Estoy estos días en las inmediaciones de dos rasgos geográficos verdaderamente admirables, pero en cierto sentido contradictorios. Dos portentos que se relacionan con el agua: la segunda presa más grande del mundo, Itaipú, en la frontera entre Brasil y Paraguay, y las cataratas del Iguazú, en la frontera entre Brasil y Argentina. Ambas mueven una enorme cantidad de recursos económicos: una al generar una inmensa cantidad de energía (el equivalente a 15 centrales nucleares), y otra por el gran flujo de turistas que vienen a contemplar esta maravilla natural. La primera supone un ingente obra de transformación de la naturaleza en beneficio del ser humano; la segunda, una inspiración portentosa para admirar la belleza de la Creación, para enriquecer nuestro espíritu con la contemplación de lo que nos supera. La misma criatura que es capaz de dominar un rio, extrayendo de su caída una energía que domestica, mira asombrado la caída de otro rio. Tanto la presa como como las cataratas suscitan un sentimiento de impresión trascendente. La obra de ingeniería tiene unas dimensiones tan colosales que uno se pregunta cómo es posible que un ser tan incapaz de sobrevivir por sí mismo pueda levantar muros de cientos de metros de alto, de kilómetros de longitud, desplazando millones de toneladas de rocas. He tenido la suerte de estar en la base de la presa, a más de 160 m por debajo del nivel del embalse, contemplar la estructura de hormigón armado, que más de 40.000 trabajadores tardaron casi 8 años en construir, para canalizar el inmenso flujo de agua hacia 20 turbinas que la convierten en energía. Pocas horas más tarde, contemplaba una sinfonía de agua cayendo de modo anárquico, en grandes y en pequeñas cataratas, formando un paisaje de singular belleza, ante el que solo cabe admirarse. ¿Qué buscamos los seres humanos en la naturaleza? ¿Solo servirnos de ella? ¿Sólo admirarla? ¿Tenemos derecho a transformar lo que sería fruto de admiración? ¿Podemos privar a quienes vengan tras nosotros de ese tesoro?"Una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades" (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 2013, n. 183)
viernes, 19 de abril de 2013
Nuestra relación con Naturaleza: ¿admirar o transformar?
Estoy estos días en las inmediaciones de dos rasgos geográficos verdaderamente admirables, pero en cierto sentido contradictorios. Dos portentos que se relacionan con el agua: la segunda presa más grande del mundo, Itaipú, en la frontera entre Brasil y Paraguay, y las cataratas del Iguazú, en la frontera entre Brasil y Argentina. Ambas mueven una enorme cantidad de recursos económicos: una al generar una inmensa cantidad de energía (el equivalente a 15 centrales nucleares), y otra por el gran flujo de turistas que vienen a contemplar esta maravilla natural. La primera supone un ingente obra de transformación de la naturaleza en beneficio del ser humano; la segunda, una inspiración portentosa para admirar la belleza de la Creación, para enriquecer nuestro espíritu con la contemplación de lo que nos supera. La misma criatura que es capaz de dominar un rio, extrayendo de su caída una energía que domestica, mira asombrado la caída de otro rio. Tanto la presa como como las cataratas suscitan un sentimiento de impresión trascendente. La obra de ingeniería tiene unas dimensiones tan colosales que uno se pregunta cómo es posible que un ser tan incapaz de sobrevivir por sí mismo pueda levantar muros de cientos de metros de alto, de kilómetros de longitud, desplazando millones de toneladas de rocas. He tenido la suerte de estar en la base de la presa, a más de 160 m por debajo del nivel del embalse, contemplar la estructura de hormigón armado, que más de 40.000 trabajadores tardaron casi 8 años en construir, para canalizar el inmenso flujo de agua hacia 20 turbinas que la convierten en energía. Pocas horas más tarde, contemplaba una sinfonía de agua cayendo de modo anárquico, en grandes y en pequeñas cataratas, formando un paisaje de singular belleza, ante el que solo cabe admirarse. ¿Qué buscamos los seres humanos en la naturaleza? ¿Solo servirnos de ella? ¿Sólo admirarla? ¿Tenemos derecho a transformar lo que sería fruto de admiración? ¿Podemos privar a quienes vengan tras nosotros de ese tesoro?domingo, 7 de abril de 2013
Los niños que no se ven
Hoy se celebra en Madrid el día internacional de la vida. Una nueva oportunidad para reflexionar sobre los valores actuales en torno a la vida, desde su inicio, hasta su fin natural. Quiero en esta oportunidad hacer una referencia especial a los niños diferentes, a aquellos que no nacen con las mismas condiciones de salud física o mental. Todos sentimos un especial cariño por los niños, que son la imagen viva de la esperanza, plenos de alegría y vitalidad. Parece un contrasentido que haya niños que no muestren rostros de vitalidad, sino de dolor; casi nos resulta escandaloso que haya niños con condiciones físicas o mentales que consideramos fuera de la normalidad. Solo queremos infancias felices, donde todo es plenitud y alegría, y huimos ante lo que empañe esa imagen de la infancia que parece recogida de un anuncio publicitario. Por eso, nos resulta cada vez más llamativo ver niños diferentes, niños que experimentan el dolor, que sufren la enfermedad, la limitación mental. Una sociedad que se dice partidaria del débil, del discriminado, del marginado no quiere ver ni oir a los niños diferentes, y los elimina. En el drama terrible del aborto, no olvidemos que muchos de esos niños que no se ven eran niños con deficiencias. Sería espantoso que alguien pretendiera eliminar a los seres humanos discapacitados. Ha habido mostruos que lo han intentado, pero paradojicamente no denunciamos con toda rotundidad el aborto selectivo de aquellos niños que esta sociedad considera menos capacitados. Los textos que amparan legalmente este verdadero genocidio los definen como "niños con graves malformaciones". Con esta base legal, en España el 85% de los niños con síndrome de Down son abortados; en el Reino Unido casi el 95%. ¿Alguien dirá que la niña que figura en la portada del libro que acaba de publicar el Dr. Moreno Villares sobre estos temas tiene menos derecho a vivir que cualquier otro? Recomiendo su lectura: Niños Diferentes. Puedes encontrarlo en la página web de la editorial que estoy promoviendo: www.digitalreasons.es.
