencia, el rencor, la explotación de unos seres humanos por otros. Si no fuéramos libres, no existirían esos males, pues actuaríamos siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, pero tampoco podríamos agradarle, tampoco tendrían ningún mérito nuestras acciones buenas, tampoco habríamos sido creados a imagen de Dios. Sin libertad tampoco habría existido el pecado, por eso la Redención que nos ha ganado Jesucristo, tras una muerte dolorosísima, es también el pago de nuestra libertad. Ésta es la razón más radical del respeto cristiano por la libertad: se trata de un tesoro recibido de Dios Padre, ganado por la muerte de Dios Hijo y que nos asemeja al Dios amor, Espíritu Santo.
Que la libertad implique la posibilidad de errar no quiere decir que requiera el error. Nos recomienda San Pedro en su primera epístola: "Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad" (1 San Pedro 2: 16). La libertad explica el error, pero no lo justifica, porque también tenemos siempre la capacidad de hacer el bien al que nos conduce la verdad. El buen ejercicio de la libertad requiere reconocer la verdad, la realidad externa a nosotros, y el bien. Elegir sin contrastar esa elección con algún criterio de referencia, con algo que sostenga la verdad de nuestra condición humana, no conduce a ninguna parte. Elegir libremente es elegir sin coacción, conscientemente de que ésa es la decisión más adecuada, pero eso no quiere decir que cualquier decisión sea buena sólo porque se haya elegido libremente. “La verdad os hará libres” (San Juan, 8:32) nos dijo Jesús. La libertad, por el contrario, no nos hace verdaderos. La libertad es una

lunes, 11 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (I)

Estamos en Jerusalén, en el cenáculo donde Jesús acaba de cenar por última vez con sus discípulos. Al ambiente de solemnidad propio de la fiesta religiosa que celebraban se une el presagio de que algo grande ocurrirá en las próximas horas. Jesús siente muy cercano el momento definitivo de su Pasión  y comparte con sus apóstoles confidencias muy entrañables. Tras mostrarles gráficamente hasta dónde tienen que llegar para ponerse a disposición de los hermanos (les había lavado los pies, tarea que era propia de esclavos), les hablará del mandamiento del amor, de la unidad (la vid y los sarmientos), del amor y la prudencia ante el mundo. En ese contexto, les declara: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (San Juan, 15: 14-15). Jesús nos llama amigos, no siervos, porque la relación con Dios que Él nos enseña se basa en el amor, y el amor sólo pueden ejercerlo personas libres. Con una coacción suficientemente grande pueden obligarnos casi a cualquier cosa, pero nunca podrán imponernos amar a alguien.
Dios nos ha querido libres para tratarle con la confianza y el amor que sólo pueden mostrar quienes lo hacen libremente. Podría perfectamente haber diseñado una especie de robots humanos, que obedecieran ciegamente sus preceptos, conduciéndose en todo momento como el Creador quisiera. Pero, entonces, ya no sería el hombre hecho a “imagen y semejanza de Dios”, como nos indica el Génesis, porque no sería libre, no serían sus acciones fruto de una elección personal y consciente. La
mayor parte de las criaturas que Dios ha querido crear no tienen esa capacidad de elección y se dejan guiar, de modo más o menos mecánico, por sus instintos. No puede decirse propiamente que un acto de un animal sea bueno o malo, porque no tiene calificación moral lo que no se ha elegido libremente, pero de alguna manera la misma existencia de los animales y las plantas da gloria a Dios, y siguiendo las indicaciones de su naturaleza está cumpliendo su destino eterno.
Jesús pedía un acto de fe a quien le solicitaba alguna curación: “¿Crees esto?” (San Juan 11: 26) le pregunta a Marta antes de resucitar a su hermano Lázaro. “Creéis que puedo hacer esto” (San Mateo, 9: 28) les pregunta a dos ciegos que querían ser curados. A nosotros también nos pide que mostremos nuestra fe en decisiones concretas, que confiemos en Él y aprovechemos los medios de gracia que nos concede. Nos recuerda la carta del apóstol Santiago que “la fe sin obras es una fe muerta” (Santiago 2: 17), que es preciso ejercer la libertad de hacer el bien para progresar en nuestra vida cristiana. Eso no significa que nuestras obras generen la fe, como si la gracia de Dios fuera producida por las obras. Más bien es al revés, si hacemos cosas buenas es porque Dios nos da su gracia, pero el hombre no es un espectador pasivo en este proceso. Puede corresponder a esa gracia o rechazarla, siguiendo su libertad. El Señor es el motor de nuestro vehículo espiritual, pero nosotros tenemos que llevar el volante, que cambiar las marchas, que pisar el acelerador o el freno. El conductor no es quien impulsa el coche, pero lo dirige, mejor o peor, y según esas decisiones el coche avanza por el camino adecuado o se pierde.

