domingo, 14 de junio de 2015

La universidad que queremos

Hace unos años escribía uno de nuestros eminentes historiadores, Claudio Sánchez-Albornoz, con el bagaje que le otorgaba también su amplia experiencia política (fue Ministro durante la República y uno de sus presidentes en el exilio): "En la calle todos debemos y podemos defender y predicar nuestras ideas. Hay dos recintos que rechazan por su misma naturaleza las gestas políticas: los templos elevados en honra del Altísimo y las Universidades. Y si las Universidades dejan de ser lugares de estudio y meditación para mudarse, prostituyéndose, en ágoras de acción revolucionaria, como está sucediendo, no vacilo en profetizar la crisis total, irremediable, de la cultura occidental”. Muchos están viviendo con desazón los cambios que se producen en la vida pública española y, a mi modo de ver, corrren el riesgo de confundir la consecuencia con la causa. No se trata de que las convulsiones políticas sean consecuencia de la crisis económica y social que estamos viviendo, sino más bien me parece que son un reflejo de algo más profundo, que bien calificó Sánchez-Albornoz como crisis cultural. El populismo es una atajo fácil, que conduce a un precipicio sin puente: es claro que hay que pasar al otro lado, pero sin puente el atajo se convierte en una marcha a ningún sitio.
Por ejemplo, la cuestión de la corrupción que parece estar en lo más alto de las prioridades de los votantes españoles, no creo que sea problema de tal o cual partido político, sino algo más de fondo, una corrupción admitida socialmente que pone por delante el interés propio a la verdad de las cosas y, como consecuencia, al bien. Aunque el juicio social sea mucho más severo con un político que exige una comisión, que con un profesional que no factura, un contribuyente que defrauda o un estudiante que copia un examen, la actitud de fondo es la misma.
Me parece clave que recuperemos el sentido más profundo de la educación, único remedio para atajar estos males, al restaurar la integridad moral que como sociedad hemos perdido. Nuestro gran humanista del Renacimiento, Luis Vives, afirmaba que "la verdadera cultura sólo es la que conduce a la virtud como meta”. En resumen, educar no es sólo transmitir conocimientos, informar, sino principalmente transmitir valores, ideales, ganas de cambiar el mundo porque en primer lugar queremos cambiar nosotros.  “La finalidad de las letras es hacer al joven más sabio y, por lo tanto, mejor”,  decía el mismo Luis Vives, definiendo la Universidad, como "... una reunión y una conformidad de hombres sabios, y, al mismo tiempo, buenos, reunidos para convertir en hombres de tal índole a quienes acudieran allí para aprender”. En tiempos convulsos, tenemos que acudir a las raíces, reflexionar sobre cómo abordamos la tarea más importante que compete a una generación: pasar lo mejor de sí misma a las siguientes, enseñando sus logros, sus mejores valores. Recomiendo en este sentido el libro que reciente publica la Editorial Digital Reasons, que los profesores Obarrio Moreno y Masferrer, autores del trabajo, muy sabiamente titulan: La universidad. Lo que ha sido, lo que es y lo que debiera ser. Se trata de una magnífica reflexión sobre el sentido último de la educación universitaria, recorriendo sus raíces históricas, reflexionando sobre su posición actual y sus perspectivas futuras, en un ejercicio lúcido de crítica sobre el modelo mercantilista en el que quieren convertir nuestros aerópagos.

domingo, 7 de junio de 2015

Más de lo que estamos mirando

Estuve ayer con unos amigos visitando la exposición que el Museo del Prado dedica a Rogier van der Weyden, uno de los artistas más brillantes de la pintura europea. La exposición tenía pocas obras, pero algunas de las más relevantes. A veces se agradece que una exposición ayude a concentrarse en pocas pinturas, para que podamos dedicarles más atención y, sin duda, este artista flamenco merece mucha atención, al menos una pequeñísima parte de la que él dedicó a cada una de sus obras. Me entretuve especialmente en el descendimiento de la Cruz, que ya había tenido ocasión de disfrutar en otras visitas al Prado, en el tríptico sobre los siete sacramentos y en la crucifixión, recientemente restaurada. Cada detalle nos habla del mundo interior del artista, que nos indica algo mucho más profundo de lo que estamos mirando. No se trata de que pinte con maestría, de que cuide los detalles hasta la minuciosidad, característica del arte flamenco del s. XV, sino de que el artista nos está transmitiendo su mundo interior, quizás porque pone su alma en cada cuadro que elabora. Intuí que no es un artista que pinta de lo que le piden pintar, sino de lo que siente en su interior, de su trato personal con Dios. Acabo de comprobar algo que intuí al ver la exposición: van der Weyden estuvo en estrecho contacto con la devotio moderna, ese movimiento de renovación espiritual que se extendió por los Países Bajos entre los siglos XIV y XVI y que nos legó uno de los libros de espiritualidad más influyentes de la Teología espiritual: la imitación de Cristo. Así, puedo explicar esas lágrimas de Cristo en la Crucifixión, imperceptibles a la distancia en que podemos contemplarla, o en el rostro de Nicodemo en el descendimiento. Me parece que no es cuestión de que al artista le guste la minuciosidad, sino de que nos está contando su propia visión de la Pasión de Jesús. No solo es fruto de su maestría pictórica, sino más bien de su oración contemplativa: nos transmite lo que lleva dentro. Una obra así, contemplada con el detalle que merece, habla por sí sola, interroga, impele.
Eso ocurre de alguna manera en todo arte que valga realmente ese nombre: siempre una obra artística nos transmite mucho más de lo que estamos mirando. Por eso, al terminar de contemplar a van der Weyden y entrar a continuación en la exposición de Goya, me di cuenta de la intrascendencia en que ha caído buena parte del arte contemporáneo. Las obras allí expuestas de Goya se refieren a situaciones cotidianas: la caza, el sueño, las estaciones... me resultó informativa, pero no me sentí incitado a nada más que a admirar los colores, a recordar costumbres de siglos pasados. Obviamente otras obras de Goya nos hablan mucho más de sus conflictos interiores, de su forma de ver el mundo, pero las ahora expuestas muestran más un arte evanescente, que deleita pero no remueve.

