domingo, 7 de febrero de 2016

Cambiar el clima depende de ti

En estos días preparo un par de conferencias relacionadas con la encíclica Laudato si, una dirigida a empresarios y otra a educadores. Desde que se publicó la encíclica, en el pasado mes de junio, me han tenido bastante entretenido hablando sobre ella en muy distintos foros, desde parroquias hasta universidades, pasando por foros de debate más o menos informales. Cada vez que preparo mis intervenciones soy el primero en aprender más de este texto, tan rico en posibilidades. Me parece que todavía nos queda mucho estudio del texto para hacerle la justicia que merece. En esto, como en otras cosas, la actualidad nubla la hondura, y la urgencia acaba marchitando la inteligencia. Al final se reduce un texto que merece horas de estudio a unos pocos titulares.
Uno de los aspectos en los que estoy profundizando estos días es en la responsabilidad personal a la que, de una forma u otra, conduce la encíclica. En los temas ambientales, y singularmente en los relacionados con el cambio climático, lo más sencillo es "echar balones fuera" como se dice popularmente; esto es, pensar que la cuestión es tan amplia, tan global, que no podemos hacer nada por solucionarla. Pero eso suele ser, en este y en otros muchos temas, un refugido socorrido de nuestra pereza. Quién piensa que no puede hacer nada, en el fondo no está dispuesto a hacer nada. Pero no es cierto. Ante cualquier problema, por más global o distante que parezca, siempre podemos hacer algo. Seguramente no podremos directamente, por ejemplo, parar la muerte de cristianos en Siria o en Iraq, pero al menos podemos rezar por ellos, hablar de ellos, o quizá dejar de consumir el petróleo que financia a sus asesinos.
En las cuestiones ambientales también podemos pensar que "alguien debería hacer algo", sin hacer nada nosotros mismos. Pero no hemos de olvidar el tremendo impacto que tienen nuestras decisiones personales: qué hacemos, cómo nos transportamos, qué consumimos, qué usamos o reusamos, cómo procesamos o reducimos nuestros desechos... Además, si estamos verdaderamente convencidos de esa "conversión ecológica" a la que nos insta la encíclica del Papa, no sólo cambiarán esos hábitos, sino que también exigiremos que los cambien quienes nos gobiernan, desde la comunidad de vecinos en la que vivimos, la empresa en la que trabajamos o el ayuntamiento en el que vivimos, hasta el gobierno de la nación. Es una cuestión de valores, y la encíclica del Papa nos invita a incluir entre nuestros valores morales la custodia de la Creación. Ese es el núcleo de un texto que merece una lectura meditada.

domingo, 31 de enero de 2016

Los políticos que necesitamos

Digital Reasons acaba de publicar el último libro del profesor Enrique San Miguel, catedrático de Historia del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos. Versa sobre el papel fundamental de los políticos cristianos en la construcción de la Unión Europea. Líderes de la talla de Adenauer, De Gasperi, Schuman o Aldo Moro, que supieron superar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y una larga historia de enfrentamientos entre las naciones europeas, para vislumbrar un futuro común, basado en los valores que han hecho nuestro continente referencia social para el resto del planeta. El respeto a la libertad individual, conjugada con la búsqueda del bien común y de la justicia social, la solidaridad como principio básico del orden social, un estado donde rige el derecho basado en la justicia son valores a los que no podemos renunciar, sea cual sea la situación económica o política. Pero esos valores se sustentaron en una concepción del mundo de la que ahora parece avergonzarse Europa, y esa es -en mi opinon- la clave de la crisis política en la que nos encontramos en nuestro continente. Se ha perdido la visión cristiana de la existencia, y se quieren mantener unos valores sin la base que les sustenta. ¿Qué queda del bien común, cuando no se acepta que existan verdades universales? ¿Qué de la generosidad y la apertura al otro, cuando no hay principios morales compartidos? ¿No nos sonroja el triste espectáculo que dan los políticos europeos ante la crisis de la inmigración en Siria o en Libia? ¿Cómo puede el conjunto más rico de países del mundo negar asilo a refugiados de una guerra, que además en buena parte ha sido causada o consentida por esos países? ¿Hemos olvidado los millones de europeos que emigraron a América en el s. XIX? ¿No somos conscientes de la herencia moral con países que han sufrido nuestro colonialismo hasta hace apenas unas décadas? ¿Dónde está la vitalidad europea para exportar su cultura, sus valores, su ciencia al resto del mundo?
Si enfocamos la situación en España, el libro del profesor San Miguel no puede ser más oportuno. ¿Dónde están los políticos inspirados por principios cristianos? No hablo naturalmente de los "católicos oficiales" (a Dios gracias ya van quedando pocos), sino de líderes con un auténtico sentido de la justicia, el bién común, la honestidad, o la política como servicio. En medio de las conversaciones (¿o mejor decir reyertas?) entre partidos por conseguir el ansiado sillón, resulta consolador conocer mejor la Historia, entender que es posible hacer política de otra manera, descubrir otras referencias en líderes que, con un auténtico sentido cristiano, supieron mirar más allá, perdonar y construir juntos, sociedades que han sido -me atrevo a afirmar- culmen de una concepción verdaderamente integral del progreso.

