domingo, 24 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (y III)

Si Dios quiso correr el riesgo de nuestra libertad, aun costándole su propia vida, es obvio que Dios quiere que le tratemos libremente, quiere contar con nuestras pequeñas fuerzas para agradarle, quiere que pongamos algo, siquiera un poco, de nuestra parte. El trato con Dios debería emanar de una libertad íntima, de un amor libre, que no responde a ninguna presión externa. Tal vez uno de los mejores resúmenes de la vida cristiana venga de la pluma de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Los dos extremos de esta sencilla frase son imprescindibles para entenderla correctamente. Si amamos de verdad a Dios, haremos libremente lo que Dios quiera, porque nosotros lo querremos con todo convencimiento, como cualquier amor noble de esta tierra tiene por objeto agradar a la persona que ama. Si, por el contrario, hacemos lo que Dios quiere, pero sin amarle, nuestra vida será plana, mero cumplimiento de una normativa, de unos mandamientos impuestos desde fuera. Con esa actitud estaríamos reduciendo el cristianismo a un catálogo de preceptos, convirtiendo los medios en fines. Apagando la libertad, encendemos la rutina y empobrecemos un amor que de suyo está llamado a ser infinito, porque Dios es inconmensurable.
Como consecuencia de ese amor a nuestra libertad en el trato con Dios, tendremos también un profundo respeto a la autonomía de los demás, a su capacidad de decidir, aunque tomen opciones contrarias a lo que Dios les propone. Si Dios acepta esas decisiones que juzgamos equivocadas, ¿por qué nosotros vamos a impedirlas? Forzar la conciencia de nadie, incluso para obligarle a hacer el bien, parece una de las más flagrantes malinterpretaciones del querer de Dios. La conciencia es un santuario íntimo al que sólo podremos acceder si la otra persona nos abre su puerta, pidiendo ayuda.

domingo, 17 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (II)

Dios al crear al ser humano libre ya previó que nuestra capacidad de elegir pudiera volverse contra Él y contra nosotros mismos, que en lugar de conducirnos según sus designios amorosos decidiéramos contradecirle, tomar un camino equivocado. Aun así, Dios ha preferido correr el riesgo de nuestra libertad. La libertad imperfecta origina el mal moral en el mundo, causa la violencia, el rencor, la explotación de unos seres humanos por otros. Si no fuéramos libres, no existirían esos males, pues actuaríamos siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, pero tampoco podríamos agradarle, tampoco tendrían ningún mérito nuestras acciones buenas, tampoco habríamos sido creados a imagen de Dios. Sin libertad tampoco habría existido el pecado, por eso la Redención que nos ha ganado Jesucristo, tras una muerte dolorosísima, es también el pago de nuestra libertad. Ésta es la razón más radical del respeto cristiano por la libertad: se trata de un tesoro recibido de Dios Padre, ganado por la muerte de Dios Hijo y que nos asemeja al Dios amor, Espíritu Santo.
Que la libertad implique la posibilidad de errar no quiere decir que requiera el error. Nos recomienda San Pedro en su primera epístola: "Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad" (1 San Pedro 2: 16). La libertad explica el error, pero no lo justifica, porque también tenemos siempre la capacidad de hacer el bien al que nos conduce la verdad. El buen ejercicio de la libertad requiere reconocer la verdad, la realidad externa a nosotros, y el bien. Elegir sin contrastar esa elección con algún criterio de referencia, con algo que sostenga la verdad de nuestra condición humana, no conduce a ninguna parte. Elegir libremente es elegir sin coacción, conscientemente de que ésa es la decisión más adecuada, pero eso no quiere decir que cualquier decisión sea buena sólo porque se haya elegido libremente. “La verdad os hará libres” (San Juan, 8:32) nos dijo Jesús. La libertad, por el contrario, no nos hace verdaderos. La libertad es una

lunes, 11 de agosto de 2014

La libertad del cristiano (I)