domingo, 31 de mayo de 2015

Trinitarios

Como es bien sabido, hay tres convicciones teológicas que unen a todos los cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes, coptos, etc.): la aceptación del Bautismo como sacramento que inicia la vida cristiana, el reconocimiento de la divinidad de Jesucristo y el misterio de la Santísima Trinidad. Hoy celebramos este último. Quien tiene interés por el mundo universitario, reconocerá fácilmente a muchas instituciones académicas que reciben su nombre de este misterio: por ejemplo, el Trinity college de la Universidad de Cambridge, uno de los más prestigiosos. Hay otros en Dublin, en Oxford, en EE.UU., Australia o Canadá. En la cultura latina, no hemos tenido tanta devoción universitaria a la Santísima Trinidad, pero sí hay múltiples ciudades y personas que llevan ese título.
Junto al reconocimiento de la importancia de este dogma cristiana, nos viene a la cabeza pensar cuáles son sus implicaciones prácticas para nuestra vida. Imagino que para los sacerdotes no debe ser sencillo aunar en sus homilías de este día ambas cosas. Es el principio teológico del cristianismo (tres Personas, un solo Dios), pero apenas podemos decir nada que nos permita explicarlo (es el Misterio por excelencia). Ahora bien, si Dios ha querido revelarnos su misterio, es obvio que ha sido por nuestro propio beneficio, y por tanto que conocer y profundizar en las implicaciones de ese misterio enriquece nuestra experiencia religiosa. Me parece que no se trata de entender algo que nos sobrepasa, sino de reconocer cómo afecta a nuestras vidas que Dios sea Trinidad.
No es el caso, obviamente, hacer aquí un tratado teológico sobre la materia, sino de pensar en qué medida nuestro trato con Dios y con los demás está imbuido del convencimiento de que Dios, si podemos hablar así, también es una Familia, en donde Padre e Hijo están tan unidos por el Amor que forma una tercera Persona (el Espíritu Santo). Si Dios (Padre) es Verdad-Conocimiento (Hijo) y Amor (Espíritu Santo), en nuestra vida, conocimiento y amor deberían estar también muy dentro de nuestro trato con Dios. Los cristianos creemos en un solo Dios (no puede ser Dios más que Uno, o sería absurdo), pero Dios ha querido mostrarnos que también en El hay relación, que también las Personas en Dios lo son en tanto que se relacionan, que establecen un vínculo que fundamenta su unión. También ser persona humana es estar en relación, es ser de alguna manera familia, fundada en la verdad y en el amor. Uno solo es hijo porque tiene padres, sólo es padre-madre porque tiene hijos, sólo es hermano porque tiene hermanos: nada que tiene valor hondo está basado solo en nosotros mismos. En suma, podemos concluir que el egoísmo no conduce a valor alguno.

lunes, 25 de mayo de 2015

El manido recurso al progreso

Venía escuchando la radío el sábado mientras conducía de vuelta a casa y dieron la noticia sobre le referundum celebrado en Irlanda más o menos en los siguientes términos: "Irlanda, el país más católico de Europa, apuesta por el progreso frente a la influencia de la Iglesia católica". No voy a comentar ahora el resultado del referendum, ni la cuestión de fondo que se preguntaba, sino la apreciación del sesudo periodista que abría la noticia como si se tratara de un referendum sobre la influencia de la Iglesia católica, por un lado, y dando por supuesto que el resultado lleva consigo el progreso, y que eso es incompatible con la Iglesia, por otro.
El verbo progresar lleva consigo la idea de avance, de mejora. Progresa quien consigue algo valioso que antes no tenía. Que algo sea novedoso no quiere decir que sea progreso. En un momento (nefasto por cierto) de la Historia, también la victoria del partido nazi era algo novedoso, y desde luego casi nadie diría que fue progreso. Por otro lado, aunque un determinado hecho suponga un progreso para alguien, no necesariamente puede hablarse de progreso, ya que este concepto se aplica al conjunto de la sociedad, no a intereses particulares: también han progresado mucho los que metieron la mano en las arcas públicas, y casi todos estamos de acuerdo que eso no ha supuesto un progreso para nuestro país.
Digo esto como introducción a lo que estamos aquí juzgando: si la materia del referendum celebrado en Irlanda es realmente un progreso para la sociedad irlandesa y, por consiguiente, si la Iglesia se está oponiendo al progreso o, más bien, lo que hace es advirtir sobre los riesgos de un itinerario social que parece -a vistas superficiales- que no tiene más que ventajas. El tiempo nos lo dirá.
Lo que me parece muy injusto, y hasta ofensivo para quienes escuchamos una radio -y en este caso era la radio pública, que debería guardar neutralidad en estas cuestiones- es que el periodista asimile una institución a una actitud contraria al progreso, cuando se trata precisamente de la institución que más ha hecho en Occidente por traerlo: tanto en lo que se refiere a la ciencia y la cultura, como a la atención y los derechos de las personas. Con sombras, como tiene cualquier empresa formada por personas, la trayectoria histórica de la Iglesia es bastante honrosa, habiendo evitado muchos desastres sociales y fomentado valores que hoy mismo sirven, también a quienes más la critican, para defender sus ideas. Basta ponerse en otros contextos culturales: musulmán, hinduista, budista, sintoista... y ver qué ha pasado en esos entornos con la consideración de la mujer, de las clases más humildes, de los sin tierra...