Termino felicitando a los padres de estos niños, por su inmenso amorque, les lleva a aceptar a estos niños, tal vez frente a un entorno que no es capaz de sentir el valor de la vulnerabilidad, de nuestra radical dependencia. Os dejo con el propio autor del libro, os explica en 3 minutos su motivación para escribirlo:
Termino felicitando a los padres de estos niños, por su inmenso amorque, les lleva a aceptar a estos niños, tal vez frente a un entorno que no es capaz de sentir el valor de la vulnerabilidad, de nuestra radical dependencia. Os dejo con el propio autor del libro, os explica en 3 minutos su motivación para escribirlo:
domingo, 31 de marzo de 2013
La alegría de la Pascua
Los cristianos celebramos hoy la Resurrección de Jesucristo. Es la fiesta más importante del cristianismo, la Pascua por excelencia. Si Jesucristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe, como argumentaba San Pablo, pues todo hubiera acabado en una químera anclada a la Cruz. Pero no era ese el final, no es ése el destino del sacrificio del inocente. No es cierto que el mal triunfe, aunque a nuestros ojos tantas veces lo parezca, aunque se nos antoje demasiado débil el triunfo de Jesús. El reinado de Cristo es definitivo: no necesita ninguna otra demostración, pero Dios no quiere reinar como los gobernantes temporales, no quiere evidenciar su poder, tal vez para que sea más libre nuestra aceptación. Si el poder de Jesús necesitara evidenciarse por la fuerza, imponerse por un dominio material, no cabría más que someterse, y El quiere que le queramos libremente. A veces esto nos desconcierta, y nos gustaría que Dios se manifestara de modo más rotundo, que acabara con las injusticias, que retirara la cizaña del mundo. Por eso, nos preguntamos, con el entonces Cardenal Ratzinger, "¿por qué sigue impotente?, ¿por qué reina tan débilmente, crucificado, como un fracasado? Sin embargo, es evidente que quiere reinar así, ése es el poder divino. Porque dominar por imposición, con un poder que se ha conseguido y se mantiene por la fuerza, al parecer, no es la forma divina de poder" (La sal de la Tierra, 1997, 239).
Pero cualquier poder material es perecedero. Cualquier imperio ha caído. Cualquier gobernante, por más poder que hubiera tenido, ahora está tan enterrado como cualquier otro ser humano, quizá junto al más débil o ignorante. Solo Jesucristo está vivo, solo El ha resucitado. La muerte no fue el final de su Vida, sino sólo una etapa. Los cristianos no tenemos derecho al pesimismo, no podemos mirar los problemas con horizontes terrenos. La ecuación sólo se resuelve cuando se añade un término que está anclado en la vida eterna. Cuando la existencia terrena parezca absurda; no perdamos de vista que no se encierra en sí misma. No es necesario que todas las piezas encajen aquí, porque algunas de ellas no son de aquí. Sin espíritu estamos perdidos en la ilógica de un puzzle al que le faltan muchas piezas: no podremos armarlo, ni siquiera a veces veremos cuál es su tema de fondo. Por eso la Resurrección de Jesús nos recuerda nuestra dimensión más profunda, a la que estamos llamados, que reclamamos en lo más hondo de nuestra alma, a veces sin quererlo explícitamente. ¿Por qué, si no, esa tendencia a perdurar? ¿por qué son siempre más altos nuestros anhelos? ¿por qué sentimos que la felicidad de la tierra no es suficiente?
Pero cualquier poder material es perecedero. Cualquier imperio ha caído. Cualquier gobernante, por más poder que hubiera tenido, ahora está tan enterrado como cualquier otro ser humano, quizá junto al más débil o ignorante. Solo Jesucristo está vivo, solo El ha resucitado. La muerte no fue el final de su Vida, sino sólo una etapa. Los cristianos no tenemos derecho al pesimismo, no podemos mirar los problemas con horizontes terrenos. La ecuación sólo se resuelve cuando se añade un término que está anclado en la vida eterna. Cuando la existencia terrena parezca absurda; no perdamos de vista que no se encierra en sí misma. No es necesario que todas las piezas encajen aquí, porque algunas de ellas no son de aquí. Sin espíritu estamos perdidos en la ilógica de un puzzle al que le faltan muchas piezas: no podremos armarlo, ni siquiera a veces veremos cuál es su tema de fondo. Por eso la Resurrección de Jesús nos recuerda nuestra dimensión más profunda, a la que estamos llamados, que reclamamos en lo más hondo de nuestra alma, a veces sin quererlo explícitamente. ¿Por qué, si no, esa tendencia a perdurar? ¿por qué son siempre más altos nuestros anhelos? ¿por qué sentimos que la felicidad de la tierra no es suficiente?
domingo, 24 de marzo de 2013
¿Qué significa la Cruz?
Hoy Domingo de Ramos iniciamos los cristianos la semana litúrgica más importante, a la que llamamos, con propiedad, Semana Santa. Para muchos serán sólo unos días de descanso, para otros una ocasión de recuperar tradiciones culturales. Para los cristianos es una ocasión especialmente nítida de recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. En nuestro país son frecuentes en estos días las manifestaciones públicas de los misterios pascuales, habitualmente en forma de procesiones callejeras, que recuerdan el sentido último de estos días. A mi no me atraen especialmente; prefiero celebrarlo de modo más íntimo, en los oficios litúrgicos y en una oración más recogida.
Tanto para quienes son más partidarios de la devoción pública, como para los que se siente más cercanos a una celebración más discreta, son días especialmente propicios para meditar sobre el sentido último del sufrimiento de Jesús y, por extensión, de la presencia del dolor, del sufrimiento, en el mundo. ¿Por qué quiso Jesucristo redimirnos con un sacrificio tan tremendo? ¿no podría haberlo hecho con mucho menos dolor? La tradición católica lo interpreta como un signo de la maldad del pecado; es tan grave que el hombre se enfrente a Dios, que desprecie la imagen de Dios en los demás hombres, que el mismo Hijo de Dios tenía que morir, en su humanidad, para repararlo. Ese sacrificio ha servido para pagar por todos los pecados de todos los seres humanos, también por los nuestros. El tremendo dolor de Cristo fue fruto de nuestras conductas equivocadas, y estos días, ante la meditación de ese dolor, ¿vamos a seguir manteniendo tales conductas? ¿vamos a seguir pidiéndole a Jesús que muera por ellas? ¿no seremos suficientemente generosos para acabar con ellas, para cambiar?