domingo, 24 de enero de 2016

Educación y empatía

Ayer volví a ver "Begin Again", una película de John Carney de 2013, que además de tener una magnífica banda sonora y una puesta en escena alegre y desenfada, toca muchos temas de gran calado humano. Una de las escenas que me resulta más interesante es el encuentro entre Gretta, la compositora recien traicionada por su novio cuando éste alcanza la fama musical, y Violet, la hija de Dav, el productor musical que consigue convencerla de grabar sus canciones.Violet es una adolescente con inseguridades y anhelos, desgarrada por la separación de sus padres. Viste de manera provocadora para llamar la atención del chico que le gusta en el instituto. Su padre se sorprende por lo que entiende es una desfachatez y culpa de ello a su madre, que tampoco es capaz de comunicarse bien con ella. A Gretta, en cambio, le bastan unos instantes para conectar. Lo primero que le pregunta es por el chico al que miraba (solo ella se da cuenta, no su padre que también presencia la escena). "-Le quieres", "-Sí, pero no tengo oportunidades, no se fija en mí", responde Violet. Gretta le asegura que no es así, y le hace pensar sobre su imagen ante él: "-Y quieres dar la impresión de que eres facilona". Acaba la escena proponiéndole ir de compras, y en las siguientes Violet ha cambiado su actitud y su seguridad (también su forma de vestir), y hasta acaba tocando la guitarra y mostrando ante su padre su talento.
Me parece que es una escena muy sugerente de la importancia de conectar con las personas a quienes se dirige nuestra labor educativa. Me parece que es una experiencia universal que sólo nos dejamos ayudar por quien percibimos que nos entiende, que intenta ayudarnos desde nuestra posición y no impornernos la suya. Por tanto, sólo puede educar quien es capaz de ponerse entender el punto de partida de la persona a quien se dirige. Dice un proverbio indio que para entender a alguien hay que andar con sus mocasines durante tres lunas. Es una manera hermosa de decir que no podemos juzgar a quien no entendemos. Los griegos clásicos acuñaron una palabra excelente para expresar esa disposición: empatía, que indica, literalmente, entrar "en el sentimiento" de otra persona, en su sentido, en lo que una determinada situación realmente significa para la persona. Sin ponernos en el lugar del otro es difícil transmitir nada, o serán sólo cosas muy superficiales. Con mucha frecuencia los docentes nos limitamos a eso, a transmitir conocimientos. No es poco, desde luego, si son relevantes y precisos, pero, tras muchos dedicado a la enseñanza, se me hace un objetivo algo estrecho. Me parece mucho más importante transmitir valores, ideales, sentido, motivaciones. Ayudar a elevarse por encima de sus propias limitaciones, en entendimiento del mundo, pero también en calidad de su trabajo, generosidad con los demás, sobriedad de vida, apertura mental.  En definitiva, solo con empatía, que nace en el fondo del cariño por nuestros alumnos, podemos recuperar el concepto platónico de educación: extraer de un alma todo el amor, el bien y la belleza que lleva dentro.

domingo, 17 de enero de 2016

El capitalismo no es suficiente

Aunque parece que la tremenda crisis económica que ha azotado a nuestro país y -en menor medida- al conjunto del mundo occidental va amainando, la sacudida social sigue haciendo muy penosos estragos, lo que ha llevado a diversos intelectuales a plantearse la vigencia de un modelo económico que se considera ya obsoleto. Ciertamente, el capitalismo -en sus diversas acepciones- está detrás de buena parte de nuestro desarrollo económico, que ha conseguido facilitar un nivel de vida razonablemente alto para una gran mayoría de la población de nuestras sociedades, particularmente si lo comparamos con cualquier otro periodo de la Historia. Ahora bien, observamos que el modelo no cumple muchas de las expectativas iniciales, que ha crisis de fondo que llaman a una reconsideración del modelo. No se trata de que haya paro coyuntural, por ejemplo, sino de un sistema que margina sistemáticamente a una buena parte de la población más vulnerable. No se trata de que haya crisis bancaria, sino de que se considere el instrumento como un fin, sirviendo a unos pocos en lugar de servir de lubricante de la economía. No se trata de que haya problemas ambientales, sino de que no podemos vivir a un ritmo que consumo más recursos del planeta de lo que éste es capaz de regenerar. En suma, no es una crisis de un país o de una región, sino más bien de un sistema que es preciso reconsiderar.
Este es el tema central del libro que recientemente ha publicado el profesor José Luis Fernández: "El Capitalismo" en la editorial Digital Reasons. El libro se subtitula, muy significativamente: ¿Bastan las leyes de mercado para regular la economía?, ya que plantea una de las cuestiones más fundamentales de este sistema económico. El ensayo es un lúcido análisis de los fundamentos de este sistema económico y social, de sus logros y carencias, para presentar algunas sugerencias que permitan reformarlo. La base de la doctrina social de la Iglesia se presenta como herramienta de enorme proyección para que esa reforma sea verdaderamente eficaz y sirva a los intereses del bien común. El profesor José Luis Fernández es catedrático de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (ICADE) y Director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial, por lo que indudablemente es una voz muy autorizada para realizar esa crítica y proponer alternativas acordes con una visión antropológica integral del ser humano. Analiza con especial cuidado las bases éticas del capitalismo, sus carencias (individualismo, materialismo), planteando algunas ideas que permitan armonizar el desarrollo económico con otras facetas tanto o más trascendentes, que permitan lograr un progreso más armónico, que integre no sólo a todas las personas, sino también al resto de los seres vivos.