domingo, 10 de mayo de 2015

No tomarás el nombre de Dios en vano

Estaba hace unos días comiendo en un restaurante donde tenían puesto el telediario, solo imágenes pues el sonido ambiente era musical. Me impactó tremendamente las escenas de una de las noticias, que subtitulaban: "Mujer es linchada en Afganistán, acusada de quemar un Corán". Aparecían imágenes de varios hombres golpeando salvajemente a una persona, que apenas se distinguía en el vídeo. Parece ser que luego fue quemada. Tres días más tarde, las primeras investigaciones apuntan a que era inocente. Me parece que esa no es la cuestión. El hecho objetivo es que hay unos fieles de una determinada religión que consideran una muestra de piedad religiosa matar bestialmente a una persona, criatura de Dios, creada a su imagen y semejanza. Además del salvaje asesinato de una mujer, me repugna enormemente que pueda alguien pensar que eso pueda agradar a Dios: no es sólo un crimen, también es una blasfemia. Dios mismo hecho hombre, Jesús, fue condenado a morir crucificado por un supuesto delito religioso: ¿hay algo más contradictorio que Dios-hombre muera en una cruz porque algunos pensaban que estaban defendiendo el honor de Dios?, ¿no fue suficiente con la muerte de Jesús para que todos los hombres hayamos aprendido la lección? ¿Quién puede arrogarse la representación de Dios? ¿Quién se considera amparado por Su autoridad para matar a una de sus criaturas, y encima ¡en su nombre!? ¿No sería más sencillo ver lo que ha dicho Dios, lo que ha hecho cuando estuvo entre nosotros como Hombre?
- ¿Qué ha dicho? -¡"No tomarás el nombre de Dios en vano! -¡No matarás!"
- ¿Qué ha hecho? -"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"
¡Que nadie más ofenda el nombre de Dios usando la violencia! Una violencia que El nunca usó en su vida terrena. Dios es infinitamente poderoso para aplastar cualquier ofensa; no es necesario que nosotros lo hagamos por El. Si no lo hace tal vez sea porque también es infinitamente bueno, misericordioso, "lento a la ira y rico en clemencia", como nos dice la Sagrada Escritura. Estoy seguro que habrá recogido con sumo amor a esa hija suya, a la que otros hijos suyos apalearon y quemaron... en su nombre. Nunca más hacer lo que Dios no hace, lo que Dios no quiere, en nombre de Dios. ¡Nunca más!

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Estudiar hace a la gente mejores?

Hace unos días volví a ver "Mejor imposible", una película que siempre da que pensar. Para los que no la hayan visto, muestra las relaciones entre un trio de personajes muy contrastados: un maniático escritor, una sencilla camarera, madre de un niño asmático, y un artista homosexual, vecino del primero. En un momento culminante de la película, el escritor, enamorado secretamente de la camarera, parece que va a declararse pero su permanente excentricidad le lleva a agraviar a la mujer. Ella le pide un cumplido para arreglar la metedura de pata, algo que demuestre realmente que la quiere. El le cuenta su aversión a las pastillas, y las dificultades que tiene para tomar las que le receta el siquiatra, indicando que el día que estuvo con ella, se las tomó al dia siguiente. La camarera queda perpleja ante la frase y se pregunta dónde está el cumplido. Le responde el escritor, que eso indica que cuando está cerca de ella quiere ser mejor. Me parece una magnífica alegoría del verdadero amor. Cuando quieres a alguien de verdad, quieres dar a esa persona lo mejor de ti mismo.
Tengo la enorme suerte de dedicarme a la profesión que más me gusta: la educación. Hay muchos aspectos que hacen este trabajo particularmente atrayente, pero para mi sin duda el más importante es que tienes la capacidad de estimular a tus alumnos a que sean mejores. Decía Platón que educar es extraer de una persona toda la belleza y la perfección de que son capaces. Todo ser humano tiene belleza y perfección, no todos los educadores las van a descubrir y muy pocos las van a extraer, pero no es otra, a mi modo de ver, la meta de educar. Dar conocimientos ya es muy valioso, informar sobre lo que otros sabios han descubierto y pasar esa experiencia a las generaciones futuras es maravilloso, pero todavía me resulta de corto alcance. Con el auge de las nuevas tecnologías, la información es cada vez más accesible, las máquinas van a superar nuestra capacidad de informar, pero no creo que consigan nunca educar. La educación requiere, como decía nuestro gran humanista Luis Vives, “enseñar, persuadir y conmover”. Una máquina puede ofrecer datos, pero difícilmente podrá persuadir y conmover, generar esa empatía que está en el inicio del amor entre las personas.
Recuerdo una frase que repetía con frecuencia el Dr. Casas Torres, con quien tuve el privilegio de realizar mi tesis doctoral: "tienes que querer a los chicos". Solo educa quien genera afecto, solo tiene verdadera influencia en nosotros a quien percibimos como cercano, interesado sinceramente en nuestro bien. Los padres educan, los verdaderos maestros -en cualquier nivel docente- educan, porque quieren hacer a sus alumnos mejores, porque son conscientes que no basta con transmitir su bagaje de conocimientos, sino más bien transmitirles un poco de su propia intimidad, de su experiencia vital. "Todos los hombres, por naturaleza, tienen el deseo de saber", decía Aristoteles,  pero más aún todos tienen la necesidad de referentes morales, de modelos en los que reflejarse, que les sirvan de estímulo para crecer interiormente, para querer siempre ser mejores.