Por otro lado, la consideración del sufrimiento de Jesús en su Pasión nos recuerda nuestro propio dolor, físico o espiritual. El mundo sigue doliéndose por nuestros pecados. Y nos preguntamos ¿si Jesucristo ya ha sufrido por ellos, porque es necesario que siga existiendo? ¿Hay algo más que redimir? La tradición cristiana confiesa a Jesús como el único Redentor de los seres humanos. El sacrificio de la Cruz bastó para redimirnos del pecado. Sin embargo, Dios quiere también que nosotros nos asociemos libremente a la Redención, no quiere -si podemos hablar así- imponernos su sacrificio. Podría haber salvado a todos automáticamente, pero ya no seríamos libres de aceptar o no su amor por nosotros. Aunque ya no es necesario más sacrificio, Dios nos permite asociarnos al dolor de su Hijo con nuestro propio dolor. Ese es el sentido de las palabras de San Pablo: "Hermanos: Ahora me alegro de sufrir por vosotros, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1, 24-25). Por eso, cualquier dolor, enfermedad, sufrimiento, tienen un sentido redentor si nos unimos al sacrificio de la Cruz. La Beata Teresa de Calcuta, que tan bien conocía el dolor humano, nos dejó escrito: "El sufrimiento en sí mismo no es nada; pero el sufrimiento compartido con la Pasión de Cristo es un don maravilloso". Para las personas sin Fe, la existencia del dolor es desconcertante: la enfermedad, las deficiencias fisicas o síquicas, o el sacrificio, particularmente del inocente, son absurdos. Para quien tiene Fe y sabe reconocer a Jesús en los que sufren, ese dolor tiene un sentido profundo, pues acompaña a su propio padecimiento: "Desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece", nos dijo Benedicto XVI en su visita a la Fundación Instituto San José de Madrid en 2011. Para un cristiano, el dolor tiene sentido, no porque lo busquemos de modo enfermizo, sino porque lo aceptamos con una significación más honda.
Tanto para quienes son más partidarios de la devoción pública, como para los que se siente más cercanos a una celebración más discreta, son días especialmente propicios para meditar sobre el sentido último del sufrimiento de Jesús y, por extensión, de la presencia del dolor, del sufrimiento, en el mundo. ¿Por qué quiso Jesucristo redimirnos con un sacrificio tan tremendo? ¿no podría haberlo hecho con mucho menos dolor? La tradición católica lo interpreta como un signo de la maldad del pecado; es tan grave que el hombre se enfrente a Dios, que desprecie la imagen de Dios en los demás hombres, que el mismo Hijo de Dios tenía que morir, en su humanidad, para repararlo. Ese sacrificio ha servido para pagar por todos los pecados de todos los seres humanos, también por los nuestros. El tremendo dolor de Cristo fue fruto de nuestras conductas equivocadas, y estos días, ante la meditación de ese dolor, ¿vamos a seguir manteniendo tales conductas? ¿vamos a seguir pidiéndole a Jesús que muera por ellas? ¿no seremos suficientemente generosos para acabar con ellas, para cambiar?
Por otro lado, la consideración del sufrimiento de Jesús en su Pasión nos recuerda nuestro propio dolor, físico o espiritual. El mundo sigue doliéndose por nuestros pecados. Y nos preguntamos ¿si Jesucristo ya ha sufrido por ellos, porque es necesario que siga existiendo? ¿Hay algo más que redimir? La tradición cristiana confiesa a Jesús como el único Redentor de los seres humanos. El sacrificio de la Cruz bastó para redimirnos del pecado. Sin embargo, Dios quiere también que nosotros nos asociemos libremente a la Redención, no quiere -si podemos hablar así- imponernos su sacrificio. Podría haber salvado a todos automáticamente, pero ya no seríamos libres de aceptar o no su amor por nosotros. Aunque ya no es necesario más sacrificio, Dios nos permite asociarnos al dolor de su Hijo con nuestro propio dolor. Ese es el sentido de las palabras de San Pablo: "Hermanos: Ahora me alegro de sufrir por vosotros, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1, 24-25). Por eso, cualquier dolor, enfermedad, sufrimiento, tienen un sentido redentor si nos unimos al sacrificio de la Cruz. La Beata Teresa de Calcuta, que tan bien conocía el dolor humano, nos dejó escrito: "El sufrimiento en sí mismo no es nada; pero el sufrimiento compartido con la Pasión de Cristo es un don maravilloso". Para las personas sin Fe, la existencia del dolor es desconcertante: la enfermedad, las deficiencias fisicas o síquicas, o el sacrificio, particularmente del inocente, son absurdos. Para quien tiene Fe y sabe reconocer a Jesús en los que sufren, ese dolor tiene un sentido profundo, pues acompaña a su propio padecimiento: "Desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece", nos dijo Benedicto XVI en su visita a la Fundación Instituto San José de Madrid en 2011. Para un cristiano, el dolor tiene sentido, no porque lo busquemos de modo enfermizo, sino porque lo aceptamos con una significación más honda.
La Cruz es el símbolo del cristianismo, no un adorno que nos colgamos al pecho, porque recordamos el mayor testimonio de quien tanto nos amó que estuvo dispuesto a morir por nosotros. También porque nos recuerda que debemos seguir su ejemplo, renunciando a nosotros mismos para darnos a los demás, buscando su bien. No podemos construir un cristianismo sin Cruz, evitando el sacrificio en nuestra vida, si sabemos que es necesario para los demás o para nuestro bien espiritual. En su homilia a los cardenales que le eligieron el Papa Francisco lo dejó meridianamente claro: "Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor"
domingo, 17 de marzo de 2013
La luz encerrada
Leía hace unos días un análisis sobre la situación del catolicismo en las universidades americanas, y me parece que, con algunos matices, el diagnóstico que planteaba el autor puede muy bien aplicarse a la situación española. Comentaba el autor la frase de Jesús en el Evangelio: "Vosotros sois la luz del mundo. No puede
ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.Ni tampoco
se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero,
para que alumbre a todos los que están
en la casa". El texto es de San Mateo, pero en muy similares términos lo recoge también San Marcos y San Lucas. Los cristianos no tenemos una virtud especial que nos haga brillar más que los demás, sino que tenemos una misión del mismo Jesús para transmitir Su luz, y no tenemos derecho a ocultarla. Un discípulo de Jesucristo anónimo es tan absurdo como una bombilla desconectada: no sirve ni para decorar. El nuevo Papa Francisco se lo dijo con toda claridad a los cardenales el día después de su elección: “Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a
Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la
Iglesia, Esposa del Señor".¿Dónde está la luz de Jesucristo en la Universidad? ¿Dónde la inteligencia "católica"?, ¿qué aportamos al debate cultural contemporáneo? ¿Tenemos que limitarnos a defendernos de los ataques y ser irrelevantes el resto del tiempo? ¿Dónde estamos los profesores que nos reunimos con Benedicto XVI en el Escorial? ¿De qué hablamos? ¿De qué publicamos? ¿Cómo nos conocen nuestros alumnos?
