domingo, 20 de noviembre de 2016

Consumo responsable II

Decía en mi última entrada que ser responsable puede resumirse en ser consciente del impacto que tienen nuestras decisiones. Aplicado a nuestro consumo, ser responsable conlleva darnos cuenta de los efectos que tienen nuestros hábitos de comida, de transporte, de vestido, de diversión y de cualquier otra actividad que nos lleva a comprar cosas. Todo lo que consumimos requiere una cierta cantidad de energía y materias primas, de trabajo e inventiva humana, y todo en consecuencia tiene un impacto ambiental y social. Según sea nuestro consumo, esas repercusiones pueden ser más o menos dañinas sobre el medio y las personas. Habitualmente no somos muy conscientes de esas repercusiones, ya que nos falta información para calificar las cosas que consumimos. Hay algunas excepciones, como los electrodomésticos (que suelen ya tener una etiqueta que identifica su eficiencia energética) o los automóviles (que nos informan del consumo de combustible), pero en otros muchos aún hay bastante por hacer. Para remediar esa carencia, distintas iniciativas intentan informar al consumidor de los productos que consume. Me parece de especial interés la realizada por la organización goodguide (http://www.goodguide.com/) que puntúa más de 250.000 productos vendidos en EE.UU. en función de los aspectos sociales, ambientales y de salud que implica su producción y distribución.
En esta línea desde la cátedra de ética ambiental de la Universidad de Alcalá, estamos intentando promover el etiquetado energético de los productos alimenticios en nuestro país, de tal forma que el consumidor pueda tener información adicional sobre un aspecto relevante de los productos que consumimos. En estos días se celebra una nueva cumbre del tratado de cambio climático de la ONU, que debería comenzar a poner encima compromisos concretos para reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Las decisiones deberían ser muy amplias y muy contundentes, dada la gravedad de los impactos que ya tiene, y puede tener mucho más, el calentamiento terrestre. Una de esas medidas es que el consumidor sea consciente de las emisiones que ha generado un producto y que eso le sirva como elemento de juicio para comprarlo o no, o para elegir una alternativa más eficiente energéticamente. El cambio climático no va a modificarse drásticamente porque nuestro consumo sea más responsable, pero me parece muy relevante que cada uno se posicione ante un problema que nos afecta a todos y haga lo que esté en su mano para resolverlo. Además del impacto directo que esas actitudes tienen, también servirá para extender esa preocupación a nuestro entorno y para exigir a nuestros líderes politicos o económicos que vayan en la misma dirección. Esto es, en pocas palabras, un ejemplo de lo que significa ser parte de la solución o ser parte del problema.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Consumo responsable (I)

Nuestra sociedad asume que las cosas deben funcionar, y si no es el caso busca a alguien a quien pueda hacer responsable, particularmente si se trata de políticos, que parecen llamados a arreglar todos los problemas cotidianos. Ser responsable es tener la capacidad de responder, se supone que ante algo que hemos podido decidir previamente. No es responsable quien no decide libremente, ya sea porque no actúa con verdadero conocimiento, ya porque sea obligado a hacer algo que no quiere hacer, o ya porque tenga sus facultades mentales enajenadas.
Ser responsable, en pocas palabras, es asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Con cierta frecuencia tendemos a pensar que otros son responsables de los problemas que encontramos, y en menos ocasiones se nos ocurre reflexionar sobre qué grado de responsabilidad tenemos nosotros. Hacer tiempo me comentó un amigo que "si no eres parte de la solución, es que eres parte del problema". De algunos problemas somos poca parte, ciertamente, pero de otros -yo diría que de la mayor parte- siempre podemos hacer algo que contribuya, aunque sea livianamente, más a la solución que al problema.
La mayor parte de las personas están de acuerdo con preservar la naturaleza, con reducir nuestro impacto sobre la misma, pero la mayor parte no ven la conexión de esa actitud con lo que hacen todos los días. Ahí entra el concepto de consumo responsable que es, ni más ni menos, dar respuesta de qué hacemos para cumplir nuestras necesidades vitales. Hay muchas maneras de consumir. La más frecuente es la que busca tener más cosas, aunque no esté claro para qué sirvan, o sirvan más bien para poco o por poco tiempo. El consumo responsable -ahora me centraré en su aspecto ambiental- lleva a la práctica esa motivación conservacionista, y procura aplicar los tres principios basicos de la excelencia ambiental: reducir, reutilizar y reciclar, a los que yo añado otras dos "r": restaurar y re-educar. El consumo responsable supone consumir menos, ya sea porque reducirmos nuestras necesidades o porque re-utilizamos lo que de otro modo consideraríamos obsoleto. No nos hace falta tener tres móviles, aunque sean malos, ni tener el último cachivache que haya producido la tecnología: no nos hace más felices y crea mayor tensión en los recursos del planeta. Lo mismo cabe decir de cualquier otra cosa que consumimos, desde la comida hasta la ropa, pasando por el transporte o la diversión.
¿Que requiere ser responsables en nuestro consumo? Dos cosas sencillas, tener la motivación que nos lleve a ejercer nuestro derecho a no consumir o a hacerlo de otra forma, y tener el conocimiento para que esa forma alternativa sea más sostenible ambientalmente. A eso me referiré en mi próxima entrada.

