domingo, 19 de julio de 2015

El descanso y el trabajo

Precisamente porque estamos ya en periodo estival, donde las vacaciones o se disfrutan o se esperan como inmediatas, puede ser interesante darle vueltas al concepto que tenemos del trabajo. Tanto escucho últimamente la palabra jubilarse, bien por parte de los que van a hacerlo pronto, bien por la quienes desconfian de que puedan hacerlo algún día, que parece más propio del ser humano jubirlarse que trabajar. Sin embargo, nos dice el primer libro de la Biblia que tras la creación del hombre Dios le encomendó que “labrase y cuidase” el jardín de Edén (Génesis, 2: 15). Por tanto, desde el inicio de la existencia human, y no sólo como conecuencia del pecado original, estaba previsto que trabajáramos. En este relato de la Creación, Dios concede a los primeros hombre y mujer la tarea de colaborar con él en el desarrollo de la Creación. Ese es el sentido último del trabajo para un creyente: culminar lo que Dios ha querido dejar inconcluso, permitiéndonos transformarlo. Dios nos hace partícipes de la Creación, aunque nosotros no creamos propiamente, sino que transformamos, dando belleza o utilidad a lo que ya existe.
Puesto que participa de la obra creadora de Dios, cualquier trabajo hecho cara a Dios siempre es fecundo para un cristiano, ya que contribuye a acrecentar la tarea creadora, siempre que, claro está, pueda decirse de esa actividad, como de la Creación original, “y vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Génesis, 1: 31).
Como consecuencia del desorden que introdujo el primer pecado de Adán y Eva, y de la pérdida de la armonía original entre el ser humano y el resto de la creación, el trabajo humano se asocia al esfuerzo, se convierte a veces en contrariedad: “con fatiga sacarás del suelo el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Génesis, 3: 17-19). Siguiendo el texto sagrado, ese sudor y cansancio que acompañan el trabajo de tantos seres humanos no son parte del designio original de Dios, sino consecuencia del desorden introducido por el ser humano. Ahora el trabajo es sinónimo de esfuerzo, cansancio, fatiga, y tantas veces de contradicción, de dolor. Muchas personas –tal vez la inmensa mayoría— no trabajan en tareas que les resulten atrayentes, sino en labores mecánicas, arduas, poco gratificantes o directamente denigrantes. En conclusión, el trabajo les resulta tedioso, una obligación difícilmente asumida, que sólo se acepta porque supone un medio para conseguir el sustento propio o familiar.
Un cristiano debería tener una visión algo más excelsa del trabajo. Los seres humanos, por privilegio que Dios nos confiere, somos los únicos seres creados que tienen capacidad de transformar cosas, de inventar nuevos utensilios, de construir bellos edificios, de producir obras de arte o simplemente de ayudar a la naturaleza a generar más alimentos.
Del tronco de un árbol podemos generar un asiento confortable, construir un vehículo para navegar, sustentar un lugar para alojarnos, extraer papel para escribir o formar un instrumento para obtener sonidos musicales. Las fronteras de nuestro trabajo, de nuestro perfeccionamiento de la Creación son muy amplias. Además, el trabajo nos mejora, nos fortalece interiormente, nos brinda relaciones sociales, nos permite ayudar a los demás con nuestro servicio.
A estos argumentos podemos añadir otra razón todavía de mayor peso. El trabajo profesional para un cristiano es su marco de santidad, porque estamos imitando al mismo Jesucristo, quien pasó la mayor parte de su vida trabajando. Aunque los textos del Evangelio nos narran principalmente los acontecimientos de la denominada vida pública de Jesús, cuando decide dedicarse por completo a predicar el Reino de Dios, no hemos de pasar por alto que a esa etapa anteceden casi treinta años de vida, que podemos calificar como normal y corriente. Habitualmente se denomina a esta etapa la vida oculta de Cristo, lo que no quiere decir que la viviera encerrado en una cueva o que fuera eremita, sino simplemente que no fue una vida conocida públicamente más allá de su entorno familiar y vecinal inmediato. Jesús era un artesano más, aunque sería el mejor, porque haría su trabajo con perfección humana y con la vista puesta en el servicio a los demás. Por eso cualquier cristiano, imitando esa vida de trabajo de Cristo hacen lo mismo que hizo El en su paso por esta tierra: santificarla, convirtiendo en sublime lo que parece ordinario.

domingo, 12 de julio de 2015

Cuidar la Tierra

Desde la famosa entrevista de Mercedes Milá a Paco Umbral se puso de moda la manida frase de "yo vengo aquí a hablar de mi libro". Afortunadamente, la mayor parte de los mortales tenemos pocas oportunidades de decir esto, pues publicar libros no es tarea que haga uno todos los días. No obstante, los que disfrutamos escribiendo, de vez en cuando alumbramos alguna nueva "criatura", y en esas ocasiones, no podemos por menos que hablar de ella, sobre todo si el oyente (en este caso, el lector) entra en la categoría de amigo.
Hoy me parece razonable dedicar esta entrada dominical al último libro que he publicado, en este caso en colaboración con la Prof. María Angeles Martín, que hemos titulado: "Cuidar la Tierra: razones para conservar la naturaleza". Tenemos versión digital y en papel del libro, asi que en esta ocasión está a gusto de todos los lectores. El libro incluye un repaso de los probelmas ambientales más relevantes y de las raíces del movimiento conservacionista, desde los pioneros del s. XIX (Thoreau, Muir, Emerson...), hasta el nacimiento de las ONGs y los partidos verdes. Se detiene con más detalle a analizar las distintas posturas éticas ante la conservación de la naturaleza, desde un enfoque basado en el antropocentrismo extremo (el único interés de la conservación es el humano), hasta los extremos más ecocentristas (valor intrínseco de la naturaleza, independiente de fines humanos), incluyendo los movimientos de ecoresistencia.  También dedicamos un extenso capítulo a revisar las posturas de las grandes religiones sobre la conservación ambiental. No hemos de olvidar que una religión supone una visión cosmológica del mundo que lleva consigo unos principios morales de actuación. La reciente encíclica "Laudato si" es un magnífico ejemplo de como un lider religioso puede promover el mejor cuidado del planeta. Finalmente, dedicamos un capítulo a analizar las distintas respuestas a la crisis ecológica, señalando el interés de que sea integral, respetando la ecologia humana (nuestro propio cuerpo), las culturas (particularmente las indígenas, muy vulnerables), y las personas (eliminar a los seres humanos en beneficio del planeta es una tremenda falacia).
Animo a los lectores de este blog a que lean también nuestro libro, donde espero encuentren motivos de peso para relacionarse más armónicamente con el entorno, promoviendo el cuidado de nuestra casa común.