Lógicamente no estoy diciendo que nos convirtamos en una especie de predicadores a tiempo completo, con identificador en la solapa, sino simple y llanamente que seamos coherente, que hablemos de lo que llevamos dentro, que valoremos lo que nuestra fe aporta al mundo. No tiene sentido que la Iglesia, que ha construido la civilización occidental (sus universidades, su derecho, su arte, su respeto a la dignidad humana, su ciencia, su economía...) sea ahora un testigo mudo de los cambios sociales, un farol apagado, una luz que no ilumina a nadie.
Llevo unos meses trabajando en una editorial digital (www.digitalreasons.es) que pretende aportar algo relevante a ese debate cultural, a mostrar las razones de nuestra esperanza, con toda humildad pero también con toda firmeza. Te animo a colaborar con esa iniciativa. Contactame si puedes colaborar de alguna forma con ella.
domingo, 10 de marzo de 2013
Insultar a la Iglesia es gratis
Estos días suponen para los católicos un periodo de especial incertidumbre y esperanza, ante la elección de un nuevo pastor que guiará a la Iglesia en los próximos años. La noticia trasciende el interés religioso y ocupa la portada de la mayor parte de los medios de comunicación social. Naturalmente uno no espera que en todos se cite elogiosamente a los cardenales que van a elegir al nuevo pontífice, pero sí al menos que se les tratara con el mismo respeto que se exige a cualquier persona que mantiene por medios honestos sus ideas. Las continuas referencias a la pederastia por parte de tantos medios distan mucho de asegurar ese respeto. Si cada vez que sale alguna autoridad en la Iglesia se asocia la noticia a un caso más o menos lejano, circunstancial o simplemente erróneo, no deja en el fondo de transmitirse un mensaje nefasto, además de marcadamente injusto sobre una institución que, no lo olvidemos, ha sido y sigue siendo la que más recursos materiales y personales dedica a la educación, la atención y el bienestar de los niños en todo el mundo.
Imagínense qué pasaría si cada vez que salen noticias de un homosexual, alguien citara la posible conexión entre homosexualidad y pedarastia, basada en datos que pudieran considerarse más o menos fidedignos. Ciertamente hay pedarastas que son homosexuales, pero de ahí a pensar que todos los homosexuales son pedarastas o todos los pedarastas homosexuales va un abismo que convertiría en criminal a cualquier persona por el hecho de ser homosexual. ¿Se imaginan qué ocurriría si algún personaje público estableciera esa relación? ¿qué cantidad de colectivos protestarían de la manera más airada? ¿qué recriminaciones públicas llevarían consigo esas afirmaciones?
Si ahora cambiamos el término homosexual por el de sacerdote, me parece que se entenderá mejor a qué quiero referirme, y sin embargo, los medios siguen insistiendo en la relación entre pedarastia y sacerdocio, basados en casos aislados, de países concretos, generalizando de la manera más simple y deshonesta, sin preocuparse lo que puede suponer eso para muchos sacerdotes que no tienen absolutamente nada que ver con ese fenómeno y serán vilipendiados, quizá hasta físicamente, por ello.
A cualquier católico le produce verguenza y profundo dolor que un sacerdote haya abusado de los más inocentes. Los casos son muy dolorosos pero son los que son: unos pocos cientos entre los cientos de miles que, desgraciadamente, ocurren cada año y nada tienen que ver con los sacerdotes católicos. La proporción de sacerdotes pedarastas es mucho menor que la de casados pedarastas, maestros pedarastas, jueces pedarastas o cantantes pederastas. A la vez, la proporción de pedarastas sacerdotes es inmensamente más baja que la de otros colectivos a los que nadie parece vincular con esos comportamientos delictivos. Insultar a la Iglesia parece que resulta más sencillo y más aceptable socialmente que a otras instituciones o grupos de personas. Estamos en una sociedad plural donde cada opinión es respetable, pero todavía es más respetable la dignidad de cada persona, la presunción de su integridad moral y el respeto a la verdad de los hechos.
Imagínense qué pasaría si cada vez que salen noticias de un homosexual, alguien citara la posible conexión entre homosexualidad y pedarastia, basada en datos que pudieran considerarse más o menos fidedignos. Ciertamente hay pedarastas que son homosexuales, pero de ahí a pensar que todos los homosexuales son pedarastas o todos los pedarastas homosexuales va un abismo que convertiría en criminal a cualquier persona por el hecho de ser homosexual. ¿Se imaginan qué ocurriría si algún personaje público estableciera esa relación? ¿qué cantidad de colectivos protestarían de la manera más airada? ¿qué recriminaciones públicas llevarían consigo esas afirmaciones?
Si ahora cambiamos el término homosexual por el de sacerdote, me parece que se entenderá mejor a qué quiero referirme, y sin embargo, los medios siguen insistiendo en la relación entre pedarastia y sacerdocio, basados en casos aislados, de países concretos, generalizando de la manera más simple y deshonesta, sin preocuparse lo que puede suponer eso para muchos sacerdotes que no tienen absolutamente nada que ver con ese fenómeno y serán vilipendiados, quizá hasta físicamente, por ello.
