martes, 19 de junio de 2012

En Rusia recuperan la fe

Estoy estos días en Rusia, participando en una reunión de mi especialidad científica. Concretamente hoy mismo hemos estado viendo algunas de las zonas afectadas por los incendios de 2010, consecuencia de una de las sequías más graves que se ha registrado en el valle del Volga. La excursión ha sido muy interesante desde el punto de vista ambiental, pero también del humano, pues ha sido una manera natural de tratar con mayor cercanía a científicos rusos con los que uno habitualmente no se relaciona. He de reconocer que venía con varios tópicos en la cabeza, consecuencia lógica de la información que recibimos en España sobre este pais, y de mi propio desconocimiento del mismo. Los extranjeros que me acompañan coinciden con mis primeras impresiones: los rusos son gente generalmente muy amable, dispuestos a ayudar y bien organizados en su trabajo (con la excepción, todo hay que decirlo, de algunos restaurantes, donde parece regir la máxima: "si tienes prisa, vete a un McDonald".
Ahora también quería comentar lo que ha supuesto en comunismo en este país, de raíces cristianas que está ahora recuperando. Son varios los asistentes que han comentado la inquina con que perseguian a la Iglesia (en este país, quiere decir a la iglesia ortodoxa), destrozando templos por doquier. Muchos de ellos se han reparado o re-edificado en los últimos años, en los que parece revivir un interés por el cristianismo. Difícil es borrar la huella cristiana que una cultura tan profunda como para producir genios de la literatura como Pushkin, Gogol, Tolstoi o Dostoyevski. Ahora las iglesias muestran su esplendor pasado, renuevan sus iconos y sus devotos, incluido gente joven que también acogen la fe como parte de la nueva sociedad rusa. Nada es perfecto, hay sombras en las luces, pero es un aire distinto al que sopla en la vieja Europa.  

domingo, 10 de junio de 2012

Paseando a Jesús

Hoy estamos celebrando los católicos la fiesta del Corpus Christi. Para los que tienen algo olvidado el latín, es la fiesta que celebra de modo especialmente solemne la Presencia de Jesucristo en las especies sacramentales, en el pan y el vino. La Fiesta del cuerpo de Cristo, de su estar con nosotros.
Se habla con frecuencia de los tesoros de la Iglesia para referirse a lo que no suele ser más que patrimonio artístico o herencias acumuladas. El verdadero tesoro de la Iglesia es sin duda la Presencia corporal de Jesucristo en la Eucaristía. El mismo Jesús que vivió en Palestina hace más de 2000 años, el mismo que predicó un mensaje que todavía resulta nuevo a nuestros oídos, el mismo que curó a los enfermos, que consoló a los fatigados, que sonrió a los niños, que amonestó a quienes habían convertido la religión en un conjunto de prescipciones vacías de espíritu... Ese mismo Jesús está en cada sagrario de cada iglesia de cada pueblo, también del más recóndito, también del más olvidado. Allí está, desde hace muchos años, esperándonos a cada uno. A veces muy solo, apenas acompañado por una lámpara roja que alumbra tenuemente. Allí está, esperándo nuestra visita, nuestra compañía, nuestra oración, nuestra adoración. Está ahí, aunque tantas veces nuestra fe sea pequeña, aunque nos cueste verle, sentirle cerca, allí está. Escribió la madre Teresa de Calcula en una carta al padre Sebastian: "El Sagrario es el signo más hermoso que pueda mirar cuando se sienta solo. No tema. El está allí, a pesar de la oscuridad y el fracaso".
Hoy queremos sacarle a la calle, a la Tierra que creó, que redimió, que santificó, para que todos puedan sentirle más cerca. Para que todos crezcan sus ojos de fe y puedan saber que Dios no está allá lejos, donde brillan las estrellas, sino también a nuestro lado, en nuestras calles, en nuestros trabajos, en nuestras alegrías y nuestras penas, aquí está.