Estamos en Jerusalén, en el cenáculo donde Jesús acaba de cenar por última vez con sus discípulos. Al ambiente de solemnidad propio de la fiesta religiosa que celebraban se une el presagio de que algo grande ocurrirá en las próximas horas. Jesús siente muy cercano el momento definitivo de su Pasión  y comparte con sus apóstoles confidencias muy entrañables. Tras mostrarles gráficamente hasta dónde tienen que llegar para ponerse a disposición de los hermanos (les había lavado los pies, tarea que era propia de esclavos), les hablará del mandamiento del amor, de la unidad (la vid y los sarmientos), del amor y la prudencia ante el mundo. En ese contexto, les declara: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (San Juan, 15: 14-15). Jesús nos llama amigos, no siervos, porque la relación con Dios que Él nos enseña se basa en el amor, y el amor sólo pueden ejercerlo personas libres. Con una coacción suficientemente grande pueden obligarnos casi a cualquier cosa, pero nunca podrán imponernos amar a alguien.
Dios nos ha querido libres para tratarle con la confianza y el amor que sólo pueden mostrar quienes lo hacen libremente. Podría perfectamente haber diseñado una especie de robots humanos, que obedecieran ciegamente sus preceptos, conduciéndose en todo momento como el Creador quisiera. Pero, entonces, ya no sería el hombre hecho a “imagen y semejanza de Dios”, como nos indica el Génesis, porque no sería libre, no serían sus acciones fruto de una elección personal y consciente. La
mayor parte de las criaturas que Dios ha querido crear no tienen esa capacidad de elección y se dejan guiar, de modo más o menos mecánico, por sus instintos. No puede decirse propiamente que un acto de un animal sea bueno o malo, porque no tiene calificación moral lo que no se ha elegido libremente, pero de alguna manera la misma existencia de los animales y las plantas da gloria a Dios, y siguiendo las indicaciones de su naturaleza está cumpliendo su destino eterno.
Jesús pedía un acto de fe a quien le solicitaba alguna curación: “¿Crees esto?” (San Juan 11: 26) le pregunta a Marta antes de resucitar a su hermano Lázaro. “Creéis que puedo hacer esto” (San Mateo, 9: 28) les pregunta a dos ciegos que querían ser curados. A nosotros también nos pide que mostremos nuestra fe en decisiones concretas, que confiemos en Él y aprovechemos los medios de gracia que nos concede. Nos recuerda la carta del apóstol Santiago que “la fe sin obras es una fe muerta” (Santiago 2: 17), que es preciso ejercer la libertad de hacer el bien para progresar en nuestra vida cristiana. Eso no significa que nuestras obras generen la fe, como si la gracia de Dios fuera producida por las obras. Más bien es al revés, si hacemos cosas buenas es porque Dios nos da su gracia, pero el hombre no es un espectador pasivo en este proceso. Puede corresponder a esa gracia o rechazarla, siguiendo su libertad. El Señor es el motor de nuestro vehículo espiritual, pero nosotros tenemos que llevar el volante, que cambiar las marchas, que pisar el acelerador o el freno. El conductor no es quien impulsa el coche, pero lo dirige, mejor o peor, y según esas decisiones el coche avanza por el camino adecuado o se pierde.

domingo, 3 de agosto de 2014

En la lengua que hablaba Jesús

Católicos huidos de Mosul. Foto: Allen Kakony / Aleteia.
Tendemos a simplificar el mundo árabe identificándolo con el Islam. Pero conviene recordar que ni todos los árabes son musulmanes, ni todos los musulmanes son árabes. De hecho el país con mayor número de musulmanes en el mundo es Indonesia, que no tiene población árabe. Lo mismo cabe decir de la religión de los árabes, que aunque mayoritamente sea el Islam, no es, ni es deseable que sea, exclusiva. Mucho antes de que naciera el Islam, en el siglo VII, ya existían muchas comunidades árabes cristianas. Las más significativas, sin duda, las que vivían en la tierra que recorrió Jesucristo, en Palestina o en el actual Líbano, o las que predicaron los primeros cristianos, desde Siria (recordemos que fue en la Antioquía siria donde primero se llamó cristianos a los seguidores de Jesús), hasta Caldea o Persia.
La desastrosa guerra de Irak, iniciada tras una sarta de medias verdades y marcadas incoherencias, se ha cobrado ya muchas vidas, mucho dolor, en un país que fue referencia de estabilidad y cierto desarrollo en la región. Hoy contemplamos una consecuencia más de esa cadena de desastres que una guerra desencadena: la división práctica del país y la tremenda persecución de la minoría cristiana, arrollada por un nuevo movimiento fanático musulmán, que domina la tercera parte del país.
Los cristianos caldeos de Irak son tan antiguos como el mismo cristianismo, discípulos de los primeros discípulos de Jesús. De hecho, utilizan en su liturgia el arameo, la lengua en que hablaba Jesús. Originariamente procedentes de la histórica Asiria, una extensión de la actual Siria, estaban muy extendidos en el Noroeste de Irak, en el área de influencia de la ciudad de Mosul, donde reside uno de los obispos caldeos-católicos. Tras varios siglos de escisión de origen Nestoriano, retornaron a la Iglesia Católica en el s. XVI, y forman parte de las llamadas iglesias católicas orientales, en el marco de lo que ahora se denomina patriarcado de Babilonia.
Aunque históricamente han sufrido distintas persecuciones, el número de católicos caldeos era muy relevante hasta el inicio de la guerra de 2003, calculándose en torno a 1.4 millones. Actualmente se estima que pueden quedar unos 500.000, ya que muchos han emigrado a otros países, principalmente Canadá, Australia y EE.UU. La violencia contra los cristianos de Irak no ha cesado en los últimos años, principalmente por parte de las milicias extramistas musulmanas, tanto sunies como chiies. El asalto a la catedral de Bagdag en 2010 o el secuestro y asesinato del arzobispo de Mosul Paulos Faraj Rahho en 2008, se consideraron por algunos acciones aisladas, pero escondían un verdadero genocidio silencioso. Ahora ha dejado de ser silencioso en la región del país que controlan las milicias del Estado Islámico, en donde han impuesto la conversión forzosa o la marcha. ¿Qué hacemos los cristianos occidentales para apoyar a esos hermanos mayores que hablan en la lengua que hablaba Jesús? Al menos, rezar por ellos, como nos pedía recientemente el obispo de Bagdag, conocer su historia, hablar de ellos.

lunes, 28 de julio de 2014

¿Podemos crear mentes artificiales?