domingo, 5 de julio de 2015

Pensar con un embudo

Cuando se utiliza coloquialmente el término idealista, suele hacerse referencia a una persona que tiene una visión magnánima de las cosas, en cuestiones de gran calado, que son difíciles de conseguir para que valen la pena el esfuerzo.  Ser idealista, en este sentido, es propio de la juventud todavía poco contaminada por el pragmatismo.
Pero también podemos utilizar el término idealista con un enfoque más filosófico, refieriéndonos a una teoría del conocimiento que, en pocas palabras, supone que todo lo que conocemos es fruto de unos esquemas mentales que permiten hacer la realidad externa inteligible. Frente al realismo filosófico, que asume que conocemos porque el exterior nos impacta y, por tanto, es la realidad externa a nosotros el criterio último de verdad, el idealismo -principalmente de origen alemán, de la mano de Kant y Hegel- considera que solo podemos conocer porque tenemos unas categorías mentales que nos permiten dar sentido a las experiencias externas, de ahí que en este caso sea nuestro interior el protagonista. En definitiva, todo pasa por nuestro embudo mental, y lo que queda fuera de él, simplemente no existe. Aunque nadie haya leído directamente a Kant y Hegel, lo cual por otra parte no resulta nada asequible, lo cierto es que vivimos en un estado cultural profundamente idealista, en donde tendemos a interpretar la realidad con nuestros esquemas mentales.
Pensaba en estas cuestiones estos días pasados en donde me han invitado a presentar la encíclica Laudato si en algunos foros, algunos de ellos de orientación católica. En esos ambientes parecería lógico esperar una recepción cordial del documento, preguntarse qué mensaje quiere transmitirnos el Papa, por qué, y cómo adaptarlo a la propia vida: en definitiva, dejarse interpelar por el documento en lugar de interpretarlo siguiendo unos esquemas preconcebidos. Espero que, al menos en algunos de los que consigan leer la encíclica, esa interpelación domine sobre la interpretación o, dicho de otra forma, en lugar de ningunear al mensaje, o adaptarlo a sus propias ideas, los lectores reflexionen sobre cómo aplicarlo a su propia concepción del mundo, a replantearse si esa concepción es compatible con las consecuencias de su fe cristiana en terrenos que a priori puedan considerar menos vinculados a la fe. Decía el cardenal Turkson -uno de los que más han ayudado al Papa en la redacción de la encíclica- que la fe cristiana no es como la mermelada, que se pone encima del pan, pero que puede quitarse si el sabor no acaba de convencernos, sino algo que impregna completamente el alimento (la sal de la tierra, decía Jesucristo). Esto vale para la concepción de los sacramentos, para los dogmas de fe y para la doctrina social de la Iglesia. Recibir un documento del Papa con la expectación y alegría propia de quien recibe un consejo de un padre sabio y santo es una actitud muy propia de un católico convencido de su fe, ya hable del aborto, de la pobreza, de la familia o del ambiente. Por cierto, la Laudato si habla de todas estas cosas.

domingo, 28 de junio de 2015

¿Una encíclica anti-modernidad?