A cualquier católico le produce verguenza y profundo dolor que un sacerdote haya abusado de los más inocentes. Los casos son muy dolorosos pero son los que son: unos pocos cientos entre los cientos de miles que, desgraciadamente, ocurren cada año y nada tienen que ver con los sacerdotes católicos. La proporción de sacerdotes pedarastas es mucho menor que la de casados pedarastas, maestros pedarastas, jueces pedarastas o cantantes pederastas. A la vez, la proporción de pedarastas sacerdotes es inmensamente más baja que la de otros colectivos a los que nadie parece vincular con esos comportamientos delictivos. Insultar a la Iglesia parece que resulta más sencillo y más aceptable socialmente que a otras instituciones o grupos de personas. Estamos en una sociedad plural donde cada opinión es respetable, pero todavía es más respetable la dignidad de cada persona, la presunción de su integridad moral y el respeto a la verdad de los hechos.
domingo, 3 de marzo de 2013
Ecologia y natalidad
Nuestra sociedad aprecia las cosas que nos acercan a la naturaleza, tanto en su contemplación, como en nuestra forma de vivir. La etiqueta de "ecológico" se ha convertido en un marchamo de calidad, que pueda aplicarse a cosas tan variadas como un jamón o un coche. Como muchas de estas cosas a las que se aplica ese calificativo distan mucho de ser naturales (un electrodoméstico, por ejemplo), se entiende que ecológico significa "bajo consumo", esto es que su funcionamiento se acerca lo más posible, dentro de sus fines últimos, a un funcionamiento natural. Por tanto, será más ecológico el frigorífico que enfríe con menos consumo de energía. En el ámbito de la alimentación, un producto es ecológico cuando tiene menos insumos externos a la cadena natural (pueden ser pesticidas, conservantes o abonos químicos, entre otros). Para el común de los mortales esto implica que es un alimento más sano, puesto que evitamos los efectos negativos que tienen esos añadidos artificiales. Puesto que esos añadidos habitualmente suponen una producción más eficiente (los alimentos son más abundantes o más duraderos), cuando se evitan lo que comemos o bebemos es más caro, pero muchas personas estamos dispuestas a pagar esa diferencia de precio por los beneficios a nuestra salud o al menor impacto ambiental que ese tipo de producción orgánica lleva consigo.
Esto que parece razonable y es cada vez más aceptado por la sociedad occidental choca frontalmente con la actitud más extendida en lo que se refiere a ámbitos que podemos llamar con propiedad de ecología humana, en donde parece que esa cercanía a la naturaleza no se considera con la misma integridad. Esta semana, por ejemplo, he tenido oportunidad de escuchar dos conferencias de una experta mundial en métodos naturales de regulación de la natalidad, la Dra. Mercedes Wilson, que trabaja desde hace muchos años en extender el conocimiento de estos métodos naturales.
El asunto resulta bastante coherente con nuestra mentalidad ecológica. ¿Hay algo más natural que la reproducción humana? ¿por qué entonces no respetamos lo que la naturaleza nos enseña? Si es natural que la mujer no sea fértil más que unos días concretos de su ciclo menstrual, ¿por qué no utilizar esa información para espaciar los nacimientos, si razones serias lo aconsejan, o para facilitar la concepción en casos de infertilidad? Hay una percepción generalizada que los métodos naturales no funcionan o son imposibles de llevar a efecto, pero los datos de la ciencia son abrumadoramente favorables. Por ejemplo, el método desarrollado por los doctores australianos Billings, basado en la observación de la mucosa vaginal, ha mostrado una eficiencia superior al 98% en observaciones realizadas en países tan variados como EE.UU., Canadá, la India, Filipinas o China. Esta eficacia se refiere a evitar los nacimientos, pero también se han hecho algunas experiencias para el tratamiento de la infertilidad. La Dra. Wilson en un reciente experimento con 54 parejas que llevaban más de 3 años intentando concebir, ha observado una tasa de éxito superior al 80% al cabo de tres años de tratamiento, muy superior a la fecundación in vitro y, naturalmente, mucho más económica (coste practicamente cero, solo vitaminas y un gráfico de colores).
En suma los métodos naturales son más eficientes, no tienen efectos secundarios (ni físicos, ni morales), y son muchísimo más baratos que los artificiales. Tal vez sea por eso por lo que son menospreciados, ya que no llevan consigo beneficios para los lobbies farmaceúticos, que silencian los efectos secundarios de los métodos anticonceptivos, mientras que casi nadie se preocupa de los miles de embriones humanos congelados sobrantes de las técnicas de reproducción artificial. Si somos coherentes, una mentalidad cercana a la naturaleza nos llevará también a adoptar hábitos más naturales, no solo en lo consumimos o en lo que comemos, sino también en el respeto de nuestra biología reproductiva.
Termino con un breve vídeo de la Dra. Wilson que explica con sencillez el fundamente e interés del método natural propuesto por los Dres. Billings:
Esto que parece razonable y es cada vez más aceptado por la sociedad occidental choca frontalmente con la actitud más extendida en lo que se refiere a ámbitos que podemos llamar con propiedad de ecología humana, en donde parece que esa cercanía a la naturaleza no se considera con la misma integridad. Esta semana, por ejemplo, he tenido oportunidad de escuchar dos conferencias de una experta mundial en métodos naturales de regulación de la natalidad, la Dra. Mercedes Wilson, que trabaja desde hace muchos años en extender el conocimiento de estos métodos naturales.
El asunto resulta bastante coherente con nuestra mentalidad ecológica. ¿Hay algo más natural que la reproducción humana? ¿por qué entonces no respetamos lo que la naturaleza nos enseña? Si es natural que la mujer no sea fértil más que unos días concretos de su ciclo menstrual, ¿por qué no utilizar esa información para espaciar los nacimientos, si razones serias lo aconsejan, o para facilitar la concepción en casos de infertilidad? Hay una percepción generalizada que los métodos naturales no funcionan o son imposibles de llevar a efecto, pero los datos de la ciencia son abrumadoramente favorables. Por ejemplo, el método desarrollado por los doctores australianos Billings, basado en la observación de la mucosa vaginal, ha mostrado una eficiencia superior al 98% en observaciones realizadas en países tan variados como EE.UU., Canadá, la India, Filipinas o China. Esta eficacia se refiere a evitar los nacimientos, pero también se han hecho algunas experiencias para el tratamiento de la infertilidad. La Dra. Wilson en un reciente experimento con 54 parejas que llevaban más de 3 años intentando concebir, ha observado una tasa de éxito superior al 80% al cabo de tres años de tratamiento, muy superior a la fecundación in vitro y, naturalmente, mucho más económica (coste practicamente cero, solo vitaminas y un gráfico de colores).
En suma los métodos naturales son más eficientes, no tienen efectos secundarios (ni físicos, ni morales), y son muchísimo más baratos que los artificiales. Tal vez sea por eso por lo que son menospreciados, ya que no llevan consigo beneficios para los lobbies farmaceúticos, que silencian los efectos secundarios de los métodos anticonceptivos, mientras que casi nadie se preocupa de los miles de embriones humanos congelados sobrantes de las técnicas de reproducción artificial. Si somos coherentes, una mentalidad cercana a la naturaleza nos llevará también a adoptar hábitos más naturales, no solo en lo consumimos o en lo que comemos, sino también en el respeto de nuestra biología reproductiva.