domingo, 26 de abril de 2015

Tecnología de escala humana

Hace varios años, uno de los científicos que descubrió los procesos que deterioran la capa de ozono, Paul Crutzen, posteriormente galardonado con el premio Nobel de la paz, propuso introducir un nuevo periodo geológico, que denominó Antropoceno, por estar caracterizado por la presencia generalizada de la actividad humana, que afecta ya a una variada gama de procesos climáticos, geológicos, biogeográficos o edáficos, hasta el punto que ya difícilmente puede hablarse de paisajes que no tengan, de una u otra forma, la impronta humana.
Paralelamente, otros científicos sociales, comienzan hace menos años a hablar de una nueva era histórica, en la que buena parte de los procesos de mayor calado están asociados al uso y el influjo de la tecnología. No estoy seguro que así sea, pero me parece indudable que el impacto de la tecnología es mucho más hondo que el uso o maluso de unos determinados aparatos. La información se mueve con una rapidez y extensión nunca vista en la Historia, los sucesos se aceleran, el conocimiento difícilmente se reposa, nuestros modos de aprender y de enseñar cambian tan rápidamente que apenas somos conscientes de su influjo.
Si la acción humana tiene una escala temporal absolutamente desproporcionada respecto a cualquier proceso natural (baste con pensar que estamos consumiendo en apenas tres siglos, los combustibles que tardaron más de 300 millones de años en formarse), la tecnología acelera todavía más nuestro cronómetro vital. Sigo sorprendiéndome a mí mismo cuando pienso que una máquina de apenas tres años de vida es algo "obsoleto", que ya no se fabrica, y -por tanto- de lo que no hay piezas de repuesto. La "cultura del descarte", que comienza aplicándose a la tecnología -singularmente a los móviles o los ordenadores- ahora se extiende también a otras máquinas y, lo que es mucho más grave, a las personas. Se habla de personas que están "desactualizadas", que ya no encuentran sitio en el "mercado de trabajo" porque no conocen las herramientas que rigen los procesos. Así las cosas, hemos pasado del necesario interés por "estar al día", por conocer el mundo que nos rodea, al necesario "reciclaje profesional", imagen de un objeto que cambia de uso y de esencia (una botella de vidrio pasa a ser un vaso o un recubrimiento para el aire acondicionado). El ritmo de la tecnología se marca por los gigantes de las TIC (cuatro de las diez empresas más grandes del mundo pertenecen a las tecnologías de la información: Apple, Google, Facebook, Microsoft), que nos convencen todos los días de que necesitamos subirnos a una máquina que va mucho más rápido que nosotros mismos, que nos acaba produciendo desasosiego: la máquina pasa de ser herramienta, medio, a protagonista, fin. Se adaptan los procesos al aparato en lugar del aparato a los procesos; muchas veces no nos simplifica la vida, nos la complica.
No soy tecnófobo, trabajo habitualmente con ordenadores, uso un móvil, estoy escribiendo en un medio digital, pero tampoco soy tecnólatra, sigo pensando que las máquinas están para ayudarnos, no para dedicarles nuestra vida. En la medida en que es una herramienta, estupendo; en la medida en que nos centra una atención que sólo los demás merecen, se precisa mayor capacidad de autocontrol. Sin un sano espíritu crítico, estamos alimentando una generación de niños y niñas tecnodependientes, que no leen ni piensan: sólo ven y escuchan; que no interactúan con quienes tienen al lado, sino con quienes están escondidos tras una pantalla.