miércoles, 13 de enero de 2016

Reforma y Ruptura

Estos días estaba buscando en internet la cita bibliográfica de un poema de Santa Teresa que me gusta especialmente: "Nada te turbe, nada te espante...". Como la red es el refugio de todo tipo de escritos, paradójicamente a veces es mas difícil encontrar la fuente de una cita muy conocida que de otras menos usadas. Me llamó la atención que una de las páginas que el buscador sugería para mi búsqueda estaba tomada de un medio protestante. Leí con atención la referencia que hacían, precisamente de una de las santas que más eficazmente reformó la Iglesia, casi en el mismo periodo que Lutero se empeñaba en separarla.
Tengo varios amigos evangélicos, de los que admiró su fe y su vida de oración. En modo alguno, este escrito pretende ofenderles, pero realmente me resulta curioso que en un medio protestante se alabe a una santa católica, asumiendo -y eso es lo que me resultó más curioso- que santa Teresa era tan reformadora como ellos. El único argumento que se daba es que Teresa fue denunciada a la Inquisición, como sospechosa de herejía. Acabo de leer una magnífica biografía de la santa, que muestra en múltiples referencias de sus obras y sus cartas, que la reformadora del Carmelo no simpatizaba para nada con el supuesto reformador alemán, y que se sintió en todo momento hija de la Iglesia. Sus problemas con la Inquisición no pasaron a mayores, como sí ocurrió con otros eclesiásticos y seglares por razones que no siempre tenían que ver con la ortodoxia católica. Ahora bien, el elemento más llamativo de la supuesta vinculación protestante de santa Teresa de Jesús es considerar que cualquier reformador de los abusos o los vicios de la Iglesia de la época tenía el espíritu de Lutero. En realidad, Lutero contribuyo más bien poco a la reforma de la Iglesia. En una película que se estrenó hace unos años, el mentor espiritual de Lutero, el prior del monasterio agustino donde vivía, le comenta al final de su vida: "Yo te pedí que reformaras la Iglesia, no que la destruyeras". Efectivamente, de la supuesta reforma protestante no se concluyó más mejoras para la Iglesia que la reacción a que dio lugar, pero las iglesias separadas: luterana, calvinista, anglicana, baptista, y un larguísimo etc. lo siguen estando, tras cinco siglos de las tesis de Wittenberg. La ruptura que inició Lutero desgarró Europa en las siguientes décadas, tanto en el terreno religioso como en el político y cultural. Hoy, la separación de los que seguimos a Jesucristo sigue siendo ocasión de escándalo para los no creyentes.
Ciertamente la reforma de la Iglesia era necesaria en aquellos tiempos -y siempre, porque el trigo está asociado a la cizaña como nos indica Jesús en el Evangelio-, pero la actitud y los medios de santa Teresa, san Ignacio, san Francisco Javier o san Francisco de Sales son bien distintos de los que emplearon Lutero, Calvino o Zwinglio. Solo se puede reformar algo desde dentro, cambiando lo que sea preciso, no inventando una institución paralela.

domingo, 3 de enero de 2016

Desconectarse

He pasado unos días de retiro espiritual, aprovechando las vacaciones navideñas. Leer, pasear, contemplar, meditar, revisar, planear, reflexionar son verbos que forman parte básica del actuar humano, pero que parecen sujetos a una especie de gripe tecnológica que ahora los reduce, en algunas personas, a la mínima expresión. Vivimos en la sociedad de la comunicación; de todo se informa, a la mayor brevedad, todo interesa, todo se divulga, desde lo más relevante a lo más nimio, desde lo más trascendente a lo más superficial. Como somos limitados para asumir lo que nos llega del exterior, nos desborda esa ingente corriente de datos y acaban convirtiéndose en ruido. El ser humano necesita remansar lo que recibe, filtrar lo que es realmente importante, separar el grano de la paja, y para eso es preciso que desconectemos esas antenas exteriores y nos centremos, al menos en algunos momentos al día, al mes, al año, en lo que realmente está en nuestro interior. Para conectar con nosotros mismos, es preciso desconectarnos del barullo exterior.
Decía Einstein que información no es lo mismo que conocimiento. Sin información externa no podemos conocer, pero conocer no es un mero ir acumulado más y más información: o se asume-medita-reflexiona, o pasa sobre nosotros como un rio caudaloso, arrastrando sedimentos a otro lugar sin dejar nada en nuestro lecho.
Ayer leía en la prensa la relación de las 50 empresas con mayor valor bursátil del mundo. Entre las 10 primeras había cuatro tecnologícas. La tecnología atrae extraordinariamente; es muy difícil resistirse a consultar la prensa digital, ver videos en youtube, revisar el último mensaje en twitter o contestar los mensajes de whatsapp que acaban de llegar. Como estos medios están permanentemente funcionando, la conexión es constante y también lo es el barullo al que me refería antes. Me parece que es preciso desconectarse periodícamente, vivir la realidad presencial, en lugar de estar permanentemente enganchados a la virtual. ¿No es más sencillo hablar con una persona que tenemos delante que contestar a otra situada no-se-sabe-dónde, interrumpiendo la conversación que teníamos con la primera? Junto a la falta de cortesía que eso supone, el problema más de fondo es nuestra creciente incapacidad para contemplar, meditar, revisar, planear, reflexionar sobre nuestra vida, nuestra relación con con Dios y con los demás, o nuestras metas profesionales. No es tan difícil, basta, simple y llanamente, apagar el aparato, quizá dejarlo estar en nuestra casa, por unas horas al menos, liberarnos de un cable invisible que nos tiene permanentemente enganchados a una realidad que no es nuestra, que nos ayuda en muchas ocasiones, pero en otras nos empequeñece, nos debilita, nos desconecta de lo que realmente es valioso.

