lunes, 30 de marzo de 2015

La lógica del sacrificio

Comenzamos ayer la Semana Santa, el periodo más importante del año cristiano. Contemplamos los momentos cumbres de la vida de Jesús, su despedida en el Cenáculo, su dolor en Getsemaní, finalmente su alegría en el sepulcro vacío. Parece razonable estos días reflexionar sobre el sentido de la Pasón, del dolor de Jesús, porque ilumina también el dolor de cualquier ser humano.
Tenemos tan arraigada la relación entre felicidad y cumplimiento de nuestra apetencia, que resulta casi absurdo plantear el dolor como alegría. No estoy hablando, lógicamente, que uno disfrute causándose o experimentando dolor; eso sería propio de una mentalidad enferma. Me refiero a que si uno acepta el sentido último de las cosas que nos contrarían, también en la contrariedad, podemos encontrar motivos de gozo interior. Lo que aparentemente no tiene valor, lo alcanza cuando vemos las cosas de otra forma. La renuncia es compañera imprescindible para conseguir una carrera profesional meritoria (horas de estudio, de preparación, realizadas con renuncia de otras cosas más placenteras), o una salud aceptable (evitar ciertos dulces, realizar algo más de ejercicio), o simplemente unas amistades sólidas (la amistad requiere dedicar tiempo y hacer favores a los demás). Todas esas veces que nos negamos algún placer inminente se compensan por el bien que vamos a conseguir como consecuencia de ese sacrificio, a medio o largo plazo. Ése es el fondo de la expresión vale la pena, que empleamos con tanta frecuencia, y que viene a significar “el valor de lo que obtengo me compensa el esfuerzo de obtenerlo”. Aceptar cualquier placer evidente, sin preguntarnos si nos conduce a una meta más elevada en nuestra vida, es dejarse llevar por los instintos y aplicar poco la inteligencia a nuestra actuación cotidiana.
Aceptar la contrariedad por un bien mayor es también la base para recibir con alegría el sacrificio que nos resulta injusto o absurdo: una enfermedad especialmente dolorosa, la muerte repentina de un ser querido, las situaciones de injusticia social, etc. A muchos el dolor les aparta de Dios, a otros precisamente les ayuda a encontrarlo, porque a veces el dolor, como decía C.S. Lewis, es el altavoz que utiliza Dios para hacernos sentir que estamos vivos. Estos días contemplamos especialmente ese proceder de Dios, que no sigue nuestros métodos, como decía Benedicto XVI: "No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios."
Los cristianos no podemos perder de vista que la lógica total no se alcanza en esta tierra. Somos seres trascendentes y sólo en la trascendencia de la vida eterna podrá alcanzarse la visión completa de las cosas. Hay injusticias, aparentes o reales, que nunca entenderemos en este mundo; pero pueden analizarse desde otra óptica cuando consideramos que el círculo no se cierra aquí, que hay una proyección eterna de nuestros actos que les dará su medida definitiva. La cruz de Jesucristo es la explicación última del dolor para un cristiano. En cierta medida podemos decir que no tenemos derecho a desesperarnos en esas circunstancias, porque Jesucristo sigue caminando junto a nosotros.

domingo, 22 de marzo de 2015

Ecología humana

Hace unos días participé en una mesa redonda sobre ética y ecología profunda, en el marco del congreso de la asociación española de educación ambiental. Mis compañeros de mesa intentaron mostrar cómo la educación más auténtica debería tender a cambiar las actitudes y los valores de quienes nos escuchan, haciéndolos más cercanos al Bien, a la Virtud. Esto sirve para cualquier contenido educativo, que no debería sólo informar -dar conocimientos- sino servir de reflexión-conversión personal. En el terreno de la educación ambiental, me parece que esto es especialmente cierto. Si los valores que transmitimos se limitan a que los estudiantes tiren los residuos a distintos contenedores o reduzcan su consumo de agua, estamos -a mi modo de ver- limitando mucho los horizontes de una educación ambiental, que debería más bien orientarse a cambiar la actitud de nuestros alumnos y alumnas hacia el ambiente. Esto requiere llegar a las emociones, pues el ser humano no sólo es razonamiento, también es pasión, corazón, empatía. Si se consigue conectar con ese nivel vital, nuestros estudiantes cambiarán como consecuencia sus formas de vida, tendrán una relación más respetuosa -incluso amorosa- con el medio y encontrarán formas concretas de custodiarlo de una manera más eficaz.

El segundo aspecto relevante en la educación ambiental es reflexionar por qué necesitamos hacer esa conversión y qué marco ético tiene. Para empezar a hablar, necesitamos aclarar qué es exactamente la naturaleza y qué razones de fondo nos llevan a conservarla. Si la naturaleza es todo aquello donde no viven personas, el ser humano debería apartarse del medio como primera medida conservacionista. Si, por el contrario, asumimos que el hombre también es parte del ambiente, su papel es mucho más integracionista. Si asumimos que la Naturaleza es lo que las cosas son -como han sido "diseñadas"-, cualquier alteración injustificada del medio será de principio rechazable. Pero eso aplica no sólo a la Naturaleza externa, sino también a la nuestra, a la humana. En este sentido, me parece clave fomentar los vínculos entre ecoética y bioética, pues a mi modo de ver son parte de lo mismo: de un respeto profundo hacia cómo las cosas son, hacia la ley natural en pocas palabras. En consecuencia, si debe extremarse la precaución para evitar los impactos negativos de manipulaciones genéticas en los alimentos que comemos, también debería hacerse -y con más razón si cabe- para evitar alternaciones de la genética humana: no veo mucho sentido a oponerse al maíz transgénico y admitir a la vez la manipulación de embriones humanos.
Cualquier modificación de la naturaleza acaba teniendo consecuencias, en la erosión del suelo, en la contaminación del agua o del aire, pero también en la ecología humana. Como bien decía uno de los ponentes de la mesa redonda a la que me refería al inicio, el uso masivo de la pildora anticonceptiva tiene efectos perniciosos sobre nuestra fisiología y sobre el ambiente: la diseminación indiscriminada de residuos de estos medicamentos, que no son filtrados por los procedimientos habituales de tratamiento del agua está afectando a muchas especies, además de a la nuestra, con un impacto mucho mayor del habitual de cáncer de útero y otras disfunciones ligadas a ese tratamiento hormonal. No es sólo una cuestión moral, también ambiental, aunque ambas cuestiones -en el fondo- están íntimamente ligadas.

miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Son todas las religiones iguales?