domingo, 30 de octubre de 2016

Un puente para el cementerio

Este fin de semana ha salido con frecuencia en la conversación el puente laboral que varios de mis amigos tienen pensado tomar mañana. Parece que los dirigentes educativos tomaron esa decisión hace algunos meses y, claro está, cuando los colegios cierran casi todo cierra (a ver qué hacen los padres con sus hijos). Me llamó la atención la oportunidad de este puente, y esas conversaciones todos los justifican por aquello de que "en estos días hay que visitar los cementerios". Entonces, parece que el objeto de la vacante laboral es continuar una larga tradición que cifra en el 1 de
noviembre el momento para visitar las tumbas de familiares y amigos difuntos. En suma, que se trata de festividad de origen nítidamente católica, ya que el día coincide con la celebración litúrgica de la festividad de Todos los Santos, y naturalmente no tiene mucho sentido visitar un cementerio si no implica una cierta creencia en la inmortalidad del alma. Por esa razón, por los recuerdos que nos merecen quienes convivieron con nosotros, lo cementerios se llenen de las flores, como un pequeño regalo a quienes, como indican la mayor parte de las lápidas, "estarán siempre en nuestro recuerdo".
He visitado la página de distintas organizaciones del laicismo beligerante y no veo especiales quejas porque el Estado tenga la osadía de declarar fiesta laboral una conmemoración religiosa. Se ve que en materia de vacaciones el consenso es más sencillo que en otras cuestiones. De hecho, les guste o no les guste a los más ruidosos defensores del supuesto carácter laico del Estado (recordemos, una vez más, que el Estado español no es laico, sino no confesional, que es muy distinto), buena parte de nuestras festividades laborales son religiosas, por más que se quiera re-bautizar su sentido con ocurrencias más o menos ingeniosas: Navidad sería el solsticio de invierno; Semana Santa el estallido de la primavera, San José el día del padre y la Inmaculada quien sabe, tal vez la Venus de Milo.
En fin, una vez más tendremos que reconocer que nuestra historia y nuestra cultura tienen una raíz católica tan evidente que ignorarla es simplemente aumentar las posibilidades de no entender casi nada. Por eso, me parece especialmente relevante incluir la cultura religiosa como asignatura en los colegios. No estoy hablando de dar catequesis en los centros educativos (para eso están las parroquias), sino de explicar la historia, la liturgia y las costumbres cristianas, que son herramientas clave para entender manifestaciones diarias de nuestro espacio cultural, desde el lenguaje hasta los monumentos, pasando por nuestra mejor pintura o literatura. También para entender las festividades, como la del 1 de Noviembre, o acabaremos disfrazándolas -como ya ocurre con esta fiesta de todos los santos- de un esperpento exótico, más propio de otros países con mucha menos tradición cultural.

domingo, 16 de octubre de 2016

Muchos siglos de misericordia

Quedan apenas unas semanas para que concluya el año de la Misericordia, propuesto por el papa Francisco para recordar a todos los cristianos la infinita comprensión que Dios tiene con nosotros, pero también para interpelarnos a que seamos imagen viva de esa misericordia en los demás. Quizá la mejor imagen de la misericordia cristiana es la parábola del buen samaritano que propuso Jesús como respuesta a una pregunta "legalista" de un rabino con el que dialogaba. -"¿Quién es mi prójimo?" le preguntó, y Jesús le dio una imagen muy gráfica de cómo ser prójimo, próximo, indicándole cómo se aplica el precepto del amor a los demás: a todos y siempre.
Bien tomaron nota los primeros cristianos de lo que significa el amor al prójimo, y desde el inicio de la Iglesia su multiplicaron las manifestaciones de fraternidad que abarcaba a todos. "Nadie pasaba necesidad", nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, porque cada uno procuraba proveer con sus bienes. De esa primitiva caridad de la Iglesia han surgido literalmente miles de iniciativas que a lo largo de la Historia nos muestran el rostro amable de Jesús, en las acciones de quienes se consideran sus discípulos. Hospitales, hospicios, escuelas, talleres profesionales, universidades, hospederías, casas de acogida, y un larguísimo etcétera que ha jalonado la historia de la Iglesia a lo largo de los últimos veinte siglos.
Este es el mejor resumen del nuevo libro que publica Santiago Cantera, profesor de Historia en el CEU y ahora prior del monasterio del Valle de los caídos. La acción social de la Iglesia en la Historia es un repaso a las múltiples labores sociales que han emprendido las instituciones católicas a lo largo de su historia. Evidencia que la auténtica caridad cristiana no es mera limosna piadosa, como muchas veces se insiste en decir, sino que tiene una raíz muy profunda para el cristiano y que se puede manifestar de muchas maneras en la atención espiritual y material al prójimo: limosna, atención sanitaria, enseñanza, consejo, consuelo, etc.; y, por supuesto, la oración por las necesidades ajenas y por los difuntos, y la difusión de la fe de salvación (evangelización), como el mayor don que uno puede transmitir.
Para quien resume la historia de la Iglesia en las Cruzadas, la Inquisición y Galileo, le vendrá muy bien ampliar su visión con este texto, profusamente documentado, que muestra con hechos que la Iglesia prefiere "dar trigo", resolver problemas reales de las personas, en lugar de darse autobombo. Quien pone los ojos en Dios que todo lo ve no necesita hacer propaganda, porque no tiene su meta en ser aplaudido por los hombres. Ahora bien, sería muy injusto no tener en cuenta ese rastro inmenso de bien que han hecho los católicos a lo largo de los siglos, imposible de recoger en un solo texto. Obviamente, también ha habido sombras -la Iglesia está formada por seres humanos, con toda su fragilidad-, pero no puede juzgarse objetivamente, hacer un balance, sin conocer a fondo las luces, muy extensas, que jalonan su desarrollo histórico.