domingo, 19 de abril de 2015

Indigenismo y Evangelización

En el próximo mes de septiembre será canonizado fray Junípero Serra, el evangelizador de las costas californianas, promotor de buena parte de las misiones que han dado a la postre origen a las principales ciudades del Estado: San Diego, Los Angeles, Santa Barbara, S. Luis Obispo, S. Francisco...Fray Junípero es el único español que ocupa una estatua en el Capitolio, y es sin duda uno de los personajes claves para entender la cultura de la costa occidental de EE.UU.
Se han levantado algunas voces criticas con la canonización entre los descendientes de los indígenas norteamericanos, retomando una vieja polémica sobre el papel de los religiosos que evangelizaron esas tierras (y por extensión cualquiera de las colonias españolas) en la pérdida cultural y demográfica de las poblaciones nativas.
Como en tantos otros episodios históricos no tiene sentido juzgar los hechos pasados con la mentalidad contemporánea, sino más bien intentar entenderlos con los valores vigentes en cada periodo. Una manera de hacerlo es comparar lo que ocurrió con los indígenas en las colonias españolas frente a las que mantuvieron otras potencias europeas del momento, como Inglaterra o Portugal. Si comparamos la pérdida de población (fruto de las enfermedades, pero también de las guerras) en la América española con la anglosajona, si comparamos la  pervivencia de las culturas indígenas en ambos ámbitos, lo que sabemos sobre la lengua, las costumbres y la religión de los pobladores al norte y el sur del río Grande, el saldo a nuestro favor, si podemos emplear este término es abrumadoramente positivo. No vamos a negar las injusticias que se cometieron, los abusos a las propias leyes del momento, las matanzas en las guerras de conquista, pero tampoco podemos negar la inmensa labor de protección de los indios que realizó la Iglesia española, su papel intelectual en la constitucion del primer derecho internacional, su tarea de preservar las culturas locales. Desde el inicio se pretendió transmitir la fe en las lenguas locales, que conocemos en buena parte gracias a los primeros catecismos, mostrando el respeto por las tradiciones culturales. Hoy esto nos puede parecer muy poco, pero comparando con lo que ocurrió en otras conquistas de antes y después del s. XVI veremos que es realmente excepcional.
Estos temas se tratan en extenso el libro Indigenismo y Evangelización que hemos publicado en la editorial Digital Reasons. Escrito por los historiadores María Saavedra y Javier Amate, especialistas en el tema, revisa los antecentes de la conquista y colonización de América, la organización territorial y las diversas fases de la tarea evangelizadora, a la que se prestaron con singular entusiasmo tanto los sacerdotes seculares como las órdenes religiosas. Destacan tambien su papel en la fundación del sistema edudativo y sanitario de América, su preocupación por mantener los decretos reales de protección de la libertad de los nativos, por evitar los abusos de los colonos. Un libro de lectura imprescindible para quien quiera ir más allá de los tópicos sobre este tema.

domingo, 12 de abril de 2015

Dios no se cansa nunca de perdonar

Hace algunos meses, me decían unos amigos -actualmente viven en Roma-, que tienen costumbre de ir los domingos con sus niños, todavía pequeños, al Angelus con el Papa Francisco. Ellos asumen que los niños se enteran más bien poco de lo que dice el Papa, al juzgar por los juegos que simultanean con su alocución. Una de esas visitas a la plaza de San Pedro coincidió con una comida en la que los niños estaban especialmente cargantes, así que recibieron de su madre -quien me contaba esta historia- una reprimenda y un pequeño castigo (creo recordar que consistía en no ver la tele ese día). La cosa fue aceptada a regañadientes por los niños, que pocas horas más tarde, consideraron que la penitencia estaba hecha y pidieron la exención de la "condena". La madre, que intentaba mantener la coherencia de la decisión, dijo que no correspondía todavía. El niño mayor la contestó: "pero Dios no se cansa nunca de perdonar", justo las palabras que había pronunciado el Papa Francisco en la mañana. La madre, desarmada por el razonamiento, condonó la deuda, dándose además cuenta de que sus hijos captaban mucho más las ideas del Papa de lo que ella pensaba.
Estamos hoy en el domingo de la misericoria, que quiso instaurar San Juan Pablo II para que nos quedara todavía más clara esta idea, que ha repetido en muchas ocasiones el Papa actual. Es tan cercano a la misericordia, que ha decidido instaurar un año jubilar con este propósito. Dios es infinitamente Justo, sin duda, pero también, y sobre todo, es Amor. Ese es el primer atributo del Dios en que creeemos los cristianos, y el Amor, como bien decía San Pablo: "es paciente, es benigna (...) todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera" (1 Corintios, 13,1-7). De esa paciencia de Dios surge su infinita capacidad de perdonarnos: basta que seamos conscientes del error y mostremos un sincero arrepentimiento. Esta es la raíz también del sacramento de la Confesión, un verdadero tesoro que la Iglesia católica y las ortodoxas mantienen siguien la tradición apostólica. Recuperar el valor de este sacramento me parece una tarea de singular importancia: saber que Dios siempre está dispuesto a acogernos, confirmarlo a través de las palabras de quien en ese momento le representa (el sacerdote actúa en persona de Jesucristo al perdonar: ¿quién puede hacerlo sino Dios?). Por largo que sea el tiempo que hayamos prescindido de este sacramento, siempre es momento de recuperarlo, de sentir -hasta físicamente- el abrazo de un Dios que nos da la bienvenida al hogar. "Dios es paciente con nosotros porque nos ama -decía hace nos meses el Papa Francisco en una homilia-, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos".