Estoy revisando estos días las diversas interpertaciones que se están haciendo de la reciente encíclica del papa Francisco. Aunque el tema central es la ecología, el texto trata muchas cuestiones que están ligadas al origen o la solución de la crisis ambiental, desde el papel de la ciencia y la tecnología, hasta la empresa, las finanzas y las relaciones internacionales.
Como me parecía previsible tras la lectura de la encíclica, en este caso las principales críticas a un texto pontificio no vienen de la izquierda laicista, sino de la derecha liberal, que sigue sin "creerse" que la situación ambiental sea tan grave, y por supuesto desconfía de la intervención pública, también para proteger el medio, repitiendo la consabida consigna de que todo lo arreglarán las leyes del mercado. Otro día trataré de la respuesta a esas críticas y también a las que han hecho desde la izquierda (menores y centradas, como no podía ser de otra manera, en la defensa ecológica del no-nacido que hace el Papa). Hoy voy a responder al fondo de un artículo que me ha remitido un buen amigo, titulado "El retorno del  anti-modernismo católico" , escrito por el editor de una revista de pensamiento cristiano. Una vez más se evidencia la fuerza de la ideología -en el sentido más filosófico de la palabra- para ajustar la realidad a nuestros esquemas mentales, en lugar de incoporarla a los mismos.
El argumento de fondo de  R.R.Reno es que la encíclica del Papa es un ataque a la modernidad, principalmente por su crítica a los impactos que el modelo económico actual han tenido en la degradación del medio y en el aumento de las desigualdades, uniendola a la ineficacia de la ciencia y la tecnología -por sí mismas- para resolver esos problemas, o incluso como aliadas del poder constituido para extenderlos. Compara el autor de este artículo la "Laudato si" nada menos que con el Syllabus de Pio IX, puesto que en su opinión el texto papal se alinea con una interpretación negativa del pensamiento occidental, que solo puede redimirse cambiando el sistema. En su opinión el texto actual separa a los católicos de la sociedad más avanzada, como intentó el citado texto de Pio IX.
La conclusión del autor es paradójica con los hechos, puesto que apenas ha habido pensadores socialmente avanzados que hayan criticado la encíclica, antes al contrario, se ha recibido con enorme interés por personas de muy diversas ideologías. En mi opinión el autor de este artículo confunde lo existente con lo deseable: igual que a finales del XIX no era igual el modernismo que la modernidad, tampoco ahora es igual el anti-modernismo que el post-modernismo. Las críticas al modelo económico y social no vienen ahora de quienes pretenden llevarnos al Paleolítico, sino de quienes evidencian que el modelo tiene sus limitaciones y hay que reconducirlo. La denuncia no es exclusiva del Papa, sino que se comparte por muchos economistas, científicos, pensadores, activistas sociales. La cuestión de fondo no es una "enmienda a la totalidad", sino una revisión del modelo, que no puede primar el beneficio de unos pocos por encima del bien común, así de sencillo. También sería deseable que el autor releyera el articulo que publicó Lynn White en Science en 1967, puesto que el texto de la "Laudatio si", contesta las principales acusaciones hacia el cristianismo que vertió este autor y han estado en el candelero de la ética ambiental en las últimas décadas: el cristianismo no es antropocéntrico, sino teocéntrico, y la ciencia y tecnología no deberían estar al servicio de los poderosos sino de todos los seres humanos.
El autor del artículo, por otro lado, parece no ser consciente de que es ciudadano estadounidense y que ese país (en su conjunto, con magníficas excepciones) no es precisamente un buen ejemplo de equilibrio ambiental, derrochando recursos naturales y energía que extrae de otros lugares del planeta, además de torpedear acuerdos internacionales sobre temas tan sensibles como el calentamiento climático. La encíclica está escrita por un papa argentino, con la ayuda de un cardenal ghanés (Turkson), y está dirigida a todos los católicos, en su mayor parte habitantes de países en desarrollo. La concepción de la modernidad que tiene el Sr. Reno no es la misma que tienen los habitantes de muchos otros lugares del mundo, donde simplemente tener un grifo de agua corriente puede ser un verdadero lujo. Igual EE.UU. debería replantear si su forma de vida es solidaria con el resto del planeta, si es preciso tener más o enseñar a otros a tener lo necesario. Hace unos meses vi un cartel a la entrada de una iglesia que me parece resume muy bien el mensaje principal de la Laudato si, y que entiendo todo católico debería aceptar como criterio de actuación: "Vive sencillamente para que los demás, sencillamente, puedan vivir"

sábado, 20 de junio de 2015

La conversión ecológica

Después de una expectación inusitada para un documento de la Iglesia católica, por fin se publicó el pasado jueves la encíclica “Laudato si”, la primera que escribe completamente el Papa Francisco (la Lumen Fidei había sido ya incoada por Benedicto XVI). Se trata de un documento sumamente interesante, que toca temas muy de fondo y está bellamente escrito. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un documento (y leo unos cuantos semanalmente!).
Lo primero que me parece necesario destacar es el tema principal de la Encíclica: la ecología, el cuidado de la Creación. Algunos católicos podrían preguntarse por qué escribe el Papa sobre un tema poco relevante, marginal al mensaje central de la Iglesia. Algunos no católicos podrían preguntarse por qué escribe el Papa sobre un tema que no le compete, marginal a una cuestión que es principalmente ética y científica. Espero que ambos venzan el rechazo inicial y lean la Encíclica, pues ciertamente su reticencia tal vez muestra que debería conocer con más profundidad la historia y la teología católica. Hablar de ecología es hablar de una naturaleza que consideramos creada por Dios, y eso la imbuye de una trascendencia que lleva consigo una actitud muy distinta ante el ambiente. Quien considera a la naturaleza como un regalo de Dios, quien aprecia el valor sagrado de lo material que se nos evidencia en la Encarnación de Jesucristo y en los Sacramentos que nos legó, quien repasa la historia de convivencia secular entre los ascetas cristianos y el medio natural en el desarrollaron su encuentro con Dios, no se sorprenderá tanto por la encíclica del Papa Francisco.
Para los católicos que puedan sentir una cierta pereza a leer un documento de 180 páginas, les recomiendo un simple párrafo: “Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes (…) Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (n. 217). Hay muchas razones en el documento para justificar por qué es parte esencial de la experiencia cristiana.
Para los ambientalistas que se han olvidado que somos parte de la naturaleza y que consideran al ser humano como cáncer del planeta, baste este párrafo:  “No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada. Esto pone en riesgo el sentido de la lucha por el ambiente” (N. 91).
Los retos ambientales son demasiado grandes para ignorarlos (“El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes”, N. 161). La implicación es de todos; no puede dejarse únicamente a los que tienen poder en el mundo, porque las consecuencias las están sufriendo todos los seres humanos, particularmente los más pobres. El Papa, profundizando en una propuesta que hizo Juan Pablo II y reafirmó Benedicto XVI, nos invita a una “conversión ecológica”, que llevará a un cambio efectivo de actitudes ante el medio, y a la vez a un conjunto de decisiones concretas que hagan nuestra vida mucho más frugal, que rompan con el espejismo de que la felicidad está ligada a la posesión de bienes materiales (“Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” N. 204), que exijan a nuestros gobernantes un compromiso serio con los acuerdos internacionales, aunque eso afecte a nuestro ritmo absurdo de consumo. La economía no puede ser el único criterio de decisión.  Hay costes a largo plazo que no se consideran, hay valores mucho más importantes. La política no puede estar al servicio de la economía, ni mucho menos de la economía especulativa, de las finanzas como fin.
Me preguntaban ayer en una entrevista radiofónica qué me había sorprendido más de la Encíclica. Probablemente , lo que el Papa llama espiritualidad ecológica, que liga esa conversión no sólo a un nuevo estilo de vida, sino también a un cambio cultural más profundo. Nos está invitando el Papa a romper con el egoísmo personal, a pensar más en los demás, en los de ahora y lo que vendrán después, a disfrutar de la belleza de la Creación y a dar gracias a Dios por ella. Esto requiere cambios personales: que cada uno lea la encíclica y haga examen. El texto no es un catálogo de buenas prácticas, sino una llamada a la conciencia personal. Acaba con un tono esperanzado: podemos vencer ese egoísmo, no estamos determinados por nuestras flaquezas, porque no todo depende de nosotros, también de un Dios que está empeñado en que seamos felices, que nos recuerda siempre esos valores que realmente nos dan la felicidad. Acaba el Papa implorando a Dios por ese cambio con dos oraciones que emocionan, uniéndonos a creyentes de otras tradiciones espirituales, y a los demás cristianos, pues la plegaria es parte vital de esa conversión.
Oración por nuestra tierra:  “Dios omnipotente, que estás presente en todo el universo y en la más pequeña de tus criaturas, Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe, derrama en nosotros la fuerza de tu amor para que cuidemos la vida y la belleza. Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas sin dañar a nadie. Dios de los pobres, ayúdanos a rescatar a los abandonados y olvidados de esta tierra que tanto valen a tus ojos.  Sana nuestras vidas, para que seamos protectores del mundo y no depredadores, para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción. Toca los corazones de los que buscan sólo beneficios a costa de los pobres y de la tierra. Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa, a contemplar admirados, a reconocer que estamos profundamente unidos con todas las criaturas en nuestro camino hacia tu luz infinita. Gracias porque estás con nosotros todos los días. Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha por la justicia, el amor y la paz”.