Acabo de regresar de un curso de verano donde hemos tratado distintas cuestiones de ética ambiental. En una mesa redonda en donde se debatía sobre los animales tienen o no derechos y en qué sentido se aplica esta atribución, uno de los ponentes trazaba la línea del objeto moral en todos aquellos seres vivos capaces de sentir, esto es los que tienen el sistema desarrollado suficientemente desarrollado como para experimentar dolor o placer. Según este ponente, los animales sintientes merecen consideración moral y por tanto, en sentido amplio, tienen derecho a recibir un trato similar al que damos a los seres humanos. No voy ahora a comentar esta posición, sino una de las preguntas que se hicieron a continuación de las intervenciones: si los límites de la moral se marcan por la capacidad de sufrir, ¿en el futuro también las máquinas cibernéticas (llámanse robots, androides o replicantes, como más nos guste) tendrán esa capacidad y por tanto serán objeto de consideración moral?
Sinceramente me pareció un tanto grotesca esta posibilidad, y de entrada me pareció un buen ejemplo de lo que los clásicos denominaban argumentos “por reducción al absurdo”: si existe la posibilidad de que una máquina tenga consideración moral (esto es merecedora de deberes éticos por nuestra parte) en caso de que consigamos construir una que sienta dolor o placer, entonces es que hemos puesto la frontera de la moral en una línea equivocada.
No voy a entrar ahora a comentar mi posición sobre la consideración que merecen los animales, sin duda mucho más generosa de lo que hemos mostrado tras la revolución industrial, sino más bien a centrarme sobre qué esperamos que produzca el vertiginoso desarrollo de la tecnología en las próximas décadas: máquinas que hagan todo tipo de labores mecánicas (esto parece muy probable), con inmensa capacidad de análisis de información muy variada (también), con el suficiente conocimiento estructural para traducir fluidamente entre distintos idiomas (casi, casi ya está), con posibilidades  de predicción certera de acontecimientos futuros (caliente, caliente…)… pero ¿seremos capaces de hacer máquinas que realmente piensen, que reflexionen, que se auto-reconozcan, que tengan memorias propias (de su actividad), que sean capaces de experimentar alegría o tristeza?
No sé lo suficiente de tecnología para predecir hasta donde llegará el progreso cibernético, pero se me hace muy poco probable y, sobre todo, muy poco deseable que lleguemos a crear seres humanos sintéticos. Al igual que aplicamos el principio de precaución para tomar con mucha cautela los avances de la tecnología en la solución de los problemas energéticos (energía nuclear), alimenticios (transgénicos), médicos (clonación humana, investigación con embriones…), me parece muy relevante que reflexionemos sobre el tipo de mundo que se crearía si esa dirección de desarrollo llegara a consolidarse. No me parece un buen camino para hacer más felices las sociedades que vivimos, siguen sin arreglar –quizá los enturbien mucho más- los más acuciantes problemas humanos.  Esa búsqueda del superhombre tecnológico tiene un cierto tufillo de ideología eugenésica de inicios del s. XX, de tan nefasta memoria. Los seres humanos aunque tenemos capacidades inmensas somos limitados, y es bueno que lo seamos porque eso nos ayuda a ser dependientes, relacionales: sin “los demás”, no habríamos llegado muy lejos.
La tecnología, a mi modo de ver, sirve a las necesidades humanas, pero no es un fin. La revolución ambiental que tantos pensadores preconizan pasa por volver a nuestras raíces más profundas, que son naturales, y el equilibrio ecológico pasa, como la propia raíz del término indica, por cuida nuestra propia casa, por respetar la ecología humana, por escuchar a nuestra propia naturaleza. Me parece que estamos otra vez intentando jugar al "seréis como dioses", tan antiguo como la propia humanidad, alterando lo que naturalmente hemos recibido, asumiendo que somos capaces de hacer un mejor diseño que el del mismo Creador

domingo, 13 de julio de 2014

Una revolución cultural

Conversaba el pasado viernes con uno de los últimos autores que hemos incorporado a la editorial que estoy promoviendo. En poco tiempo, hemos pasado de la relación formal autor-editor, a la de amigos, que es mucho más humana y más enriquecedora. Hablabamos de las raíces del problema educativo en España, de la baja calidad de la docencia, del escaso interés de los estudiantes, y a veces de sus familias, del bajón de contenidos y de la incompetencia de nuestra clase política para tomar medidas eficaces que contribuyan a aliviarlo. Como es más fácil buscar responsables en los demás que en nosotros mismos, pensábamos también en qué podíamos hacer para que ese estado de cosas comenzar a cambiar.
Ciertamente en la emergencia educativa actual hay causas que poco tienen que ver con la legislación, y son más bien, a mi modo de ver, las más hondas y en las que todos podemos hacer algo por remediar. En mi opinión la más importante es precisamente la crisis de valores y de virtudes que afecta a nuestra sociedad. Educar es transmitir valores y enseñar virtudes, o mejor aún hacer amable la virtud. Los valores son postulados ideológicos que fundamentan una sociedad: qué es bueno y qué es malo. Las virtudes son la capacidad real de hacer el bien o el mal, o dicho de otra forma la consistencia para vivir de acuerdo a los valores que se preconizan.
Sin duda la educación debe incluir como elemento fundamental la transmisión del conocimiento a las generaciones más jóvenes, pero en mi opinión esa labor sería muy parcial sino somos capaces de transmitirles nuestros más excelsos valores: la calidad de una sociedad es la calidad de las metas que desea: una sociedad que sólo se afana por el enriquecimiento económico poco tiene que transmitir. El respeto a toda vida  de todas las criaturas, en primer lugar de las humanas, la generosidad, el trabajo bien hecho, la solidaridad con quien nos necesita, la búsqueda de la verdad, la alegría ante el milagro de lo cotidiano y tantas cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido.
Eso requiere algo más que un cambio de legislación: es un cambio de mentalidad, una verdadera revolución cultural, muy lejos naturalmente del triste periodo chino que utilizó esta expresión. Una revolución basada en el diálogo entre personas que puedan pensar distinto pero que necesitan anclar lo que piensan en raíces sólidas. Un diálogo que se base en el conocimiento mutuo, más allá de los tópicos, de los prejuicios que cierran cualquier intercambio de ideas. Ese es el objetivo de la editorial que estamos promoviendo. ¿Te animas a colaborar con el proyecto?