domingo, 3 de agosto de 2014

En la lengua que hablaba Jesús

Católicos huidos de Mosul. Foto: Allen Kakony / Aleteia.
Tendemos a simplificar el mundo árabe identificándolo con el Islam. Pero conviene recordar que ni todos los árabes son musulmanes, ni todos los musulmanes son árabes. De hecho el país con mayor número de musulmanes en el mundo es Indonesia, que no tiene población árabe. Lo mismo cabe decir de la religión de los árabes, que aunque mayoritamente sea el Islam, no es, ni es deseable que sea, exclusiva. Mucho antes de que naciera el Islam, en el siglo VII, ya existían muchas comunidades árabes cristianas. Las más significativas, sin duda, las que vivían en la tierra que recorrió Jesucristo, en Palestina o en el actual Líbano, o las que predicaron los primeros cristianos, desde Siria (recordemos que fue en la Antioquía siria donde primero se llamó cristianos a los seguidores de Jesús), hasta Caldea o Persia.
La desastrosa guerra de Irak, iniciada tras una sarta de medias verdades y marcadas incoherencias, se ha cobrado ya muchas vidas, mucho dolor, en un país que fue referencia de estabilidad y cierto desarrollo en la región. Hoy contemplamos una consecuencia más de esa cadena de desastres que una guerra desencadena: la división práctica del país y la tremenda persecución de la minoría cristiana, arrollada por un nuevo movimiento fanático musulmán, que domina la tercera parte del país.
Los cristianos caldeos de Irak son tan antiguos como el mismo cristianismo, discípulos de los primeros discípulos de Jesús. De hecho, utilizan en su liturgia el arameo, la lengua en que hablaba Jesús. Originariamente procedentes de la histórica Asiria, una extensión de la actual Siria, estaban muy extendidos en el Noroeste de Irak, en el área de influencia de la ciudad de Mosul, donde reside uno de los obispos caldeos-católicos. Tras varios siglos de escisión de origen Nestoriano, retornaron a la Iglesia Católica en el s. XVI, y forman parte de las llamadas iglesias católicas orientales, en el marco de lo que ahora se denomina patriarcado de Babilonia.
Aunque históricamente han sufrido distintas persecuciones, el número de católicos caldeos era muy relevante hasta el inicio de la guerra de 2003, calculándose en torno a 1.4 millones. Actualmente se estima que pueden quedar unos 500.000, ya que muchos han emigrado a otros países, principalmente Canadá, Australia y EE.UU. La violencia contra los cristianos de Irak no ha cesado en los últimos años, principalmente por parte de las milicias extramistas musulmanas, tanto sunies como chiies. El asalto a la catedral de Bagdag en 2010 o el secuestro y asesinato del arzobispo de Mosul Paulos Faraj Rahho en 2008, se consideraron por algunos acciones aisladas, pero escondían un verdadero genocidio silencioso. Ahora ha dejado de ser silencioso en la región del país que controlan las milicias del Estado Islámico, en donde han impuesto la conversión forzosa o la marcha. ¿Qué hacemos los cristianos occidentales para apoyar a esos hermanos mayores que hablan en la lengua que hablaba Jesús? Al menos, rezar por ellos, como nos pedía recientemente el obispo de Bagdag, conocer su historia, hablar de ellos.

lunes, 28 de julio de 2014

¿Podemos crear mentes artificiales?