domingo, 14 de junio de 2015

La universidad que queremos

Hace unos años escribía uno de nuestros eminentes historiadores, Claudio Sánchez-Albornoz, con el bagaje que le otorgaba también su amplia experiencia política (fue Ministro durante la República y uno de sus presidentes en el exilio): "En la calle todos debemos y podemos defender y predicar nuestras ideas. Hay dos recintos que rechazan por su misma naturaleza las gestas políticas: los templos elevados en honra del Altísimo y las Universidades. Y si las Universidades dejan de ser lugares de estudio y meditación para mudarse, prostituyéndose, en ágoras de acción revolucionaria, como está sucediendo, no vacilo en profetizar la crisis total, irremediable, de la cultura occidental”. Muchos están viviendo con desazón los cambios que se producen en la vida pública española y, a mi modo de ver, corrren el riesgo de confundir la consecuencia con la causa. No se trata de que las convulsiones políticas sean consecuencia de la crisis económica y social que estamos viviendo, sino más bien me parece que son un reflejo de algo más profundo, que bien calificó Sánchez-Albornoz como crisis cultural. El populismo es una atajo fácil, que conduce a un precipicio sin puente: es claro que hay que pasar al otro lado, pero sin puente el atajo se convierte en una marcha a ningún sitio.
Por ejemplo, la cuestión de la corrupción que parece estar en lo más alto de las prioridades de los votantes españoles, no creo que sea problema de tal o cual partido político, sino algo más de fondo, una corrupción admitida socialmente que pone por delante el interés propio a la verdad de las cosas y, como consecuencia, al bien. Aunque el juicio social sea mucho más severo con un político que exige una comisión, que con un profesional que no factura, un contribuyente que defrauda o un estudiante que copia un examen, la actitud de fondo es la misma.
Me parece clave que recuperemos el sentido más profundo de la educación, único remedio para atajar estos males, al restaurar la integridad moral que como sociedad hemos perdido. Nuestro gran humanista del Renacimiento, Luis Vives, afirmaba que "la verdadera cultura sólo es la que conduce a la virtud como meta”. En resumen, educar no es sólo transmitir conocimientos, informar, sino principalmente transmitir valores, ideales, ganas de cambiar el mundo porque en primer lugar queremos cambiar nosotros.  “La finalidad de las letras es hacer al joven más sabio y, por lo tanto, mejor”,  decía el mismo Luis Vives, definiendo la Universidad, como "... una reunión y una conformidad de hombres sabios, y, al mismo tiempo, buenos, reunidos para convertir en hombres de tal índole a quienes acudieran allí para aprender”. En tiempos convulsos, tenemos que acudir a las raíces, reflexionar sobre cómo abordamos la tarea más importante que compete a una generación: pasar lo mejor de sí misma a las siguientes, enseñando sus logros, sus mejores valores. Recomiendo en este sentido el libro que reciente publica la Editorial Digital Reasons, que los profesores Obarrio Moreno y Masferrer, autores del trabajo, muy sabiamente titulan: La universidad. Lo que ha sido, lo que es y lo que debiera ser. Se trata de una magnífica reflexión sobre el sentido último de la educación universitaria, recorriendo sus raíces históricas, reflexionando sobre su posición actual y sus perspectivas futuras, en un ejercicio lúcido de crítica sobre el modelo mercantilista en el que quieren convertir nuestros aerópagos.