domingo, 3 de junio de 2012

La Universidad que queremos

Estamos en tiempos convulsos, pero me parece que no podemos dejarnos llevar por el pesimismo. La situación económica es mala, pero no vamos a salir de ella si la afrontamos como perdedores. De las crisis también salen ideas nuevas que pueden cambiar hábitos arraigados, que se consideran aceptables en tiempos de bonanza.
Llevo veinticinco años trabajando en la universidad. Me siento muy feliz de poder dedicarme a lo que me gusta, y siento que -con mis defectos- estoy ayudando a la educación de muchos estudiantes, que algún día dependerán, en mayor o menor medida, de lo que hayan aprendido en mis clases y en mi labor de tutoría. Eso es lo básico para mí; no puedo consentir que me hundan ese ideal los continuos cambios en los que el gobernante de turno, ya sea nacional, autonómico o universitario, parece empeñado en arrojarnos. Ha habido en los últimos años cambios en los planes de estudio que sólo puedo considerar como descabellados, pues han implicado un descenso considerable en los contenidos, sin mejora apreciable en el modo de impartirlos. Ahora hay cambios relacionados con el equilibrio presupuestario, que pretenden hacer rentable una institución que, por su mismo carácter social, es muy difícil que lo sea.
En la línea optimista que antes citaba, voy a quedarme con lo positivo de algunos cambios recientes. En el decreto de medidas urgentes en el ámbito educativo. En lo que afecta a las universidades, ahí se incluyen dos aspectos que me parecen interesantes. Por un lado, por vez primera se distingue en la universidad entre quienes tienen sexenios de investigación actualizados y los que no. Los primeros darán la mitad de horas de clase que los segundos. Se reconoce, insisto por vez primera, que la investigación no es algo complementario (si investigas te damos un complemento, si no, tranquilo), sino que es parte esencial de la dedicación horaria de un profesor universitario. Quien no quiera investigar, no debería estar en la universidad, así de sencillo. Como entiendo que eso es muy traumático, una manera de evidenciar que no investigar tiene un precio es tener mas obligaciones docentes que otros compañeros que sí dedican su tiempo a la innovación. No es una solución idónea, pero tiene un efecto educativo que me parece puede ser interesante a largo plazo.
El segundo aspecto es la subida de las tasas universitarias. No puedo estar de acuerdo con que se limite la educación a los que tienen pocos recursos, porque yo mismo no hubiera sido universitario, pero tampoco estoy de acuerdo en que estemos financiado con impuestos de todos la indolencia de muchos chicos que no valoran realmente lo que están recibiendo. Rara vez en los cursos que imparto en primeros años de grado vienen a clase más del 50% de mis alumnos. Alguien puede decir que será porque mis clases no son buenas; el asunto es que esto ocurre desde el primer día, asi que si siquiera tienen ocasión de comprobarlo. Quien opte por convertir la universidad en una ampliación del mariposeo juvenil, quien no esté dispuesto a aprovechar los recursos que todos ponemos para formar profesionales capaces de generar una sociedad mejor, no me parece mal que pague el coste real de su estancia. Seguramente, eso permitiría financiar mejor las bibliotecas, los laboratorios, el intercambio internacional y, naturalmente, las becas de quienes deciden tener otra actitud ante los estudios superiores.
Hay muchas otras reformas que hacer si queremos convertir alguna de nuestras universidades entre las mejores del mundo. En años de bonanza no lo hemos conseguido. En años de carestía será mucho más difícil, pero tal vez abramos alguna vía para corregir las distorsiones que son parte de la situación en que nos encontramos. No podemos permitirnos el lujo de tener una universidad mediocre si queremos salir de la crisis económica, pues la universidad debe liderar la innovación, debe apoyar en las empresas en el desarrollo tecnológico y debe formar profesionales competentes, sobre los tenemos que construir una sociedad más avanzada.

domingo, 27 de mayo de 2012

Asombrarse de lo ordinario

El acceso a los medios de información resulta cada vez más sencillo y diverso. Hasta tal punto ese fácil acceso modifica la forma en la que nos relacionamos con el mundo exterior, que podemos hablar propiamente de un nuevo modo de conocer la realidad que nos circunda, que nos lleva a tomar decisiones basadas en datos que rara vez hemos recopilado nosotros. Estos cambios, anejos a la revolución de las comunicaciones y de la electrónica de consumo, suponen cambios tan drásticos que muchos expertos definen nuestra sociedad contemporánea con un calificativo propio: sociedad de la información. Nos llegan eventos de los rincones más variados y apartados del mundo; conocemos noticias de accidentes, atentados, desastres naturales o simples curiosidades de cualquier lugar del planeta. A la televisión, radio y periódico, se han añadido todas las televisiones, radios y periódicos que son capaces de emitir su señal a través de internet (literalmente miles), más las nuevas formas de comunicación directa: redes sociales, blogs, mensajes cortos, etc. Es tal el flujo de información que recibimos que apenas tenemos tiempo para digerirlo, y nos cuesta distinguir lo que es realmente trascendente, de una simple curiosidad.
No cabe duda que esa explosión de datos externos nos ayuda en muchas facetas de nuestra vida, pero también es indudable que tiene algunos aspectos negativos. Uno de ellos, en el que quería fijarme hoy es la tendencia, a mi modo de ver creciente, a estar atento únicamente a cuestiones más o menos extraordinarias, a cosas que les pasan a los demás, pasando por encima de los mil detalles cotidianos de los que somos protagonistas. Leí hace algún tiempo que el principio de la sabiduría es el asombro. Cuando algo nos llama la atención, cuando lo consideramos relevante, intentamos averiguar más, entenderlo mejor, conocerlo con más detalle. Sorprenderse es el primer paso; luego pasamos de una mirada indiferente a una observación atenta.
Tengo un acuario en casa; los peces son animales tranquilos, no hacen mucho ruido (sólo el motor depurador) pero saben contar historias interesantes. Basta observarlos durante un rato, ver sus reacciones. Unos les gusta nadar en compañía, son bastante sociables; otros prefieren los rincones, son bastante tímidos; otros miran con cierta fijación al sector donde cae la comida, son bastante glotones. En fin, no es preciso recibir mensajes de varias cuentas de correo electrónico, leer twitters de 20 personajes, seguir cinco periódicos económicos, tres deportivos y siete de información general para disfrutar de las mil sorpresas que nos facilita la vida, la nuestra, de la que seguramente nunca se hará una película pero en la que somos los actores principales. Bienvenidas las herramientas que nos dan acceso al mundo distante, siempre que no nos conviertan en espectadores de las vidas ajenas y nos olvidemos de vivir la nuestra. La información externa es estupenda y, para algunos, quizá muy necesaria, pero no deberíamos despreciar las miles de cosas extraordinarias que ocurren en nuestra vida cotidiana. Mirar con nuestra vista en lugar de con un vídeo; oir con nuestros oídos en lugar de con unos cascos; encontrar en nuestro entorno lo que buscamos en un mundo distante: en suma, recuperarel asombro por lo ordinario.