viernes, 25 de diciembre de 2015

El cumpleaños de Jesús

Recibí hace unos días un mensaje en el móvil, que incluía una carta de Jesús a un amigo, señalando su contrariedad porque hubiera tantas fiestas en honor de su cumpleaños (eso es la Navidad), y fueran tan pocos los que le invitaban a esas fiestas.
Sí, la Navidad se ha convertido para muchas personas en una celebración de no-se-sabe-qué. Hay que estar contentos, hay que regalar, hay que tirar petardos, hay que decorar, hay que poner luces, hay que comer y beber más de la cuenta, hay que cantar, hay que reunirse con la familia, hay que viajar... pero no sé sabe bien por qué. ¿Qué hace que estos días sean tan entrañables? ¿Cuál es su sentido? ¿Por qué hacemos extras que no nos permitimos en otros periodos del año?
No voy a meterme ahora en los detalles históricos sobre desde cuándo se celebra la Navidad y por qué se instauró el 25 de Diciembre. Lo importante es que la Tradición cristiana, que abarca toda Europa, América, muchos países de Africa y Oceanía, y algunos de Asia, celebra -algunos desde hace muchos siglos- que en estos días nació Jesús de Nazareth, Dios que quiso hacerse hombre, como nosotros, para "redimirnos del pecado y darnos ejemplo de vida", como decían los viejos catecismos: en suma, para morir por nuestras culpas y para darnos un maravilloso testimonio de una vida que nadie en la Tierra, en la Historia, ha podido superar. Si hubieramos sido atrapados por un grupo terrorista, secuestrados y encarcelados en condiciones durísimas, y alguien se hubiera ofrecido para liberarnos de esa prisión, intercambiandose por nosotros, ¿cómo le estaríamos agradecidos? ¿qué haríamos en su recuerdo? Si ese alguien fuera además un príncipe, con una enorme fortuna, que perdería completamente por liberarnos; si fuera muy poderoso y perdiera toda su influencia para ocultarse en una cárcel por nuestra libertad... Pues mucho más que so hizo Jesús por nosotros, y por eso, y por esa luminaria de su vida y sus palabra que no puede apagarse, celebramos la Navidad, su cumpleaños. ¿Vamos a seguir celebrándolo sin El? ¿Vamos a reir, a cantar, a comer, a bailar sin acordarnos cuál es el motivo último de esa alegría?

domingo, 20 de diciembre de 2015

En el año de la misericordia

El pasado día 8 iniciaba el Papa Francisco solemnemente el año de la misericordia, un año jubilar en la Iglesia católica para conmemorar el 50 aniversario del fin del Vaticano II, marcado por una virtud que le resulta especialmente cercana al actual Pontífice. "Dios no se cansa nunca de perdonar", ha repetido en muchas ocasiones, y nos invita ahora a considerarlo con una renovada fuerza, y a darlo a conocer a quienes, por una u otra razón, se han apartado de Dios y de la Iglesia.
Dice el conocido aforismo, que Dios perdona siempre, el hombre algunas veces y la naturaleza nunca. En mi reciente viaje a Emiratos, nos invitaron a visitar la gran mezquita Sheikh Zayed en Abu Dhabi. En una de las paredes del interior figuran los calificativos que los musulmanes atribuyen a Dios: el segundo de ellos es "El Compasivo con toda la creación"; el tercero "el Misericordioso con los creyentes". También los musulmanes reconocen la misericordia de Dios, aunque lamentablemente algunos no la practiquen. Para los cristianos, el nombre propio de Dios es Creador (Padre), Palabra (Hijo) y Amor (Espíritu Santo), todo en la íntima unión de la Trinidad. No puede separarse ningún atributo de Dios del ser Padre-Palabra-Amor. A eso nos llama el Papa Francisco en este año de gracia, a reflexionar de nuevo sobre ese Amor que explica la Creación y la Redención.
Si Dios ha querido crearnos para el amor y ha querido redimirnos para recuperar el amor perdido por nuestra propia soberbia, el año de la misericordia es principalmente un periodo para recuperar el amor a Dios y para ahondar en ese amor a través del amor a sus criaturas, a todas. Recuperar el amor perdido es reflexionar sobre el sacramento del perdón. Me preguntaba un amigo hace unos meses hablando de la confesión: "¿Pero ese sacramento no lo habían quitado en el Vaticano II?"; no, no lo han quitado. Sería tremendo que los católicos perdieramos ese tesoro: un Dios que perdona, que nos manifesta ese perdón hasta físicamente, cuando escuchamos "yo te absuelvo de tus pecados". Es El, aunque actué a través de una imagen suya, de un sacerdote, que siempre nos recibirá con corazón paternal, como el buen padre de la parábola del hijo pródigo. (Para quienes hace tiempo que no se confiesan, hay una guía didáctica muy sencilla en el siguiente enlace)
Un año también para, recuperando ese amor, entregarlo a los demás. Misericordia significa "misere cor dare": dar el corazón al mísero, a quien necesita esa compasión, ese sentir con. Ser misericordioso es mirar más allá de nosotros mismos, ver personas necesitadas de nuestro cariño, de nuestra atención, de nuestro tiempo, quizá de nuestros recursos, aunque no sólo. Leía hace tiempo uno testimonio de un voluntario que trabajó junto a la Madre Teresa de Calcula (pronto la llamaremos Santa). Al llegar al hospital, le dejó en brazos un niño pequeño que estaba agonizando. No pudo hacer nada. Murió poco después. Ella le dijo que sí había hecho mucho, mostrar a ese niño que había sido querido, servir de imagen de Dios para entregar un amor visible a quien ya no tenía nada.

domingo, 13 de diciembre de 2015

¿Qué celebramos en Navidad?