domingo, 7 de junio de 2015

Más de lo que estamos mirando

Estuve ayer con unos amigos visitando la exposición que el Museo del Prado dedica a Rogier van der Weyden, uno de los artistas más brillantes de la pintura europea. La exposición tenía pocas obras, pero algunas de las más relevantes. A veces se agradece que una exposición ayude a concentrarse en pocas pinturas, para que podamos dedicarles más atención y, sin duda, este artista flamenco merece mucha atención, al menos una pequeñísima parte de la que él dedicó a cada una de sus obras. Me entretuve especialmente en el descendimiento de la Cruz, que ya había tenido ocasión de disfrutar en otras visitas al Prado, en el tríptico sobre los siete sacramentos y en la crucifixión, recientemente restaurada. Cada detalle nos habla del mundo interior del artista, que nos indica algo mucho más profundo de lo que estamos mirando. No se trata de que pinte con maestría, de que cuide los detalles hasta la minuciosidad, característica del arte flamenco del s. XV, sino de que el artista nos está transmitiendo su mundo interior, quizás porque pone su alma en cada cuadro que elabora. Intuí que no es un artista que pinta de lo que le piden pintar, sino de lo que siente en su interior, de su trato personal con Dios. Acabo de comprobar algo que intuí al ver la exposición: van der Weyden estuvo en estrecho contacto con la devotio moderna, ese movimiento de renovación espiritual que se extendió por los Países Bajos entre los siglos XIV y XVI y que nos legó uno de los libros de espiritualidad más influyentes de la Teología espiritual: la imitación de Cristo. Así, puedo explicar esas lágrimas de Cristo en la Crucifixión, imperceptibles a la distancia en que podemos contemplarla, o en el rostro de Nicodemo en el descendimiento. Me parece que no es cuestión de que al artista le guste la minuciosidad, sino de que nos está contando su propia visión de la Pasión de Jesús. No solo es fruto de su maestría pictórica, sino más bien de su oración contemplativa: nos transmite lo que lleva dentro. Una obra así, contemplada con el detalle que merece, habla por sí sola, interroga, impele.
Eso ocurre de alguna manera en todo arte que valga realmente ese nombre: siempre una obra artística nos transmite mucho más de lo que estamos mirando. Por eso, al terminar de contemplar a van der Weyden y entrar a continuación en la exposición de Goya, me di cuenta de la intrascendencia en que ha caído buena parte del arte contemporáneo. Las obras allí expuestas de Goya se refieren a situaciones cotidianas: la caza, el sueño, las estaciones... me resultó informativa, pero no me sentí incitado a nada más que a admirar los colores, a recordar costumbres de siglos pasados. Obviamente otras obras de Goya nos hablan mucho más de sus conflictos interiores, de su forma de ver el mundo, pero las ahora expuestas muestran más un arte evanescente, que deleita pero no remueve.

domingo, 31 de mayo de 2015

Trinitarios

Como es bien sabido, hay tres convicciones teológicas que unen a todos los cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes, coptos, etc.): la aceptación del Bautismo como sacramento que inicia la vida cristiana, el reconocimiento de la divinidad de Jesucristo y el misterio de la Santísima Trinidad. Hoy celebramos este último. Quien tiene interés por el mundo universitario, reconocerá fácilmente a muchas instituciones académicas que reciben su nombre de este misterio: por ejemplo, el Trinity college de la Universidad de Cambridge, uno de los más prestigiosos. Hay otros en Dublin, en Oxford, en EE.UU., Australia o Canadá. En la cultura latina, no hemos tenido tanta devoción universitaria a la Santísima Trinidad, pero sí hay múltiples ciudades y personas que llevan ese título.
Junto al reconocimiento de la importancia de este dogma cristiana, nos viene a la cabeza pensar cuáles son sus implicaciones prácticas para nuestra vida. Imagino que para los sacerdotes no debe ser sencillo aunar en sus homilías de este día ambas cosas. Es el principio teológico del cristianismo (tres Personas, un solo Dios), pero apenas podemos decir nada que nos permita explicarlo (es el Misterio por excelencia). Ahora bien, si Dios ha querido revelarnos su misterio, es obvio que ha sido por nuestro propio beneficio, y por tanto que conocer y profundizar en las implicaciones de ese misterio enriquece nuestra experiencia religiosa. Me parece que no se trata de entender algo que nos sobrepasa, sino de reconocer cómo afecta a nuestras vidas que Dios sea Trinidad.
No es el caso, obviamente, hacer aquí un tratado teológico sobre la materia, sino de pensar en qué medida nuestro trato con Dios y con los demás está imbuido del convencimiento de que Dios, si podemos hablar así, también es una Familia, en donde Padre e Hijo están tan unidos por el Amor que forma una tercera Persona (el Espíritu Santo). Si Dios (Padre) es Verdad-Conocimiento (Hijo) y Amor (Espíritu Santo), en nuestra vida, conocimiento y amor deberían estar también muy dentro de nuestro trato con Dios. Los cristianos creemos en un solo Dios (no puede ser Dios más que Uno, o sería absurdo), pero Dios ha querido mostrarnos que también en El hay relación, que también las Personas en Dios lo son en tanto que se relacionan, que establecen un vínculo que fundamenta su unión. También ser persona humana es estar en relación, es ser de alguna manera familia, fundada en la verdad y en el amor. Uno solo es hijo porque tiene padres, sólo es padre-madre porque tiene hijos, sólo es hermano porque tiene hermanos: nada que tiene valor hondo está basado solo en nosotros mismos. En suma, podemos concluir que el egoísmo no conduce a valor alguno.