domingo, 20 de mayo de 2012

In dubio, libertas

Con ocasión de la polémica sobre las declaraciones del obispo de Alcalá de Henares durante su homilia del Viernes Santo, que han dado lugar a un barullo mediático completamente desproporcionado, me permito recordar del viejo aforismo latino, bien conocido por los estudiantes de derecho "in dubio, pro reo" , que sienta un principio básico de la lógica penal: es necesario probar una conducta equivocada. En otras palabras, sobre el acusado siempre cae el beneficio de la duda, siempre es inocente hasta que no se demuestre fehacientemente su culpabilidad.
En el caso de D. Juan Antonio Reig parece que el viejo aforismo no se aplica, supongo que por aquello de que para criticar a la Iglesia pueden saltarse cualquier principio de la razón o la lógica. Si alguien acusa al obispo de Alcalá de perseguidor de los homosexuales, tendrá que demostrarlo fehacientemente; de lo contrario tendremos que asumir la inocencia de quien habló en virtud de algo tan sagrado como la libertad de conciencia. Que una persona manifieste sus convicciones, que honestamente piensa que son principios válidos para el conjunto de la sociedad, es algo que debería ser bien recibido, estemos o no de acuerdo con tales convicciones. Uno puede honestamente pensar que las centrales nucleares son la solución mágica al problema de la energía, y no por eso va metiendo en la cárcel a los ecologistas que se manifiestan contra ellas. Uno puede honestamente pensar que la guerra de Afganistán no tiene ningún sentido, y no por eso insulta y escarnece a quién la defiende. Uno puede honestamente pensar que la homosexualidad es una alternativa moral equivocada y eso no le hace merecedor del ostracismo o la vejación pública. Vivimos en un país libre, y cada uno puede opinar lo que le parezca razonable, que será tanto más razonable cuanta más razones dé a favor de su postura. El obispo de Alcalá tiene el mismo derecho que cualquier ciudadano a expresar sus opiniones morales. Es más, para un católico no sólo tiene derecho sino también obligación, ya que los líderes religiosos tienen como principal misión fomentar unos valores espirituales y morales. Cada uno es libre de conceder o no al obispo ese papel, como cada uno es libre de ser católico, profesar otra religión o ninguna.
Es humano disentir y gran riqueza para una sociedad poder escuchar opiniones variadas. La base del diálogo es la escucha de quienes piensan de otro modo.  Los líderes de la Iglesia católica también tienen derecho a manifestar lo que consideran un bien para la sociedad, igual que cualquier otro ciudadano de este país. Censurar a alguien, condenarle al relegamiento público por unas opiniones distintas, es propio de otra época, que pensaba habíamos superado. Me parece que todavía tenemos mucho que aprender en este país del respeto que merecen quienes mantienen otras posturas, particularmente cuando lo hacen con argumentos y no con gritos o insultos. En cualquier caso, en la duda, siempre por la libertad.


domingo, 13 de mayo de 2012

¿Para qué vamos a los templos?

Curiosos, turistas, devotos, despistados, ocasionales, entusiastas... el rango de personas que visitan una iglesia es muy variado; también sus fines. ¿Para qué van las personas a un templo? Algunos a admirar una obra de arte; otros a hacer esa foto "única" que seguramente han hecho ya miles de turistas previos, otros van a acompañar a un amigo o familiar en algún evento social con componente religioso, desde una boda hasta un bautizo, una primera comunión o un entierro; otros, finalmente, van por motivación especificamente religiosa. Las actitudes de cada uno se muestran en los comportamientos: unos observan admirados una pintura relevante, tal vez sin conocer cuál es su sentido último, otros celebran la liturgia con convicción, quizá otros esperan ansiosos que la ceremonia acabe.
Si ampliamos un poco el comentario e incluimos también templos de otras religiones, y nos centramos en las motivaciones religiosas, también hay diversidad de actitudes. Los fieles visitan un templo de su religión en estrecha relación con lo que en última instancia creen. Un budista o un hinduista consideran las imágenes como símbolo de la divinidad, y principalmente acuden al templo a pedir o a depositar ofrendas; un musulmán cree que toda imagen de Dios es sacrílega, por lo que un templo es un lugar de encuentro, que permite escuchar a algún maestro o a unirse a otros en oración comunitaria; para la mayor parte de los protestantes, los templos son también lugares de acogida, destinados principalmente a celebrar la liturgia en comunidad. Para los católicos, un templo es primariamente un lugar de adoración. Si estamos convencidos que Jesucristo quiso quedarse realmente presente en la Eucaristía, con la misma corporalidad de su vida terrena, entonces cada iglesia es sobre todo el edificio que alberga un Sagrario, donde habita físicamente el mismo Jesucristo. En una iglesia católica puede pedirse, orarse en comunidad, reunirse para celebrar la liturgia, escuchar unas enseñanzas..., en suma, puede hacerse lo mismo que en cualquier otro templo de cualquier otra religión, pero también se puede hacer mucho más que eso. Una iglesia católica es un lugar sagrado, es un edificio destinado por excelencia a la adoración porque cada iglesia alberga un Sagrario, donde el mismo Jesús está presente, con su cuerpo, alma y divinidad. ¿Qué mejor lugar para hacer oración personal? ¿Qué lugar más sagrado para celebrar la liturgia? ¿Qué entorno más adecuado para encontrarse con el Misterio?
¡Cuántos van a una iglesia y apenas captan esa diferencia! ¡cuántos los que no distinguen un Sagrario de un objeto decorativo! Mucho tenemos que hablar y escribir para explicar a nuestros hermanos en la fe cuál es el verdadero tesoro de la Iglesia, cuál la riqueza inmensa del Espíritu que ha querido compartir con nosotros la corporalidad, para que podamos tratarle con cercanía, para que podamos mirarle, hablarle, escucharle, tratarle con la intimidad de quien sabemos presente.