domingo, 6 de julio de 2014

Ciudadanos de primera

Como si se tratara de un mantra oriental, que a base de repetirlo puede convencer hasta al más indiferente, con ocasión y sin ella, los partidarios de que los católicos volvamos a las catacumbras citan para arrinconar nuestra ciudadanía que vivimos en un "estado laico" y que, en consecuencia, cualquier manifestación de lo religioso debería estar aislado de la vida social. De poco sirve recordarles que España no es un estado laico, sino "no confesional", tal y como indica nuestra Constitución (art. 16, n. 3): "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuentalas creencias religiosas de la sociedadespañola y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones".
Algunos aficionados al derecho siguen identificando la no confesionalidad de nuestro país con un supuesto carácter laico, naturalmente en el sentido que ellos lo interpretan, esto es como un estado que evita cualquier manifestación religiosa. Lo que dice la Constitución es más bien lo contrario; reconoce que existen unas creencias en la sociedad española, ancladas en su tradición histórica, que hacen conveniente tener unas relaciones especiales con quien mejor las representa: la Iglesia católica. Por la misma razón que la televisión estatal dedica mucho más tiempo al fútbol que al paddle, por poner un ejemplo, puesto que el fútbol es el deporte que más interesa a la gente, por la misma razón el Estado pone más atención en las creencias que más representadas están en la sociedad española: un argumento limpiamente democrático. Quienes intentan eliminar cualquier presencia social de lo religioso son tan demócratas como quienes intentan eliminar a los partidos políticos, los sindicatos o los periódicos que no les gustan, y quienes callan los argumentos racionales que los católicos presentamos en tantos temas de interés social (matrimonio, defensa de la vida, familia, derechos laborales, conservación de la naturaleza, etc.) son tan racionales como los que convierten un debate de ideas en una cuestión personal: en lugar de responder con argumentos, se desprecia a la persona por ser quien es (esto los clásicos le llamaban argumento "ad hominem", que la wikipedia define como a un tipo de falacia que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor de ésta).
Sobre estos y otros temas relacionados con la libertad de los católicos en la vida pública se centra el libro que acaba de editar el profesor Andrés Ollero, ahora miembro del tribunal constitucional. El ensayo se denomina Laicismo: Sociedad neutralizada, y está en el marco de la colección que la editorial  Digital Reasons está promoviendo para aportar argumentos de peso sobre los grandes temas de controversia social. Muy recomendable.

domingo, 29 de junio de 2014

Custodios de la Creación

He estado toda la semana en el palacio de la Magdalena de Santander, coordinando un curso en la Universidad Menédez Pelayo sobre "¿Por qué conservar la naturaleza? Ha sido una experiencia extraordinaria, tanto por los profesores que han participado en estas jornadas, como por los alumnos y el entorno que se ha creado. No siempre es fácil hablar de temas de fondo que a uno le preocupan, más aún de hacerlo con personas que comparten unos mismos valores, tan alejados ciertamente del común social. La conservación ambiental resulta atractiva para la sociedad contemporánea, pero rara vez pasa ese interés de un asunto meramente "cosmético", bastante alejando de una postura personal y colectiva que evidencie una relación afectiva con nuestro entorno. Los cambios necesarios van mucho más allá de acostumbrarnos a reciclar, a ahorrar agua o energía. Es preciso una verdadera "conversión ecológica", como indicaba Juan Pablo II en su mensaje para la jornada mundial de la paz de 1990. Pocos se han enterado todavía, también entre los cristianos, que parecen seguir considerando que la Creación entera está a su servicio, sin apreciar la belleza, la bondad y la verdad que en todas las criaturas -pensadas por Dios, por eso mismo existentes- se encierra. Los hábitos que esa relación conlleva, las posturas en el uso de los recursos, en nuestra relación con el entorno, en los valores que propugnamos, están todavía lejos de una sociedad verdaderamente acogedora con el medio natural y social que nos rodea. Es mucho lo que nos jugamos. Como siempre es la educación el pilar de cualquier cambio profundo. Acabo recordando unas palabras de San Juan Pablo II en el discurso al que hacía referencia antes:“Hay pues una urgente necesidad de educar en la responsabilidad ecológica: responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, responsabilidad con el ambiente (…) Su fin no debe ser ideológico ni político, y su planteamiento no puede fundamentarse en el rechazo del mundo moderno o en el deseo vago de un retorno al «paraíso perdido». La verdadera educación de la responsabilidad conlleva una conversión auténtica en la manera de pensar y en el comportamiento” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, , 1990, n. 13).