Escuchaba ayer en la radio los comentarios de un profesor universitario sobre la destrucción del patrimonio cultural que está realizando el EI en Siria e Irak. Con buen criterio comentaba que se trata de una más, y no la mayor, de las atrocidades que este grupo de bárbaros está perpetrando en las las zonas que controlan. También indicaba que la eliminación de quien disiente y de sus símbolos es una característica de quien tiene un concepto absolutista de su religión, considerando sus creencias como verdad suprema.
No tengo duda que a cualquier persona verdaderamente religiosa le repugna que alguien pueda usar el nombre de Dios para matar y destruir. Si proclamamos que Dios ha creado el mundo y todas las maravillas que contiene, incluido al ser humano, que alguien piense que a Dios agrada que se mate a sus criaturas, que se destruya su creación, me parece una aberración de singular arrogancia. Ante hechos repugnantes que se escudan en el nombre de Dios, la respuesta tópica podría ser -como de alguna manera manifestaba el profesor de la entrevista radiofónica- que es Dios, o la religión, el responsable, relatándose a renglón seguido otras barbáridades que se han cometido en la misma línea a lo largo de la Historia. De la experiencia actual se pasa a lo ocurrido hace muchos siglos, casi siempre sin reparar en las diferencias o incluso en lo que realmente ocurrió. La brevedad requerida a este texto no me permite dar argumentos históricos más sólidos para responder a esa abusiva generalización. En cualquier caso, no me parece que la violencia religiosa sea un problema de las religiones, sino del uso fraudulento de la religión, de una visión fundamentalista que pretende hacer una supuesta voluntad de Dios, aunque tenga muy poco que ver con lo que Dios realmente quiere. Por otro lado, igualar todas las religiones, como si todas sean parte de esas mismas desviaciones me parece una generalización abusiva. Acabo recomendando, en este sentido, el reciente libro del profesor Manuel Guerra (¿Por qué hay tantas religiones?), que analiza las razones últimas sobre la existencia de distintas religiones y algunos criterios para juzgarlas.

domingo, 1 de marzo de 2015

Acercándonos al Misterio

Decía Behn Johnson, un poeta y dramaturgo inglés del s. XVIII, "Qué cerca del bien está lo bello". Podemos poner con mayúsculas ambos sustantivos, para apreciar porqué las personas de Fe han apreciado el Arte. En cualquier religión, en cualquier cultura y periodo de la Historia, quien quiere mostrar lo Sagrado, lo que se escapa a nuestra percepción cotidiana, recurre a la excelsitud de una obra de arte: pintura, escultura, arquitectura, música, literatura han servido para manifestar un sentimiento y una convicción: que anhelamos el Misterio pero no somos capaces de manifestarlo. Solo quien es capaz de extraer lo mejor del espíritu humano es capaz de aproximarse a la Belleza y al Bien que es Dios se dan por excelencia. Entrar en Notre-Dame de Paris, contemplar la capilla Sixtina, escuchar la Pasión de Bach son experiencias que amplían nuestros horizontes materiales, nos aportan una dimensión que intuimos necesaria pero nos cuesta mucho captar. Por eso es tan necesaria la contemplación en cualquier tradición religiosa: el silencio es aliado de Dios, el ruido es compañero de la vanalidad.
El arte verdadero nos acerca a Dios porque saca lo mejor de nosotros mismos, nuestra mejor sensibilidad, nuestra contemplación más sublime. Alimenta nuestra imaginación más noble, la que permite imaginarnos mejores. Por eso me parece tan relevante que el arte cristiano recupere su riquísima tradición y, sin renunciar a ella, permita expresarse en términos contemporáneos. Parece que nos hemos quedado anclados en otros periodos, pues nuestras imágenes, edificios y esculturas más excelsas tienen ya siglos de vida. No es un problema, a mi modo de ver, de que la Iglesia ya no tenga recursos para ser el principal mecenas, sino más bien que los mejores artistas están lejos de la Fe. Se puede hacer un magnífico arte cristiano contemporáneo cuando hay magníficos artistas cristianos contemporáneos, como resulta evidente en el genial Gaudí. Acercarnos al Misterio a través de la Belleza, un anhelo que todo ser humano siente en el fondo de su alma, me parece que es una tarea prioritaria en la nueva Evangelización a la que nos invita el Papa Francisco. Acabo con unas palabras de Marie-Alain Couturier (1897-1954) un religioso dominico, gran impulsor del diálogo del arte contemporáneo con el cristianismo: “Esto que atrae nuestro amor en la hermosura de las criaturas o en nosotros mismos corresponde -en nuestros seres y en el propio corazón nuestro- a un Amor primero: amamos a seres que son bellos porque han sido amados; y a los vestigios de aquel primigenio amor, cuando les amamos, nuestro corazón se acoge. Aquella voz misteriosa de la belleza que incita a nuestro corazón, es eco de otra voz y de otro corazón" (citado en Fernández de Moya, 2013).