domingo, 5 de abril de 2015

La lógica de la alegría

Celebramos los cristianos una vez la Pascua de Resurrección, la fiesta más importante del calendario litúrgico. Tras la consideración de la Pasión y Muerte de Jesús, cuando dio verdadero cumplimiento a su promesa de dar la vida por sus amigos, nos alegramos ahora en su "vuelta a la vida", que es primicia de nuestra propia resurrección al final de los tiempos. La alegría cristiana tiene sus raíces en la consideración de que Dios da un sentido último a todo, de que no es el final el dolor, el aparente sin sentido, que el sufrimiento del inocente también tiene un significado último. Dios a veces hace cosas que consideramos inverosímiles, quizá poco lógicas, pero El ciertamente ve las cosas de otra manera. Lo que parecía un fracaso, se convierte en un triunfo. De la Cruz salió una victoria; un símbolo de nuestra Fe. La Cruz no era ciertamente el final, sino el principio, y así lo deberíamos ver siempre quienes queramos llevarla en nuestra vida. Jesús necesitó la Cruz para conseguir la Resurrección, el Dolor para conquistar la Alegría. Ahora nos ofrece su alegría para que la tengamos presente en cualquiera de nuestros dolores, para que afrontemos las contrariedades sabiendo que ya han sido redimidas.
Este es el fruto de la Pascua, una alegría de fondo que está por encima de cualquer altibajo, porque se asienta en El y no en nosotros, porque no depende de lo que obtengamos fuera, sino de lo que llevamos dentro.
Y con la alegría interior, la exterior, la que se ofrece a los demás, para llenarles también de esperanza, para mostrarles con nuestra sonrisa amable el rostro de Jesús:"La alegría es el signo infalible de la presencia de Dios", afirmó Leon Bloy. Y esa misma alegría es el principal argumento para convencer a otros, como nos exhortó hace unos meses el Papa Francisco: "una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie" (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 2013, n. 266).

lunes, 30 de marzo de 2015

La lógica del sacrificio

Comenzamos ayer la Semana Santa, el periodo más importante del año cristiano. Contemplamos los momentos cumbres de la vida de Jesús, su despedida en el Cenáculo, su dolor en Getsemaní, finalmente su alegría en el sepulcro vacío. Parece razonable estos días reflexionar sobre el sentido de la Pasón, del dolor de Jesús, porque ilumina también el dolor de cualquier ser humano.
Tenemos tan arraigada la relación entre felicidad y cumplimiento de nuestra apetencia, que resulta casi absurdo plantear el dolor como alegría. No estoy hablando, lógicamente, que uno disfrute causándose o experimentando dolor; eso sería propio de una mentalidad enferma. Me refiero a que si uno acepta el sentido último de las cosas que nos contrarían, también en la contrariedad, podemos encontrar motivos de gozo interior. Lo que aparentemente no tiene valor, lo alcanza cuando vemos las cosas de otra forma. La renuncia es compañera imprescindible para conseguir una carrera profesional meritoria (horas de estudio, de preparación, realizadas con renuncia de otras cosas más placenteras), o una salud aceptable (evitar ciertos dulces, realizar algo más de ejercicio), o simplemente unas amistades sólidas (la amistad requiere dedicar tiempo y hacer favores a los demás). Todas esas veces que nos negamos algún placer inminente se compensan por el bien que vamos a conseguir como consecuencia de ese sacrificio, a medio o largo plazo. Ése es el fondo de la expresión vale la pena, que empleamos con tanta frecuencia, y que viene a significar “el valor de lo que obtengo me compensa el esfuerzo de obtenerlo”. Aceptar cualquier placer evidente, sin preguntarnos si nos conduce a una meta más elevada en nuestra vida, es dejarse llevar por los instintos y aplicar poco la inteligencia a nuestra actuación cotidiana.
Aceptar la contrariedad por un bien mayor es también la base para recibir con alegría el sacrificio que nos resulta injusto o absurdo: una enfermedad especialmente dolorosa, la muerte repentina de un ser querido, las situaciones de injusticia social, etc. A muchos el dolor les aparta de Dios, a otros precisamente les ayuda a encontrarlo, porque a veces el dolor, como decía C.S. Lewis, es el altavoz que utiliza Dios para hacernos sentir que estamos vivos. Estos días contemplamos especialmente ese proceder de Dios, que no sigue nuestros métodos, como decía Benedicto XVI: "No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios."
Los cristianos no podemos perder de vista que la lógica total no se alcanza en esta tierra. Somos seres trascendentes y sólo en la trascendencia de la vida eterna podrá alcanzarse la visión completa de las cosas. Hay injusticias, aparentes o reales, que nunca entenderemos en este mundo; pero pueden analizarse desde otra óptica cuando consideramos que el círculo no se cierra aquí, que hay una proyección eterna de nuestros actos que les dará su medida definitiva. La cruz de Jesucristo es la explicación última del dolor para un cristiano. En cierta medida podemos decir que no tenemos derecho a desesperarnos en esas circunstancias, porque Jesucristo sigue caminando junto a nosotros.

domingo, 22 de marzo de 2015

Ecología humana

Hace unos días participé en una mesa redonda sobre ética y ecología profunda, en el marco del congreso de la asociación española de educación ambiental. Mis compañeros de mesa intentaron mostrar cómo la educación más auténtica debería tender a cambiar las actitudes y los valores de quienes nos escuchan, haciéndolos más cercanos al Bien, a la Virtud. Esto sirve para cualquier contenido educativo, que no debería sólo informar -dar conocimientos- sino servir de reflexión-conversión personal. En el terreno de la educación ambiental, me parece que esto es especialmente cierto. Si los valores que transmitimos se limitan a que los estudiantes tiren los residuos a distintos contenedores o reduzcan su consumo de agua, estamos -a mi modo de ver- limitando mucho los horizontes de una educación ambiental, que debería más bien orientarse a cambiar la actitud de nuestros alumnos y alumnas hacia el ambiente. Esto requiere llegar a las emociones, pues el ser humano no sólo es razonamiento, también es pasión, corazón, empatía. Si se consigue conectar con ese nivel vital, nuestros estudiantes cambiarán como consecuencia sus formas de vida, tendrán una relación más respetuosa -incluso amorosa- con el medio y encontrarán formas concretas de custodiarlo de una manera más eficaz.