domingo, 6 de mayo de 2012

Una clave de la crisis

He estado hace unos días en Viena, una capital que todavía recuerda su pasado imperial, con edificios y avenidas majestuosas, y una oferta cultural envidiable. No voy a comentar hoy la variedad de esa oferta, pues tan solo tuve oportunidad de visitar uno de sus múltiples museos (es lo que tiene no ir de turista). Quería hoy resaltar algunas de las cosas que nos diferencian de los austriacos y, si se permite, de la mayor parte de los habitantes del norte de Europa. Ciertamente tenemos muchas cosas estupendas, tanto en nuestra organización social como en nuestro carácter, pero no es precisamente una de esas virtudes la honestidad pública. En Viena no hay control de acceso a los transportes públicos. Se supone que cada uno es responsable de pagar para sostener un servicio que sirve a todos. En Viena no hay candados para proteger los periódicos que se venden en la vía pública: quien quiere leer un periódico, deposita una moneda en una pequeña caja cercana al montón disponible y coge uno. Nada impide "colarse" en los transportes públicos; nada coger todos los periódicos y ni siquiera pagar uno; nada. Sólo la dignidad personal de cada uno, sólo el respeto a los bienes públicos, que son de todos, que todos pagamos, explica que no sean necesarios controles o vigilancias para cumplir funciones elementales. Son dos pequeños detalles, pero me parecen muy significativos.
Si comparamos esta actitud con la prevaleciente en nuestro país, y por extensión en otras sociedades mediterráneas, me parece que nos acercamos a un factor clave en el detonante de esta crisis, que a mi modo de ver no sólo es económica. En nuestro entorno se consideraría casi estúpido quien pueda beneficiarse de algo público y no lo haga: quien se cuela en el metro es un lince, quien se inserta en el último momento en una larga fila de automóviles burlando a los demás es un conductor hábil, quien se queda con libros de la biblioteca es un lector apasionado, quien descarga libros o películas pirata es un consumado informático, quien copia en los exámenes es un prodigio de ingenio y quien defrauda a Hacienda un héroe de la libertad. Hay gente que hasta se vanagloria de haber robado material público: me averguenza reconocer que en mi universidad hayan tenido que poner sistemas de protección para evitar que se lleven... !el papel higiénico! Desgraciadamente, esa actitud está muy generalizada, incluso entre personas con inquietudes morales o éticas, y explica, entre otras cosas, el enorme peso que la llamada economía sumergida tiene en nuestro país.

En medio de la dureza de la crisis, me esperanza pensar que pueda servir para cambiar alguna de esas actitudes. Tal vez la escasez de recursos sirva para ser más conscientes de que los bienes públicos los pagamos entre todos y que si alguno abusa de ellos, nos está robando a cada uno; así de sencillo. No evitaremos que algunos "ingeniosos" se aprovechen de los bienes comunes, pero al menos les convertiremos de héroes en villanos y no encontrarán motivo de gloria estafarnos a todos. La honestidad no sólo se debe a los políticos; también a todos y cada uno de los ciudadanos. Si somos conscientes de eso, primero seremos mejores ciudadanos nosotros, y luego exigiremos con más vehemencia a quien gestiona esos bienes públicos un cuidado esquisito de lo que es nuestro y, además ahora, muy limitado.