domingo, 22 de febrero de 2015

Conocerse no es tan sencillo

Hace unos meses me invitaron a un programa de radio para hablar de un libro que había publicado por esas fechas. Al escucharme unos días más tarde, cuando colgaron la grabación en la web de la emisora, comprobé con asombro la cantidad de incorrecciones verbales que había cometido. No es que me considere un locutor profesional, pero mi experiencia docente bien merecía una mejor dicción. En fin, allí estaba yo hablando con mucha menos brillantez de la que había pensado inicialmente. Curiosamente, entre esos fallos estaba el uso de una expresión que me pone especialmente nervioso cuando la oigo a los demás: en definitiva, estaba comprobando que los defectos que achaco a otros, en realidad son más bien míos.
La experiencia no es que sea original; los seres humanos somos proclives a proyectar nuestros defectos sobre nuestro entorno, atribuyendo a los demás lo que corresponde a nuestras propias limitaciones. El adagio clásico: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, condensa en pocas palabras lo que estoy tratando de decir. Tenemos una tendencia casi natural a autoengañarnos, bien sea desenfocando los defectos ajenos, bien pasando por alto los nuestros o incluso considerándolos como virtudes.
El “conócete a ti mismo”, que figuraba en el atrio del templo de Apolo en Delfos, sigue estando, pues, en plena vigencia. Es muy difícil conocernos lo suficiente para saber cabalmente cuáles son nuestros talentos y cuáles nuestras carencias. Es difícil pero sin duda es el camino de la sabiduría, ya que ser conscientes de los defectos propios es condición imprescindible para superarlos. El esfuerzo por superar nuestras limitaciones es parte de la aspiración de cualquier ser humano por ser mejor. Para un cristiano, la lucha interior contra los vicios propios es parte clave de nuestra vida. Esa lucha se apoya en la gracia de Dios, no es fruto únicamente de nuestras fuerzas, que tantas veces se quedarán muy cortas. Mejorar nuestro carácter nos hará más felices, nos dará más paz, porque seremos también más agradables a los demás y será más fácil que seamos amados.
Otra ventaja que conlleva el conocimiento cabal de nosotros mismos es la adecuación entre las metas que nos proponemos y las condiciones de partida. Resulta una fuente común de insatisfacciones vitales plantearse objetivos irrealistas, que están completamente al margen de nuestras posibilidades, puesto que al poner la meta en algo que nos supera tendremos una sensación frecuente de incompetencia, que puede desembocar fácilmente en el hastío. En el extremo contrario, cuando las metas son demasiado sencillas, muy cercanas a nuestro punto de partida, estamos perdiendo fortaleza y afán de superación, nos estamos raquitizando, si se permite usar esa expresión. El equilibrio entre dónde queremos llegar y dónde podemos llegar es clave en la vida de las personas, y para eso es importante conocer bien nuestras virtudes y nuestras limitaciones.
En esta tarea nos ayuda extraordinariamente la virtud de la humildad, que podemos definir, siguiendo a Santa Teresa de Jesús, como “andar en verdad”. No se trata de autoflagelarse mentalmente, atribuyéndonos toda clase de vicios, sean o no ciertos, ni por supuesto lo contrario. La humildad consiste en reconocer ante Dios las maravillas que nos ha dado, los talentos que hemos recibido de su gracia, y pedirle perdón por las cosas en las que todavía estamos lejos de agradarle. En pocas palabras, reconocer nuestras virtudes como regalos de Dios venidos de su omnipotencia y nuestros defectos como sujetos a su misericordia. La humildad verdadera no es sinónimo de pobreza material (la conocida expresión “venía de una familia humilde”), ni de espíritu servil (“realiza trabajos humildes”), sino que es una virtud que supone mejorar nuestro conocimiento propio, haciéndonos gratos a Dios y a los demás.

domingo, 15 de febrero de 2015

Somos lo que recibimos y lo que decidimos

Hemos publicado recientemente en la editorial que estoy promoviendo un libro del profesor Nicolás Jouve, catedrático de Genética en la Universidad de Alcalá, sobre "Nuestros Genes", que supone una revisión muy completa, a la vez que accesible para cualquier persona razonablemente formada, sobre el intrincado mundo de la genética humana. Con el enorme avance que se ha dado en las últimas décadas en el conocimiento de nuestra Biología, esto es, si se me permite hablar así, de los componentes de los que estamos hechos, parece que se resucita el viejo mito del determinismo. Algunos pensadores de la Grecia clásica pensaban que casi todo en el hombre estaba determinado por el medio: las personas que habitaban en un país montañoso tendrían una percepción limitada de su vida, mientras los que vivían junto al mar un horizonte vital mucho más amplio; los habitantes de un clima frío serían más hogareños, más dados a la introspección, mientras los de climas cálidos serían más sociables. Ahora parece que casi todo en nuestro carácter es achacable a nuestra genética: así habría genes especiales para los delincuentes, los perezosos, los obesos, los generosos o las personas con mayor afinidad religiosa. El prof. Jouvé discute en su libro los tópicos y realidades que se esconden detrás de estas asignaciones, mostrando que cualquier científico en la materia distingue muy bien entre la importancia de genética para explicar diversas disfunciones de nuestro organismo y el determinismo genético. Una cosa es que haya algunas enfermedades que se expliquen por anomalías genéticas y otra, muy distinta, que nuestro carácter, gustos, aficiones, experiencias vitales estén condicionadas por el material genético del que estamos hechos. Lo distinguen muy bien los científicos cuando diferencian entre el genotipo -nuestra Biología- y el fenotipo: el ambiente en el que hemos vivido, lo que hemos comido, las relaciones y amistades que hemos tenido, nuestra educación, etc...
En pocas palabras, somos lo que somos como consecuencia de una biología que hemos heredado y una cultura, una libertad en definitiva, que hemos ejercido. Esto me lleva a una última reflexión que me ha surgido al hilo de la lectura de este libro: nuestro carácter está marcado por nuestra genética (nuestra tradición familiar), pero también, y de modo mucho más relevante, por nuestras decisiones (en qué invertimos nuestra libertad). Somos como somos, pero podemos ser mejores -no distintos-, con esfuerzo personal, con una educación vital que supere nuestras debilidades y nos enriquezca como personas, nos lleve a ser más. Vivimos en una sociedad que se obsesiona con tener más, pero tener más no aporta felicidad -o es muy pasajera-, mientras ser más nos engrandece, nos ensancha, nos hace permanentemente felices porque nos hace mejores. Nuestra herencia está ahí, pero no es insuperable.
Acabo con una anecdota que me contaron hace algunos años de S. Juan Pablo II. Recibía a unos obispos en visita ad limina. Uno de ellos parece que era especialmente hablador, y a veces cortaba la conversación de otros. Al darse cuenta de ese defecto, se disculpaba ante el Papa diciendo: "Perdone santo Padre, es que soy así...". A la segunda o tercera vez que lo dijo, le contestó el Papa con una sonrisa : "Pues cambie usted, cambie".