domingo, 15 de junio de 2014

Emergencia Educativa


A nadie sensato se le escapa que la educación es la base del desarrollo humano de un país. Una educación de calidad, suficientemente extendida como para abarcar a todos los estratos de la población, es un ideal por el que no podemos cansarnos de luchar. Transmitir lo mejor de nuestra cultura, arte, técnica, ciencia y ética a las generaciones futuras es la mejor garantía del progreso. Por estas razones, me preocupa muy especialmente el deterioro de la educación que observamos en las últimas décadas en España. Las explicaciones más socorridas: deterioro de las familias, crisis económica, impacto de la inmigración, etc. no me sirve más que como socorridos argumentos que explican más bien poco. Hay razones mucho más de fondo: desprestigio social del profesorado, desmotivación, legislaciones desorientadas, medios escasos y mal aprovechados y, sobre todo, un cambio profundo en el concepto mismo de educación, que urge repensar.

Para quienes consideren este tema como uno de los más relevantes que es preciso mejorar a corto plazo, recomiendo vivamente el libro del profesor Carlos Jariod: SOS Educativo. Raices y soluciones a la crisis educativa, que acaba de publicar la editorial Digital Reasons. Con una gran brillantez y hondura, el profesor Jariod desgrana las causas últimas del deterioro educativo: el cambio en el paradigma antropológico que supone convertir al profesor de un maestro, guía, modelo, en un mero facilitador de experiencias cognoscitivas, en medio de una crisis relativista que dinamita la base última del aprendizaje: sólo vale la pena esforzarse por aprender lo que se valora. Cuando cualquier conocimiento es igualmente válido, ya sea emitido por un premio Nobel en su ámbito o por el vecino de la esquina, el conocimiento se convierte en un objetivo evanescente. En palabras de Jariod: "El nihilismo escolar hace del hombre un ser huérfano y solitario. Lo despoja –o eso pretende- de su deseo de verdad y de bien. Nuestros jóvenes,  muchos de ellos sin referentes, son tan ignorantes que desconocen que lo son". Así, la ignorancia que con creciente preocupación comprobamos en nuestros alumnos, "...no se debe a la escasa inteligencia de los estudiantes actuales, sino a que el sistema educativo promueve él mismo la indiferencia y la falta de conocimiento". Es preciso recuperar entonces el valor del conocimiento depurado por la sabiduría de quienes antes que nosotros han sabido discernir lo realmente sustancial. Conceder la importancia social que merece el profesor, procurando que sean nuestros mejores universitarios quienes se orienten hacia esa labor, porque  "...la centralidad del profesor no consiste en que el alumno carezca de importancia, sino al contrario que el docente es el portavoz de una tradición cultural imprescindible; la importancia del maestro de enseñanza elemental y la del profesor de enseñanza media, su función social, consiste en que ser portador ante los jóvenes de lo más preciado de la comunidad: su lengua y su cultura".

No podemos esperar más, ni siquiera a que se pongan de acuerdo los dos partidos mayoritarios, que ciegos al impacto que sus decisiones superficiales y sesgadas, están poniendo en peligro un pilar fundamental de nuestra convivencia social.

domingo, 8 de junio de 2014

Serenidad, Valor, Sabiduria

Hace muchos años lei una oración que me viene muchas veces a la mente ante situaciones diversas de la vida.
"Señor Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
Valor para cambiar las cosas que sí puedo 

y sabiduría para conocer la diferencia"

En su momento pensé que era de Sto. Tomás Moro (le pega mucho, considerando su pensamiento), pero parece que es de un teólogo estadaounidense evangélico, Reinhold Niebuhr, que falleció en 1971.  En cualquier caso, me parece una frase que deberíamos enmarcar en nuestra alma, e incluso quizás en una de nuestras paredes para recordarnos con frecuencia como afrontar situaciones que, mal elegidas, pueden llevarnos a la ansiedad o a la mediocridad. Porque si intentamos cambiar cosas que no podemos cambiar, que no dependen de nosotros, es posible que acabemos frustados, pensando que no hacemos bien las cosas, que nuestra tarea no tiene frutos ni, quizás, sentido. Pero si no cambiamos nada, ni siquiera lo que podemos fácilmente cambiar, habremos caído en un adocenamiento vital, en un conformismo que supone pactar con nuestra propia debilidad. Por eso es tan importante pedir a Dios que nos ilumine con su sabiduría, para que sepamos distinguir entre lo que podemos -y, en el fondo, sabemos que debemos- cambiar, y lo que no depende de nosotros, lo que está sujeto a otros factores que se nos escapan: la libertad de los demás, las circunstancias imprevisibles, los medios que no podemos conseguir, y un largo etcétera. Una idea nuclear del cristianismo es la lucha ascética, la tensión interior por ser mejores, por parecernos más a Jesús -nuestro único modelo-, aunque sepamos que es una meta imposible, a la que ni siquiera podemos tender con solo nuestras propias fuerzas. Ser más humildes, más generosos, más honestos, más optimismas, más diligentes, más laboriosos depende -casi siempre- de nosotros mismos; que los demás lo sean, casi siempre no. Podemos ayudarles, pero son ellos quienes toman las decisiones; no podemos responsabilizarnos de las conductas de otros, aunque dependen, de alguna manera, de nosotros mismos: familiares, colegas de trabajo, amigos... Serenidad, valor y sabiduría, tres actitudes vitales para afrontar tantas situaciones cotidianas que evitan la complacencia mediocre o a la ansiedad insoluble.

domingo, 1 de junio de 2014

¿Quo Vadis Europa?