miércoles, 12 de octubre de 2016

España en la Historia-ficción

Hoy es la fiesta de la Virgen del Pilar, que coincide con la celebración del día nacional, en recuerdo de la conquista de Granada y del descubrimiento "europeo" de América. Tres cuestiones que están mucho más relacionadas de lo que parece, puesto que la conmemoración de nuestra Patrona está tan metida en las entrañas culturales de nuestro país como para ser un factor decisivo del final de la Reconquista y del impulso aventurero, en buena parte evangelizador, que permitió colonizar todo un continente.
Seguramente será el nuestro uno de los pocos países donde buena parte de los intelectuales sienten verguenza de su Historia, o quizá de lo que entienden o malentienden de ella. En lugar de subrayar las grandes aportaciones de nuestro país al desarrollo humano, nos afanamos en evidenciar sus excesos, en subrayar sus carencias o en deformar sus motivaciones. Es llamativo que la famosa "leyenda negra" que tejió la intelectualidad protestante y/o antiespañola en los siglos XVII a XIX siga sustentando buena parte de las opiniones de nuestros profesores y, por ende, de los alumnos a quienes enseñan.
Para muchos seguramente hubiera sido mucho más conveniente que los pueblos germanos que invadieron nuestro país en los siglos V a VI no se hubieran convertido al cristianismo, y así todos ahora podríamos adorar a Odín, Thor o Njord, a reverenciar los árboles o a seguir organizando aquelarres. Para otros, lo ideal hubiera sido mantenernos como imperio musulmán, ser gobernados ahora por clérigos, disfrutar de las llamadas a la oración a las 5 de la mañana, practicar un mes de ayuno y generalizar los velos femeninos. Naturalmente, todo ello en aras de la progresía y el buen gusto, pues claro está que todo es mejor que ser cristianos.
Pero lo cierto es que en nuestra historia real, fue el cristianismo quien fundamentó nuestro desarrollo social, cultural y económico. Fueron instituciones cristianas las que fundaron universidades, hospitales, escuelas, hospicios, y hasta cajas de ahorro (un capitalismo social tristemente eliminado por los partidarios del liberalismo o socialismo capitalista, que para el caso es casi lo mismo). Fue la inspiración cristiana la que promovió la protección de los derechos de los indígenas en América, frente a los excesos de quienes abusaban de la lejanía al poder real. Fue el universo cultural cristiano quien fundamentó nuestro siglo de oro, en la literatura, la pintura o la mística. Nuestros mejores monumentos son catedrales (desde las góticas las modernistas), los españoles más ilustres, mas conocidos y citados internacionalmente, fueron -y en buena medida siguen siendo- nuestros santos. ¿Cuándo empezaremos a entender nuestra Historia? Quizá cuando se consiga la suficiente honestidad intelectual para salvar los prejuicios y se comience a analizar los hechos al margen de la ideología.

domingo, 2 de octubre de 2016

Espiritualidad sin espíritu

Participé ayer en una sesión TEDx en Guadalajara, organizada por entusiasta de este tipo de actividades. Se trata de un formato bastante original, donde varios ponentes presentan en un tiempo limitado (cada uno 18 m) un tema específico que han formulado antes. Yo tengo costumbre de ver estas sesiones, pero no sabía que había organizadores locales en España, así que no dude en aceptar la invitación que me hicieron hace unas semanas para participar en el evento. Se realiza en un salón de actos, con asistencia de público muy variado. Suelen ser charlas bastante inspiradoras y que además ayudan a mejorar el idioma (todas las que había visto eran en inglés), aunque en este caso se hicieron en español.
No voy a comentar ahora las ponencias que allí se presentaron, ni la magnífica organización que los voluntarios de TEDx habían desarrollado. En otra ocasión haré mención a este asunto. Mi reflexión de esta semana va en la línea de una de las charlas presentadas, donde una socióloga presentaba algunas ideas para gestionar mejor nuestras pasiones, convirtiéndolas en aliados para superar nuestras deficiencias de carácter. La ponente era muy entusiasta, y su modo de presentar el tema bastante original, basado en dibujos, pero me llamó sobre todo la atención el contenido del mensaje, que tocaba temas relacionados con el carácter y las virtudes sin citar para nada el legado cristiano donde se han interpretado en nuestra cultura. En realidad sí que lo cito, de pasada, para despreciarlo. Me llamó la atención, una vez más, que un elemento tan radical del sentido cristiano de la vida se reinterpretara de modo tan completamente ajeno, incluso a la dimensión espiritual del ser humano, que ni siquiera se mencionaba. Si la persona que hablaba viniera de sociedades culturalmente extrañas a la nuestra sería más fácil entenderlo; si viene de un núcleo de la provincia Guadalajara invita a pensar hasta dónde llega el alejamiento cultural de nuestras raíces cristianas, que no sólo se desconocen, sino que se consideran -casi por moda- negativas.  Ese abandono se sustituye por nada, y se intenta insuflar entusiasmo inconsistente, en lo que antes tenía unas raíces muy profundas que sostenían una visión del ser humano capaz de superar crisis muy profundas.
Conversaba hace años con un amigo sobre sus prácticas de piedad cristianas, y me comentaba que para tratar a Dios no hacía falta ir a la iglesia. Pocos años más tarde, algunos afirmaban que para ser espirituales no hacía falta creer en Dios. Ahora parece que vamos todavía más lejos y algunos afirman que para ser humanos no hace falta ser espirituales. Pero eso es precisamente lo que nos hace ser humanos, que somos espirituales, que tenemos una dimensión que trasciende lo material, que somos mucho más que un cerebro con extremidades. Negar la dimensión espiritual no solo implica negar la religión, sino en realidad cualquier manifestación cultural, desde el arte a la literatura, desde la música a la pintura. ¿Qué nos pasa? ¿por qué nos hemos alejado tanto del cristianismo hasta considerarlo extraño,  hasta negarle toda legitimidad, toda posibilidad de darnos sentido?

domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Existe el infierno?