domingo, 8 de febrero de 2015

¿Y cuánto planeta nos queda? (2/2)

Comentaba en mi entradade la semana pasada que vivimos en una crisis ambiental ante la que no caben soluciones fáciles o pasajeras. Cuando hay crisis económica, aunque sea tan profunda como la nuestra, los efectos se notan enseguida, y la tentación es optar por soluciones rápidas que no van al fondo del problema porque el fondo requiere cambios de mucho más calado. En el caso de la crisis ambiental, mucho más profunda que la económica, los efectos no se observan a corto plazo, sino en tendencias mucho más largas, que a veces se nos escapan, y sólo somos conscientes cuando ocurren de modo catastrófico (inundaciones, olas de calor o de frío, sequías extremas....). Lo más grave de la crisis ambiental es que cuando sea tan evidente que todos la observen, será demasiado tarde para actuar. Como las potenciales consecuencias son muy graves (por ejemplo, si el deshielo creciente de Groenlandia fuera completo se incrementaría el nivel del mar siete metros, lo que supondría la anegación de ciudades en las que hoy viven miles de millones de personas), es preciso tomar medidas serias y de largo plazo, aplicando simplemente el principio de precaución. El problema está precisamente en cuáles son esas medidas, el diagnóstico está ya bastante claro, pero el tratamiento nos resulta tan "doloroso" de aplicar que acabamos por enterrar la cabeza como el avestruz.
Naturalmente que no tengo la solución mágica a una crisis que se ha gestado en cientos de años y se acelera en las últimas décadas, pero sí me parece obvio que cualquier medida que apliquemos no será eficaz si no cambiamos nuestra actitud a la naturaleza. Hemos vivido milenios pensando que el ambiente es simplemente una fuente de recursos, una despensa que basta usar a placer y que se recompone automáticamente. Ahora nos damos cuenta que la despensa empieza a estar vacía y que algunos de los recursos allí almacenados no tienen aspecto muy saludable. Me parece que el problema no se arregla sólo consumiendo menos y reponiendo más en la despensa, sino más bien empezando a considerar que esa despensa también es el lugar donde vivimos, nosotros y quienes vendrán, además de ser nuestro mejor teatro, que nos enriquece el espíritu; nuestra más refinada escuela, donde aprendemos a vivir con los demás y nosotros mismos; nuestro mejor templo, donde contemplamos vivamente las obras de Dios, y nuestro hospital más eficaz, ya que nuestra salud depende de la salud del entorno. En suma, me parece que la crisis ambiental sólo se resolverá cuando empezamos a considerarnos parte de la naturaleza y no solo usuarios o habitantes extraños. Tenemos muchas razones para hacerlo, en bien de nuestros congéneres,  de quienes habitarán la Tierra en el futuro, de otras especies, pero también de nosotros mismos. Hemos pagado un alto precio por ausentarnos de la Naturaleza, por vivir de espaldas a ella, por olvidarnos que nosotros también somos Naturaleza, y que la felicidad última consiste en vivir en armonía con lo natural y con nuestra naturalidad, en seguir lo que somos en lugar de inventarlo, de convertirnos en máquinas. Buscamos la felicidad en cosas cada vez más esotéricas, pero me parece que la felicidad es mucho más accesible, basta buscar en nosotros mismos y descubrir lo que somos, procurando que nuestra vida sea cada vez un mejor reflejo de lo que está llamada a ser.

domingo, 1 de febrero de 2015

¿Y cuánto planeta nos queda? (1/2)