Ayer regresé de Emiratos Arabes, un país de reciente creacion (nació en 1971), pero de gran empuje cultural y económico. Heredero de las tradiciones nómadas de la península arábiga, la gran riqueza petrolífera primero y la perspicacia de los líderes tribales (jeques) después han convertido a este país en referente del mundo árabe, además uno de los más abiertos a Occidente.  En Emiratos conviven el inglés y el árabe como lenguas cooficiales, amparando a una enorme diversidad de trabajadores de distinos sectores que buscan en el afluencia economica del país una mejor vida. El rápido desarrollo de sus dos principales ciudades, Dubai y Abu Dhabi, las convierte en eje económico, comercial y turistico del golfo pérsico.
Estos días celebraba el país su día nacional, el 44 aniversario de su nacimiento, y las calles de Al Ain, donde me he alojado, se engalanaban con luces y motivos decorativos referentes al evento. Me invitaron a visitar una feria cultural que organizan con este motivo donde recuerdan sus tradiciones, su artesanía y gastronomía, sus danzas y canciones, su destreza en la doma de caballos y camellos. Aparentemente, conviven bien el fomento de esas tradiciones con la apertura a las nuevas tendencias, principalmente tecnológicas. Choca un poco ver a mujeres y hombres ataviados con sus trajes tradicionales manejando móviles de última generación. Parece que la tecnología, muy presente en la vida cotidiana del país, no les resulta contradictoria con sus propias raíces culturales: la tablet y el móvil conviven con el velo o el turbante. Por ejemplo, la directora del departamento de Geografía de la Universidad más importante del país me recibió con cordialidad, pero excusó darme la mano indicando que no era costumbre (diferencias culturales dijo), y no parece que sintiera contradicción entre dirigir trabajos de sus alumnas sobre imágenes de satélite mientras iba vestida, al menos en el exterior, con el mismo estilo de ropa que podría haber llevado su bisabuela.
Me dio que pensar esta cuestión por contraste con cuestiones que vemos todos los días en nuestro país, que en apenas 30 años ha cambiado tan drásticamente hasta olvidar las costumbre sociales y las tradiciones culturales que había acumulado en su larga historia. Desde luego no pienso que cualquier cosa sea buena por el hecho de ser antigua, pero también me parece un error despreciar una tradición por el hecho de serlo. Confundir una tradición, en el modo de hablar, de vestirse, de comportarse, de valorar ciertas cosas, con el atraso es actitud de nuevos ricos, que piensan con orgullo pasar por encima de sus antepasados como si fueran deficientes mentales, cayendo por eso en los mil tropiezos que ellos ya superaron.
Hay muchos frentes donde esta actitud esta presente. Ahora se puede observar claramente en la tradición navideña. A base de obviar lo que no puede obviarse, porque es el núcleo de lo que celebramos estos días, se acaba por caer en la más ridícula estulticia. Ya no se felicita la Navidad, sino "las fiestas", pero parece que nadie se pregunta de qué son esas fiestas, qué celebramos exactamente y por qué deberíamos felicitarnos. Para obviar el recuerdo del nacimiento de Jesús, (Navidad = Nacimiento), intentan identificar la Navidad con las cosas más absurdas, como los osos polares, la nieve, o las luces de no-se-sabe-qué. Naturalmente el árbol es más representativo que el Belén, porque lo usan los nórdicos o los estado-unidenses, y ese señor gordo vestido de rojo (que por cierto es una imagen de San Nicolás, obispo de Mira en la actual Turquia) más generoso que nuestros Reyes Magos. Me parece que más allá de los símbolos el asunto es de más calado, pues supone el abandono de una tradición cultural propia para cambiarla por algo mucho menos sólido, de menos calado y, además, foráneo, extrinseco a nuestras raíces. No parece que tenga mucha lógica.

domingo, 6 de diciembre de 2015

¿A qué ha ido el Papa a Africa?

Un perspicaz analista de la situación internacional se quedaría perplejo ante el reciente viaje del Papa a Africa. Ha visitado tres países: Kenia, Uganda y Republica Centro-africana. Ninguno de ellos cuenta con relevancia internacional, ninguno cuenta para los planes de los poderosos: no tienen grandes recursos naturales, ni excesivo petroleo, ni una gran población... Tampoco deberían ser objetivos prioritarios de una Iglesia católica que trata de recuperar su presencia social en Occidente, de seguir avanzando en Oriente y de reducir el envite de las sectas en América. Visto desde fuera, no es un viaje muy razonable, pero la cuestión de fondo es que la Iglesia no se mueve por ninguna de las motivaciones que se mueven las grandes potencias: no busca los recursos, ni las grandes masas, ni la influencia política o económica. La Iglesia sólo pretende, nada más y nada menos, que vivir como Jesús vivió, continuar su labor de anunciar la "buena nueva " (el Evangelio), a todas las personas, a cada una a cada uno, independientemente de su condición social o económica, de su situación geográfica, de su influencia. Dijo un escritor francés que Dios sólo sabe contar hasta uno; para Dios cada uno es importante, cada uno merece toda la sangre de Cristo, todo el tesoro de la Redención. El viaje del Papa Francisco no puede ser más ilustrador de esta actitud: va a visitar a quien necesita su calor humano y sobrenatural, a quien requiere consuelo, cariño, coraje, oracion. Unos pueblos duramente castigados por la violencia, por enfrentamientos crueles, casi siempre producto de intereses foráneos.
Mejor que nadie expresa la alegría de quien recibe al Papa sin tener nada que ofrecerle, salvo su cariño filial, el obispo español de una de las regiones que visitó Francisco,  Bangassou, Juan José Aguirre. Con palabras emocionadas de gratitud, nos indicaba el enorme valor de quien recibe la visita de un padre, de un padre para quien cada hijo es valioso, independiente de los juicios humanos que sobre él o ella se hagan. Recomiendo su carta, llena de pasión por la vida y de esperanza pese al dolor que viven cotidianamente: "Gracias porque nos has dado valor y esperanza, porque no te callaste, porque miraste a la cara a los pobres, porque abriste la Puerta Santa de la Misericordia enseñándonos un carril prioritario, diferente del resto de la Iglesia, para ir más rápido hacia Sus Manos, experimentar su amor, y nos pediste que lo repartiéramos después, en forma de gestos de reconciliación. Nos enseñaste un camino, nos mostraste cómo salir de hoyo, del laberinto en el que estamos... Cuando, después de la foto ritual en la Nunciatura, te cogiste a mi brazo para subir los escalones, sentí tu fuerza, no tanto física, sino sobre todo humana y espiritual. Bromeamos contigo en la comida con los Obispos cuando te enseñamos dos palabras en sango: ndoyé y siriri. Las repetiste a los jóvenes de la vigilia de oración 3 horas después: " Empapad vuestra vida de amor y paz"