Termino con un breve vídeo de la Dra. Wilson que explica con sencillez el fundamente e interés del método natural propuesto por los Dres. Billings:
domingo, 24 de febrero de 2013
Gracias Benedicto XVI
Son días de despedida, que se tornan grises para quienes sentimos que un padre querido se marcha. Han sido pocos años, apenas 8, sirviendo a la Iglesia con especial visibilidad, aunque había muchos antes en que lo hizo a oscuras. Benedicto XVI será un Papa muy recordado. Nos preguntarán por él dentro de muchas décadas. Seguirán leyendo sus escritos. Seguirán dando gracias a Dios por habernos dado un Papa sabio y santo, que supo dialogar con el mundo contemporáneo, que supo responder a todas nuestras preguntas. Pensábamos que no querríamos a otro como a Juan Pablo II, pero también es posible, siempre es posible, agrandar el corazón, y querer a alguien tan distinto, pero tan cercano, al gran Karol.
Dice que seguirá rezando por la Iglesia, estamos seguros que así será. Por encima de tanta basura como lanzaron sobre él, de tantas insidias de dentro y de fuera, su sotana sigue siendo blanca, como su alma. Su semilla seguirá fructificando. Sus escritos están ahí. Ojalá que todos los leamos con atención: son profundos pero accesibles, nos hacen pensar.
Gracias por tantas cosas, santo Padre, y descanse, viva sus últimos años muy cerca de Quien ha sido la razón última de sus muchas razones.
Dice que seguirá rezando por la Iglesia, estamos seguros que así será. Por encima de tanta basura como lanzaron sobre él, de tantas insidias de dentro y de fuera, su sotana sigue siendo blanca, como su alma. Su semilla seguirá fructificando. Sus escritos están ahí. Ojalá que todos los leamos con atención: son profundos pero accesibles, nos hacen pensar.
Gracias por tantas cosas, santo Padre, y descanse, viva sus últimos años muy cerca de Quien ha sido la razón última de sus muchas razones.
domingo, 17 de febrero de 2013
Un tesoro para seguir disfrutando
El pasado lunes, me imagino que para todos nosotros resultó una gran impresión la renuncia al papado de Benedicto XVI: el papa sabio que ha guidado a la Iglesia Católica en los últimos ocho años. Viendo las cosas con perspectiva histórica, los católicos de finales del siglo XX e inicios del XXI hemos sido muy afortunados. La Iglesia, creemos los católicos, está siempre gobernada por el Espíritu Santo, tanto en periodos de bonanza, como de crisis. A lo largo de sus siglos de vida, la Iglesia ha estado gobernada por santos y pecadores, por personas ejemplares y ruines, por testigos vigorosos de la fe y por manifestaciones evidentes de la fragilidad humana. No es fácil encadenar tantos Papas de tanto nivel humano y espiritual: Pio XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. No sé qué nos deparará el Espíritu en los próximos años, pero seríamos muy injustos si no disfrutamos de lo que ya nos ha dado. Centrándonos en quienes casi todos hemos conocido, la calidad intelectual y espiritual de los dos últimos pontífices es realmente excepcional. En este mismo blog, ya he hecho semblanzas de ambos Papas: Juan Pablo II y Benedicto XVI. Del Papa actual, solo puedo decir cosas buenas. No conozco nadie que haya leído alguno de sus escritos más emblemáticos que no haya encontrado una múltitud de reflexiones de gran hondura y esperanza: Su discurso en el parlamento alemán es una obra maestra sobre las relaciones entre Derecho y Justicia; su alocución a los intelectuales franceses es una magnífica exposición sobre la cultura y la fe; sus palabras en la recepción a los profesores universitarios en el marco de la JMJ en Madrid una de las reflexiones más interesantes que he oído sobre el trabajo universitario; su lección magistral en Ratisbona, un colosal discurso sobre la Fe y la Razón; su primera encíclica "Deus caritas est", una exposición excepcional sobre el amor cristiano; su último libro, "La infancia de Jesús", es una presentación sencilla y docta a la vez que alumbra esos momentos tan entrañables de la vida de Cristo. En fin, muchos han dicho que es un Papa docto, un profesor. Yo diría también que ha sido un Papa padre, que nos "ha contado" los fundamentos de la Fe en palabras que todos entendemos pero que muy pocos habían pensado antes, que ha dialogado con todos y nos ha mostrado como hacerlo, que no se esconde ante los argumentos del mundo contemporáneo, sino que les da contestación, como nosotros hemos de hacerlo. Benedicto XVI nos deja, pero su palabra seguirá estando muy cerca de nosotros.
domingo, 10 de febrero de 2013
Celulas Madre: ideología y hechos
Uno de los últimos episodios del supuesto enfrentamiento entre ciencia y religión se ha dado en los últimos años en el terreno de la investigación biomédica. Las reticencias éticas de muchos intelectuales ante la investigación con embriones humanos, se intentó plantear como una disputa entre creyentes dogmáticos, que recelaban del avance científico, e investigadores únicamente interesados en aliviar el sufrimiento humano.
Como tantos tópicos que circulan a nuestro alrededor, la realidad es mucho más compleja. Por un lado, las reticencias éticas no provenían sólo de creyentes, sino más bien de muchos científicos biomédicos, que mejor que nadie saben la continuidad biológica que existe entre el óvulo fecundado y una persona adulta. Por otro, muchos partidarios de la investigación con embriones humanos, lejos de tratarse de investigadores altruistas, tenían detrás motivaciones puramente económicas, al suponer que permitirían obtener patentes farmacológicas más fácilmente. Las motivaciones ideologicas que criticaban a quienes se mostraban reacios a investigar con embriones humanos (destruyendolos), las mostraban ellos al negarse a reconocer los problemas puramente médicos que esos desarrollos traían consigo (rechazos inmunológicos, procesos tumorales), silenciando a la vez los éxitos de las investigaciones con células madre adultas.