Escuchaba hoy el Evangelio dominical y me ha venido a la cabeza una conversación que mantuve hace un par de años con un amigo, convencido cristiano en líneas generales, aunque se mostraba poco convencido de la existencia del infierno, uno de los dogmas más antiguos de la tradición cristiana. Precisamente las lecturas de la misa de hoy nos recuerdan la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: quién sufrió en esta vida disfrutó de la eterna, mientras quien banqueteaba despreciando al pobre acabó intentando que le socorriera en su tormento eterno.
Para muchos, incluso para muchos cristianos, la palabra infierno parece guardaba en el baúl de los recuerdos juveniles, como si se tratara de un recurso infantil para estimular una buena acción ("si no te comes eso irás al infierno", "si pegas a tu hermana irás al infierno", "si no haces los deberes irás al infierno", y un largo etcétera de recriminaciones propias de años felizmente pasados. Naturalmente que el infierno no es eso, no es un lugar imaginario inventado para la amenaza. Hay múltiples referencias en la Sagrada Escritura al infierno, y muchas más en los escritos de los primeros teólogos cristianos, así que negar que pueda existir nos lleva más allá de la línea roja de la ortodoxia.
El principal obstáculo que plantea el infierno en la mentalidad contemporánea es la imagen misericordiosa de Dios. ¿Cómo puede un Dios infinitamente poderoso y bueno, que nunca se cansa de perdonar, como dice frecuentemente el papa Francisco, condenar a alguien a una pena eterna? Si cualquier padre es capaz de levantar el castigo, aun al hijo más díscolo, ¿cómo no lo va a hacer Dios? ¿Si Dios se ha encarnado y ha muerto en una cruz para salvarnos, cómo va a impedir luego que nos salvemos?
Son preguntas ciertamente complejas, que nos resulta difícil contestar, pero que tienen otra vertiente que nos puede resultar más razonable. ¿Qué es el infierno? Una eternidad sin Dios. ¿Por qué lo consiente Dios? Porque respeta nuestra libertad. ¿Es compatible con su misericordia? Nos dice la teología católica que solo irá al infierno quien estrictamente lo elija, quien desprecie constántemente la ayuda que Dios le presta. Por otro lado, ¿es justo el sufrimiento del justo? ¿Es justo que el malvado tenga la misma suerte que quien ha sufrido sus atrocidades? No parece que eso case con la justicia de Dios. No sabemos cómo la ejerce, no sabemos quien está en ese lugar de sufrimiento eterno. La Iglesia nunca ha afirmado que nadie concreto esté en el infierno (parece que Dante tenía su propia lista de condenados, pero eso es otra cosa), puesto que hasta el último momento cabe el arrepentimiento. De eso a despreciar la justicia de Dios, hay mucha distancia. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Dios o nada

Comparto en este blog una de mis lecturas veraniegas, el libro publicado hace unos meses por Nicolas Diat con una amplia entrevista al cardenal Robert Sarah. El título, Dios o nada, ya indica que va a tratar temas de hondura. Muchos autores han hablado de la banalidad de la cultura de occidente, del miedo a tratar cualquier asunto que implique un cierta radicalidad, como si ir a las raíces, a la verdad última de las cosas, tuviera algo que ver con ser fanático, irracional. Todo es light, desde la Coca-cola hasta las matemáticas, y por supuesto la religión. Recuerdo hace unos años un comentario de un amigo cuando hablábamos sobre asuntos de la fe. Me dijo: "Yo soy católico practicamente, pero no soy tan fanático como para ir a misa todos los domingos". En fin, para esta persona ser católico era una especie de inspiración nebulosa, con muy pocas consecuencias en la vida práctica. Identificar fanatismo con la mínima práctica religiosa que recomienda la Iglesia es desde luego haber "bajado el listón" hasta límites absurdos.
En este marco, leer en un título "Dios o nada" resulta de entrada bastante chocante. Da la impresión de que quien elige una frase tan rotunda va a verter sobre el lector todo tipo de diatribas de singular dureza. Nos hemos acostumbrado tanto a la liviandad que nos cuesta digerir alimento consistente. Por eso recomiendo vivamente la lectura de este libro, particularmente de la primera mitad, cuando narra la infancia y los primeros años de vocación sacerdotal del cardenal Sarah, su atracción por la fe y la vida de oración que observa de niño en unos misioneros franceses instalados en su aldea, un pueblo remoto de un país muy remoto (Guinea) de un continente remoto (Africa). Creo que en ninguna otra institución internacional podría una persona que nace en un lugar tan apartado de los centros de influencia llegar a ser una de sus personas más influyentes. La trayectoria que conduce a que el hijo único de una familia pobre de un país poco relevante llegue a ser cardenal de la Iglesia católica y prefecto de uno de las congregaciones más importantes supone, en sí mismo, toda una aventura. Naturalmente eso obedece a que la persona es extraordinaria; también a que la institución (la Iglesia católica) tiene la sabiduría para identificar esas personas que necesita, en cada momento, para liderarla, independientemente de su lugar de origen o extracción social.
El carácter extraordinario del cardenal Sarah se atisva en sus palabras, en su percepción del mundo, en su sólida piedad, en el aprecio por los valores hondos que dan sentido a la vida humana. Todo ser humano, lo admita o no, necesita la trascendencia. El drama de la sociedad occidental es que ahora no la encuentra en donde ha estado siempre, y en donde sigue estando, porque su mente se ha nublado, ha cambiado espejuelos por los tesoros de los que ha vivido siempre. Quizá también porque quienes deberían mostrar la trascendencia se han hecho irrelevantes, banales, porque han perdido su unión con Dios, han pasado de ser motores espirituales a funcionarios religiosos. No todos, no en todos los lugares.
Las palabras del cardenal Sarah son alentadoras, pero también exigentes. Necesitamos volver a lo básico, enraizar nuestra vida en lo que realmente anhelamos, en Dios, pero no de modo superfluo, sino con un compromiso vital que necesariamente es prefacio de la alegría . Necesitamos recuperar el sentido de la oración porque: "...la oración es la necesidad más importante del mundo actual, el instrumento para reformar el mundo. En un siglo que ya no reza, el tiempo queda como suprimido y la vida se transforma en una carrera desenfrenada". Necesitamos sabernos criaturas, hijos de un Dios que está siempre esperandonos, en lugar de seguir empeñándonos en ser dioses de nosotros mismos y de los demás, porque como bien dice Robert Sarah, "el hombre solo es grande cuando se arrodilla ante Dios".

domingo, 4 de septiembre de 2016

¿Qué hacemos con España?