El segundo aspecto relevante en la educación ambiental es reflexionar por qué necesitamos hacer esa conversión y qué marco ético tiene. Para empezar a hablar, necesitamos aclarar qué es exactamente la naturaleza y qué razones de fondo nos llevan a conservarla. Si la naturaleza es todo aquello donde no viven personas, el ser humano debería apartarse del medio como primera medida conservacionista. Si, por el contrario, asumimos que el hombre también es parte del ambiente, su papel es mucho más integracionista. Si asumimos que la Naturaleza es lo que las cosas son -como han sido "diseñadas"-, cualquier alteración injustificada del medio será de principio rechazable. Pero eso aplica no sólo a la Naturaleza externa, sino también a la nuestra, a la humana. En este sentido, me parece clave fomentar los vínculos entre ecoética y bioética, pues a mi modo de ver son parte de lo mismo: de un respeto profundo hacia cómo las cosas son, hacia la ley natural en pocas palabras. En consecuencia, si debe extremarse la precaución para evitar los impactos negativos de manipulaciones genéticas en los alimentos que comemos, también debería hacerse -y con más razón si cabe- para evitar alternaciones de la genética humana: no veo mucho sentido a oponerse al maíz transgénico y admitir a la vez la manipulación de embriones humanos.
Cualquier modificación de la naturaleza acaba teniendo consecuencias, en la erosión del suelo, en la contaminación del agua o del aire, pero también en la ecología humana. Como bien decía uno de los ponentes de la mesa redonda a la que me refería al inicio, el uso masivo de la pildora anticonceptiva tiene efectos perniciosos sobre nuestra fisiología y sobre el ambiente: la diseminación indiscriminada de residuos de estos medicamentos, que no son filtrados por los procedimientos habituales de tratamiento del agua está afectando a muchas especies, además de a la nuestra, con un impacto mucho mayor del habitual de cáncer de útero y otras disfunciones ligadas a ese tratamiento hormonal. No es sólo una cuestión moral, también ambiental, aunque ambas cuestiones -en el fondo- están íntimamente ligadas.

miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Son todas las religiones iguales?

Escuchaba ayer en la radio los comentarios de un profesor universitario sobre la destrucción del patrimonio cultural que está realizando el EI en Siria e Irak. Con buen criterio comentaba que se trata de una más, y no la mayor, de las atrocidades que este grupo de bárbaros está perpetrando en las las zonas que controlan. También indicaba que la eliminación de quien disiente y de sus símbolos es una característica de quien tiene un concepto absolutista de su religión, considerando sus creencias como verdad suprema.
No tengo duda que a cualquier persona verdaderamente religiosa le repugna que alguien pueda usar el nombre de Dios para matar y destruir. Si proclamamos que Dios ha creado el mundo y todas las maravillas que contiene, incluido al ser humano, que alguien piense que a Dios agrada que se mate a sus criaturas, que se destruya su creación, me parece una aberración de singular arrogancia. Ante hechos repugnantes que se escudan en el nombre de Dios, la respuesta tópica podría ser -como de alguna manera manifestaba el profesor de la entrevista radiofónica- que es Dios, o la religión, el responsable, relatándose a renglón seguido otras barbáridades que se han cometido en la misma línea a lo largo de la Historia. De la experiencia actual se pasa a lo ocurrido hace muchos siglos, casi siempre sin reparar en las diferencias o incluso en lo que realmente ocurrió. La brevedad requerida a este texto no me permite dar argumentos históricos más sólidos para responder a esa abusiva generalización. En cualquier caso, no me parece que la violencia religiosa sea un problema de las religiones, sino del uso fraudulento de la religión, de una visión fundamentalista que pretende hacer una supuesta voluntad de Dios, aunque tenga muy poco que ver con lo que Dios realmente quiere. Por otro lado, igualar todas las religiones, como si todas sean parte de esas mismas desviaciones me parece una generalización abusiva. Acabo recomendando, en este sentido, el reciente libro del profesor Manuel Guerra (¿Por qué hay tantas religiones?), que analiza las razones últimas sobre la existencia de distintas religiones y algunos criterios para juzgarlas.