Como tantos tópicos que circulan a nuestro alrededor, la realidad es mucho más compleja. Por un lado, las reticencias éticas no provenían sólo de creyentes, sino más bien de muchos científicos biomédicos, que mejor que nadie saben la continuidad biológica que existe entre el óvulo fecundado y una persona adulta. Por otro, muchos partidarios de la investigación con embriones humanos, lejos de tratarse de investigadores altruistas, tenían detrás motivaciones puramente económicas, al suponer que permitirían obtener patentes farmacológicas más fácilmente. Las motivaciones ideologicas que criticaban a quienes se mostraban reacios a investigar con embriones humanos (destruyendolos), las mostraban ellos al negarse a reconocer los problemas puramente médicos que esos desarrollos traían consigo (rechazos inmunológicos, procesos tumorales), silenciando a la vez los éxitos de las investigaciones con células madre adultas.
Estos y otros temas de singular interés, se cubren magníficamente en el libro que acaba de publicar el Prof. Nicolás Jouve (Las Células Madre: Alquimia celular para una nueva Medicina), que publica la editorial que estoy promoviendo.
Quien quiera saber más sobre este interesantísimo tema le recomiendo que lea esta magnífica síntesis dirigida al público no especialista. Explica los fundamentos biológicos para entender qué son las células madre, cuál puede ser su origen, cómo pueden reprogramarse las adultas (el último premio Nobel de medicina se ha concedido a un investigador pionero en esta línea, el Dr. Shinya Yamanaka), la clonación humana y las implicaciones de los descubrimientos más recientes en el genoma humano. El Prof. Jouve aúna una pedagogía propia de su amplio magisterio en la Universidad de Alcalá, con un perfil investigador de primer nivel y una inquietud ética que ha mostrado en múltiples iniciativas en defensa de la vida humana. ¡Altamente recomendable!
domingo, 3 de febrero de 2013
Desconectar para conectar
Hace unos días un amigo que trabaja en temas de elaboración de contenidos en internet, me enseñó un vídeo que hace pensar. Está extraído de un anuncio elaborado por una empresa de comunicación tailandesa. Vale la pena verlo:
Me parece que hay muchas personas que optan por la comunicación virtual, rechazando la presencial, que prefieren conectar con mundos distantes, casi anónimos, en lugar de disfrutar de la compañía de quienes tienen al lado. Parece que no sienten pudor de contar su intimidad si lo hacen desde un teclado y tal vez luego son incapaces de hacerlo mirando a los ojos. Las herramientas de comunicación que nos brinda la tecnología son
admirables, ciertamente, pero lo importante no es el vehículo sino el contenido, no es tanto estar comunicándonos como tener algo que decir. Además de perder el asombro ante la realidad cotidiana, estas actitudes pueden levantar muros de indiferencia, y paradojicamente de aislamiento. Por eso el mensaje del vídeo me parece claro: es preciso desconectar de las máquinas para conectarse a las personas, a quienes tenemos al lado.domingo, 27 de enero de 2013
La intolerancia de los "tolerantes"
![]() |
| Un manifestante anti-visita del Papa increpa a una peregrina |
Preparando estos días una conferencia revisé algunas imágenes de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Vi la que incluyo aquí, que muestra muy gráficamente la actitud de un "tolerante" ante la visita a Madrid de católicos de distintos lugares del mundo. Ninguna respuesta agresiva por parte de los increpados, ningún incidente durante esos días que cientos de miles de jóvenes estuvieron en nuestras calles. ¿Se imaginan que diría la inteligencia "tolerante" si algo similar si hubiera organizado por católicos, por ejemplo en alguna de las manifestaciones del orgullo gay?
Hace pocas semanas hablaba con el sobrino de un amigo que se ha ordenado recientemente sacerdote. Viste con traje clerical y por ello recibe con cierta frecuencia insultos, desde pederasta hasta cuervo, pasando por otras lindezas que me produce verguenza repetir. ¿Es razonable que en pleno siglo XXI alguien sea insultado por sus ideas? ¿Se imaginan que en nuestra sociedad alguien fuera increpado simple y llanamente por ser judío, budista o musulmán? ¿Se toman realmente en serio la libertad religiosa algunos que se consideran amigos de todas las libertades?
domingo, 20 de enero de 2013
Raíces del Ecologismo
Vivimos en una sociedad que cada vez valora con más evidencia la conservación de la naturaleza, que se percibe como un valor clave para garantizar no solo nuestra salud física, sino también nuestro bienestar ético y espiritual. ¿Desde cuándo se plantea este interés por proteger los ecosistemas? ¿Hasta dónde llega esa preocupación, es una moda pasajera o algo más sustancial?, ¿Debemos plantearnos una nueva ética
ecológica que regule nuestras acciones con el planeta? ¿Está en riesgo nuestro
futuro? ¿Estamos ante una crisis ecológica sin precedentes? ¿Tienen las
religiones un papel en esta situación? ¿Qué implica el “Dominad la Tierra” de
la Biblia?
Hemos pretendido dar respuesta a algunas de estas cuestiones en el libro que, junto a la Profesora María Angeles Martín, he publicado en la nueva editorial Digital Reasons, que estoy promoviendo. Este libro ofrece un
recorrido histórico sobre las raíces filosóficas y teológicas de la conservación de la naturaleza, lo que nos permite entender mejor la evolución de las ideas que han arraigado en la sociedad desde que empezamos a ser conscientes
de que los recursos ambientales son limitados y que la habitabilidad del
planeta puede estar comprometida con nuestro estilo de vida. De una manera muy
divulgativa se adentra en explicar el
debate actual sobre lo que denominamos “ecologismo”, término éste que se aplica
al conjunto de iniciativas muy heterogéneas y dispares que se preocupan
activamente en defender la naturaleza.
Se plantean asimismo en el libro las diversas posturas ideológicas que pretenden dar solución a los conflictos ambientales del planeta. Especial énfasis se pone en cómo las grandes religiones se acercan a esta problemática, puesto que las religiones llevan consigo esquemas cosmológicos y posturas morales que pueden tener un impacto muy considerable sobre los cambios en nuestra forma de vida que una nueva relación con la Naturaleza reclamarían. Nuestro estilo de vida no es sostenible a largo plazo, y serán precisos nuevos resortes morales para reducir nuestro impacto del medio. De paso, esa mayor frugalidad en el uso de los recursos nos deparará un mayor interés hacia metas espirituales, ya que el ser humano no ansía una felicidad más plena que la que ofrecen los bienes materiales.
Finalmente, el libro muestra algunos ámbitos en donde se manifiesta ese cambio de actitudes, no sólo en reducir nuestra huella ecológica, sino también en utilizar la Naturaleza como un criterio moral, ya que la bondad de las cosas se adapta a cómo son en realidad y no a cómo nosotros las percibimos.