Es propio del verano la tertulia tranquila, estirando la sobremesa en la plácida condición de quien no tiene nada que hacer luego. Se habla de todo, de lo cotidiano y de lo trascendente, de lo global y lo local. Con frecuencia uno se permite la ocasión para, por decirlo coloquialmente, "intentar arreglar el mundo". Naturalmente uno de los temas de conversación veraniega ha sido la situación política de España, la constatación de la inutilidad de los políticos para pasar por encima de su ombligo y enfrentar los problemas que tiene el país. Cada uno se atrinchera en sus votos, que cada uno interpreta como refrendando su postura personal (e intransferible). Parece casi una utopía, pero conviene recordar que los políticos son nuestros representantes para conseguir que el bien común impere en la vida pública. No son elegidos para imponer sus condiciones, para postular su visión y pisotear la contraria, para encontrar una matemática -en estos días imposible- que acabe prescindiendo olímpicamente de los intereses de quienes caigan al otro lado de la ecuación.
No digo nada nuevo si afirmo que la ciudadanía está harta de la situación; no entendemos nada. ¿Cómo es posible que en 40 años de democracia los dos principales partidos del país sean incapaces de ponerse de acuerdo en nada? ¿Son tan irreconciliables sus posturas? Los dos han introducido recortes (los del PP son obvios, los del PSOE basta recordar la ampliación de la edad de jubilación o la congelación de sueldos de los funcionarios), los dos tienen casos flagrantes de corrupción pero también gente muy honesta, los dos apuntan al mismo sitio en política internacional y en la mayor parte de las políticas sociales (por más que unos cacareen más que los otros). ¿Por qué no se pueden poner de acuerdo para gobernar juntos? ¿Por qué no acuerdan al menos designar un independiente que saque al país del atolladero? ¿Por qué siguen atrincherados en un frentismo absurdo, propio de una época que creíamos felizmente superada?
Si alguien puede contestarme estas preguntas, le agradezco de antemano su lucidez. Si el lector está tan perplejo como yo, podemos iniciar un movimiento popular para forzar a los políticos a que hagan su tarea, por ejemplo cortando el sueldo de todos los parlamentarios hasta que haya un gobierno en el país. No tiene ningún sentido que sean tan torpes y que encima estén cobrando un sueldo muchas veces superior al salario mínimo de las arcas públicas. Pasa la idea.