domingo, 29 de abril de 2012

La X que tanto importa

Estamos a punto de iniciar una nueva campaña de la renta, este año marcada por un tunel económico del que pocos parecen ya librarse. En situación generalizada de recortes y escaseces cualquier gasto se contempla con lupa, y es fácil dar argumentos para considerarlo prescindible.
Como era previsible, ese caldo de cultivo ha vuelto a traer a primer plano el debate sobre la financiación de la Iglesia católica. Con ocasión y sin ella, pero esta vez realmente con ocasión, muchos consideran que se encuentra en situación de privilegio, y que no parece razonable mantener subvenciones a un ente religioso, cuando otras  cosas que parecen más esenciales se están eliminando. Los más radicales consideran que un estado laico no debería en modo alguno subvencionar a ninguna entidad religiosa, pues eso vulnera el principio de neutralidad consagrado en la constitución.
Vayamos por partes. En primer lugar, no es cierto que la constitución española sea laica. Una vez más, hay que afirmar que vivimos en un estado no confesional, que es muy distinto de un estado laico y poco tiene que ver con un estado laicista u oficialmente ateo. Que yo sepa, muy pocos paises en el mundo son oficialmente ateos, tal vez China, Cuba y Corea del Norte, ejemplos que me imagino ni los más entusiastas del laicismo consideraran modelos de libertades públicas. Nuestro país es constitucionalmente no confesional; esto es, no considera ninguna religión como oficial del estado (como ocurre en países tan civilizados como Reino Unido, Dinamarca o Noruega, por ejemplo), pero eso no significa que no valore la importancia de la religión en la sociedad, y especificamente del catolicismo, con el que la misma constitución, asegura relaciones especiales (art. 16). En este marco, volvamos al debate sobre las subvenciones a la Iglesia católica. Por un lado, cabe decir que el estado español como tal no subvenciona directamente a la Iglesia, sino a través de lo que los ciudadanos quieran asignarle, con la famosa X en su declaración de la renta. Sería estupendo que me permitieran decidir si doy o no un porcentaje de mis impuestos a otras muchas cosas que el gobierno de turno decide por mi, desde el deporte hasta el cine, el ejército, los medios de comunicación o los partidos políticos. En suma, a la Iglesia va sólo el dinero que los españoles, católicos o no, deciden explícitamente.
Tercera idea. Hay muchas instituciones relacionadas con la Iglesia a las que sí se subvenciona directamente (colegios, hospitales, ONGs...), pero sólo en la medida en que cumplen la función social para la que reciben esa ayuda, en igualdad de condiciones con cualquier otra institución, independientemente de su titularidad. Si la Iglesia estimula la atención de enfermos, inmigrantes,  víctimas de violencia de género, si crea y atiende comedores sociales, centros para la reinserción de exdrogadictos o la búsqueda de empleo, colegios de todo tipo, es algo que deberían valorar positivamente cualquier ciudadano que esté de acuerdo con esas labores sociales. A mi me da igual que a un drogadicto lo atienda cáritas o una institución musulmana u otra fundada por un ideario socialista: lo importante es que ayuden a esa persona a salir del abismo en que se encuentra.
Hay muchos datos contrastados que muestran la impresionante labor social que realiza la Iglesia católica en nuestro pais. Tantos que seguir atacando a la Iglesia en este terreno es sólo propio de personas ignorantes o muy sectarias. Solo en educación, los colegios concertados de la Iglesia católica atienden a 1,3 millones de alumnos y ahorran a las administraciones públicas más de 3.500 millones de euros. Cáritas ha atendido en 2010 a 950.000 personas, la tercera parte de las cuales lo hacía por primera vez. Lo importante no es la inversión económica, sino los miles de voluntarios que intentan mantener la esperanza a cientos de miles de familias que tienen ya poco que perder. Baste un dato para indicar cómo trabajan los voluntarios católicos: el tiempo para concertar una entrevista inicial en los servicios sociales públicos, como media, es de un mes, frente a los cuatro días de los servicios de acogida de Cáritas. El tiempo medio de respuesta para los servicios públicos es de 65 días; de 7 días en Cáritas.
Es tan evidente esa labor que muchas personas poco o nada favorables a la Iglesia no tienen inconveniente en marcar la X en su declaración de la renta. El año pasado lo hicieron casi 7,5 millones de contribuyentes, unos 200.000 mas que en 2010, pero aún son muchas las necesidades que cubrir. Está en tu mano colaborar.