En esta breve entrevista con María Ángeles Martín se hace una reseña adicional del libro. Os animo a todos a adquirirlo y, de paso, a apoyar el proyecto editorial que estamos promoviendo.
domingo, 13 de enero de 2013
El Bautismo de los niños (y II)
Aprovechando que hoy es la fiesta del Bautismo de Jesús, vuelvo en este blog a tratar el Bautismo de los niños. En mi primera entrada hablaba de argumentos basados en la Sagrada Escritura, pensando principalmente en unos buenos amigos evangélicos que consideran más adecuado esperar que sus hijos decidan por sí mismos si quieren recibir el Bautismo. Hoy hablaré de otros argumentos basados en la Tradición y Magisterio de la Iglesia.
De mi primera entrada, y de los comentarios y discusión subsiguiente a la que dio lugar, parece claro que la Biblia explícitamente ni recomienda ni desaconseja que se bautice a los niños pequeños. Los pasajes que ahí incluí me parece que dan buena prueba que también los primeros cristianos bautizaban a sus hijos pequeños, pero mis amigos parece que no quedaron muy convencidos y ellos interpretan esos pasajes de otra manera. Como de lo que se trata no es tanto de saber si mi interpretación o la suya es la más correcta, sino sobre todo de saber cómo interpretaron los primeros cristianos las palabras de Jesús que ellos mismos escucharon, parece razonable -en éste como en cualquier otro punto de controversia bíblica- saber qué hicieron los primeros cristianos. Tenemos testimonios ya desde el s. II de que los cristianos bautizaban a sus niños pequeños, y son numerosos los textos de escritores eclesiasticos muy antiguos que abogan por esta costumbre. Por ejemplo, el sabio Orígenes (finales del s. II), dice: "La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu” (In Luc. hom. 14, 1.5). Con igual claridad se expresan S. Irineo de Lyon, San Cipriano de Cártago, S. Gregorio Nacianceno y muchos otros (ver, por ejemplo, el libro de Enrique Contreras, El Bautismo, Selección de textos patrísticos, Editorial Patria Grande, Segunda Reimpresión, Buenos Aires 2005: ver otros textos aquí). Claro uno siempre puede argumentar que en el siglo XXI somos más perspicaces que los cristianos del siglo II ó III para interpretar las palabras de Cristo y de sus primeros discípulos, pero la lógica más elemental recomienda lo contrario. Tan sólo Tertuliano, entre los escritores cristianos más antiguos, se muestra contrario a esta práctica.
En cuanto a los documentos oficiales de la Iglesia, la relación podría también ser muy prolija. Para unos padres del s. XXI les debería bastar los puntos que dedica el Catecismo de la Iglesia Católica a este tema (1250-1255). Baste aquí con una frase del punto 1250: "la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento".
Bautizar a un hijo es simplemente reconocer que la fe es un gran tesoro que estamos transmitiendo a quienes más queremos. No se trata de imponer nada: los chicos serán luego perfectamente libres para decidir practica o no esa fe. Los padres siembran esa simiente, no sólo con el Bautismo, sino también con su vida ejemplar de cristianos, que forma realmente la Iglesia doméstica, en expresión que gustaba mucho repetir Juan Pablo II. Los padres transmiten a sus hijos muchas cosas que juzgan buenas para ellos, desde la misma concepción (ninguno somos preguntados si hemos querido ser concebidos), hasta el alimento, la educación, o los hábitos que consideramos les ayudarán a ser mejores personas.
De mi primera entrada, y de los comentarios y discusión subsiguiente a la que dio lugar, parece claro que la Biblia explícitamente ni recomienda ni desaconseja que se bautice a los niños pequeños. Los pasajes que ahí incluí me parece que dan buena prueba que también los primeros cristianos bautizaban a sus hijos pequeños, pero mis amigos parece que no quedaron muy convencidos y ellos interpretan esos pasajes de otra manera. Como de lo que se trata no es tanto de saber si mi interpretación o la suya es la más correcta, sino sobre todo de saber cómo interpretaron los primeros cristianos las palabras de Jesús que ellos mismos escucharon, parece razonable -en éste como en cualquier otro punto de controversia bíblica- saber qué hicieron los primeros cristianos. Tenemos testimonios ya desde el s. II de que los cristianos bautizaban a sus niños pequeños, y son numerosos los textos de escritores eclesiasticos muy antiguos que abogan por esta costumbre. Por ejemplo, el sabio Orígenes (finales del s. II), dice: "La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu” (In Luc. hom. 14, 1.5). Con igual claridad se expresan S. Irineo de Lyon, San Cipriano de Cártago, S. Gregorio Nacianceno y muchos otros (ver, por ejemplo, el libro de Enrique Contreras, El Bautismo, Selección de textos patrísticos, Editorial Patria Grande, Segunda Reimpresión, Buenos Aires 2005: ver otros textos aquí). Claro uno siempre puede argumentar que en el siglo XXI somos más perspicaces que los cristianos del siglo II ó III para interpretar las palabras de Cristo y de sus primeros discípulos, pero la lógica más elemental recomienda lo contrario. Tan sólo Tertuliano, entre los escritores cristianos más antiguos, se muestra contrario a esta práctica.
En cuanto a los documentos oficiales de la Iglesia, la relación podría también ser muy prolija. Para unos padres del s. XXI les debería bastar los puntos que dedica el Catecismo de la Iglesia Católica a este tema (1250-1255). Baste aquí con una frase del punto 1250: "la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento".
Bautizar a un hijo es simplemente reconocer que la fe es un gran tesoro que estamos transmitiendo a quienes más queremos. No se trata de imponer nada: los chicos serán luego perfectamente libres para decidir practica o no esa fe. Los padres siembran esa simiente, no sólo con el Bautismo, sino también con su vida ejemplar de cristianos, que forma realmente la Iglesia doméstica, en expresión que gustaba mucho repetir Juan Pablo II. Los padres transmiten a sus hijos muchas cosas que juzgan buenas para ellos, desde la misma concepción (ninguno somos preguntados si hemos querido ser concebidos), hasta el alimento, la educación, o los hábitos que consideramos les ayudarán a ser mejores personas.
lunes, 7 de enero de 2013
Mostrar a Dios con el arte
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| Holy men por Liz Lemon Swindle |
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