domingo, 21 de agosto de 2016

Al César lo que es del César

Hace unos años estuve en un congreso sobre incendios forestales en Creta. Me sorprendió que en ese congreso se invitara a la ceremonia inaugural al obispo local, que presidió el acto y dirigió unas palabras. Me preguntaba yo qué sentido tenía que el buen hombre hablara de un tema que aparentemente le resultaba tan extraño, pero según me comentaron era la costumbre del país. No sé hasta qué punto se mantiene ahora esa costumbre, pero me parece un buen ejemplo de suceso que afortunadamente se ha superado en otros países occidentales, pues no me parece razonable que un líder religioso, por el hecho de serlo, tenga un papel relevante en un evento que no es de su competencia.
Entre ese extremo y el que pretende reducir toda manifestación religiosa al ámbito exclusivamente privado, como parecen abogar muchos ideólogos del laicismo beligerante, hay puntos intermedios que son perfectamente compatibles con la laicidad bien entendida. En nombre del estado laico se justifica eliminar símbolos religiosos de centros públicos, actos religiosos asociados a la vida social (bautizos, bodas, funerales), o subvenciones a entidades sociales de vinculación religiosa. Con la misma base, se obvia el papel cultural de la Iglesia, se critican las declaraciones de sus líderes –bajo la sospecha de tener contenido político- o se pretende apartarla de la enseñanza y la asistencia hospitalaria.
Caricatura de lo que algunos entienden por estado "laico"
Conviene recordar que nuestra constitución no define un estado laico, sino un estado no confesional, que es un asunto muy distinto. No es lo mismo que un estado no defienda un equipo determinado de fútbol, por ejemplo, a que persiga el ejercicio de ese deporte, o simplemente ignore el interés que sus ciudadanos le profesan. De hecho, nuestra constitución indica textualmente que: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” (Art. 16.3). En definitiva, nuestro principal texto legislativo indica que ninguna confesión religiosa será propia del estado (al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en la mayor parte de los países musulmanes), pero no se señala que el estado haya de suprimir cualquier manifestación religiosa; es más, se reconoce específicamente el papel preeminente de la Iglesia católica en la sociedad española, lo que supone mantener con ella relaciones cordiales y de colaboración, sin desdeñar a otras confesiones religiosas.
Para un cristiano, que el estado no sea confesional no sólo es perfectamente admisible, sino que resulta deseable, ya que la unión entre poder político y religión casi siempre ha perjudicado, a medio o largo plazo, a ésta. Ahora bien, que el estado no sea confesional no quiere decir que se enfrente a las instituciones religiosas que en ese territorio actúan, sino más bien esperaríamos que se mantuviera neutral ante ellas. ¿El estado tiene que subvencionar unas clases de religión, por ejemplo? Sí, siempre que lo pidan sus ciudadanos, igual que subvenciona unas clases de gimnasia, inglés o matemáticas, porque la religión es, cuando menos, un fenómeno cultural que resulta tan importante en la formación de un adolescente como cualquier otra materia. Otra cosa es el enfoque que tenga esa formación religiosa, que puede legítimamente solicitarse sea más cultural que catequética, y eso tendrán que evaluarlo los expertos en cuestiones pedagógicas, a la luz de la tradición educativa de un determinado país. De igual forma, la subvención del Estado a colegios, hospitales u ONGs dirigidas por instituciones de la Iglesia es tan admisible como que financie a cualquier otra institución que mantenga esas mismas labores de interés social, en similares condiciones de competencia y calidad.
Otra cosa es la subvención directa a la Iglesia, a través de una parte de los impuestos de aquellos contribuyentes que así lo decidan. Curiosamente una persona no católica puede negarse a financiar a la Iglesia (evitando marcar la casilla correspondiente en su declaración de impuestos), pero una persona que no le guste el cine, el deporte o la política no puede hacer lo mismo, y no le queda más remedio que contribuir con sus impuestos a esos gastos. Eso, a mi juicio, no implica una relación de neutralidad.
En cuanto a las declaraciones públicas de los líderes religiosos, no veo por qué suponen escándalo para algunos, pues les deberían parecer tan respetables como las de cualquier ciudadano, que en uso de la libertad de expresión propone las soluciones que estima más convenientes para los problemas que vive el país. ¿Por qué la declaración de un obispo sobre un tema con implicaciones políticas es menos legítima que la de un ecologista? Cuando habla un obispo, por ejemplo, habla bajo la convicción de que el planteamiento que defiende será beneficioso para todos los que le escuchen, no necesariamente solo para los católicos, igual que un líder ecologista aboga por una cierta decisión porque está convencido de que sus implicaciones ambientales serán buenas; no habla sólo a los ecologistas, sino a todos los ciudadanos, ya que el medio ambiente afecta a todos los ciudadanos, igual que afecta el medio moral. Lo importante es que ni uno ni otro impongan ese planteamiento, pero no hay que escandalizarse porque lo defiendan, incluso con la vehemencia verbal que –dentro de una lógica cortesía con las opiniones contrarias- consideren oportuna. En todo caso la intervención de un líder religioso o ecologista, por seguir con la misma comparación, serían criticables por sus propios correligionarios, si consideraran que no es propio manifestar opiniones en temas distintos a los que representan. Pero no parece muy razonable que los critiquen quienes, en cualquier caso, se consideran públicamente ateos o no ecologistas, pues no les van a prestar demasiada atención. Umberto Eco, sin apartarse de su planteamiento agnóstico, es bien claro en este sentido: "Cuando una autoridad religiosa cualquiera, de una confesión cualquiera, se pronuncia sobre problemas que conciernen a los principios de la ética natural, los laicos deben reconocerle este derecho; pueden estar o no de acuerdo con su posición, pero no tienen razón alguna para negarle el derecho a expresaría, incluso si se manifiesta como critica al modo de vivir de los no creyentes. El único caso en el que se justifica la reacción de los laicos es si una confesión tiende a imponer a los no creyentes (o a los creyentes de otra fe) comportamientos que las leyes del Estado o de la otra religión prohíben, o a prohibir otros que, por el contrario, las leyes del Estado o de la otra religión consienten" (Eco y Martini, 1995: 50).
De acuerdo con Eco, si bien en algunos temas esa frontera no es fácil de establecer. Por ejemplo, si estamos convencidos de que un feto es un ser humano, oponerse al aborto, pese a que sea legal, no es una forma de intolerancia, sino consecuencia de un principio básico de defensa de la vida, lo cual afecta a lo más profundo de la conciencia social.Las leyes injustas se cambian a través de la presión social de grupos convencidos de que hay mejores alternativas.
En este sentido, me parece relevante mostrar el paralelismo que existe sobre la actitud de la Iglesia en la defensa de la vida humana, desde su inicio hasta su fin natural, y la que mantuvo en la cuestión racial, especialmente en EE.UU., donde fue líder –junto a otras confesiones cristianas- en el movimiento abolicionista. Con motivo de las elecciones presidenciales de 2004, varios obispos norteamericanos criticaron públicamente la actitud de determinados políticos pro-abortistas, indicando que no parecía congruente que mantuvieran esas posturas declarándose públicamente católicos. Ante el escándalo que mostraron los medios de comunicación “liberales”, que definieron esa posicion como “inquisidora”, conviene recordar que ese mismo planteamiento se tuvo por varios obispos en los años sesenta, con objeto de evitar que algunos políticos católicos fomentaran el segregacionismo racial. De hecho, en abril de 1962, el arzobispo católico de New Orleans, Joseph Rummel, excomulgó a tres políticos católicos por favorecer la segregación racial en las escuelas, oponiéndose a los esfuerzos del obispado para que niños de distintas razas pudieran estar en los mismos colegios . Estos políticos alegaban en sus posturas racistas argumentos de conciencia y de opinión pública, exactamente igual que ahora otros mantienen posturas favorables o tibias frente al aborto. Lo curioso del caso es que la actitud firme del obispo mereció entonces los elogios de la prensa más liberal, que ahora critica actitudes similares. El New York Times, por ejemplo, publicó entonces en su editorial: “Saludamos al arzobispo católico. Ha demostrado un ejemplo fundado en un principio religioso que responde a la conciencia social de nuestro tiempo”. Parece que algunos han olvidado que en temas éticos que afectan a la vida humana, el debate ética dista mucho aún de estar cerrado.

domingo, 7 de agosto de 2016

La psoriasis y el pokemon

Hace unos días estuve cenando con un buen amigo, al que conocí en el servicio militar. Pese a los años transcurridos, seguimos viéndonos con cierta frecuencia y me siendo especialmente satisfecho de matener esa amistad con alguien al que admiro. Si todas las profesiones son vocacionales, la medicina parece serlo aún más, y ya desde nuestro tiempo en la milicia universitaria, Esteban destacaba por su cercanía a los pequeños males físicos que nos aquejaban, en aquel tiempo apenas unas rozaduras o pequeñas caídas fruto de la actividad militar. Ahora, tras muchos años de duro trabajo, se ha convertido en un dermatólogo de mucho prestigio. Es uno de los principales expertos españoles en la psoriasis, una enfermedad de la piel que afecta en distintos grados a cientos de miles de personas. Me mostraba Esteban, con un razonable orgullo profesional, un artículo sobre esta cuestión que acababan de publicar en Nature Inmunology, una de las revistas de mayor prestigio mundial en investigación biomédica. Naturalmente, me alegré mucho con esa noticia. Además, se trataba de un artículo publicado por un equipo íntegramente formado por investigadores españoles, dando todavía más realce al evento.
Pensaba en mi amigo Esteban cuando leía los días siguientes a nuestra cena las principales noticias de los periódicos, donde naturalmente mi amigo y sus descubrimientos científicos no tenían ninguna cabida. Pese a tratarse de avances que van a suponer un enorme impulso al tratamiento de una enfermedad de gran trascendencia social, también aquí se evidenciaba que investigar en España es irrelevante para el gran público, o quizá para quienes le "dan de comer" informativamente, o tal vez ambas cosas. ¿Cuáles eran las noticias de primera página en esos días? Algo tan trascendente para la vida de todos nosotros, para nuestra salud, nuestro bienestar y nuestra felicidad como que un matrimonio estaba lidiando con la justicia para poner un nombre estrambótico a su hijo, o que miles (millones) de adolescentes (y no tan adolescentes), dedicaban decenas de horas a "perseguir" muñequitos con su móvil.
¿Cómo podemos alumbrar un mundo mejor, cuando estamos instalados en la intrascendencia, cuando los esfuerzos de personas que mejoran objetivamente nuestras vidas son ninguneados, mientras la mediocridad, la vulgaridad o la simple estulticia son jaleados por los medios de comunicación? ¿De quién depende este desenfoque de lo que es importante, frente a lo anecdótico irrelevante? ¿son las noticias que la gente quiere consumir o son la gente que estamos preparando para que consuma las noticias que queremos que consuman? ¿quién está detrás de todo esto? ¿quién elimina las asignaturas en el curriculum escolar que ayudarían a nuestros jóvenes a tener un pensamiento crítico? ¿por qué lo hacen? ¿en qué quieren convertirnos?