lunes, 25 de mayo de 2015

El manido recurso al progreso

Venía escuchando la radío el sábado mientras conducía de vuelta a casa y dieron la noticia sobre le referundum celebrado en Irlanda más o menos en los siguientes términos: "Irlanda, el país más católico de Europa, apuesta por el progreso frente a la influencia de la Iglesia católica". No voy a comentar ahora el resultado del referendum, ni la cuestión de fondo que se preguntaba, sino la apreciación del sesudo periodista que abría la noticia como si se tratara de un referendum sobre la influencia de la Iglesia católica, por un lado, y dando por supuesto que el resultado lleva consigo el progreso, y que eso es incompatible con la Iglesia, por otro.
El verbo progresar lleva consigo la idea de avance, de mejora. Progresa quien consigue algo valioso que antes no tenía. Que algo sea novedoso no quiere decir que sea progreso. En un momento (nefasto por cierto) de la Historia, también la victoria del partido nazi era algo novedoso, y desde luego casi nadie diría que fue progreso. Por otro lado, aunque un determinado hecho suponga un progreso para alguien, no necesariamente puede hablarse de progreso, ya que este concepto se aplica al conjunto de la sociedad, no a intereses particulares: también han progresado mucho los que metieron la mano en las arcas públicas, y casi todos estamos de acuerdo que eso no ha supuesto un progreso para nuestro país.
Digo esto como introducción a lo que estamos aquí juzgando: si la materia del referendum celebrado en Irlanda es realmente un progreso para la sociedad irlandesa y, por consiguiente, si la Iglesia se está oponiendo al progreso o, más bien, lo que hace es advirtir sobre los riesgos de un itinerario social que parece -a vistas superficiales- que no tiene más que ventajas. El tiempo nos lo dirá.
Lo que me parece muy injusto, y hasta ofensivo para quienes escuchamos una radio -y en este caso era la radio pública, que debería guardar neutralidad en estas cuestiones- es que el periodista asimile una institución a una actitud contraria al progreso, cuando se trata precisamente de la institución que más ha hecho en Occidente por traerlo: tanto en lo que se refiere a la ciencia y la cultura, como a la atención y los derechos de las personas. Con sombras, como tiene cualquier empresa formada por personas, la trayectoria histórica de la Iglesia es bastante honrosa, habiendo evitado muchos desastres sociales y fomentado valores que hoy mismo sirven, también a quienes más la critican, para defender sus ideas. Basta ponerse en otros contextos culturales: musulmán, hinduista, budista, sintoista... y ver qué ha pasado en esos entornos con la consideración de la mujer, de las clases más humildes, de los sin tierra...

domingo, 10 de mayo de 2015

No tomarás el nombre de Dios en vano

Estaba hace unos días comiendo en un restaurante donde tenían puesto el telediario, solo imágenes pues el sonido ambiente era musical. Me impactó tremendamente las escenas de una de las noticias, que subtitulaban: "Mujer es linchada en Afganistán, acusada de quemar un Corán". Aparecían imágenes de varios hombres golpeando salvajemente a una persona, que apenas se distinguía en el vídeo. Parece ser que luego fue quemada. Tres días más tarde, las primeras investigaciones apuntan a que era inocente. Me parece que esa no es la cuestión. El hecho objetivo es que hay unos fieles de una determinada religión que consideran una muestra de piedad religiosa matar bestialmente a una persona, criatura de Dios, creada a su imagen y semejanza. Además del salvaje asesinato de una mujer, me repugna enormemente que pueda alguien pensar que eso pueda agradar a Dios: no es sólo un crimen, también es una blasfemia. Dios mismo hecho hombre, Jesús, fue condenado a morir crucificado por un supuesto delito religioso: ¿hay algo más contradictorio que Dios-hombre muera en una cruz porque algunos pensaban que estaban defendiendo el honor de Dios?, ¿no fue suficiente con la muerte de Jesús para que todos los hombres hayamos aprendido la lección? ¿Quién puede arrogarse la representación de Dios? ¿Quién se considera amparado por Su autoridad para matar a una de sus criaturas, y encima ¡en su nombre!? ¿No sería más sencillo ver lo que ha dicho Dios, lo que ha hecho cuando estuvo entre nosotros como Hombre?
- ¿Qué ha dicho? -¡"No tomarás el nombre de Dios en vano! -¡No matarás!"
- ¿Qué ha hecho? -"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"
¡Que nadie más ofenda el nombre de Dios usando la violencia! Una violencia que El nunca usó en su vida terrena. Dios es infinitamente poderoso para aplastar cualquier ofensa; no es necesario que nosotros lo hagamos por El. Si no lo hace tal vez sea porque también es infinitamente bueno, misericordioso, "lento a la ira y rico en clemencia", como nos dice la Sagrada Escritura. Estoy seguro que habrá recogido con sumo amor a esa hija suya, a la que otros hijos suyos apalearon y quemaron... en su nombre. Nunca más hacer lo que Dios no hace, lo que Dios no quiere, en nombre de Dios. ¡Nunca más!

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Estudiar hace a la gente mejores?

Hace unos días volví a ver "Mejor imposible", una película que siempre da que pensar. Para los que no la hayan visto, muestra las relaciones entre un trio de personajes muy contrastados: un maniático escritor, una sencilla camarera, madre de un niño asmático, y un artista homosexual, vecino del primero. En un momento culminante de la película, el escritor, enamorado secretamente de la camarera, parece que va a declararse pero su permanente excentricidad le lleva a agraviar a la mujer. Ella le pide un cumplido para arreglar la metedura de pata, algo que demuestre realmente que la quiere. El le cuenta su aversión a las pastillas, y las dificultades que tiene para tomar las que le receta el siquiatra, indicando que el día que estuvo con ella, se las tomó al dia siguiente. La camarera queda perpleja ante la frase y se pregunta dónde está el cumplido. Le responde el escritor, que eso indica que cuando está cerca de ella quiere ser mejor. Me parece una magnífica alegoría del verdadero amor. Cuando quieres a alguien de verdad, quieres dar a esa persona lo mejor de ti mismo.
Tengo la enorme suerte de dedicarme a la profesión que más me gusta: la educación. Hay muchos aspectos que hacen este trabajo particularmente atrayente, pero para mi sin duda el más importante es que tienes la capacidad de estimular a tus alumnos a que sean mejores. Decía Platón que educar es extraer de una persona toda la belleza y la perfección de que son capaces. Todo ser humano tiene belleza y perfección, no todos los educadores las van a descubrir y muy pocos las van a extraer, pero no es otra, a mi modo de ver, la meta de educar. Dar conocimientos ya es muy valioso, informar sobre lo que otros sabios han descubierto y pasar esa experiencia a las generaciones futuras es maravilloso, pero todavía me resulta de corto alcance. Con el auge de las nuevas tecnologías, la información es cada vez más accesible, las máquinas van a superar nuestra capacidad de informar, pero no creo que consigan nunca educar. La educación requiere, como decía nuestro gran humanista Luis Vives, “enseñar, persuadir y conmover”. Una máquina puede ofrecer datos, pero difícilmente podrá persuadir y conmover, generar esa empatía que está en el inicio del amor entre las personas.
Recuerdo una frase que repetía con frecuencia el Dr. Casas Torres, con quien tuve el privilegio de realizar mi tesis doctoral: "tienes que querer a los chicos". Solo educa quien genera afecto, solo tiene verdadera influencia en nosotros a quien percibimos como cercano, interesado sinceramente en nuestro bien. Los padres educan, los verdaderos maestros -en cualquier nivel docente- educan, porque quieren hacer a sus alumnos mejores, porque son conscientes que no basta con transmitir su bagaje de conocimientos, sino más bien transmitirles un poco de su propia intimidad, de su experiencia vital. "Todos los hombres, por naturaleza, tienen el deseo de saber", decía Aristoteles,  pero más aún todos tienen la necesidad de referentes morales, de modelos en los que reflejarse, que les sirvan de estímulo para crecer interiormente, para querer siempre ser mejores.