lunes, 30 de noviembre de 2015

Lo que nos jugamos en la cumbre del clima de Paris

Hoy se inicia la vigésimo primera conferencia de las partes del tratado de cambio climático de Naciones Unidas (COP21) en Paris. En juego está la renovación del protocolo de Kyoto, firmado en 1997 y ratificado en 2005 y que ha sido el primer acuerdo internacional de envergadura para mitigar el cambio climático de origen humano. Pocos años antes se había firmado el acuerdo de Montreal, que fomentaba la eliminación de los gases clorofluorados (CFC), principales responsables del deterioro de la capa de Ozono. En ese caso, los países miembros de la ONU aparacaron sus intereses nacionales y tomaron una decisión contundente, basada en las evidencias científicas, para transformar un proceso industrial mediante el uso de tecnologías alternativas. En este caso, se trata de algo similar, sobre una gran base de evidencias científicas, se trata de modificar las fuentes de generación energética, transformando paulatinamente las fósiles por las renovables. La diferencia está en la magnitud de las medidas y en la dependencia de los procesos que se aconseja evitar. Los CFC podían sustituirse por otros gases que facilitaban una alternativa a la refrigeración; en el caso del petróleo, carbón y gas natural, la alternativa requiere una inversión muchísimo mayor, afecta a compañías y países que tienen una gran influencia geopolítica y mediática, y la alternativa tecnológica está todavía en desarrollo. Con estas tres premisas, se entiende que haya tantos intereses volcados en contaminar el dictamen científico o en esgrimir argumentos estratégicos que en el fondo son una cortina de humo para ocultar sus intereses nacionales. Los países emergentes claman por el derecho a seguir emitiendo para garantizar su desarrollo; algunos de los más desarrollados (EE.UU. en particular) dicen que no tiene sentido comprometerse en acuerdos cuando no van a vincular a quienes ahora más emiten o van a emitir (China, India, Brasil...); los más concienciados (Europa) apuestan por un compromiso serio, y los más pobres, sufren las consecuencias de los impactos y no pueden hacer mucho más que protestar. Así las cosas, la cumbre de Paris es un encuentro clave para abordar un acuerdo global, consistente y estable, que vaya en la correcta dirección, que implique profundas reformas en el sistema energético, transferencia de tecnología a los países emergentes y serio compromiso con la reducción de la deforestación, entre otros.
Muchos líderes morales han hecho un llamamiento a la consecución de acuerdos globales, basados en la responsabilidad que tenemos con la conservación del planeta. El Papa lo ha hecho en múltiples ocasiones, de manera más solemne en su última encíclica: “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan” (Laudato si, n. 22). “El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad. Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo” (Laudato si, n. 25)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Laicismo y tolerancia