lunes, 1 de agosto de 2016

Ser feliz en matrimonio


Hace unos días estuve cenando con un matrimonio amigo, que han decidido abandonar la urbe para buscar un espacio más natural. En el precioso jardín de esa nueva casa jugaban sus hijos, tan entusiasmas y dinámicos como uno podría esperar de una familia numerosa, donde los mejores juguetes son muy sofistados, cuentan con todo tipo de mecanismos que ni los chinos son capaces de fabricar, y que además se parecen bastante a uno mismo. Les llamamos normalmente hermanos y hermanas.
Además de la presentación de la casa, nos pusimos al día de las novedades de estos últimos meses, que no hemos tenido ocasión de vernos. Dos novedades importantes, fruto del cariño que ambos se tienen: un nuevo hijo que vendrá en pocos días, y un libro sobre la vida en pareja. Qué mejor matrimonio para escribir sobre el matrimonio sino el que el rezuma felicidad por todos lados. Pero ademas, Nacho, no solo cuenta con su experiencia propia, sino que acrisola también la de muchos otros matrimonios a los que ha atendido en su despacho de mediación familiar. De esa experiencia propia y ajena, de su entusiasmo vital, de su sensatez y entusiasmo por la vida, por los valores que la hacen plena, es fruto un libro que recomiendo vivamente a quienes viven en pareja o piensan hacerlo próximamente. Enparejarte es un relato de relatos vitales, donde la experiencia de casos concretos -convenientemente retocados para mantener la discrección profesional que debe a sus clientes- permite hilar un argumento que ayudará a quienes sean felices en pareja a serlo más, a quienes piensan que todo será perfecto a que lo siga siendo, y a quienes ya no lo piensan a reflexionar qué ha pasado y poner remedio.
Es un libro ameno, fácil de leer, que hace pensar, que lleva a reflexionar sobre cómo vivimos la relación más íntima, cómo construimos una vida en común. Me decía Nacho que hay mucha gente que piensan que el matrimonio son dos solteros que viven juntos; así es difícil construir algo nuevo.
El matrimonio es ciertamente una aventura, una conquista cotidana que requiere una preparación y un ejercicio. La intuición no lo es todo, la buena voluntad tampoco, ni las ganas de hacerlo bien. Todo lo que vale la pena requiere esfuerzo, requiere ingenio, dedicación, generosidad. El libro de Nacho Tornel ayudará a muchos a examinar sobre cómo viven su matrimonio, sobre qué lo construyen, y poner cimientos más firmes si no lo fueran. Te dejo con el propio Nacho, que nos saluda desde su casa y nos anima a compartir esas historias que traman el libro.


lunes, 25 de julio de 2016

Animalismo y ecologismo

Tengo un especial interés por el cine como vehículo de transmisión de valores. Como los temas ambientales me resultan muy cercanos, me gusta ver películas que traten estas cuestiones, estudiar qué mensajes difunden y con qué medios artísticos.
Estaba ayer viendo una de las que recomendaron, The Cove, ganadora de un oscar el mejor documental en 2010, si no leí mal la carátula. La película no me pareció merecedora de tan alta distinción, aunque hay que reconerle una buena fotografía y un guión que pretende estar a medio camino entre un documental convencional sobre animales y una trama más o menos detectivesca.
La cuestión que me dio que pensar es la clasificación de esa película como de interés ambiental. Lógicamente para quien juzga estas cuestiones con cierta distancia, cualquier film que trate algo relacionado con la naturaleza es ambiental, pero me parece que conviene ser un poco más estricto y marcar mejor la frontera entre los problemas ambientales y los relacionados con la defensa de los animales. Aunque ambos suelen identificarse en la terminología cotidiana -quizá influida por los medios de comunicación-, es importante señalar que los grupos animalistas -en defensa de los animales- y los ecologistas -en defensa del medio ambiente- no solo no tienen por qué compartir los mismos intereses, sino que a veces pueden tenerlos enfrentados. Los animalistas defienden un trato compasivo con los animales, aunque se enfocan más en los sintientes (mamíferos principalmente), mientras que los ecologistas se preocupan del mantenimiento de los ecosistemas, de los ciclos de vida, en donde tan importante es un animal con capacidad de sufrir, como cualquier otro (un insecto o un molusco), o como una planta. Para el ecologismo, lo importante es mantener funcionando todos los elementos que conforman un determinado territorio, desde el agua y los minerales hasta todos los seres vivos que lo forman, con especial cuidado para aquellos más vulnerables (en peligro de extinción) o los más vitales (los que regulan más nítidamente el medio). Un animal que no aporta nada al ecosistema, como puede ser uno doméstico o de granja, no tiene interés ambiental, salvo la energía y recursos que consume. Para el animalismo parece que es más importante evitar las corridas de toros que el uso de pesticidas contaminantes, que tienen obviamente mucho más impacto ambiental. Los intereses de ambos grupos pueden coincidir en algunos casos, por ejemplo en la protección de mamíferos en peligro de extinción, pero pueden ser divergentes en otros. Este es el caso de la actitud ante las especies exóticas invasoras, que los grupos ecologistas intentan erradicar, mientras los animalistas las favorecen como cualquier otro animal autóctono.
Volviendo a la película The Cove, nunca la recomendaría como película ambiental, pues no trata un problema ambiental, sino un asunto de ética animal: ¿en qué medida es aceptable la caza de cetáceos y, en concreto, de delfin para exhibirlos en parques acuáticos o comerse su carne? Como requiere una película comercial, hay malos-malísimos (los pescadores y funcionarios japoneses) y buenos-buenísimos (los que pretenden salvar los delfines). Poco más.