sábado, 21 de abril de 2012

En defensa de la educación

Me quedo en esta entrada con un lema que se viene repitiendo estos días, al hilo de las protestas que se producen contra los recortes  del nuevo ejecutivo. Sin embargo, no le pongo calificativo, pues la educación debe defenderse en cualquier caso, ya sea pública, ya concertada o privada. Si de verdad queremos una educación mejor, debe darnos igual quien la dirija, aunque -a mi modo de ver- la educación nunca es privada, pues la imparta quien la imparta siempre es un servicio al público, a quien recibe nuestras clases. Toda educación debe defenderse, pero puestos a poner un adjetivo, prefiero ponerle el "de calidad". Mi lema sería "en defensa de la educación de calidad", venga de donde venga. Sinceramente me parece deplorable que centremos el recorte de nuestro maltrecho presupuesto en educación, incluso más que en sanidad, no porque piense que es más importante estar instruido que estar sano, sino porque va a contribuir con más eficacia a sacarnos del hoyo económico en el que estamos metidos. La actual crisis, a mi modo de ver, tiene un carácter coyuntural (el déficit) que no es la raíz del problema, sino sólo su manifestación. El problema clave es mucho más estructural y tiene que ver con la falta de innovación, el acomodamiento, la parsimonia, la noñez, la flojera, o incluso la ignorancia manifiesta con la que muchos de nuestros estudiantes acaban su ciclo educativo. No es razonable que estemos (aún, no sé por mucho tiempo) entre las primeras diez economías del mundo y tengamos el nivel de indicadores educativos que nos asigna, un año tras otro, el informe PISA. No es razonable que no tengamos ninguna universidad entre las 150 mejores del mundo. No es sensato que nuestros héroes sean deportistas o, lo que es peor, personajes de la farándula que no aportan nada al bienestar social, mientras nuestros cerebros más brillantes se consumen abandonados de las autoridades que les desprecian o decidan marcharse a países que les valoren como merecen. Estamos en apuros económicos, no cabe duda, pero la solución que se escoge no requiere de ningún talento; recortar lo puede hacer todo el mundo; plantear soluciones originales, ilusionantes, que nos lleven a salir de la cutrez educativa en la que nos han metido entre unos y otros, es tarea que no parece del alcance de quienes tienen la batuta de mando. Tal vez porque su educación tampoco fue la que merecían. Desde luego no es la que merece este país, que sólo puede salir adelante si formamos en contenidos, en valores y en hábitos de trabajo. Si enseñamos a nuestros alumnos a pensar por sí mismos, a plantear sus propias soluciones y a tener el coraje de llevarlas adelante, sin consignas externas, por si mismos. Este país se merece una educación de calidad, me da igual de donde venga.

viernes, 20 de abril de 2012

Ya estoy en Kindle!!




Permitidme que me haga un poco de propaganda en esta entrada menor, pero me ha hecho cierta ilusión ver qué mi último libro lo acaban de colgar en Amazon y pasar a formato digital. Como es un libro más bien poco conocido, pero al que me siento muy cercano porque refleja muchos pensamientos íntimos, me permito aquí recomendarlo:

Se títula, como este blog, Entusiásmate, y lo teneis disponible en Amazon. Lo llamé así, porque hace unos años un amigo que estudiaba clásicas me comentó que entusiasmo viene del griego: "en-theos",  que significa literalmente "estar en Dios". Llenarse de Dios y mostrar alegría por ello: ¿no te parece que es estupendo estar entusiasmado?

domingo, 15 de abril de 2012

El pecado del señor obispo


En España hay aproximadamente 74 obispos, que seguramente predicarían en alguno de los casí 23,000 templos en los que se ha celebrado la Semana Santa en nuestro país. Los temas sobre los que han predicado parece que no interesan mucho a los medios de comunicación pública, con excepción de la homilia -o mejor dicho una pequeña parte de la homilia- que pronunció el obispo de Alcalá de Henares el Viernes Santo y que  ha sido objeto de magro escandalo para unos cuantos. Como vivimos en un mundo donde la información es muy accesible, la primera cosa que deberíamos hacer antes de emitir una opinión sobre algún asunto es conocerlo de primera mano. He visto alguno de los vídeos que se han publicado sobre el "pecado" del obispo de Alcalá, que nada más y nada menos que se atrevió a utilizar la televisión pública para supuestamente atacar a los homosexuales. La mayor parte de los vídeos que están colgados se limitan a los 23 segundos que duró su referencia al tema, naturalmente sin hacer alusión al hilo conductor de su homilia, y sazonados con múltiples escarnios  a tales palabras. Inserto en mi comentario uno de esos videos, un poco más largo (4 minutos) que los citados, pero que permite situar mejor de qué estaba hablando el obispo de Alcalá. Juzga por ti mismo.



A mi modo de ver, es obvio que el obispo no estaba hablando de la homosexualidad, sino del pecado, y que entre los muchos ejemplos que puso de pecado social (la infidelidad matrimonial, la avaricia de algunos empresarios, la falta de responsabilidad de algunos trabajadores, el aborto...) también citó la homosexualidad. Me ahorro las lindezas que le han dedicado al bueno de D. Juan Antonio, persona afable donde las haya, naturalmente sin citar el entorno de sus palabras, y asumiendo que considerar la homosexualidad como inmoral es equivalente poco menos que a quemar en la hoguera a los homosexuales. Sentir atracción por alguien del mismo sexo es una cosa, y tener relaciones homosexuales, otra. Para el cristianismo, sólo es inmoral la segunda actitud, con la misma distancia entre las dos situaciones que media entre que un casado sienta la atracción por la mujer de otro y que se fugue con ella. Por otro lado, que un cristiano esté en desacuerdo con la homosexualidad no quiere decir que no pueda tratar con afecto y amistad a los homosexuales.
Entonces, el pecado del señor obispo fue más bien hablar del pecado, algo que la sociedad postmoderna rechaza como propio del periodo de los dinosaurios, pero que está tan enraizado en la conciencia humana que acaba venciendo cualquier tendencia a ponerlo entre paréntesis. Sentirse mal por hacer cosas que no son correctas es tan natural a la condición humana como el deseo de mejorarlas. Sin pecado no hay arrepentimiento ni deseos de enmendar actuaciones equivocadas. Quien diga que no yerra es un arrogante o ingenuo, que le falta recordar la máxima inscrita en el oráculo de Delfos: "conócete a ti mismo".
Algunos piensan que la educación se basa en evitar cualquier tensión, principalmente las que llevan a reprimir nuestras tendencias negativas y reforzar las positivas. La represión se vende mal en nuestros tiempos; parece que sólo sirve para crear complejos. Me parece que nos pasa como a los ríos: si el agua corre sobre un valle sin límites, no profundiza; necesita estar encajado, tener limites claros. Asumir que cualquer tendencia natural del ser humano es buena, es seguir en el rousonismo del siglo XVIII, que tan nefasto se ha mostrado. Sin un sentido de lo que es bueno y malo, es imposible mejorar. Una sociedad sin valores objetivos de lo que es bueno (virtud) y malo (pecado) acaba convirtiéndose en una tribu urbana.