Escuché el pasado jueves un seminario en la universidad donde trabajo. El profesor invitado nos hablaba de la creciente disfunción entre los recursos que consumimos y los disponibles en nuestro planeta. Se detenía particularmente en el caso de la energía, mostrando cómo las reservas de combustibles fósiles disponibles son cada vez más remotas y, por tanto, más difíciles y caras de explotar, además de seguir contribuyendo a realzar el efecto invernadero que puede sumirnos en una situación futura de colapso climático.
Coincido en la mayor parte de lo que allí se presentó, pero una vez más tuve la impresión de que la crítica al modelo económico actual no culmina con una propuesta de alternativas realistas. Estoy convencido de que este modelo económico y social es inviable, tanto ambientalmente como humanamente: ni es amigable con la Tierra, ni con nosotros mismos (en el fondo las dos cosas van de la mano). El problema que siempre me planteo al leer o escuchar hablar de estos temas es qué hacer al respecto. Me parece que las propuestas que se plantean no son viables por ser, a mi modo de ver, simplistas, utópicas o inhumanas. Resumiendo las cosas, me parece que las alternativas que suelen plantearse van en las siguientes direcciones (no necesariamente contrapuestas, a veces inclusivas):
1. Cambiar el sistema económico capitalista por otro, pero no se sabe bien cuál, pues obviamente el sistema marxista no sólo ha sido nefasto para la libertad de las personas, sino también ha llevado consigo daños ambientales descomunales (basten de ejemplo, entre otros miles, Chernobyl o la presa de las Tres Gargantas). ¿Hay algún sistema económico realmente alternativo al capitalismo? ¿Cuándo se habla de capitalismo, se habla del capitalismo financiero, del de mercados, del social, del de estado, o simplemente se está uno refiriendo al egoísmo-avaricia que guía muchas veces el sistema económico actual?
2. Volver al periodo pre-industrial, en donde supuestamente nuestro impacto en los recursos era menor. Me temo que esto es recuperar el "mito del buen salvaje", algo trasnochado ya. Evidentemente los pueblos indígenas aportan un tesoro invalorable de sabiduría del que debemos aprender, además de respetar sus formas de vida, particularmente frente a la agresión de quienes vulneran sus derechos de tierra, pero creo que no tiene sentido plantear un retorno del tiempo. Además, no seamos simplistas: el equilibrio de las sociedades pre-industriales con el ambiente también ha tenido momentos de crisis, como documentan algunos especialistas (extinción de grandes mamíferos en América tras la entrada de las primeras poblaciones humanas, colonización de Oceanía, final de la cultura Maya...).
3. Eliminar población. Si el problema es un consumo excesivo de recursos, la solucion pasaría por eliminar a las personas que los consumen. Esto es lo que se conoce como ecologismo antihumanista. Alguien tan estimado como Jacques Cousteau llegó a afirmar que: "La población mundial debe estabilizarse, pero para lograr esto tendríamos que eliminar a 350.000 personas cada día. Es un planteamiento tan horrible que no deberíamos ni mencionarlo. Pero la situación en la que nos encontramos es lamentable". Los partidarios de esta postura no dicen, claro está, como hacerlo, ni a quien eligirían para acumular esa cifra. Además, suele responsabilizarse del crecimiento mundial de la población a los países en desarrollo, que tienen tasas más altas de natalidad, pero naturalmente no dicen nada de los recursos que utilizan ellos, frente a los que usamos en países desarrollados. Si comparamos la huella ecológica de India y EE.UU., por ejemplo, la población de este último sería equivalente a casi tres veces la de la India, que tiene cuatro veces más población en números absolutos.
¿Qué hacer entonces? Permitidme el suspense, pero como la entrada me ha quedado un tanto larga, me reservo para aportar algunas ideas sobre la "conversión ecológica" que esta sociedad necesita en la siguiente.

domingo, 25 de enero de 2015

Valer y valor

Hace unos días tuve una entrevista con un empresario a quien pensaba plantear su apoyo al proyecto editorial que estoy promoviendo. Nos había concertado la cita un amigo común que además estuvo con nosotros en la conversación. Si se me permite asincerarme con el lector anónimo de este blog, para mi la editorial es una forma de proyectar mis inquietudes culturales hacia otras personas, pero también soy consciente de que cualquier proyecto que requiera medios económicos tiene que tener detras de sí un cierto plan de negocio. Por mi orientación universitaria y por mi carácter, me reconozco bastante inexperto en el mundo empresarial, asi que me parece razonable pedir asesoramiento a personas que conocen mejor cómo sacar adelante una empresa, pues mi proyecto sólo será viable si al menos tiene una cierta sustentabilidad económica.
En estos pensamientos estaba cuando me presentaron al empresario antes mencionado. Mi idea era comentarle mi proyecto, los libros que tenemos publicados, la orientación general de los mismos, su enfoque, los temas que cubrimos... Pensaba ver en qué medida esta persona podría sintonizar con la idea, que le resultara sugerente el proyecto y, en esa medida, colaborar con el mismo desde su experiencia empresarial. No recuerdo cuánto tiempo pude hablar de este asunto, pero creo que no llegó a 3 minutos. Intenté hilar la conversación, pero tras esos pocos minutos, esta persona me preguntó: ¿Y cuál es tu facturación anual? No sé si hizo esfuerzos para no reirse, pero hay que decir -en honor a la verdad- que no lo hizo. Después vino la pregunta sobre mi nicho de mercado, seguido de una larga perorata sobre la importancia de tenerlo, sobre lo poco que se lee en este país, sobre el tipo de libros que le gusta a la gente, etc. En fin, no voy a seguir con el relato, pero ya habrá concluido el lector avezado que salí de allí con muy poco entusiasmo. En suma, tuve la impresión de que en lugar de ayudarme a plantear la viabilidad económica de la editorial estaba convenciéndome para que la cambiara.
Vivimos en una sociedad que casi todo lo valora en términos económicos: tanto tienes, tanto vales. No importa si lo que haces es interesante, aporta algo relevante a la sociedad o simplemente te hace feliz. Lo importante es cuánto vale, haciéndolo equivalente a cuál es su rendimiento económico. Si te pagan dos millones de euros al año por pegar patadas a una pelota, entonces ese trabajo es mucho más importante que el de salvar vidas humanas, que se paga a algo menos de veinte mil. ¿De dónde hemos sacado tan estrafalaria concepción? ¿De dónde ha venido la absurda idea de que el valor de las cosas la marca el mercado, lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas?  La común expresión: "¿esto cuánto vale?" puede aplicarse a unas patatas o una sartén, pero no puede aplicarse a otras muchas cosas en esta vida, como un trabajo, un entorno natural, o una obra creativa... Podemos ponerle precio, valor económico a las cosas, pero su valor está mucho más allá y tantas veces es incuantificable
. Mientras sigamos midiendo todo por la regla de la economía, me temo que seguiremos anclados a un materialismo que no hace más que deteriorarnos. Los bienes son necesarios, los que son necesarios, pero no dejan de ser medios para otras cosas mucho más importantes, que no van a cotizar nunca en bolsa.