El laicismo militante de muchos países europeos intenta eliminar cualquier referencia religiosa en la vida pública, como si la fe sólo tuviera implicaciones personales, etiquetando de fundamentalista e intolerante a quien procure influir con sus propias convicciones morales o religiosas. Por ejemplo, cuando se habla de temas tan delicados como la regulación legal del aborto en lugar de escuchar y refutar los argumentos, la discusión se acaba lanzando el consabido tópico de como eres creyente estás imponiendo tu opinión a los que no lo somos. Este seudorazonamiento no se aplica en cambio para callar la boca de quienes intentan abolir el uso de pesticidas o de la energía nuclear, por más que dirijan su opinión al conjunto de la sociedad y no solo a quienes comparten sus ideas. Parece que en este caso se asume que quien hace esas propuestas expresa su opinión legítima, mientras en el caso de quien sostiene posturas pro-vida, por definición están sesgadas por unas convicciones que, sean o no religiosas -puesto que obviamente para defender la vida del no nacido no hace falta ningún argumento religioso-, solo son aplicables a quienes piensan asi.
A mi modo de ver, resulta un motivo de especial preocupación que se intente anular la opinión de personas creyentes  en cualquier materia social bajo la sospecha de que intentan imponer a los demás sus convicciones religiosas, lo cual no sería tolerable en un estado laico, incluso cuando esas opiniones estén fundamentadas en argumentos que no son religiosos.
Con este planteamiento, quien no se declare ateo convencido no tendría ningún derecho a opinar sobre aspectos que se refieren a la vida pública, pues estaría imponiendo su fe a los demás. Como los ateos no tienen fe, parecen libres de toda sospecha, ya que parece que lo único que se puede imponer es la fe, no las opiniones sociales de cualquier otro tipo. En este escenario perverso, se estaría anulando la capacidad de los creyentes para configurar la sociedad en la que viven, relegándose en consecuencia a ciudadanos de segunda categoría. Así, se daría la paradoja de que en una sociedad que se congratula de respetar los derechos elementales acabaría convirtiéndose en su principal hostigadora.
Debería resultar obvio que cuando un creyente, de cualquier credo religioso, ofrece su opinión sobre problemas sociales que afectan también a personas no creyentes, lo hace inspirado en que sus convicciones son válidas para todo el mundo. Exactamente igual que un ecologista considera que es bueno para la sociedad evitar la energía nuclear, o que un antisistema está en contra de la globalización. No se dirige sólo a los ecologistas o a otros antisistema, sino que ofrece sus convicciones a la sociedad en su conjunto y nadie por eso le acusa de estar infringiendo ningún principio de convivencia, siempre que lo haga pacíficamente, por supuesto.
De la misma forma, cuando un creyente opina que el aborto o la manipulación de embriones humanos son negativas para la sociedad, lo hace movido por unas razones que considera válidas para el resto de los ciudadanos, pues no son específicos de su práctica religiosa. Sería absurdo que algún católico planteara regular legalmente la asistencia a la misa dominical o las vigilias cuaresmales, pues estos son temas exclusivamente religiosos, pero cuando propone soluciones a problemas sociales de interés general, que afectan a personas creyentes o no, su opinión es tan valiosa como la de cualquier otro ciudadano. Tanto derecho tiene a opinar quien tiene convicciones religiosas como quien tiene convicciones ateas. El estado se declara neutral en este terreno, y, por tanto, debería admitir tanto unas como otras.
En consecuencia, resulta muy preocupante que se descalifique el razonamiento de una persona simplemente porque sea creyente, al margen de la consistencia del mismo. Imaginemos que la Iglesia católica prohibiera fumar a sus miembros. Eso no supondría que, a partir de ese momento, cualquier persona que criticara el tabaco lo hiciera por convicciones religiosas, ni tampoco que cualquier ciudadano, católico o no, que impulsara una legislación antitabaco fuera un fundamentalista religioso porque pretendería convertir un pecado en una prohibición legal, saltándose la neutralidad religiosa del estado. Si la crítica del tabaco se hace sobre argumentos de salud pública, médicos y sociales, y no sobre razones teológicas, cualquier persona, creyente o no, tiene perfecto derecho a presentarlos como una alternativa válida para todo el mundo.
Junto a ello, y sobre todo, esa persona tiene derecho a que se le conteste con la misma línea de argumentación, en lugar de despreciar su razonamiento bajo la sospecha de que está influido por su fe. Siguiendo con ese ejemplo, aunque los católicos fueran los únicos en rechazar el tabaco, la discusión tendría que centrarse en si el tabaco es o no bueno para la sociedad, para la salud de las personas, y, en caso negativo, en cómo resolver el conflicto entre la libertad personal y la salud pública, y no sobre la supuesta carga moral de fumar. Para mí es claro que la actitud ante el tabaco no es una cuestión religiosa, pero el ejemplo me parece que ilustra sobre el razonamiento que intento defender. Si una persona, sea creyente o no, expresa sus convicciones con razones que no son religiosas, tiene el derecho a ser contestado con el mismo tipo de argumentos, en lugar de ser menospreciado por su afiliación religiosa. Al igual que los argumentos ante el tabaco, los transgénicos o las centrales nucleares no son religiosos, vengan o no de personas creyentes, tampoco lo es la defensa de la vida humana, como no lo fue la abolición de la esclavitud (que también se promovió por grupos religiosos, no lo olvidemos). No se puede discutir del fondo de un asunto cuando no se concede al oponente el derecho a disentir, cuando no se analizan sus razones, sino su adscripción ideológica.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La Fe contra nada

Parece razonable hoy hablar de los atentados en Paris. La conmoción es generalizada. Esa nueva forma de guerra, que no discrimina lugares ni personas, amenaza con convertirse en generalizada: Egipto, Turquía, Túnez, N.York, Londrés, Madrid, Paris,.... No conozco las claves de la lucha antiterrorista, pero la lógica dice que una sociedad libre es vulnerable, es tanto más vulnerable cuanto más libre. Queremos viajar sin trámites, renunciamos a inscribirnos, nos molestan los controles, que nos filmen, abominamos que tengan información nuestra... de todo eso imagino que se aprovechan quienes simplemente tienen que entrar en un país, apoyarse en quienes comparten su locura, y atentar contra quienes simplemente viven cotidianamente.