Al margen del socorrido comentario sobre la difícil extrapolación de los resultados de  las elecciones europeas del pasado domingo a otras elecciones que el común de los electores considera "más serias", me parece que sería un error menospreciar lo ocurrido. No voy a añadir mucho a los sesudos comentarios que se han hecho estos días, pero realmente no deja de inquietar el enorme desgarro que se percibe en Europa. La falta de fe de los ciudadanos en el proyecto de cooperación trasnacional que hemos construido a lo largo de décadas y que no tiene precedente en la historia de la Humanidad.
Si bien las mayorías siguen favoreciendo la construcción de esa realidad multinacional, son también muy relevantes los grupos que, con un signo u otro, apuestan por la ruptura del sistema: privilegiar a los locales, echando a los inmigrantes o a otros europeos, cerrar las fronteras, recuperar el nacionalismo, poner patas arriba la economía... y un largo etcétera. No es fácil encontrar un denominar común, pues las tendencias en cada país parecen muy divergentes, pero me atrevo a indicar que lo común es la crítica a lo establecido, la deconstrucción de la realidad instituida, la utópica visión de que lo por-venir es mejor que lo realizado. Me pregunto si está fundamentado el desencanto de los ciudadanos europeos. Muchos dicen que sí, que las injusticias son tremendas, que la crisis ha arrasado a muchas personas, que es preciso empezar otra vez desde cero... Pero no olvidemos, que son las mismas palabras que han alumbrado los peores populismos del último siglo, desde el nazismo hasta la revolución rusa, la china, la cubana o la norcoreana... las demagogias que sumen en el caos a sociedades antaño razonablemente desarrolladas como la venezolana o -aunque espero que no se consume- la argentina.
Europa pierde la perspectiva de que, pese a los muchos problemas, a las muchas personas que están en una situación muy delicada, somos un continente privilegiado, sin duda el que disfruta de mayor libertad, de mayor estabilidad económica, de mejores servicios sociales del mundo (incluyo ahí también a Norteamerica, donde he vivido tres años). Ciertamente no somos ya los que lideramos el desarrollo industrial o tecnológico, pero sin duda no hay servicios sociales comparables a los europeos. Un ciudadano europeo en la peor de las situaciones -obviamente no se la deseo a nadie- es seguramente mucho más afortunado que uno africano, americano o asiático de clase modesta. Tendrá, con casi toda probabilidad, atención médica de calidad, educación para sus hijos, libertad de pensamiento y una sociedad que -pese a los crecientes egoísmos- en buena medida intentará protegerlo. Todo eso ocurre porque Europa es un continente que pese a sus defectos ha nacido y crecido con unos ideales de solidaridad, de desarrollo compartido, de derechos humanos, que no tienen parangón en el mundo: en pocas palabras porque ha sido -y todavía sustancialmente lo es- una sociedad cristiana. No podemos cerrarnos a eso. No sería justo arrancar nuestras raíces solo para dejarnos huérfanos de valores. Ciertamente es preciso seguir trabajando para aliviar las desigualdades en Europa, pero todavía es mucho lo que el modo de ser y de vivir europeo puede enseñar al mundo.

sábado, 24 de mayo de 2014

Te imaginas lo que pasaría si...

En un país de mayoría musulmana, pero con una región donde buena parte de la población no lo es, un grupo radical cristiano secuestra doscientas niñas musulmanas para convertirlas forzadamente al cristianismo, para evitar que sigan educándose, pues piensan que el cristianismo prohíbe que las niñas estudien, que Jesús mandó que las niñas se dedicaran exclusivamente al trabajo del hogar. En varios países musulmanes algunas personas protestan, pero los gobiernos apenas levantan la voz, ni aprovechan el momento para exigir de una vez por todas libertad religiosa en todo el mundo cristiano, en donde los radicales cristianos están llevando una verdadera limpieza religiosa. Lo importante es seguir comprando su petróleo. Ninguna autoridad cristiana relevante condena esa barbarie. Ninguno explica que Dios no puede ser excusa para ejercer la violencia, que el Evangelio en ningún momento justifica la conversión forzosa. La prensa de los países musulmanes tampoco clama radicalmente contra el secuestro. Apenas tímidas manifestaciones en la calle. Los medios y los intelectuales de los países musulmanes, por su parte, indicarían que se trata de grupos radicales y seguirían defendiendo que el cristianismo es muy tolerante, y que es el Islam quien tiene un pasado lleno de intolerancia religiosa. Además, lo importante ahora es la final de un torneo de fútbol, mucho más relevante que la suerte de doscientas niñas musulmanas...
¿Te imaginas todo esto? ¿Te imaginas qué ocurriría si fueran musulmanas las niñas secuestradas? ¿Qué pasa en Occidente? ¿Tanto hemos perdido que no somos capaces ni de defender los principios más básicos? ¿Qué pasa con los creyentes musulmanes? ¿cómo pueden estar callados cuando alguien usa el nombre de Alá para justificar la violencia? "No tomarás el nombre de Dios en vano", es un precepto que sirve para las tres religiones monoteístas, para cualquier religión en realidad, pues invocar a Dios para matar a quienes El ha creado es un sacrilegio de inmensa irreverencia. Reaccionad, hermanos que creeis en Alá; reaccionemos, hermanos que creemos en Dios... El mundo se equivoca cuando considera que los excesos de los radicales religiosos se corrigen eliminando la religión: sólo pueden corregirse con una religión verdaderamente cercana a Dios, una religión pura que busca amarle y amar a todas las criaturas, particularmente a las que creó a su imagen y semejanza. Cuando se utiliza a Dios para justificar los fines propios, la religión acaba convirtiéndose en una ideología: un esquema mental que intenta adaptar la realidad a unas ideas preconcebidas. Como señalaba Benedicto XVI: "Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología" (Mensaje en la jornada mundial de la paz, 2007).