domingo, 8 de abril de 2012

Sin Resurrección, no se entiende nada

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!
Para los cristianos se trata de la fiesta más importante del año, la que muestra de manera más evidente que la esperanza cristiana no es ilusa, sino que está anclada en una roca firme, tan firme como el sepulcro que quedó vacío. "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe", nos dice San Pablo. En definitiva, si todo hubiera acabado en el Calvario, los cristianos estaríamos siguiendo a un gran hombre, un excelso predicador, un sabio sin parangón, que acabó fracasando, traicionado por casi todos, abandonado por su propio pueblo, a quien solo miró con cariño.
Pero la realidad no es ésa: Cristo ha resucitado, ha salido del sepulcro para mostrarnos que la muerte no es el final, que estamos destinados a la eternidad, y que sin la eternidad no se entiende nada. Si nos empeñamos en que la ecuación cuadre aquí, que todo sea razonable, dificilmente encontraremos razones de nuestra esperanza. La fe es razonable, pero las razones no son sólo terrenas: la existencia del mal en el mundo sería absurda sin la dimensión eterna; las piezas no encajan sólo si miramos desde la Tierra. Si no admitimos a Dios, seguramente concluiremos que no encajan porque el mundo es ininteligible, porque estamos aquí por una mera casualidad que no tiene por qué ser razonable. Si eso fuera así, estaríamos encerrados en una permanente contradicción: ¿por qué nuestro espíritu demanda la justicia si casi todo en este mundo es injusto?, ¿vivimos de una ilusión fatua o de un fundamento que reclama la eternidad, donde la justicia será plena? Para mi es obvio que no somos fruto de una automanipulación masoquista: si demandamos la justicia es porque tendremos justicia, pero no aquí, o no siempre aquí. La Resurrección de Jesús nos abre una dimensión que de alguna manera demanda toda persona, porque todos necesitamos mirar más allá de nuestra propia existencia. Todos necesitamos anclar nuestra alegría sobre algo más sólido que el placer de este mundo, tan estupendo, pero tan pasajero.  Demandamos signos de credibilidad, pero, como nos advierte Benedicto XVI: "...el único "signo" es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En Él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Éste es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado..., nace una existencia marcada por el amor" (Homilía 26-III-2006).
De esa experiencia, mana la alegría y el afán de comunicar a otros ese entusiasmo. "Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio." (Juan Pablo II, Mane Nobiscum, 2004, n. 24)

domingo, 1 de abril de 2012

¿Es santa tu semana santa?

Comenzamos la semana más importante para los católicos, en la que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es una semana de intenso contenido religioso, que justifica su carácter festivo, vigente en buena parte de los países católicos, al menos desde el jueves. Como es bien sabido, las fechas de la Semana Santa cambian cada año, pues se ajustan al calendario lunar que regía entre los judíos en tiempos de Cristo. La fiesta de la Pascua, que para el pueblo hebrero significaba el recuerdo de la liberación de sus antepasados de la esclavitud en Egipto, de convierte para los cristianos en la celebración de la liberación que Jesús nos consigue a través del ofrecimiento de su vida por nosotros. Como la celebración de la Pascua cristiana coincide con el domingo inmediatamente posterior a la primera Luna llena tras el equinoccio de primavera, se celebra en fechas distintas cada año (no antes del 22 de marzo, ni más tarde del 25 de abril). Para muchos se trata simplemente de un descanso laboral o escolar; para otros muchos, una ocasión de entrar en contacto con tradiciones culturales de nuestro país (procesiones, oficios, velas...), que tantas veces no alcanzan a comprender; para los cristianos, debería ser una ocasión de conocer mejor los momentos clave de la vida de nuestro Señor, de agradecer su entrega por nosotros, de crecer en deseos de tratarle con mayor intensidad, de acompañarle en su oración en Getsemaní, de consolarle ante las burlas y el desprecio de quienes un día le aclamaron, de estar junto a María para sentir con ella...  Ojalá que sean para ti unos días de encuentro, de revisar si nuestra vida es coherente con nuestra fe, si podemos hacer más por Dios y por quienes nos rodean, de ir más allá de las imágenes para llegar a lo que significan. Ojalá que sea muy santa tu Semana Santa, ojalá que no abandones a Jesús, como lo hicieron casi todos, ojalá que estés cerca de El, como Simón de Cirene, ayudándole con su Cruz.