domingo, 18 de enero de 2015

La unidad de los cristianos

Iniciamos esta semana el octavario por la unidad de los cristianos, iniciativa protestante a la que se sumó hace varias décadas la Iglesia católica y otras iglesias cristianas orientales. Son unos días para pedir al mismo Jesús, en quien todos los cristianos creemos, que llegue pronto la unidad visible de la Iglesia, por la que El mismo pidió tantas veces: "Que todos sean Uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17: 21). No se trata solo de reparar el escándalo de la separación entre personas que reconocemos al mismo Dios (todos los creyentes, en el fondo, creeemos en el mismo Dios) y Señor Jesucristo (todos los cristianos lo reconocemos como tal), sino de dar un nuevo testimonio al mundo sobre el verdadero papel del cristianismo, inspirador de los mejores valores que hacen al ser humano mas digno de serlo. Por encima de los errores históricos de quienes se han llamado cristianos, y de los que ahora nos llamamos, es tarea nuestra desvelar a los no creyentes, y a los creyentes de otras religiones, el verdadero rostro de Jesus, como el mismo afirma, continuando el versículo antes citado: "... que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17: 21).
Frente a los pesimistas, conviene recordar que se han dado muchos pasos hacia la plena unidad de la Iglesia en las últimas décadas: conversaciones de Malinas, fundación del consejo ecuménico de las Iglesias, Monasterio de Chevetagne, comunidad de Taizé, la Unitatis Redintegratio del Concilio Vaticano II, el encuentro de Pablo VI con el patriarca Atenágoras en Jerusalén, las visitas de Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco a países de mayoría ortodoxa... En el plano teológico, ha habido declaraciones conjuntas de católicos con ortodoxos, anglicanos y luteranos. Un rama de los armenios ha decidido volver a la Iglesia católica y muchos anglicanos han utilizado la vía del ordinarirato para reintegrarse en la Iglesia, ambos manteniendo sus tradiciones litúrgicas. Se reconoce que todos podemos aprender de otros cristianos, que todos cuentan con la asistencia del Espíritu Santo...
Estas semanas he estado revisando diversas obras de la literatura rusa de los dos últimos siglos. Tal vez diga algo obvio, pero el tremendo influjo que el comunismo tuvo en ese país me parece que está detrás de la desconfianza que parece todavía les profesamos, pero conviene recordar quienes son Tolstoy, Dostoievsky, Pushkin, Chejov, por no citar a los más recientes premios Nobel Pasternak y  Solzhenitsyn, para darse cuenta que Europa debe mucho a Rusia, que la cultura occidental, y particularmente el cristianismo, debe mucho a la oriental, que la Iglesia necesita los dos pulmones para respirar bien, como decía San Juan Pablo II, el papa eslavo a quien podemos poner como intercesor del milagro de la unidad que todos ansiamos.

domingo, 11 de enero de 2015

La alegría de no tener

http://enpositivo.com/
Hace varios años tuvimos en mi departamento un estudiante eslovaco que había conseguido una beca de intercambio en España. El bueno de Eric, así se llamaba, estaba acabando ingeniería forestal. Entre otras cosas que sobresalían de su carácter, me llamó la atención su espíritu optimista, que le llevaba a aceptar con gran entusiasmo las limitaciones materiales del trabajo que estaba desempeñando: todo le parecía estupendo. No sé si era por optimismo vital o porque procedía de una tierra de menor abundancia, pero a todos nos sorprendía esa actitud porque resulta poco frecuente en nuestra sociedad. Nuestros estudiantes provienen de familias con rentas suficientes como para haber recibido numerosos caprichos a lo largo de su vida. Si se dispone de todo lo que se anhela cuando uno tiene cinco, ocho o catorce años, no es difícil comprender qué ocurrirá cuando cumplir esas expectativas deja de ser posible, cuando se tropieza uno con la cotidiana sensación de que nuestra vida tiene limitaciones materiales. Al contacto con personas de recursos muy modestos, que suplen con ingenio las carencias del entorno profesional donde se mueven, me viene a la cabeza el embotamiento espiritual e intelectual que supone tantas veces la abundancia de recursos, el afán por poseer objetos que acabamos desechando a las pocas semanas, después de habernos previamente autoconvencido de su carácter poco menos que imprescindible. Lo acabamos de ver en estos días donde las festividades navideñas se utilizan para el despilfarro, olvidando precisamente cuál es su origen: Jesús quiso nacer pobre, en una cueva de pastores, precisamente para mostrarnos que lo importante no es el entorno material en el que te muevas, sino el cariño de la gente que te acompaña.  La preocupación desmedida por tener, no solo supone un consumo supérfluo inversión, sino una sumisión a los medios publicitarios para que pasemos a considerar como imprescindible para nuestras vidas algo que nunca antes habíamos echado en falta.
No estoy diciendo que los bienes materiales sean en sí malos, que tener cosas deteriore necesariamente al ser humano y que el ideal de vida sea vivir en medio del desierto. A lo largo de la historia del cristianismo, ha habido hombres y mujeres que se han visto llamados a ese tipo de vida, ya sea en soledad o en comunidades monásticas. Quién sienta ese impulso interior a abandonarlo todo puede tener en esos ejemplos un buen modelo a imitar. Sin embargo, la mayor parte de los seres humanos no vivimos en un monasterio, sino que estamos inmersos en un mundo que requiere utilizar bienes materiales, para alimentarnos, para cobijarnos, para transportarnos o para educarnos. Lo importante es que ese uso no sea una finalidad en sí mismo, que no pongamos como objetivo la posesión, que usemos lo que necesitemos usar, evitando lo superfluo. Dice un amigo mío, con bastante sorna, que “el dinero no da la felicidad, sino que es la felicidad”. No lo dice muy en serio, pues él mismo lleva una vida bastante sobria. A poco que hayamos experimentado la decepción de conseguir algo muy anhelado, que poco después de tenerlo deja ya de interesarnos, podemos reflexionar sobre la diferencia entre tener cosas y ser feliz. Creo que tenemos que repetirnoslo a nosotros mismos más a menudo, cuando nos asedia el reclamo de tantos bienes que están a nuestra disposición, que podemos de hecho comprar, pero que a la larga seguramente nos hacen daño, porque nos hacen más comodones, más egoístas, más preocupados de cosas que, en realidad, no dan la alegría. No se trata sólo de que ese consumo influya indirectamente en que otros carezcan de bienes mucho más elementales, ni siquiera del impacto que un consumo desacerbado tiene sobre el equilibrio del planeta, con ser ambas razones de mucho peso, sino sobre todo de que esa posesión nos deteriora como personas, nos hace menos libres. Dejamos de tener cosas para que las cosas nos tengan a nosotros, al poner nuestro corazón, nuestros afanes, en tener más, en lugar de en ser más.