domingo, 17 de julio de 2016

¿Quitar, poner o dejar el crucifijo?


Parece que con los calores del verano y la ausencia de actividad escolar, el debate sobre la presencia pública de los símbolos religiosos ha quedado aparcado, pero sigue siendo una cuestión de fondo que salta periódicamente, azuzado por los medios que, con ocasión y sin ella, esgrimen su visión laicista más rancia. Cualquier persona que haya viajado por el mundo reconoce en los símbolos religiosos de los distintos países una seña evidente de su historia cultural. Poco sentido tendría que en México ocultarán los monumentos mayas porque alguien contrario a las religiones precolombinas se sintiera ofendido. Lo mismo cabe decir de las estatuas de Buda que adornan no sólo los templos, sino también comercios y restaurantes en Corea o China. A ningún turista ocasional o incluso a ningún trabajador inmigrante en esas tierras se le ocurriría demandar a sus gobiernos por mantener esos símbolos, aunque ninguno de ellos sea oficialmente budista.
De la misma forma, si alguien viene a Europa a visitar o trabajar, parece razonable que admita las imágenes que forman parte de la historia cultural de nuestro continente. Parece que las imágenes sólo ofenden a una minoría muy minoritaria, curiosamente en muchas ocasiones no procedente de otros ámbitos culturales, sino de quienes han renegado del nuestro. El respeto a la libertad religiosa debería convivir con el respeto a las tradiciones culturales. Que alguien lleve un hijab si lo considera un símbolo de sus propias creencias y lo hace libremente, me parece muy bien. Que alguien sugiera quitar un cruficijo de un espacio público cuando ha estado allí por decenios o quizá siglos, me parece una falta de respeto por quienes lo consideramos un símbolo muy querido y por quienes han hecho nuestro país a lo largo de esos siglos. Una vez más hay que recordar que este país no es laico, ni laicista, sino no confesional.
De éstos y otros tema de gran interés trata del último libro publicado por la editorial Digital Reasons. Se titula La Religión en el Espacio Público, y está escrito por el Profesor Rafael Palomino, catedrático de derecho eclesiástico del estado de la Universidad Complutense. Comenta el concepto de los símbolos, su clasificación, y los parámetros jurídicos en que se mueven en relación con otro tipo de símbolos (los que identifican ciertos movimientos sociales o partidos políticos). Finalmente comenta distintas sentencias de tribunales occidentales sobre estas cuestiones, donde se dirime la relación entre tradición histórica y respeto a la libertad religiosa de la minoria, curiosamente mejor ejercida que la de quienes todavía tenemos creencias mayoritarias.

domingo, 10 de julio de 2016

La contaminación acústica

Hace unas semanas hice un paseo en bicicleta por una vía verde. La mañana era primaveral y el paisaje se vestía para la ocasión, con unos colores y olores maravillosos. Pero la primavera no sólo se manifiesta en la vista y en el olfato, sino también en el oído. Los cantos de los pájaros completan la sinfonía que nos ofrece la naturaleza. Cada estación tiene sus propios sonidos, como bien reflejó Vivaldí, aunque la primavera parece que nos comunica una alegría especial. Recordé otro paseo, hace muchos más años, en un bosque tropical en Venezuela, cuando al caer la tarde paramos el coche por el que nos movíamos en una pista forestal y estuchamos una maravillosa coral formada por voces de mil criaturas que despedían al sol hasta el día siguiente.

Compartían conmigo la vía verde varios caminantes y corredores, sobre todo al paso de alguna población más importante. Me llamó la atención que muchos de ellos iban embutidos en sonidos que  no provenían del entorno natural, sino de sus móviles. Me llamó la atención que pasearan por un ambiente cerrando uno de sus sentidos, perdiéndose así algo tan vital como la forma en que las criaturas se comunican entre sí. Estamos tan acostumbrados al ruido que no apreciamos el sonido; estamos tan familiarizados con la música artificial que no distinguimos la natural, cuando aquélla es una simple,  y tantas veces burda, imitación de ésta. Aislarse con los cascos o los auriculares es una forma de entretenimiento, de evasión, pero ¿de qué nos entretiene, de qué nos evade? Quizá de los demás: ponerse los auriculares es una forma de decir que no me interesa lo que tengas que contarme, que me basto a mi mismo para encontrar lo que me hace falta,...
En la certificación ambiental de edificios, uno de los capítulos que se verifica es la contaminación acústica: está bastante comprobado que los ruidos desequilibran a las personas. Quizá también otros ruidos, no sólo los externos, también los que usamos para aislarnos de los demás. La tecnología es excelente para muchas cosas, nefasta para otras. Tenemos tecnología del siglo XXI, pero me parece que algunos de nuestros valores son mucho más arcaicos. Quizá convendría que dejáramos los casos y escuchemos el ambiente que nos rodea, aunque sea urbano, pero sobre todo si es natural, porque hay muchas otras criaturas que también quieren comunicarnos algo, aunque sea sólo su presencia.