sábado, 17 de mayo de 2014

Como Internet nos está cambiando

No hace falta ser un analista social para darse cuenta que Internet supone una revolución cultural, además de económica y de otros órdenes. Por revolución entiendo lo que se entiende en los libros de Historia, un cambio radical, una nueva orientación de las cosas. Hasta qué punto esto es así resulta difícil de precisar, pues estamos metidos de lleno en el inicio de esa revolución y todavía solo atisbamos algunas de sus múltiples consecuencias. Lo más obvio es darse cuenta que Internet está cambiando nuestra forma de buscar y recibir información, pero requiere algo más de reflexión darnos cuenta de que está cambiando también otros aspectos mucho más básicos de nuestro modo de ser, desde la forma en que nos educamos o nos divertirnos, hasta los modos en que nos relacionamos con los demás (o no nos relacionamos). Resulta curioso, y a mi modo de ver lamentable, observar esas parejas sentadas en una cafetería, con un refresco todavía frío, una enfrente del otro, contestando freneticamente sus "guasaps", viendo vídeos de no se sabe qué estupidez mediática o escuchando música (naturalmente descargada lo más pirata posible). ¿De qué hablan dos jóvenes cuando se encuentran? Casi nada entre ellos, porque hay que contestar a otros que se encuentran virtualmente encerrados en una máquina que reclama su plena atención. Y no sólo son jóvenes, también mucho menos jóvenes que se desligan de una conversación colectiva para contestar mensajes, ver el periódico y los resultados del "partido del siglo", porque todo tiene que ser "en tiempo real", curiosamente sacrificando la realidad que vivimos en cada momento, que queda aparcada por la tensión de una comunicación frenética que tantas veces está solo cargada de nimiedades.
Quien observe las tendencias sociales no puede menos de analizar qué está haciendo con nosotros Internet, qué enormes ventajas nos proporciona y a qué otros desastres nos conduce. Cómo nos ayuda o nos obstaculiza las relaciones humanas, la capacidad de reflexión, de aprender críticamente, de crecer en madurez, en libertad y en responsabilidad.
Pensaba en estos temas mientras leía el último libro publicado por la editorial Digital Reasons, que titula Homo Interactivo: Como Internet nos está cambiando, un magnífico análisis de los impactos de Internet en nuestras vidas cotidianas, y particularmente en la forma en que aprendemos y nos relacionamos con los demás. El autor, con amplia experiencia en tareas educativas, presenta los avances tecnológicos que han permitido el desarrollo actual de la red y reflexiona sobre sus principales impactos, sus fortalezas y sus debilidades, para ayudarnos a pensar con más detalle en qué medida nos enriquece como personas, pero también en qué otros supone una pérdida en nuestros valores potencialmente muy sustancial.

domingo, 11 de mayo de 2014

¿Para que sirve un colegio católico?