domingo, 1 de marzo de 2015

Acercándonos al Misterio

Decía Behn Johnson, un poeta y dramaturgo inglés del s. XVIII, "Qué cerca del bien está lo bello". Podemos poner con mayúsculas ambos sustantivos, para apreciar porqué las personas de Fe han apreciado el Arte. En cualquier religión, en cualquier cultura y periodo de la Historia, quien quiere mostrar lo Sagrado, lo que se escapa a nuestra percepción cotidiana, recurre a la excelsitud de una obra de arte: pintura, escultura, arquitectura, música, literatura han servido para manifestar un sentimiento y una convicción: que anhelamos el Misterio pero no somos capaces de manifestarlo. Solo quien es capaz de extraer lo mejor del espíritu humano es capaz de aproximarse a la Belleza y al Bien que es Dios se dan por excelencia. Entrar en Notre-Dame de Paris, contemplar la capilla Sixtina, escuchar la Pasión de Bach son experiencias que amplían nuestros horizontes materiales, nos aportan una dimensión que intuimos necesaria pero nos cuesta mucho captar. Por eso es tan necesaria la contemplación en cualquier tradición religiosa: el silencio es aliado de Dios, el ruido es compañero de la vanalidad.
El arte verdadero nos acerca a Dios porque saca lo mejor de nosotros mismos, nuestra mejor sensibilidad, nuestra contemplación más sublime. Alimenta nuestra imaginación más noble, la que permite imaginarnos mejores. Por eso me parece tan relevante que el arte cristiano recupere su riquísima tradición y, sin renunciar a ella, permita expresarse en términos contemporáneos. Parece que nos hemos quedado anclados en otros periodos, pues nuestras imágenes, edificios y esculturas más excelsas tienen ya siglos de vida. No es un problema, a mi modo de ver, de que la Iglesia ya no tenga recursos para ser el principal mecenas, sino más bien que los mejores artistas están lejos de la Fe. Se puede hacer un magnífico arte cristiano contemporáneo cuando hay magníficos artistas cristianos contemporáneos, como resulta evidente en el genial Gaudí. Acercarnos al Misterio a través de la Belleza, un anhelo que todo ser humano siente en el fondo de su alma, me parece que es una tarea prioritaria en la nueva Evangelización a la que nos invita el Papa Francisco. Acabo con unas palabras de Marie-Alain Couturier (1897-1954) un religioso dominico, gran impulsor del diálogo del arte contemporáneo con el cristianismo: “Esto que atrae nuestro amor en la hermosura de las criaturas o en nosotros mismos corresponde -en nuestros seres y en el propio corazón nuestro- a un Amor primero: amamos a seres que son bellos porque han sido amados; y a los vestigios de aquel primigenio amor, cuando les amamos, nuestro corazón se acoge. Aquella voz misteriosa de la belleza que incita a nuestro corazón, es eco de otra voz y de otro corazón" (citado en Fernández de Moya, 2013).

domingo, 22 de febrero de 2015

Conocerse no es tan sencillo

Hace unos meses me invitaron a un programa de radio para hablar de un libro que había publicado por esas fechas. Al escucharme unos días más tarde, cuando colgaron la grabación en la web de la emisora, comprobé con asombro la cantidad de incorrecciones verbales que había cometido. No es que me considere un locutor profesional, pero mi experiencia docente bien merecía una mejor dicción. En fin, allí estaba yo hablando con mucha menos brillantez de la que había pensado inicialmente. Curiosamente, entre esos fallos estaba el uso de una expresión que me pone especialmente nervioso cuando la oigo a los demás: en definitiva, estaba comprobando que los defectos que achaco a otros, en realidad son más bien míos.
La experiencia no es que sea original; los seres humanos somos proclives a proyectar nuestros defectos sobre nuestro entorno, atribuyendo a los demás lo que corresponde a nuestras propias limitaciones. El adagio clásico: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, condensa en pocas palabras lo que estoy tratando de decir. Tenemos una tendencia casi natural a autoengañarnos, bien sea desenfocando los defectos ajenos, bien pasando por alto los nuestros o incluso considerándolos como virtudes.
El “conócete a ti mismo”, que figuraba en el atrio del templo de Apolo en Delfos, sigue estando, pues, en plena vigencia. Es muy difícil conocernos lo suficiente para saber cabalmente cuáles son nuestros talentos y cuáles nuestras carencias. Es difícil pero sin duda es el camino de la sabiduría, ya que ser conscientes de los defectos propios es condición imprescindible para superarlos. El esfuerzo por superar nuestras limitaciones es parte de la aspiración de cualquier ser humano por ser mejor. Para un cristiano, la lucha interior contra los vicios propios es parte clave de nuestra vida. Esa lucha se apoya en la gracia de Dios, no es fruto únicamente de nuestras fuerzas, que tantas veces se quedarán muy cortas. Mejorar nuestro carácter nos hará más felices, nos dará más paz, porque seremos también más agradables a los demás y será más fácil que seamos amados.
Otra ventaja que conlleva el conocimiento cabal de nosotros mismos es la adecuación entre las metas que nos proponemos y las condiciones de partida. Resulta una fuente común de insatisfacciones vitales plantearse objetivos irrealistas, que están completamente al margen de nuestras posibilidades, puesto que al poner la meta en algo que nos supera tendremos una sensación frecuente de incompetencia, que puede desembocar fácilmente en el hastío. En el extremo contrario, cuando las metas son demasiado sencillas, muy cercanas a nuestro punto de partida, estamos perdiendo fortaleza y afán de superación, nos estamos raquitizando, si se permite usar esa expresión. El equilibrio entre dónde queremos llegar y dónde podemos llegar es clave en la vida de las personas, y para eso es importante conocer bien nuestras virtudes y nuestras limitaciones.
En esta tarea nos ayuda extraordinariamente la virtud de la humildad, que podemos definir, siguiendo a Santa Teresa de Jesús, como “andar en verdad”. No se trata de autoflagelarse mentalmente, atribuyéndonos toda clase de vicios, sean o no ciertos, ni por supuesto lo contrario. La humildad consiste en reconocer ante Dios las maravillas que nos ha dado, los talentos que hemos recibido de su gracia, y pedirle perdón por las cosas en las que todavía estamos lejos de agradarle. En pocas palabras, reconocer nuestras virtudes como regalos de Dios venidos de su omnipotencia y nuestros defectos como sujetos a su misericordia. La humildad verdadera no es sinónimo de pobreza material (la conocida expresión “venía de una familia humilde”), ni de espíritu servil (“realiza trabajos humildes”), sino que es una virtud que supone mejorar nuestro conocimiento propio, haciéndonos gratos a Dios y a los demás.