domingo, 26 de abril de 2015

Tecnología de escala humana

Hace varios años, uno de los científicos que descubrió los procesos que deterioran la capa de ozono, Paul Crutzen, posteriormente galardonado con el premio Nobel de la paz, propuso introducir un nuevo periodo geológico, que denominó Antropoceno, por estar caracterizado por la presencia generalizada de la actividad humana, que afecta ya a una variada gama de procesos climáticos, geológicos, biogeográficos o edáficos, hasta el punto que ya difícilmente puede hablarse de paisajes que no tengan, de una u otra forma, la impronta humana.
Paralelamente, otros científicos sociales, comienzan hace menos años a hablar de una nueva era histórica, en la que buena parte de los procesos de mayor calado están asociados al uso y el influjo de la tecnología. No estoy seguro que así sea, pero me parece indudable que el impacto de la tecnología es mucho más hondo que el uso o maluso de unos determinados aparatos. La información se mueve con una rapidez y extensión nunca vista en la Historia, los sucesos se aceleran, el conocimiento difícilmente se reposa, nuestros modos de aprender y de enseñar cambian tan rápidamente que apenas somos conscientes de su influjo.
Si la acción humana tiene una escala temporal absolutamente desproporcionada respecto a cualquier proceso natural (baste con pensar que estamos consumiendo en apenas tres siglos, los combustibles que tardaron más de 300 millones de años en formarse), la tecnología acelera todavía más nuestro cronómetro vital. Sigo sorprendiéndome a mí mismo cuando pienso que una máquina de apenas tres años de vida es algo "obsoleto", que ya no se fabrica, y -por tanto- de lo que no hay piezas de repuesto. La "cultura del descarte", que comienza aplicándose a la tecnología -singularmente a los móviles o los ordenadores- ahora se extiende también a otras máquinas y, lo que es mucho más grave, a las personas. Se habla de personas que están "desactualizadas", que ya no encuentran sitio en el "mercado de trabajo" porque no conocen las herramientas que rigen los procesos. Así las cosas, hemos pasado del necesario interés por "estar al día", por conocer el mundo que nos rodea, al necesario "reciclaje profesional", imagen de un objeto que cambia de uso y de esencia (una botella de vidrio pasa a ser un vaso o un recubrimiento para el aire acondicionado). El ritmo de la tecnología se marca por los gigantes de las TIC (cuatro de las diez empresas más grandes del mundo pertenecen a las tecnologías de la información: Apple, Google, Facebook, Microsoft), que nos convencen todos los días de que necesitamos subirnos a una máquina que va mucho más rápido que nosotros mismos, que nos acaba produciendo desasosiego: la máquina pasa de ser herramienta, medio, a protagonista, fin. Se adaptan los procesos al aparato en lugar del aparato a los procesos; muchas veces no nos simplifica la vida, nos la complica.
No soy tecnófobo, trabajo habitualmente con ordenadores, uso un móvil, estoy escribiendo en un medio digital, pero tampoco soy tecnólatra, sigo pensando que las máquinas están para ayudarnos, no para dedicarles nuestra vida. En la medida en que es una herramienta, estupendo; en la medida en que nos centra una atención que sólo los demás merecen, se precisa mayor capacidad de autocontrol. Sin un sano espíritu crítico, estamos alimentando una generación de niños y niñas tecnodependientes, que no leen ni piensan: sólo ven y escuchan; que no interactúan con quienes tienen al lado, sino con quienes están escondidos tras una pantalla.

domingo, 19 de abril de 2015

Indigenismo y Evangelización

En el próximo mes de septiembre será canonizado fray Junípero Serra, el evangelizador de las costas californianas, promotor de buena parte de las misiones que han dado a la postre origen a las principales ciudades del Estado: San Diego, Los Angeles, Santa Barbara, S. Luis Obispo, S. Francisco...Fray Junípero es el único español que ocupa una estatua en el Capitolio, y es sin duda uno de los personajes claves para entender la cultura de la costa occidental de EE.UU.
Se han levantado algunas voces criticas con la canonización entre los descendientes de los indígenas norteamericanos, retomando una vieja polémica sobre el papel de los religiosos que evangelizaron esas tierras (y por extensión cualquiera de las colonias españolas) en la pérdida cultural y demográfica de las poblaciones nativas.
Como en tantos otros episodios históricos no tiene sentido juzgar los hechos pasados con la mentalidad contemporánea, sino más bien intentar entenderlos con los valores vigentes en cada periodo. Una manera de hacerlo es comparar lo que ocurrió con los indígenas en las colonias españolas frente a las que mantuvieron otras potencias europeas del momento, como Inglaterra o Portugal. Si comparamos la pérdida de población (fruto de las enfermedades, pero también de las guerras) en la América española con la anglosajona, si comparamos la  pervivencia de las culturas indígenas en ambos ámbitos, lo que sabemos sobre la lengua, las costumbres y la religión de los pobladores al norte y el sur del río Grande, el saldo a nuestro favor, si podemos emplear este término es abrumadoramente positivo. No vamos a negar las injusticias que se cometieron, los abusos a las propias leyes del momento, las matanzas en las guerras de conquista, pero tampoco podemos negar la inmensa labor de protección de los indios que realizó la Iglesia española, su papel intelectual en la constitucion del primer derecho internacional, su tarea de preservar las culturas locales. Desde el inicio se pretendió transmitir la fe en las lenguas locales, que conocemos en buena parte gracias a los primeros catecismos, mostrando el respeto por las tradiciones culturales. Hoy esto nos puede parecer muy poco, pero comparando con lo que ocurrió en otras conquistas de antes y después del s. XVI veremos que es realmente excepcional.
Estos temas se tratan en extenso el libro Indigenismo y Evangelización que hemos publicado en la editorial Digital Reasons. Escrito por los historiadores María Saavedra y Javier Amate, especialistas en el tema, revisa los antecentes de la conquista y colonización de América, la organización territorial y las diversas fases de la tarea evangelizadora, a la que se prestaron con singular entusiasmo tanto los sacerdotes seculares como las órdenes religiosas. Destacan tambien su papel en la fundación del sistema edudativo y sanitario de América, su preocupación por mantener los decretos reales de protección de la libertad de los nativos, por evitar los abusos de los colonos. Un libro de lectura imprescindible para quien quiera ir más allá de los tópicos sobre este tema.