El pasado viernes me invitaron a una graduación de alumnos de segundo de bachillerato en un colegio católico. No tengo mucha experiencia de este tipo de ceremonias, que parecen haberse convertido ya en tradición, no sólo en la enseñanza media sino incluso en la primaria. En el primer caso parece más justificado, porque supone rendir homenaje a una parte muy esencial de la vida de cualquier estudiante, la que cubre su infancia y adolescencia, en muchas ocasiones compartida con los mismos compañeros y en el mismo centro escolar.
La referencia explícita a Dios en distintos momentos de la ceremonia me hizo pensar sobre la impronta que marcaría en las vidas de esos chicos y chicas su paso por una escuela católica. ¿Cuántos de quienes estaban allí sentados vivirían con entusiasmo su fe? ¿Cuántos la mantendrían durante y después de sus estudios universitarios? ¿Qué influencia tendrían esos jóvenes en conformar una sociedad cristiana? ¿Hastá qué punto serían fermento de otros valores o se dejarían arrastrar por los imperantes?
Sin ánimo de ser pesimista (ninguna persona con Fe puede serlo, pues Dios es, en última instancia, el Señor de la Historia), a primera vista resultan poco aleccionadores los resultados del ingente esfuerzo que hacen las instituciones católicas en la educación de la juventud de este país. Se estima que un 35% de los chicos y chicas de este país se educan en colegios con ideario católico. A juzgar por los valores imperantes en la sociedad española, a juzgar por lo que uno observa en la Universidad, a juzgar por la actuación de personas singulares que estudiaron en colegios católicos (no voy a citar ejemplos concretos, pero hay sobrados en la vida política, social y cultural), ese ingente esfuerzo no parece dar los frutos esperados. Naturalmente, la educación católica no es adoctrinamiento, como no puede serlo ninguna buena educación, y respeta la libertad de las personas, que pueden en última instancia aceptar o no los valores que se le proponen. No obstante, parece razonable que la educación recibida durante una parte tan significativa de la formación de los referentes éticos de cualquer persona debería implicar un impacto más hondo en su visión de la cultura, la ciencia y la técnica, en sus valores y virtudes, que llevaría en su conjunto a construir una sociedad más acorde con el Evangelio, esto es, más digna del ser humano, más honesta, más generosa, más profesional, más abierta a la vida, más espiritual.
No soy quien para señalar los factores de este aparente fracaso de la escuela católica en España, de su escaso impacto en conformar los valores de la sociedad contemporánea, pero se me antoja que debería ser una preocupación central de todos aquellos que promueven, dirigen o participan activamente en estas escuelas. Como indicaba Benedicto XVI en su visita a los alumnos de un centro escolar católico del Reino Unido en 2010, "...una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad. Y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos". Bien está que una escuela católica sea reconocida por su prestigio educativo, por su nivel de idiomas o de práctica deportiva, pero si no ayuda en última instancia a conformar mentes y corazones católicos no está cumpliendo bien su misión. La meta que señalaba Benedicto XVI era muy ambiciosa: ser santos. Y ser santos es estar muy cerca de Jesús, querer ser como El, vivir su mensaje en plenitud, sin renunciar a ninguno de los valores hondamente humanos. Ser santo es estar entusiasmado y entusiasmar a otros, ser consecuentes con unos valores (amistad, familia, amor, generosidad, alegría) aunque sean anómalos en los ambientes en los que vivimos, aunque sean ridiculizados u hostigados, porque nos darán una felicidad duradera, que no depende del exterior sino de nosotros mismos, de nuestra relación con Dios y con los demás.

domingo, 4 de mayo de 2014

Mas tonto que un católico del PSOE

Recuerdo haber visto en mi adolescencia, cuando vivíamos tiempos de cambio político, una pintada en mi barrio que me llamó especialmente la atención. Decía algo así como: "Eres más tonto que un obrero de derechas". Lo que se entendía en España por ser de derechas hacía esa sentencia bastante verosimil, pues resultaba casi obvio que los intereses de un trabajador de pocos recursos eran muy poco compatibles con quienes tendían por definición al beneficio exclusivo de las clases pudientes. No voy ahora a entrar en si esa imagen tópica que asocía el capitalismo opulento a "ser de derechas" es o no justa; aunque ciertamente parece una simplificación abusiva de la realidad, pues imagino que habrá muchos políticos de derechas que tienen tanta o más preocupación social que otros que se apropian en exclusiva de ese calificativo.
En cualquier caso, lo que me interesa comentar ahora es que una frase similar me vino a la cabeza escuchando ayer a una dirigente destacada de nuestro principal partido socialista. Criticando el mensaje de recuperación económica que lanza el gobierno, decía la Sra. Valenciano que aquí lo único que se recupera son "los catecismos en los colegios y los abortos clandestinos". Esta "sesuda" afirmación no merecería mayor comentario, sino fuera por lo que implica: a falta de reivindicaciones verdaderamente sociales y progresistas, los dirigentes socialistas se dedican a fundamentar su supuesto progresismo en el insulto permanente a la Iglesia y en defender su proyecto de ingeniería social, basado en buena parte en el aborto y en la ideología de género. En pocas palabras, como parece que en las recetas económicas no aportan nada al neocapitalismo vigente (y si no, que se lo digan al primer ministro socialista francés, con los tremendos recortes sociales que está poniendo en marcha), nuestro socialismo sigue anclado en darle coces a la Iglesia con ocasión y sin ella.
Sinceramente no entiendo esa actitud. En Italia el primer ministro de izquierdas es católico practicante; en Alemania hay muchos católicos entre la socialdemocracia; mientras en EE.UU., los católicos han sido tradicionalmente el sustento del partido demócrata... En suma, no veo porque se empeña el PSOE en ponerse enfrente de quienes podriamos admitir muchos de sus planteamientos, simplemente por seguir dando una imagen de modernidad que no deja de estar trasnochada. ¿Es tan difícil entender que un niño gestante es un ser humano y que el aborto es una tragedia que nada tiene que ver con el progreso? ¿Es tan anómalo considerar que los católicos hemos leído las encíclicas sociales de la Iglesia y que por tanto estamos tan de acuerdo con la protección a los trabajadores, con los sindicatos, con una economia social, con la conservación ambiental o con la ciencia como cualquiera que se empeñe en atribuirse en exclusiva el calificativo de progresista?
Empeñándose en ese discurso el PSOE se ancla en crearse enemigos donde no tendría por qué tenerlos, y sólo me viene a la cabeza la incongruencia de que los católicos apoyemos esas actitudes con nuestros votos. Señores y señoras del PSOE, estamos en el s. XXI, no sigan ustedes con actitudes que son más propias del jacobinismo francés del s. XVIII que de la postmodernidad.