domingo, 4 de enero de 2015

Educar con el cine

Vivimos en una sociedad visual, rodeados de pantallas en nuestros lugares de trabajo, de ocio o de esparcimiento. Paralelamente a este predominio de la imagen, se pierde la influencia de la letra escrita: nos cuesta leer mucho más que ver. Antes se decía con cierta frecuencia: la película está bien, pero me gustó más el libro; ahora no estoy seguro de que muchos hayan leído el libro de una determinada película que les haya gustado, y muchos menos lo habrán leído antes.
Naturalmente el cine está tan cargado de ideas como la literatura, pues no deja de ser literatura filmada: no creo que exista una buena película sin un buen guión, aunque ciertamente hay películas muy atractivas que destacan más por los efectos visuales que por la hondura del contenido (me viene ahora a la mente Avatar, que -pese a todo- me sigue pareciendo muy atractiva).
Puesto que es interesante analizar todo lo que nos influye, el cine se ha convertido en motivo frecuente de reflexión y campo idóneo para la crítica. Una película puede dar para horas de pensamiento y diálogo, para compartir valores o para discutirlos. Por tanto, también es un recurso excelente para el aprendizaje. Este es el objetivo del libro que acaba de publicar María Angeles Almacellas en la editorial Digital Reasons. Se títula: Seguir Educando con el Cine, y presenta una magnífica selección de películas que pueden utilizarse para presentar distintos valores de interés educativo. La autora recoge una introducción sobre el enfoque del análisis, para luego presentar una ficha de cada película con las ideas de fondo y unos recursos para la discusión. Altamente recomendable.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Llegar al fondo

Ayer estuve viendo una película que grabé recientemente de la televisión: "El nombre". Me pareció una magnífica obra, que retrata extraordinariamente las pasiones humanas. Un hecho aparentemente anodino, la elección del nombre del niño que espera uno de los protagonistas, acaba desenvolviéndose en una intensa conversación, donde afloran los rencores reprimidos. Viendo esa película me preguntaba qué nos acerca más a las personas que queremos, olvidar los sucesos que por su medio nos hirieron, o sacarlos a la luz, aunque sea violentamente, para sanarlos o al menos mostrar al exterior nuestras heridas. Personalmente soy más partidario de la primera actitud, recordando quizá aquella frase tan hermosa que leí quizá en algún almanaque: "escribe en la arena las faltas de tu amigo". El rencor no ayuda a resolver los problemas, y además acaba deteriorando a quien lo acumula. Prefiero poner en práctica la frase que repetimos en el Padrenuestro: "Perdona nuestras ofensas, como nosostros perdonamos a quienes nos ofenden". Es difícil perdonar, perdonar a fondo, olvidando definitivamente la ofensa. Es más asequible perdonar el momento, quizá luego acumulando agravios, que en el fondo suponen que el perdón no es sincero. Pero así somos, nos cuesta borrar el fondo de nuestra alma de las heridas provocadas por quienes más queremos. Si no es posible curarlas realmente, si no conseguimos de Dios el favor de hacerlo a fondo, quizá sea mejor alternativa hablarlas, mostrar nuestro dolor a quien lo ha provocado. Si hay verdadero cariño, acabará aceptándose la reprimenda, aunque en un primer momento se creen situaciones tensas. Cuesta mucho decir las cosas que tenemos en el fondo del corazón, pero si no podemos perdonarlas, mejor contarlas con serenidad, en el momento apropiado, cuando serán más fácilmente aceptadas.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El llanto de Raquel

"Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen" (Mt 2: 16-18). Con estas tremendas palabras describe San Mateo uno de los primeros genocidios de la Historia. La rabieta de un reyezuelo que busca obsesionado a quien considera puede arrebatarle el poder y decide "asegurarse" eliminando a todos los niños de la región. Estamos cerca de la Navidad, cuando volveremos a conmemorar el nacimiento de Jesús y el martirio los Inocentes, de quienes murieron por El sin haberle conocido. Hay muchos Herodes en la Historia de la humanidad, muchos reyezuelos que se siente amenazados y deciden eliminar a quienes consideran una amenaza. Unos intentaron eliminar a quienes eran de otra raza, de otro pueblo, de otra lengua o de otra religión... Otros han intentado, todavía más crueles, eliminar a toda una generación. No estamos hablando de eventos que ocurrieran hace milenios, siglos, décadas, sino de cosas que pasan actualmente, cuando cientos de miles de niños en gestación son eliminados anualmente. La ideología antinatalista está más vigente que nunca. El genocidio más radical es el que atenta contra la naturaleza humana en su conjunto, la que intenta eliminar a los que no han nacido para seguir manteniendo sus privilegios, sus riquezas, su dominio del planeta. Conocer a fondo las raíces ideológicas de esta postura, sus actores principales y sus más destacados oponentes es el objetivo del libro que ha publicado recientemente la editorial Digital Reasons. El título del libro refleja muy bien su contenido: "¿Superpoblación? La conjura contra la vida humana", ya que se van desgranando las distintas fases de esta auténtica guerra contra la humanidad, desde el malthusianismo del s. XIX, y la ideología eugenésica de inicios del XX, hasta el control generealizado de la natalidad, la revolución sexual y la ideología de género de finales del XX e inicios del presente. El autor, José Alfredo Elía, desgrana los principales actores de estos procesos, que aúnan las ideologías supuestamente más progresistas, con los capitalismos más despiados. No es de extrañar que en esta guerra contra la población estén unidos regímenes comunistas, como el chino, donde ni siquiera esta permitido decidir el tamaño de tu familia, con las fundaciones más representativas del capitalismo norteamericano (Rockefeller, Kissinguer, Clinton...). También revisa quienes se han opuesto a esta ingente maquinaria de autoextinción, desde economistas humanistas como Simon y Clark, hasta demógrafos de la talla de Sauvy, Ahaunu y Boserup. La vida humana también tiene defensores, como Madre Teresa, del Dr. Lejeune o Paul Marx, que se han opuesto tenazmente a la maquinaria ideológica que acompaña a esta verdadera cultura de la muerte. También se detiene el autor en comentar el papel de la Iglesia católica y de otras instituciones religiosas en defensa de la vida humana, desde el inicio hasta su fin natural, con particular relieve en la Humanae Vitae y los escritos de San Juan Pablo II sobre la teología del cuerpo. Un libro muy recomendable para quien quiera conocer las bases y los actores de esta guerra soterrada por el futuro de la población humana.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La felicidad sólo es real cuando se comparte

En el marco de un ciclo de cine sobre ética ambiental que he organizado estos días he podido ver de nuevo la película "Into de Wild", traducida en español como "Hacía rutas salvajes". Basada en una historia real, cuenta la trayectoria vital de un jóven norteamericano, Christopher McCandless, que decepcionado por el ambiente familiar y educativo en el que vive, decide dejar todo e iniciar un viaje que le acabará llevando a Alaska, que anhela como el único destino donde finalmente encontrará la felicidad. En ese viaje, Chris tropieza con diversos personajes que le ofrecen la amistad y el cariño que había añorado en su ambiente, pero prefiere no comprometerse con ninguno y continuar su viaje hasta los parajes más solitarios de Alaska. Tras el encuentro con la belleza y la soledad de un entorno natural que le fascina y que parece confirmar esa felicidad perfecta, comienza a descubrir las limitaciones del entorno y las propias para adaptarse a un paisaje muy bello pero también muy hostil.  El final resulta trágico, pues cuando se convence que la felicidad no está tanto en el exterior sino en su propio interior y decide volver, se encuentra con la insalvable barrera del río en crecida. Mermadas sus escasas provisiones y en periodo difícil de caza, acaba moriendo famélico e intoxicado por unas plantas que confunde con patatas silvestres.
La película sugiere muchos temas, sirve de reflexión sobre el sentido último de la vida, la búsqueda de la felicidad que todos añoramos, las relaciones humanas, nuestra relación con el entorno... Somos seres sociales y necesitamos a los demás, aunque el protagonista parece no darse cuenta hasta que es demasiado tarde. Sin duda me quedo con la última frase que escribe en su diario: "La felicidad sólo es real cuando se comparte". ¿Quiere esto decir que sólo podemos ser felices cuando estamos con alguien, que la soledad no es fuente de gozo, o incluso que sólo somos felices cuando lo comunicamos a los demás? En mi opinión, lo mas hondo de esa frase es que la felicidad no puede empezar y terminar en nosotros mismos; dicho de otra forma, que sólo quien se abre a los demás puede ser realmente feliz. Quien busca la felicidad sólo para sí mismo, en sí mismo, consigo mismo, seguramente acabará infeliz. La soledad es necesaria en momentos, necesitamos la paz interior que sólo da el silencio, pero es un estado transitorio. ¿Pueden ser felices los ermitaños, quienes eligen vivir solitariamente? Creo que sí, pero no porque vivan solos, sino porque viven con Dios, en Dios, si El les llama por ese camino, que no es naturalmente el de la mayor parte. No es lo mismo vivir solo que ser solitario, no es lo mismo buscar la soledad para remansar nuestro espíritu que buscarla por comodidad o egoísmo. Hay algo de nosotros que está inacabado y necesitamos a los demás para completarlo, primero en nuestro espíritu, en el trato de intimidad con Dios, luego en quienes Dios nos pone cerca. De su felicidad depende la nuestra, de nuestro empeño por hacerles felices, nuestro propio gozo. La generosidad abona la alegría, el egoísmo la neutraliza.