Acabo de regresar de un curso de verano donde hemos tratado distintas cuestiones de ética ambiental. En una mesa redonda en donde se debatía sobre los animales tienen o no derechos y en qué sentido se aplica esta atribución, uno de los ponentes trazaba la línea del objeto moral en todos aquellos seres vivos capaces de sentir, esto es los que tienen el sistema desarrollado suficientemente desarrollado como para experimentar dolor o placer. Según este ponente, los animales sintientes merecen consideración moral y por tanto, en sentido amplio, tienen derecho a recibir un trato similar al que damos a los seres humanos. No voy ahora a comentar esta posición, sino una de las preguntas que se hicieron a continuación de las intervenciones: si los límites de la moral se marcan por la capacidad de sufrir, ¿en el futuro también las máquinas cibernéticas (llámanse robots, androides o replicantes, como más nos guste) tendrán esa capacidad y por tanto serán objeto de consideración moral?
Sinceramente me pareció un tanto grotesca esta posibilidad, y de entrada me pareció un buen ejemplo de lo que los clásicos denominaban argumentos “por reducción al absurdo”: si existe la posibilidad de que una máquina tenga consideración moral (esto es merecedora de deberes éticos por nuestra parte) en caso de que consigamos construir una que sienta dolor o placer, entonces es que hemos puesto la frontera de la moral en una línea equivocada.
No voy a entrar ahora a comentar mi posición sobre la consideración que merecen los animales, sin duda mucho más generosa de lo que hemos mostrado tras la revolución industrial, sino más bien a centrarme sobre qué esperamos que produzca el vertiginoso desarrollo de la tecnología en las próximas décadas: máquinas que hagan todo tipo de labores mecánicas (esto parece muy probable), con inmensa capacidad de análisis de información muy variada (también), con el suficiente conocimiento estructural para traducir fluidamente entre distintos idiomas (casi, casi ya está), con posibilidades  de predicción certera de acontecimientos futuros (caliente, caliente…)… pero ¿seremos capaces de hacer máquinas que realmente piensen, que reflexionen, que se auto-reconozcan, que tengan memorias propias (de su actividad), que sean capaces de experimentar alegría o tristeza?
No sé lo suficiente de tecnología para predecir hasta donde llegará el progreso cibernético, pero se me hace muy poco probable y, sobre todo, muy poco deseable que lleguemos a crear seres humanos sintéticos. Al igual que aplicamos el principio de precaución para tomar con mucha cautela los avances de la tecnología en la solución de los problemas energéticos (energía nuclear), alimenticios (transgénicos), médicos (clonación humana, investigación con embriones…), me parece muy relevante que reflexionemos sobre el tipo de mundo que se crearía si esa dirección de desarrollo llegara a consolidarse. No me parece un buen camino para hacer más felices las sociedades que vivimos, siguen sin arreglar –quizá los enturbien mucho más- los más acuciantes problemas humanos.  Esa búsqueda del superhombre tecnológico tiene un cierto tufillo de ideología eugenésica de inicios del s. XX, de tan nefasta memoria. Los seres humanos aunque tenemos capacidades inmensas somos limitados, y es bueno que lo seamos porque eso nos ayuda a ser dependientes, relacionales: sin “los demás”, no habríamos llegado muy lejos.
La tecnología, a mi modo de ver, sirve a las necesidades humanas, pero no es un fin. La revolución ambiental que tantos pensadores preconizan pasa por volver a nuestras raíces más profundas, que son naturales, y el equilibrio ecológico pasa, como la propia raíz del término indica, por cuida nuestra propia casa, por respetar la ecología humana, por escuchar a nuestra propia naturaleza. Me parece que estamos otra vez intentando jugar al "seréis como dioses", tan antiguo como la propia humanidad, alterando lo que naturalmente hemos recibido, asumiendo que somos capaces de hacer un mejor diseño que el del mismo Creador

domingo, 13 de julio de 2014

Una revolución cultural

Conversaba el pasado viernes con uno de los últimos autores que hemos incorporado a la editorial que estoy promoviendo. En poco tiempo, hemos pasado de la relación formal autor-editor, a la de amigos, que es mucho más humana y más enriquecedora. Hablabamos de las raíces del problema educativo en España, de la baja calidad de la docencia, del escaso interés de los estudiantes, y a veces de sus familias, del bajón de contenidos y de la incompetencia de nuestra clase política para tomar medidas eficaces que contribuyan a aliviarlo. Como es más fácil buscar responsables en los demás que en nosotros mismos, pensábamos también en qué podíamos hacer para que ese estado de cosas comenzar a cambiar.
Ciertamente en la emergencia educativa actual hay causas que poco tienen que ver con la legislación, y son más bien, a mi modo de ver, las más hondas y en las que todos podemos hacer algo por remediar. En mi opinión la más importante es precisamente la crisis de valores y de virtudes que afecta a nuestra sociedad. Educar es transmitir valores y enseñar virtudes, o mejor aún hacer amable la virtud. Los valores son postulados ideológicos que fundamentan una sociedad: qué es bueno y qué es malo. Las virtudes son la capacidad real de hacer el bien o el mal, o dicho de otra forma la consistencia para vivir de acuerdo a los valores que se preconizan.
Sin duda la educación debe incluir como elemento fundamental la transmisión del conocimiento a las generaciones más jóvenes, pero en mi opinión esa labor sería muy parcial sino somos capaces de transmitirles nuestros más excelsos valores: la calidad de una sociedad es la calidad de las metas que desea: una sociedad que sólo se afana por el enriquecimiento económico poco tiene que transmitir. El respeto a toda vida  de todas las criaturas, en primer lugar de las humanas, la generosidad, el trabajo bien hecho, la solidaridad con quien nos necesita, la búsqueda de la verdad, la alegría ante el milagro de lo cotidiano y tantas cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido.
Eso requiere algo más que un cambio de legislación: es un cambio de mentalidad, una verdadera revolución cultural, muy lejos naturalmente del triste periodo chino que utilizó esta expresión. Una revolución basada en el diálogo entre personas que puedan pensar distinto pero que necesitan anclar lo que piensan en raíces sólidas. Un diálogo que se base en el conocimiento mutuo, más allá de los tópicos, de los prejuicios que cierran cualquier intercambio de ideas. Ese es el objetivo de la editorial que estamos promoviendo. ¿Te animas a colaborar con el proyecto?