No tengo ninguna receta especial para aminorar la amenaza terrorista, pero sí quiero apuntar dos cuestiones que me han dado que pensar estos días. Por un lado, la respuesta de la sociedad occidental se restringe a manifestaciones de valores que parecen huecos: libertad y democracia son muy importantes, pero no tienen apenas contenido: también los norcoreanos hablan de la democracia, como ellos la entienden. Ante la amenaza de personas que tienen convicciones tan fuertes que les llevan a matarse, matando, solo puede responderse con convicciones profundas. Ante la Fe, sin duda deformada hasta el desprecio del mismo Dios a quien dicen servir, no puede esgrimirse la nada. En occidente necesitamos recuperar la Fe; siempre la hemos tenido y eso ha permitido que lleguemos donde estamos. No puede restringirse a una confrontación entre su perversa interpretación de Dios y nada; necesitamos responder con el rostro verdadero de Dios, que es el fundamento de nuestra libertad y de los demás ideales que definen la sociedad que queremos. Solo he oído a un mandatario occidental utilizar la palabra oraciones para referirse a los fallecidos de Paris: los demás hablan de un recuerdo, un pensamiento, una intención: ¿qué es eso? ¿qué fundamenta eso? No es preciso ser cristiano para reconocer los enormes avances que el cristianismo ha llevado consigo: eso es occidente. No se ha dado en otro sitio, aunque ni Australia, ni otros muchos países que comparten esos mismos valores están en occidente. Lo que les une no son los puntos cardinales, sino una determinada visión del ser humano, del respeto a personas que piensan de otro modo, de justicia, de misericordia. Todo eso es esencialmente cristiana, lo quieran llamar así o no.
Mi segunda reflexión tiene que ver con la educación. ¿Qué han escuchado los ciudadanos europeos que en un momento de sus vidas se han ido a Siria o Iraq a unirse a una empresa absurda que les lleva a cometer atrocidades? ¿Qué les hace vivir al margen de la sociedad que les ha acogido? ¿Qué valores han recibido? ¿Qué Historia han aprendido? No podemos seguir impartiendo una educación hueca, vacía de convicciones, insulsa, neutra. Para defender el modo de vida en el que vivimos tenemos que creer en el él, que fundamentarlo con valores produndos, que están por encima del juego político, incluso de las convicciones personales: el relativismo moral está desnudo ante el fanatismo.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Los "otros" cristianos

Iglesia de Omodos en Chipre central
Estos días he estado en Chipre por razones profesionales. Se trata de una isla privilegiada del Mediterráneo, con una larga tradición histórica y con un entorno natural y humano sumamente agradable.
Cada vez que estoy en un país de mayoría ortodoxa, me viene a la cabeza la gran afinidad entre los cristianos de un lado y otro del Mediterráneo. Como es bien sabido, la separación entre la iglesia latina y la oriental, o si se prefiere, católica y ortodoxa, fue más fruto de cuestiones personales que teológicas. La herencia de la tradición romana había quedado en la Roma oriental (Bizancio), mientras la capital del anterior imperio se recuperaba de un largo declive cultural tras la paulatina asimilación de los pueblos bárbaros. Bizancio eran tan cristiana como Roma, o quizá más aún pues conservaba muy cercanas las tradiciones de los primeros siglos de la Iglesia. Ocupaba los lugares santos del cristianismo, bizantinos hasta la conquista musulmana a fines del s. VII. Bizantinas eran las iglesia más emblemáticas de la cristiandad, desde la Basilíca del Santo Sepulcro, hasta la de Belén, pasando por la mayor parte de los lugares donde habían predicado los primeros cristianos: Efeso, Tesalónica, Corinto, Galacia, Tiro, Atenas, Alejandría...
Tras diez siglos de separación, ahora los cristianos orientales nos parecen muy alejados de nosotros, pero en realidad siguen estando tan cerca como en el momento de la separación. No entendemos su liturgia, pero apreciamos su arte, la delicadeza de sus iconos, su sentido de lo sagrado, la belleza de sus monasterios. No entendemos su lengua, pero en el fondo hablamos un lenguaje común, creemos en el mismo credo, vivimos de los mismos sacramentos, practicamos la misma oración...
Los últimos Papas han intentado acercarse a la iglesias ortodoxas, tenderles un abrazo fraterno. Desde el encuentro de Pablo VI con Atenágoras hace algo más de 50 años, se han sucedido muchos abrazos entre Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco con los patriarcas de las principales iglesias ortodoxas. Todos ansiamos la unión, para que la Iglesia pueda respirar con los dos pulmones, como el gustaba decir a S. Juan Pablo II. Sería una lección muy hermosa para un mundo que se aleja de Dios, que no entiende de Teología, que sabe más bien poco de Historia y que no entiende que los amigos de Jesús estén divididos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Holy wins

Estos días hemos vuelto a sufrir la frivolidad colectiva con ocasión de una fiesta importada y manipulada, que a fuerza de patrocinarse en los medios acabará colándose hasta en el calendario laboral. Halloween se ha convertido en la noche de los disfrazes, las brujas, los zombies y demás estrafalarios personajes, que poco tienen que ver con la raíz del acontecimiento. Como es bien sabido, el término hace referencia a una forma arcaica en inglés de referirse a los santos ("Hallowed be thy name" es como los anglosajones rezan en el padrenuestro nuestro "santificado sea tu nombre").
Puesto que la noche es previa al día de todos los santos, que hoy celebramos, la fiesta era una manera de recordar a los fieles difuntos que ya disfrutan del cielo, a tantas almas anónimas que tuvieron vidas ejemplares aunque no hayan sido elevados a los altares. De ahí pasó a recordar la realidad de la muerte, que como nadie quiere recordar, había que teñir de todo tipo de estrafalarias interpretaciones, jolgorios y desenfrenos que más tienen que ver con la ignorancia ante la muerte que con su consideración.
Por eso, no estaría de más volver al origen de la efemérides y considerar a tantos antepasados nuestros  que tuvieron vidas nobles y ahora disfrutan de Dios en el cielo, o a tantos otros que esperan a hacerlo, y solo necesitan un empujón de nuestras oraciones.
Hace unos días me comentaron la iniciativa de una parroquia, que celebra la fiesta de "Holy wins", el santo gana, animando a sus feligrases a considerar la importancia de considerar nuestra vida como un tránsito hacia otra mejor. Como dice una poesía popular, "Aquel que se salva sabe y el que no, no sabe nada". No es cuestión de disfraces que solo intentan ocultar la única realidad incuestionable (que hemos de morir en algún momento), sino más bien de tenerlo presente, de modo que sirva para guiar nuestras vidas.