domingo, 25 de marzo de 2012

Diálogos de Besugos

Hace ya años que no veo regularmente la televisión, pero todavía me llegan ecos de algunos programas de especial audiencia, ya sea por su calidad, ya, aunque sea poco edificante decirlo, por su zafiedad, porque tantas veces lo más notorio no es precisamente lo más recomendable. En esta última categoría están los programas popularmente llamados de chismorreo, en donde unos tertuliantes más o menos indocumentados, cruzan sus "argumentos", por utilizar un término generoso, para descalificar a un personaje proveniente casi siempre del mundo de la farándula. Poco importa si las lindezas que ahí se sueltan se ajustan a la realidad o son fruto de la imaginación: lo crucial es conseguir audiencia.
Estos "prodigios" intelectuales están creando escuela y, esa manera tan poco civilizada de dialogar se imita por otros programas de debate que supuestamente son mucho más serios. En esas tertulias, donde los participantes casi nunca son expertos en lo que hablan, se emplean razones de propósito general, que tanto valen para hablar de guerra de Afganistán, como de las tarifas eléctricas, del cambio climático o de la reforma laboral. Si son temas polémicos, que habitualmente suelen serlo para animar a la audiencia, suelen cruzarse argumentos -también aquí resulta muchas veces generoso el calificativo- que el tertuliano trae preparados de casa, y que coloca con ocasión y sin ella, sin reflexionar ni un minuto sobre las razones que la posición contraria a la suya está manejando.
Como la televisión tiene una influencia tan destacada en la sociedad, esta manera de no-razonar se extiende a la esfera del ciudadano de a pie, y se acaba pervirtiendo el significado de discutir, que pasa de ser el intercambio de argumentos entre dos personas con posturas distintas, al proceso de afirmar las propias ideas confrontándolas con las postura contraria. En lugar de buscarse honradamente la verdad en ese diálogo, se busca la victoria sobre el contrincante, pues cualquier concesión a una postura distinta a la inicial se interpreta como una derrota. Esto es lo que podemos llamar "discusión de barricada".
Con la ayuda de varios amigos, acabo de iniciar una editorial (http://www.digitalreasons.es/) precisamente para ayudar a que esta situación se mitigue. Pretendemos generar un debate serio sobre temas que afectan hondamente a los valores que lideran la sociedad contemporánea, como son el origen de la vida, los fundamentos del derecho, la educación, la familia, los valores en la economía, o las relaciones entre ciencia y ética. Cada tema será expuesto desde una visión cristiana de la vida, presentando con la mayor honestidad posible los argumentos de quienes tienen otras concepciones, respondiendo con profundidad a los mismos y buscando puntos de encuentro. Estamos iniciando la andadura y, si estás interesado en participar en el proyecto, te animo a que contactes conmigo. Cualquier ayuda es bienvenida.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un lavado de cara

Estamos en Cuaresma, para los cristianos un tiempo excelente de reflexión y conversión, de volver sobre nosotros mismos, de re-enfocar cómo y por qué hacemos las cosas. Vivimos en la sociedad del ruido, siempre hay música, noticias, ruido, conversaciones ajenas, que escuchar, pero ?cuándo nos escuchamos a nosotros mismos? ¿Por qué no dejamos hablar a nuestra conciencia? ¿Tal vez es por que tenemos miedo de enfrentarnos a lo que tenemos que cambiar?
Convertirse en reflexionar y hacer algo al respecto. No conformarnos con lo que ya somos. La diferencia entre la juventud y la ancianidad es que la primera vive de los proyectos y la segunda de los recuerdos. No tiene que ver con el edad física, sino con la mental. En mi adolescencia leí un diario, escrito por una adolescente escondida de la persecución nazi. Quizá nos ayude a evitar esa extraña compasión que sentimos de nosotros mismos, que no conduce más que a la indolencia.
 "Honestamente, yo no puedo imaginar como alguien puede decir: "soy débil" y permanecer así. Después de todo, si lo sabes, ¿por qué no luchar contra ello, porqué no intentar entrenar a tu carácter? La respuesta será: "Porque es mucho más fácil no hacerlo" Esta respuesta me descorazona. ¿Fácil? ¿Eso significa que una vida perezosa y mediocre es una vida fácil? No, eso no puede ser verdad, no debe ser verdad, que la gente puede ser tan fácilmente tentada por la flojera o por el dinero" (A. Frank, Diario de Ana Frank, 1944,)
 ¿Qué mejor medio para la conversión que reconocer que hacemos mal las cosas y pedir perdón por ello? ¿Cómo podemos mejorar si pensamos que todo va bien?  Reconocer el error es el primer paso para solventarlo. Después, acudir a quien tiene capacidad para resolver el problema, para lavar la herida. El sacramento de la confesión es un medio excelente para ello. No es una terapia, sino un encuentro personal con Jesús, que puede perdonarnos porque es Dios, y porque es Dios es también un padre que lleva quizá años aguardando nuestro arrepentimiento.
Lávate la cara, acude al perdón, encontrarás alegría.