domingo, 12 de abril de 2015

Dios no se cansa nunca de perdonar

Hace algunos meses, me decían unos amigos -actualmente viven en Roma-, que tienen costumbre de ir los domingos con sus niños, todavía pequeños, al Angelus con el Papa Francisco. Ellos asumen que los niños se enteran más bien poco de lo que dice el Papa, al juzgar por los juegos que simultanean con su alocución. Una de esas visitas a la plaza de San Pedro coincidió con una comida en la que los niños estaban especialmente cargantes, así que recibieron de su madre -quien me contaba esta historia- una reprimenda y un pequeño castigo (creo recordar que consistía en no ver la tele ese día). La cosa fue aceptada a regañadientes por los niños, que pocas horas más tarde, consideraron que la penitencia estaba hecha y pidieron la exención de la "condena". La madre, que intentaba mantener la coherencia de la decisión, dijo que no correspondía todavía. El niño mayor la contestó: "pero Dios no se cansa nunca de perdonar", justo las palabras que había pronunciado el Papa Francisco en la mañana. La madre, desarmada por el razonamiento, condonó la deuda, dándose además cuenta de que sus hijos captaban mucho más las ideas del Papa de lo que ella pensaba.
Estamos hoy en el domingo de la misericoria, que quiso instaurar San Juan Pablo II para que nos quedara todavía más clara esta idea, que ha repetido en muchas ocasiones el Papa actual. Es tan cercano a la misericordia, que ha decidido instaurar un año jubilar con este propósito. Dios es infinitamente Justo, sin duda, pero también, y sobre todo, es Amor. Ese es el primer atributo del Dios en que creeemos los cristianos, y el Amor, como bien decía San Pablo: "es paciente, es benigna (...) todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera" (1 Corintios, 13,1-7). De esa paciencia de Dios surge su infinita capacidad de perdonarnos: basta que seamos conscientes del error y mostremos un sincero arrepentimiento. Esta es la raíz también del sacramento de la Confesión, un verdadero tesoro que la Iglesia católica y las ortodoxas mantienen siguien la tradición apostólica. Recuperar el valor de este sacramento me parece una tarea de singular importancia: saber que Dios siempre está dispuesto a acogernos, confirmarlo a través de las palabras de quien en ese momento le representa (el sacerdote actúa en persona de Jesucristo al perdonar: ¿quién puede hacerlo sino Dios?). Por largo que sea el tiempo que hayamos prescindido de este sacramento, siempre es momento de recuperarlo, de sentir -hasta físicamente- el abrazo de un Dios que nos da la bienvenida al hogar. "Dios es paciente con nosotros porque nos ama -decía hace nos meses el Papa Francisco en una homilia-, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos".

domingo, 5 de abril de 2015

La lógica de la alegría

Celebramos los cristianos una vez la Pascua de Resurrección, la fiesta más importante del calendario litúrgico. Tras la consideración de la Pasión y Muerte de Jesús, cuando dio verdadero cumplimiento a su promesa de dar la vida por sus amigos, nos alegramos ahora en su "vuelta a la vida", que es primicia de nuestra propia resurrección al final de los tiempos. La alegría cristiana tiene sus raíces en la consideración de que Dios da un sentido último a todo, de que no es el final el dolor, el aparente sin sentido, que el sufrimiento del inocente también tiene un significado último. Dios a veces hace cosas que consideramos inverosímiles, quizá poco lógicas, pero El ciertamente ve las cosas de otra manera. Lo que parecía un fracaso, se convierte en un triunfo. De la Cruz salió una victoria; un símbolo de nuestra Fe. La Cruz no era ciertamente el final, sino el principio, y así lo deberíamos ver siempre quienes queramos llevarla en nuestra vida. Jesús necesitó la Cruz para conseguir la Resurrección, el Dolor para conquistar la Alegría. Ahora nos ofrece su alegría para que la tengamos presente en cualquiera de nuestros dolores, para que afrontemos las contrariedades sabiendo que ya han sido redimidas.
Este es el fruto de la Pascua, una alegría de fondo que está por encima de cualquer altibajo, porque se asienta en El y no en nosotros, porque no depende de lo que obtengamos fuera, sino de lo que llevamos dentro.
Y con la alegría interior, la exterior, la que se ofrece a los demás, para llenarles también de esperanza, para mostrarles con nuestra sonrisa amable el rostro de Jesús:"La alegría es el signo infalible de la presencia de Dios", afirmó Leon Bloy. Y esa misma alegría es el principal argumento para convencer a otros, como nos exhortó hace unos meses el Papa Francisco: "una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie" (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 2013, n. 266).